No sé a qué espero exactamente… ¿A que se caiga el tiempo? ¿A que se desubique el tempo? ¿O a que se incendie mi propio espejo? ¿Espero a que se deshagan los muertos? ¿Y si te hablo del muermo de mi pasado? El caso es que no hay caso. ¿O qué? Que qué de qué. De nada. Las luces, o mejor plasmado, las luciérnagas se estarán bien quietas. Espero, vaya. No hay otra. ¿O sí? Bonita, breve, escasa y escueta coincidencia. Si me concedieras esta danza, quizás otro ser sería yo. Es decir, que mi ser interior… ¿Se pintaría de otro color? Es que, perdóname, o no, voy cansada: la gota que colmó el vaso sigue resbalando, y ahora, solo queda aquel escopetazo. ¿Saldrá o decidirá encerrarse? El día pasará, la suerte trascenderá. Se paseará, también. Necesito un poco de Ron, que dejes de hablar y empieces a actuar. Sácate la verdad a pieles. Que te duela, que te escueza la sinceridad, y que a la realidad se le atragante la pena, que baila muy sola, como la luna, como la luciérnaga de antes. Ambas centellean por su miserable, e increíble, presencia. Sujétame esta, la mala, digo, que para buena ya estoy yo. ¿Qué dirá la otra mitad de mi corazón? ¿Estará conmigo la razón? Me voy.
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¿Qué es “ser escritora”?
¿Qué significado contiene? ¿El qué exactamente? ¿Su palabra en sí, su etimología o el acto del verbo? No lo sé, lo desconozco, aunque, si hay que encajar la expresión en algún cajón, lo dejaría cerrado para siempre, en el más allá. El caso es que, después de deshacerme varias veces y de morirme unas cuantas más, solo queda partirse en dos, o dividirse para a posteriori disociarse.
Últimamente me quedo bloqueada, con la mente llena de nubes blancas. ¿Seré la “tabula rasa”? ¿Me estoy personificando en aquella? O, sencillamente, soy una más en este miserable mundo. Si hay que darle un contexto a este breve…, bueno, no alcanza a ser un texto, sencillamente son dos palabras unidas pero bastante rotas. Si hay que precisar…, la segunda se ahoga por ser ella misma, porque quiere abarcar tanto…
Es que resulta que, y perdóname por el pretexto, se me ha escapado la próxima expresión y también la futura estación. Huyen de mí, ambas, como quien no quiere la cosa y va y resulta que a ras del suelo o del infierno se siente más acomodado. Vaya diccionario mental, y tan paranormal. Solo venía a… ¿A qué? Pues a describirte, Anna, porque eso eres, ¿No? Mejor cállate ya, mi querídisma conciencia.
Entonces…, se me van acumulando las paranoias mentales y, después, acaban colisionando, estallando en varios chispazos inusuales de felicidad. No es que se hayan solapado, es que no podían más que han acabado matándose en vida. Así que si tengo que definir qué es ser escritora, pues para mí, es esto mismo: escribir y describirse y borrar y volver a empezar y, además, ir suicidándose con aquellas y las otras y las demás a rebosar de heridas perdidas. ¿O era al revés?
El hecho aquí es que todas se van cayendo y se cuelgan de la comisura de mis labios o, bueno, ella, la del reflejo del espejo, se queda más colgada. ¿Por qué hablo en tercera persona? Porque en eso también consiste conrear letras: crear un jardín que va desde el interior hasta que a una le pete el corazón. ¿O no?
En resumidas cuentas, como si se pudiera acotar la expresión en una sola oración, ser escritora va mucho más allá de colocar palabras secuencialmente y, a la vez, no, porque realmente es hacer esto. ¿Pero y verdaderamente? Pues, en verdad, estas mismas contienen algo de sentido, de sentimiento y un largo etcétera de sensaciones amargas, agrias y enturbiadas.

La semilla florecida
Entonces, me releo y, sin querer, caigo en mi propio hueco. Capítulo diecinueve de la novela en la que me voy desangrando a cicatriz y corazón abiertos. ¿De dónde nace la ilusión? Me cuestiono como si la respuesta sanara al saber la respuesta, ya editada varias veces. El hecho es que todo está deshecho. Me encantaría encontrarme y poder colocarme todas las piezas, pero todavía estoy desmontada. Es domingo, aún no ha culminado, y vaya cómo arranca mi alma ahogada en este vaivén de no saber, de desconocer. Aunque, ven, ven, y quédate, y no otra vez, sino porque sí y para siempre. Sé, soy consciente, que va a doler, que chocaremos y nos romperemos, sí, como las olas coléricas en aquel océano tan cercano, por entender todos mis sueños, y milagros. ¿Pero qué más da ya? Si todo se ha ido al mísero infierno, por haberse roto entre los otros. Porque nosotros… ¿Qué carajos somos? Quédate un rato más, que luego ya resolveremos las dudas y también uniremos las incertezas y conjugaremos las palabras con las acciones si quizás nos mirásemos, si, quizás…, otro pájaro cantaría. Y estaríamos menos muertos y más contentos, pero no estás aquí conmigo y, aunque sé ser un poco feliz e ir a la mía, te voy echando de menos en este gerundio sempiterno porque voy, te quiero, y sin querer, me quedo.

Cómo crear una rutina de escritura que realmente funcione
Introducción
Uno de los consejos que más se repite cuando alguien quiere escribir un libro es: escribe todos los días.
Sin embargo, la realidad es que no siempre resulta tan sencillo.
Trabajo, estudios, obligaciones o simplemente el cansancio pueden hacer que encontrar un momento para escribir parezca imposible.
La buena noticia es que una rutina de escritura no consiste en escribir durante horas cada día, sino en encontrar un ritmo que puedas mantener en el tiempo.
En este artículo comparto algunas ideas que pueden ayudarte a crear una rutina de escritura realista y sostenible.
¿Por qué es importante tener una rutina?
La inspiración puede ayudarnos a empezar una historia.
La rutina es la que nos ayuda a terminarla.
Cuando escribir se convierte en un hábito, resulta mucho más fácil avanzar incluso en esos días en los que la motivación no acompaña.
1. Empieza con objetivos pequeños
Uno de los errores más habituales consiste en proponerse escribir miles de palabras cada día.
En muchas ocasiones eso solo consigue generar frustración.
Es preferible empezar con objetivos sencillos.
Por ejemplo:
- escribir durante veinte minutos;
- completar una escena;
- revisar un capítulo;
- escribir quinientas palabras.
Lo importante es mantener la constancia.
2. Encuentra tu mejor momento
No todas las personas escribimos igual.
Hay quien necesita el silencio de la madrugada.
Otras personas prefieren escribir por la mañana o aprovechar pequeños momentos durante la tarde.
No existe una hora perfecta.
Existe la que mejor funciona para ti.
3. Crea un espacio cómodo
No hace falta disponer de un despacho.
Basta con un lugar donde puedas concentrarte.
Un escritorio ordenado, una silla cómoda y un entorno con pocas distracciones suelen ser suficientes.
4. Elimina las distracciones
Las notificaciones del móvil, las redes sociales o el correo electrónico pueden romper fácilmente el ritmo de escritura.
Cuando escribo, intento centrarme únicamente en el texto.
Aunque solo sean veinte o treinta minutos.
5. No esperes a sentir inspiración
Uno de los mayores aprendizajes que deja la escritura es que la inspiración aparece muchas veces mientras trabajamos.
Esperar el momento perfecto puede hacer que una historia nunca llegue a escribirse.
6. Acepta que habrá días mejores que otros
Habrá jornadas en las que escribir resulte sencillo.
Y otras en las que apenas avances unas líneas.
Eso también forma parte del proceso.
Lo importante es no abandonar por un día complicado.
7. Celebra los pequeños avances
Terminar un capítulo.
Resolver una escena.
Escribir quinientas palabras.
Todo suma.
Las novelas se construyen poco a poco.
¿Cómo es mi rutina de escritura?
Cada escritor desarrolla sus propios hábitos.
En mi caso, intento aprovechar los momentos del día en los que puedo concentrarme mejor y avanzar poco a poco en los proyectos que tengo abiertos.
No siempre escribo la misma cantidad de palabras ni sigo un horario rígido.
Lo que intento mantener es la constancia.
Porque, al final, escribir una novela es más una carrera de fondo que un esprint.
Conclusión
No existe una rutina perfecta.
Existe aquella que se adapta a tu vida y que puedes mantener durante semanas, meses o incluso años.
Es mejor escribir un poco cada día que intentar hacerlo todo de una vez.
Con el tiempo descubrirás que las historias avanzan gracias a los pequeños pasos, no a los grandes impulsos.
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De puño y letra
¿Cuál es el sentido de la vida? Se cuestionó Woolf a través de una de las protagonistas de una de sus novelas metafóricas. A lo que voy yo y, sin querer, me pego tres tiros, caigo del revés, me vuelco y me vuelvo a mover, a nacer. ¿A dónde? Ni (yo) lo sé ni tampoco quiero saber. Porque después de dos siglos, le vamos a poner, aproximadamente, y varios monólogos introspectivos, me veo aquí. Me planto, de verdad, que me apetece tanto…, pero bueno, no sé. No sé absolutamente nada de esta, mi existencia vital, y tan ficcional. ¿Verdad? Está bien que esté mal, supongo. Entonces, escribo y, de ese mal querer(me), pues alargo la agonía y la tristeza y la poca fe que me queda… y culmino con el poder en mi mano. Sí, el de ir describiéndome. Porque de puño y letra, después de tanta espera que desespera, me corto la etiqueta de la antigua, aunque nueva, chaqueta. Me gustaría… ¿Qué? ¿Ser más pícara o quitarme la ironía de la oreja izquierda? Discúlpame, pero tantos interrogantes me la distorsionan, me la desubican. De golpe va y se pican. ¿Sabes? Aquellas canciones y la melodía, la jodida sintonía. Con una simple y bien sencilla señal, la de baila, y grita y canta, le agrego yo, como una idea surgida de la nada. Agarro la coletilla, se ve que parece incendiarse la bombilla. ¿No iba apagada, así, tan desgastada? Perdona, se me ilumina en la distancia mi penúltima instancia, la de la sabiduría enemiga.

Proceso creativo de “Burlando el tiempo”
“Se escuchaba el cantar de los pájaros después de la tormenta caída minutos atrás. Una de aquellas explosivas e intensas que arrasaba con todo, llevándoselo por delante, como la paz y la gloria”. Así empieza Burlando el tiempo. ¿Pero cómo acaba? ¿Culmina, realmente? Esto, quizás, quiero decir, intentar reconstruir los pedazos despedazados del texto, es ya tarea del lector.
Si esta obra literaria, en el caso de que lo fuese, hubiese que encajarla en algún cajón, definirla, con todo lo que conlleva, se podría describir como una “novela corta”, por su extensión, básicamente. Aunque dentro de ella abunde una miseria muy completa e intensa.
Cabe destacar que de ella está naciendo, gracias a no sé qué… Bueno, probablemente a lo que la escritora, es decir, la narradora, va sintiendo. ¿No? Que de esta nace, surge y florece otra novela, pero no corta, ni larga, sino otra más extensa. ¿Quizás, lo será? De hecho, lo está siendo.
Dejo de enrollarme porque tiempo atrás entrelacé demasiado los tempos y el lío argumental está lleno de contradicciones, incongruencias e inconexiones poco superficiales, entre otras cosas y sucesos acaecidos.
¿La protagonista sobrevivirá a este hecho tan deshecho? Incordia, supongo. Si debo sugerir algo, te invito a leerte el prólogo y, todo lo demás, ya está dicho, creo.
PRÓLOGO
“Con una cerveza en mano, un moño a medio hacer y en bragas, aquí y ahora empieza mi nueva vida. Sentada en el balcón, observo a mi alrededor y no consigo llegar a ninguna reflexión. Después de dejar el libro que nunca termina y un móvil vacío de batería, me percato del simple hecho: necesito o me sobra algo. Estoy hueca, no soy dueña de mí. Quiero un cambio, un giro o nada. Y si escribo esto, estas miserables verdades es porque me quiero encontrar o quizás quiero llegar a encontrar. No me pregunto, solo necesito escribir. Es necesidad, no como antes que era puro placer a pesar del esfuerzo y del sudor, pero era bonito, hermoso. Ahora es duro y cuesta arriba, porque tengo la mirada fría y, caminando en mi era, siendo veinteañera, me pierdo. Y no es malo, al contrario, es sano, pues rompe tanto que duele, que escuece. No quiero eso, sufrir, pero lo hago porque siento a instantes y en pequeñas cantidades. Me digo que es hora de cambiar, de pausar y de refrescar la vida. Es un momento de intensidad, de coger, correr y jugar con las palabras, con las verdades y las mentiras y equivocarse y volar mucho, aunque luego una se estampe y acabe derrapando. Y me gusta lo que sale de mí, de mi ser interno, de mi corazón, de mi infierno. Ya no sé si estoy aquí por qué sí o por qué no. El caso es que voy a comenzar”.

Proceso creativo de “Descendent”
Descendent es una obra en catalán, una de las primeras de las cuales me aventuré a escribir. Iniciada por allá en el dos mil dieciséis, editada dos años más tarde y, finalmente, publicada en el dos mil veinte. Fue, y sigue siendo, una de mis historias favoritas, no por cómo está escrita, sino por lo que viví, por lo que sentí en aquellos años tan intensos y extraños. Al fin y al cabo, todo lo que escribo, o describo, se centra, se fundamenta, en mis sensaciones ya sean más o menos verdaderas, aunque todas son, destacadas, básicamente, por su honestidad y no con los demás, no, pues cuando coloco palabras que se van entrelazando entre ellas, queriendo y sin querer, lo hago partiendo de mi ser interior, sí, desde mi corazón que va sangrando a herida o carcajada abierta. ¿Me explico?
Cabe precisar que orgullosa de mi pluma, por aquel entonces, no lo estoy, y nunca lo estaré, pues los escritores, al igual que los seres humanos, crecemos y vamos evolucionando, transformándonos. Así que, tal como florezco y me marchito, así nacen y se van yendo mis textos: avanzando, retrocediendo, queriendo o dejando de quererse. Quiero decir, que de alguna forma, ya sea más o menos abstracta, se van construyendo y, al mismo tiempo, destruyendo. Perdóname si con ello acabas de perderte… Es lo más común, o no.
Por aquella época, bueno…, no me recuerdo entera ni tampoco derecha. Me visualizo, desde un cariño extraño, como una niñita enferma, tocada de pies a cabeza por un delirio de grandeza. Y, de allí, de aquellos sueños sombríos nació la novela…
Adjunto el prólogo, que dice así:
Vull desaparèixer. Vull marxar, lluny d’aquí. Anar a un lloc, aquell que només existeixi per a mi i per a ningú més. Allà, enmig de la soledat. On ningú em pugui trobar, on no pugui trobar a ningú. Vull perdre’m, perdre’m per un temps infinitament infinit. Vull no tornar mai i quedar-me allà per sempre més. Vull anar en un món on no hi hagi ningú que et critiqui, ni que et jutgi pel que fas o el que dius, on puguis ser tu mateix i oblidar-te de tothom. I també vull plorar sense parar. Que per cada gota que caigui dels meus ulls s’esborri una tristesa, un mal moment i així successivament fins a poder oblidar tot el meu passat sencer. Per poder començar de nou una nova vida i tornar a ser jo, la que era fa temps. Però no vull tornar aquí, en aquesta merda món, sinó en un altre, en aquell on només existeixi jo. On pugui fer qualsevol cosa en qualsevol moment sense preocupar-me pel que puguin dir els altres. Que pugui ser feliç cada dia, sent jo mateixa, amb tots els meus defectes inclosos. Que hi hagi derrotes i victòries per igual. On la felicitat sigui necessària per viure i on la tristesa sigui un delicte.
Y mi cuestión es la siguiente: ¿Puede alguien, en su sano juicio, expresar de forma fiel y literal lo que va saliendo en sus pesadillas? Quizás sí, o quizás… Bueno, lo dejo en el aire.
Pd.: Gracias por leerme, por estar y por ser conmigo.

Proceso creativo de “Horas”
Me recuerdo a mí, no en mi época quinceañera, si no en mi faceta de ir describiendo cómo me sentía por aquel entonces. El insomnio era más grande que yo, por eso ese título tan preciso, bueno, así fui denominando cada texto: antes de plasmarlo, escribía la hora en la que lo empezaba. Y de ese barullo apareció Horas. También me recuerdo a mí en aquel dilema y dentro de aquella naturaleza. ¿Sería el verano del dos mil y poco? Allí, en Asturias, fue donde se incendió, y me ahogó, la oscuridad, y una tristeza inmensa. Dicen que de esta nace el arte, dicen. Y, yo, digo, una verdad, muy mía, sí, que fue uno de los instantes en que me morí en vida. ¿Qué significará cuando una se siente sumida y perdida en su propia miseria? Que, quizás, se muestre vívida, aunque descolorida y a rebosar de sombras grisáceas. Cierto, por aquellos días fui incapaz de percatarme y ahora que me pienso, en un pasado ya efímero, me agradezco. Aún así, sigo recreándome en ese sentimiento tan intenso. La adolescencia te hará más fuerte, si no te asesina antes. A mí me salvó, un poco, el acto de escribir, de poder, después de sentir, narrarme a mí. El posteriori, sin querer y a cámara lenta, va apareciendo, para hacerte ver la realidad, ya sea mirándola de reojo o chocándote contra el suelo. Parecerá la úlitma vez, pero no lo será, porque te caerás otra vez, y otra, y otra. En eso consiste ir escribiendo.
Y, hablando del después, cabe aterrizar, aunque una acabe del revés, en el preciso momento cuando se saca toda la miseria del corazón y, decide, definitivamente, publicarlo. Desde mi perspectiva, cuando sale el texto, cuando ya ha nacido, crecido, brotado, fallecido…, cuando ya ha sido reescrito, eliminado, borrado o fulminado…, o todos a la vez, pues a la escritora en sí le pertoca liberarse. En eso consiste, justamente, publicarse: en librarse. Mostrarse al exterior es un acto de fe deshecho, pues con ello estarás mostrando tu interior. Si lo hiciste con un impulso intermitente y, además, desde tu más querídisima sinceridad, lo lograste: ya puedes seguir odiándote. Qué pena que los verbos sigan inertes moviéndose en esa quietud tan candente. Sé que es raro.
Una vez más me he vuelto translúcida entre las palabras, pues he intentado… yo lo he intentado, y al final, me he metido en la metáfora, personificándome. ¿Cómo me voy? ¿Cómo me despido de ella? Espera, si soy yo misma: la poeta, la bucólica. ¿O la qué? La nada, tal vez. Bueno, pues en eso consiste ir armándose entre coletillas y pausas y acentos mal puestos. Todo se adecua en este contexto tan inédito.
Resumiendo, como si eso fuese posible, que no lo es…, una vez más no sé hacerme publicidad. Tan sencillo como explicar un proceso creativo y estar creando algo extraño. El caso es que si te viene a la mente tu imagen, tu panorámica de tu yo-poético roto y lleno de ensueños, paséate por mis escritos y me cuentas qué te han producido.

Del caos, y otras sensaciones
Hoy es un domingo caótico, por dentro, siempre por dentro, porque va lloviendo a cámara muy lenta. Ese fuego parece que se incendia y resulta que arrasa y se queda. Siento mi corazón cómo levita entre las cenizas casi muertas. ¿Se convertirán, algún día, en…? ¿En qué? Solo sé que ahora son la llovizna disecada, o ahuecada. Voy enturbiada, soy la alocada. Sí, es domingo de tristeza, de ir medio tuerta y con la costilla ya rasgada. Mis pulmones se asfixian de vez en cuando. No entiendo cómo, el porqué probablemente esté cerca. El suceso aquí es que el caso se encuentra cerrado, finiquitado. Me gustaría tanto explicarle a mi yo-poético del pasado, ¿O era el del futuro? Quiero decir…, narrarle o, mejor descrito, extriparle la sintonía de la alegría infinita. ¿Me sigues? ¿Me pillas? Pues, ¿Cómo devolverle a una la vida y a la vez quitársela? Enamorándose perdida y completamente, ¿O qué?
Continúa, el domingo, arrancando y, la melodía es concreta y precisa, y el inciso se queda estancado y yo, sin querer, sigo, porque no me queda de otro remedio que seguir avanzando aunque sea del revés o a paso medio o… Entonces, sin querer, pienso en aquel título de aquel texto aún por escribir. ¿Escribirle una carta a mi ser de los diecisiete? Es que…, no sé si sabría, porque…, porque siempre, por impulso, acabo describiéndome. Eso estoy ya haciendo, ¿O qué?
Bueno, solo me queda agradecer, pero no así en general, ni a quien quiera que sea o que pase. Ni tampoco con tanta sensación abstracta. Toca sacarme las entrañas y sincerarme aunque sean solo tres escasos segundos o un texto que va medio moribundo. ¿Algún día iré al grano? Pues que solo queda agradecerme por el valor, el poder y la valentía que saqué un día detrás de otro de mi alma durante largos años, y daños. Lo hice con un instinto de supervivencia y un estilo muy mío.
Aún escribo, aún me percibo. Me siento viva y vívida y colorida, aunque a veces me convierta en un atardecer casi grisáceo, porque las nubes se han paseado sobre el cielo, ya raso, que va ennegrecido, y luego estalla. Créeme cuando la luz acaba saliendo, pero en el summum, siempre en él, que frecuentemente se oculta detrás de la luna que se cree diminuta, se cree, pero es más hermosa que otra cosa. Así redonda, brillosa.








