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  • Proceso creativo de “Horas”

    Proceso creativo de “Horas”

    Me recuerdo a mí, no en mi época quinceañera, si no en mi faceta de ir describiendo cómo me sentía por aquel entonces. El insomnio era más grande que yo, por eso ese título tan preciso, bueno, así fui denominando cada texto: antes de plasmarlo, escribía la hora en la que lo empezaba. Y de ese barullo apareció Horas. También me recuerdo a mí en aquel dilema y dentro de aquella naturaleza. ¿Sería el verano del dos mil y poco? Allí, en Asturias, fue donde se incendió, y me ahogó, la oscuridad, y una tristeza inmensa. Dicen que de esta nace el arte, dicen. Y, yo, digo, una verdad, muy mía, sí, que fue uno de los instantes en que me morí en vida. ¿Qué significará cuando una se siente sumida y perdida en su propia miseria? Que, quizás, se muestre vívida, aunque descolorida y a rebosar de sombras grisáceas. Cierto, por aquellos días fui incapaz de percatarme y ahora que me pienso, en un pasado ya efímero, me agradezco. Aún así, sigo recreándome en ese sentimiento tan intenso. La adolescencia te hará más fuerte, si no te asesina antes. A mí me salvó, un poco, el acto de escribir, de poder, después de sentir, narrarme a mí. El posteriori, sin querer y a cámara lenta, va apareciendo, para hacerte ver la realidad, ya sea mirándola de reojo o chocándote contra el suelo. Parecerá la úlitma vez, pero no lo será, porque te caerás otra vez, y otra, y otra. En eso consiste ir escribiendo.

    Y, hablando del después, cabe aterrizar, aunque una acabe del revés, en el preciso momento cuando se saca toda la miseria del corazón y, decide, definitivamente, publicarlo. Desde mi perspectiva, cuando sale el texto, cuando ya ha nacido, crecido, brotado, fallecido…, cuando ya ha sido reescrito, eliminado, borrado o fulminado…, o todos a la vez, pues a la escritora en sí le pertoca liberarse. En eso consiste, justamente, publicarse: en librarse. Mostrarse al exterior es un acto de fe deshecho, pues con ello estarás mostrando tu interior. Si lo hiciste con un impulso intermitente y, además, desde tu más querídisima sinceridad, lo lograste: ya puedes seguir odiándote. Qué pena que los verbos sigan inertes moviéndose en esa quietud tan candente. Sé que es raro.

    Una vez más me he vuelto translúcida entre las palabras, pues he intentado… yo lo he intentado, y al final, me he metido en la metáfora, personificándome. ¿Cómo me voy? ¿Cómo me despido de ella? Espera, si soy yo misma: la poeta, la bucólica. ¿O la qué? La nada, tal vez. Bueno, pues en eso consiste ir armándose entre coletillas y pausas y acentos mal puestos. Todo se adecua en este contexto tan inédito.

    Resumiendo, como si eso fuese posible, que no lo es…, una vez más no sé hacerme publicidad. Tan sencillo como explicar un proceso creativo y estar creando algo extraño. El caso es que si te viene a la mente tu imagen, tu panorámica de tu yo-poético roto y lleno de ensueños, paséate por mis escritos y me cuentas qué te han producido.

  • Mucho albedrío

    Estoy agotada de mente y alma, y llueve, ya ni se incendia la llama. «Quédate», me susurraste allá en aquella hamaca que se balanceaba. Te arrastrabas, yo ya iba desgastada. Te lo repetí varias veces en distintas ocasiones, pero ni me escuchaste. Te seguiste acurrucando, me descolgué: mi corazón danzando en el limbo. La canción resbaló en los tres últimos bailes. Dicen que «a la tercera va la vencida» y, oye, llevo más de una copa y cinco bailes. ¿Echamos un brindis? Ambos, digo, por lo que pudo haber sido y que se quedó en mitad del camino. Bueno, sencillamente consistía en recorrerlo entero para que nuestros labios se conocieran. Es lo que tiene ser escritora, que incluso te describo lo imperceptible -aquel sentimiento con apellidos-, tú. ¿El significado? Que todavía estás inscrito en el primer pedazo que se desgarró al verte por primera vez, porque se colgó, de ti. ¿Ahora? Me he transformado, soy otra. Me he comido la loca, la ola y la rotura al borde de la costura. Sí, he ahogado casi todas las penas y tus pecas, me puse la sabiduría por delante, se me escapa de las manos tu alegría. Después de la pausa y también del paréntesis, aparece la peripecia. Me la bebo entera. Las bocanadas de aire resulta que son pellizcos de realidad. La verdad va saturada, y yo enamorada de mi mirada. Ha florecido la Anna, pues la anterior, no es que se haya caído por el precipicio ni huido… es que se ha enorgullecido, ensanchando el pecho derecho y, con ello, sopla una risa ligera, muy sincera. Me muevo eterna al son de mi queridísimo viento.

  • La nota rara

    Ya me caí, creo, desde hace varias heridas. Luego, me las comí. Aunque son las cuatro de la tarde, ya pasadas, y se van las horas, se marchan. Se diagnostican la tristeza, tan arraigada a la cicatriz. Se murió, o se mató (sola) la perdiz después de intentar estar feliz. La venda, y la vena aorta, ahora, resulta que se ahorca. Bueno, tantas mariposas loquillas, al final, la cuenta se desliza, con el café derrumbándose. Sigo aquí, no sé ni qué escribí. Será, como cada madrugada, la descripción de mi alma arrugada. Quise ensancharme la mirada. Tanta observación para nada, o para, absolutamente, todo. ¿Que me quede? Si ya me derretí, pues me fui. Resulta que la vida afloja y, a la vez, aprieta, ahí, en el corazón de donde se va cerrando a cremallera. Aletea, corre, y vuela, que se te pasa el arroz. Acelera en la carretera, gira a la derecha y aprieta (el gatillo). Voy, grito. Me quedo casi ciega, de voz, y medio sorda de sensación, porque, si te hablo de la emoción, se me baja el subidión. Vaya colocón. Descoloréame esta, por favor. Y gracias, ríete de mis desgracias.

  • Novedades literarias

    Me paso por aquí para comunicarte que dos de mis libros están gratuitos,

    ¿Te unes a mi caos?

    Pd. Gracias por leerme, nos leemos.

  • Las personas ya no leen

    ¿A dónde van las personas a leer en esta ciudad?
    ¿Dónde se ocultan? ¿Dónde están?
    Yo no las veo…
    Me gustaría levantar la mirada y observar un paisaje lleno de literatura, de cultura.
    Lleno de sabor, de sabiduría y de corazón.
    Quiero ver un mundo inteligente, con emociones y con el tiempo detenido.
    Anhelo que esté pausado,
    para siempre.
    Porque a cada instante vamos con prisas,
    con los pies caminando a todo pulmón
    y ya ni respiramos.
    Y qué triste,
    los humanos ya no somos humanos.

  • No quiero

    -Papá, no quiero ir a clase.
    -¿Por qué hija?
    -Porque no me apetece. No es una rebelación. Es, simplemente, que no me apetece. Me disgusta la sociedad y cómo está formado el sistema educativo. Y ya me cansa. Y sé que, o me adapto a él o muero en el intento, de intentarlo.
    Además me apasiona escribir. Me quedaría todo el día escribiendo. Y también me gusta leer. En mis tiempos muertos lo hago y lo seguiré haciendo. A veces los provoco (los espacios en blanco) yo, así tengo más tiempo y leo más horas.
    Y sé que suena a excusa tonta: quiero ser escritora. Toda mi vida lo he dicho, lo deseé. Lo intenté. Hace poco que me he percatado de algo: ya lo soy. De hecho, lo estoy siendo porque escribo.
    Lo que me parece repugnante es que digan que de escribir no se puede vivir. Pero es que yo vivo de la escritura sin ganar ni un centavo, y vivo por y para ella (yo). ¿Me explico? Nadie nunca me ha apoyado, ni siquiera me han dicho que siga mi sueño, o quizás sí. Lo que no me dijeron es cómo. Y me doy cuenta que sin querer, por impulso, con necesidad y de corazón lo estoy logrando. Es tan reconfortante que me siento vacía. Fíjate tú la ironía.

  • ¿Qué más?

    ¿Qué piensa un libro? O, mejor pregunta aún, ¿Cómo está pensando? Porque una obra de arte, como es un libro, ya ha pensado y ha sido por su autor; el escritor. Este, que suelta bombas como verdades, las suyas, y las plasma en el papel para contar aquello sentido y vivido. Es bonito, pero duele. El proceso de escribir es algo immesurablemente doloroso. Para conocerse hay que dejar reposar el sentimiento. Después, hacer una introspección, o más de una. Normalmente son muchas. Pero es no es lo importante, lo realmente destacable es lo que uno cuenta o quiere llegar a contar. Y lo bonito de todo esto es cómo se interpreta, cómo le damos significado a las palabras, a las frases y a los párrafos. Cómo concluimos el libro, para nosotros que, para cada uno, es un proceso distinto y muy hermoso.

  • Empápate (o no)

    1984 de George Orwell me esperaba. Ahí, sentado en donde tengo los libros pendientes de leer. De hecho me observaba con, no sé, esperanza. Sí, esperanza. Y seguro que se decía, pacientemente y sin prisa, ‘me leerá’. Sabía que no era el momento quizás porque estoy espesa, rancia y con poca nitidez como para leer. Es decir, hay libros que son tu momento y, otros, que deben esperar para ser leídos. El lector tiene que atrapar esos instantes, conocerse y, además, leerse. Hacerse una introspección del momento por el cual está pasando. Y sí, no hay más. Claro que uno puede leer cualquiera cuando sea, pero no será lo mismo. Leer es para empaparse de palabras, absorberlas y, posteriormente, reflexionarlas con autocrítica y mente abierta. Porque de lo contrario, ¿De qué sirve la lectura si no es para pensar, para sentir, para amar(se) y fluir con las frases?