De aquel sentimiento.

Estaban sentados en el césped, solos, en su propia burbuja de purpurina sin brújula.

-Tus ojos son bonitos.

-Ya claro, y eso también se lo dices a otras…

-¿A qué otras?

-Se lo dijiste a mi amiga, hace tiempo. Me dijo que se lo dijiste.

-Mírame a los ojos y dime en quien confías, si en ella o en mí.

Y con su alma floreciendo respondió sin titubear, sin pensarlo ni una fracción de segundo.

-En ti.

-Entonces créeme cuando te digo que tus ojos son bonitos, que toda tú eres bella.

-Mis ojos son normales, porque son marrones. Y yo no soy bonita.

-No niegues la evidencia, ¿de acuerdo? Tus ojos son una mezcla entre color almendra y  verde.

-¿Ah sí?

Se sorprendió ella misma, juró que jamás los había mirado con tanto detenimiento y, ¿para qué?

Cuando llegó a casa, después de discutir con él, se miró al espejo, más específicamente sus ojos. A la mañana siguiente se los volvió a mirar y, vio un brillo distinto. No de alegría, sino de tristeza. De repente llamaron a la puerta, a la de su habitación. No pudo contener las lágrimas cuando alguien, porque por culpa de estas veía borroso, entró y la abrazó. Y ya jamás pudo desprenderse de aquel olor, de aquel tacto. De aquel sentimiento.

Micro-relato

Todo o nada.

Ya no lo sé.

Ella, andaba por las calles de Barcelona, centrándose en la música que salía de su ipod y, en sus pensamientos tan desordenados. Tenía un objetivo en mente: no llegar a ningún lugar. Andar sin ningún rumbo. Se sentó en un banco y se puso a observar el paisaje, más concretamente, las hojas otoñales, como sus ojos, reflejados por el sol, deslumbrados de llantos intermitentes, indefinidos, imprimidos, interminables.

Al cabo de un rato, alguien se sentó a su lado. No era un anciano, tampoco un niño sino él. Su amado, en pasado, pues ya no lo amaba, ni lo quería. Y es que aquel sentimiento que parecía no terminar, terminó. Se heló y se deshizo.

-Hola -entabló conversación él.

Ella, sutilmente, giró su cabeza hacia la izquierda y le respondió con otro “Hola”.

– Necesito saber de tu pasado.

-Ya no importa.

– ¿Por qué?

– Porque, en algún momento, no sé cual, me dejaste de importar, te dejé de importar.

– Lo sé, sé que sientes que no me importas, pero es todo lo contrario.

– No me lo has demostrado y, si lo has hecho, no lo he percibido, ni lo he notado. Tus actos no han dicho tus palabras, tus palabras no han dicho tus actos. En resumen, que no has hecho lo que estás diciendo.

Y se levantó, con los ojos cristalizados, como ya era habitual en ella. Porque las flores se marchitaron, porque su pasado le dolía demasiado. Porque nadie la comprendía. Porque nadie la había cuidado. Ni el mínimo detalle, ni la mínima intención. Nada de nada.

Las hojas otoñales iban cayendo de los árboles, poco a poco, deslizándose, perezosamente, por las corrientes del aire. Y, ella, iba, poco a poco, derrumbándose hasta quedarse sin aliento, hasta dejar de quererse, hasta dejar que su corazón bombardeara, hasta llegar al odio máximo hacia el mundo.

Frustrada, aquella era la palabra. Frustrada. Le gustaría que alguien, alguien en aquel mundo, sintiera amor eterno hacia ella. Pero aquel verdadero, el que se siente, el que no miente. El que tiene fundamentos. El que no tiene sollozos, el que tienen sonrisas y, alegrías.

Las lágrimas resbalaban por sus mejillas al compás de sus pasos andar, por encima del cemento, por debajo del infierno, por el medio del cielo. Alguien, tocó su hombro derecho y, ella, se giró mientras sus hombros subían y bajaban rápidamente.

– Muñequita, no llores. ¿Qué te han hecho? ¿Y quién? Debería ser un desalmado.

No lo dijo, pero lo pensó: “Yo, yo soy la desalmada”.

Sus llantos se intensificaron. Y ella no se daba cuenta de que, quien la abrazaba, era a quien había amado.

Tampoco sabía que ella misma se había destruido. Que era las consecuencias de sus actos y que las causas iban más allá de sus errores. Y que, sus errores, eran más grandes que sus consecuencias, porque de sus causas descendían las consecuencias que, anteriormente, amanecían los actos para equivocarse. Para desalmarse.

Demonios

Cerró los ojos sumergiéndose en un mundo ajeno, negro, lleno de oscuridad. Su cuerpo, gélido, estaba al descubierto, dejando traslucir las luces de colores que entraban desde la ventana.
Había un pila de cojines al final del comedor, al lado de la lámpara y ella se encontraba encima de estos, dejándose llevar por los movimientos de los demonios quienes chocaban contra su cuerpo, paulatinamente.
Un grupo de pájaros caían sobre el cuerpo, dejándose morir a cada golpe seco. Después, un grupo de serpientes, recorrían la desnudez de la mujer, rápidamente.

Relato

Estoy estirada de lado en el sofá de mi casa, mientras leo en el kindle una historia en inglés. Y tú, estás a mi lado, observándome. Viendo como se cierran mis ojos por el sueño que empieza en mis párpados y acaba en mis pupilas. Pienso en ti, entonces los abro y te veo. Te observo. Ojalá mi sueño se haga realidad, pienso.