Se me enfría el café, que viene y arrasa con toda su buena, o mala, fe. Voy, voy escopeteada. ¿Cuándo saciaré esa necesidad? Cuando, quizás, cierre la herida. Todo sana, todo duele. Perdona, sí, por esta absurda vida, quiero decir, por mi pequeñísima existencia vital me veo dentro de mi propia y mísera fantasía, me veo triunfar. ¿De qué? Ni yo lo quiero saber. Saboréame esta incertidumbre, quítame la duda y que la verdad se haga realidad. Voy enferma, veloz y escueta. Es un lunes de mierda, o sea, de fiesta. Y vaya…, sí que apesta. Tiro ficha, la de quedarme inerte y bastante breve. No estoy orgullosa de la forma, y de esas ganas raras. ¿Sabes? De las mismas en que estoy encadenando palabras. Es que son demasiado largas y, además, aunque repiquetean, ni se acentúan. Serán las cenizas que solo hacen que huir de la semilla ya menos ensombrecida, pues ya se observa, ella, florecida. Me encuentro en la mitad de la salida, justo en el preciso inciso, pequeñísimo, de si quedarme o saltar al próximo hueco, para volar corriendo. Se me comen, y carcomen, también, las heridas ya descoloridas y descosidas. Arguméntame esta, vete, otra vez, y sácate a ti misma la tarjeta amarilla, ya casi rojiza. Te pusiste colorado. ¿Ibas colocado? Es que las mariposas te huelen, y duelen poco. ¿Eh? Porque a tu alrededor van graciosas. Siléncialas todas.
Autor: perezitablog

Proceso creativo de “¿Te puedo escribir algo?”
“¿Te puedo escribir algo?”, nació de una etapa de mi vida que, aunque actualmente la tengo ya un poco borrosa, cuando releo algún poema, soy consciente que fue una época muy dolorosa, pues solo hacía que arrastrarme por el suelo. No había forma ni tampoco manera de ascender, de ir hacia arriba. Todo estaba oscuro, era un agujero negro, emocionalmente hablando, claro.
Así que, sencillamente, porque es muy fácil caer, fui descendiendo, y ahuecándome todavía más en mi vacío, como si aquello fuese posible, como si fuese real, y lo fue. Y tanto si lo fue. Entonces, sin querer, me adueñé de mi ser interno, que estaba frágil y roto, que se convirtió en algo hecho añicos. Desconzco, y tampoco quiero indagar, de quién fue la culpa, aunque normalmente es del contexto, del entorno donde uno se va moviendo.
Si describo en breves palabras de qué trata la trama de estos poemas de prosa poética, puedo definir que es una ruptura emocional muy fuerte con una misma y, consecuentemente, con otra persona. Por tanto, el hilo conductor es el inicio de una relación con alguien, de cómo la protagonista va decayendo, y de cómo va desvaneciéndose por completo y, al final, concluye, ella misma, que ya se quiere, aunque realmente, el camino más importante es justamente ese: el acto de quererse, pues es lo que le falta aún recorrer.
En definitiva, son intentos de quererse, pero son chispazos tan breves y espaciados en el tiempo, que a la chiquilla le cuesta apreciar todos sus recovecos de su corazón roto desde hace ya varios daños.

La fe estrellada
¿Puedo hacer una pregunta? Bueno, el caso es que ya la hice. Vaya cuento: está a rebosar de absurdez. Solo quiero saber cuándo me cansaré de ser la tristeza personificada. Deshumanízala, suelta la otra cara de la moneda. ¿La cruz? La mala suerte, le denominan. Ve y llama a la puerta, atrévete, elimínate todas las etiquetas, que las coletillas llegarán solas y en una abundancia terrible. Esa chiquilla tan pequeña, que ha crecido con creces, me mira con curiosidad, pero la adulta se observa desde el reflejo del espejo muy indecisa, e incrédula, ni que le digas que Me quedo, pero, así, diminuta. Me sobra la eñe porque le suma abstractez al asunto pasando del uno al diez. ¿Y qué? Me acabo de perder otra miserable vez. Voy del revés, no sé ubicarme de pie, pues. Las cenizas van que vuelan, que arrasan y, las alas, ya sonámbulas, se arrastran. Que cuándo seré feliz: pues ni yo lo sé ni tampoco lo quiero saber. Es que…, ¿Qué? Que te guardes en el fondo de tu escasa sabiduría esa diminuta alegría. ¿Sabes? Esa fe que quiere, e intenta, y con impulso fuerte parece que se eleva, pero vaya… cuando la ves estamparse contra la mierda va y se le salen las estrellas por las orejas, si es que tiene. ¿De ellas o de ambas? De ninguna. Descuartízate la mala lengua, las habladurías y las brujerías. Se han quedado las tres y, de golpe, qué maldito estrés.

La enamorada
Todos evolucionando, todos enamorándose, cambiando por y para alguien, y yo, ¿Yo qué? Yo aquí… ¿Haciendo qué? Pudriéndome mientras me vuelco en el café. Se va enfriando y, sin querer, la espera de la fe se alarga. Voy tan cansada, ¿Pero desde cuándo? ¿Cómo vuelo? Se me alteran las palabras o solo es que van disecadas? ¿Van así? Realmente angustian tanto que se absorben… Supongo que se solapan las más inéditas, de aquellos vacíos tan huecos, de aquellos dilemas con varios esquemas que, bueno, si sabes deshacerlos pues bienvenido a mi vida, queridísimo mío. Quise, tuve (en pasado, ¿Otra vez?) Otra vez de apreciarme y acurrucarme y cobijarme entre mis heridas. Espera, acabo de soltarlo, de nombrarlo, al substantivo, digo. Si escribo, si me describo, quizás el milagro sale tan disparado que se acaba abriendo del todo la brecha de la luz escueta, sentencio. Me gustaría, si pudiese alcanzar a la estrella…, me gustaría narrar sin querer, a bocajarro y con el corazón sangriento. Es fugaz, y el tiempo va que vuela, y si vuela, sí, vuela. Entonces, me quedo quieta, inédita. Tal vez menos muerta: voy sonámbula por esta avenida tan estrecha. ¿Seré yo la vívida, la pícara, la…? ¿La qué? Yo qué sé, supongo que va del revés, la incongruencia de cabeza a pies. La misma que observa la luna rojiza y llena y se cuestiona si los zorros ya habrán salido a por ella, si ya han aparecido fuera de su escondrijo para cazar a la loba, que se detesta, que se apesta y se determina como la princesa mal puesta por considerarse una chiquilla entristecida, por ser la mal herida. A ver si necesitará a una alcahueta: ¿Pero para destruirle aún más su propia miseria interna o para alzarle su cabeza de muñeca muerta? Será que se debe creer más que la que sirve de verdad es la pura ciencia, guiarse por hechos empíricos…, que en el resumen del final del cuento chino y turbio, la intuición solo tiene una única utilidad y sirve para estar equivocada en ese pequeño trance de vislumbrarse como la enamorada.

Proceso creativo de “Aurora”
Escribir Aurora fue un proceso intenso y exhaustivo que contuvo un proceso creativo bastante largo lleno de cambios, de irregularidades y descensos. Y ahora que me pongo aquí a describir aquella experiencia, aquel proceso creativo, me quedo hueca de mente, así, en blanco, siendo la tabula rasa, porque se me escapan las palabras. Supongo que arrasan o quizás se difuminan o nunca llegaron a aparecer.
Entonces, se soltaron o cayeron a borbotones. ¿Quizás de golpe? No lo sé. Tampoco recuerdo bien cómo se inició aquel bocajarro de miseria rota, solo sé que de una herida, casi imperceptible, se incendió la llama de un vacío existencial: un fracaso monumental.
¿Qué pasa cuando toda tu vida es una fantasía ilusa? Cuando lo que creías real se convierte en irreal y a la inversa, entonces… ¿Hacia dónde te diriges? ¿Y cómo te mueves? ¿Por impulso del declive? Ir cayéndose mientras, una misma, se va creyendo y creando… ¿Pero el qué? Quizás, era, sin querer, tu proceso emocional, ese in crescendo del “voy viendo”. Ese que estabas esperando, sí, te llegó y de un portazo te reubicó, te plantó aquí dentro, en este presente que parece tan ausente…, pero que es real, que es tu pura y cruda y dura realidad.
Así que si te apetece hundirte en otro hueco extraño y bien amargo, léete Aurora. Quizás te reencuentras en otras formas abstractas, o no. ¿Quién sabe?

El sentimiento desubicado
Tantos pendientes… vaya resaca emocional, todo, esto, es tan mortal, y anormal, quizás. ¿El hecho es que no haya hecho ni tampoco derecho? Me muero, me muero, voy, así, escopeteada, poco saciada de ti… hasta que te veo y una paz inimaginable e indescriptible me describe entera, pues te impregnas en mi piel, entre mis pliegues. El papel. ¿El papel qué? Que se queda corto, que va escaso. Eso quiero yo: tenerte a centímetros de mí. El caso es que del dicho al suceso hay un gran trecho, un gigantesco techo. Porque, bueno, son palabras y se marchan volando con el tiempo y al ritmo del tempo. No me hables de coletillas, tampoco te vayas de puntillas porque te escucharé, y a conjunto, con mi corazón, que se romperá por otra desesperanza más. Y al cajón de desastres, de las desilusiones rotas, así, de las mariposillas loquillas con la picardía limitada.
Estamos en este vaivén, y ven, ven, porque somos seres caducos. La vida son dos días y, aunque llena de puntos suspensivos, incertidumbres e incongruencias…, pues, bueno, deshazme de esta inercia que fluye tan bien ya que desciende y se enciende del revés. Cuesta abajo la monotonía incluso se observa divertida. Solo que estoy y voy cansada de este desamor bien encajado, de no corresponder(me) e ir siempre, siempre con la paranoia en llamas. Las chispas se incendian de unas cenizas que parecían algo inéditas. ¿Se ocultaban? Sencillamente se sentían tan muertas, tan sonámbulas, tan esqueléticas…, que explotan, que estallan saliendo a bocajarro de mi frío y cadavérico y huesudo corazón.
Repiquetea, se queda, se verbaliza, se aprecia y se deleita para después sangrar a carcajada libre, como si esta pudiese saldar todo el daño. ¿Puede? Quizás ahora, este, ya petado, se centre tanto en los colaterales… son algunos espacios en blanco que los verbos se me escapan y mi mente arrasa con tantos pensamientos raros que sin querer se convierte en la tabula rasa.
Entonces, de golpe y estupidez ajena saltan las alarmas y los semáforos se quedan enrojecidos por el sustantivo mal puesto.

La noria loca
Qué paranoia, qué discordia. Vaya sí que da vueltas la noria, sí, de mi ensombrecida nube; está muy, muy, muy grisácea, que no, que no sacia. Desconoce, bueno…, yo dejo de conocer, la manera. Se me descoloca la forma, y la cola. ¿Me fui con el rabo entre las piernas? ¿Acaso tengo si es que de un chispazo voy y muevo y muerdo el anzuelo? Dame o, mejor escrito: ¿Me quedo el amuleto? ¿Tengo? No lo sé, porque me pierdo, me pierdo y me pierdo. La fe va, se descuelga. Se ríe de mi miseria. ¡Y qué feria! El espectáculo que se asemeja a algo, que parece que se queda… ¿De qué tratará la próxima trama de la novela? Quise colocar el punto, pero se quedó desubicado, inacabado. ¿Lo peor? Que plasmo descripción tras ficción. ¿O era, justamente, al revés? Un, dos, tres, ahora me caigo (bien) de pie. Solo son, bueno…, creía que eran las seis. Spoiler: no llegamos, todos, ambos, al más allá de la coletilla, de la agujilla que pica, que apunta las doce del mediodía, quiero decir, que va agujereando al reloj, que se deshace siempre, porque se contiene tanto que no sabe cómo detenerse. Así que sigue y prosigue, como del prólogo al epílogo de donde abundan unas cuantas sombras pícaras. Son las páginas ennegrecidas, y no de palabras, sino de sensaciones raras, muy extrañas.

¿De dónde viene?
¿Cómo te va esta vida? No lo sé muy bien, porque eso de deshauciarme de mí misma, de no escribir ni una pizca de alegría… ¿A qué se debe? Voy tan saturada, así, escopeteada: a bocajarro suelto, y saco de mi ser más inexperto, los milagros. Es que… no puedo. ¿Otra vez te excusas, nena? Será que te escupes la amargura en tu propia cara, desde tu mísera palabra. Se lo lleva, siempre, el viento y, quizás, solo por eso, se desencuentre y vaya inerte. Decapítala dice mi mente. ¿De qué manera?, responde mi subconsciente. Así surge la existencia vital, de esta forma tan abstracta se solapan las subordinadas, las dudas y las coletillas. Llevan una carrerilla que, bueno, básicamente les sirve de nada. Para eso vinimos aquí. Reconozco que me sabe mal presumir, pero, sobretodo, admitir. El qué, ¡Pues ni yo lo sé! Vaya mal querer(me), qué sin vivir. Quieta aquí. Dudo, cada dos por tres, con el motor puesto a mil por hora, si colocar o no la coma. Porque obviamente que es una pausa. ¿Pero de cuántos escasos segundos? ¿Acaso los cuentas? O te fijas más en la profundidad de aquel proverbio chino. ¿Y por qué no? La metáfora, esta vez, ¿De dónde ha venido? El caso es que por fin escribo algo, pero… ¿En qué circunstancias? Probablemente…, las mías. Reitero: ¿De qué manera y cómo van llegando? Es que, perdóname por el pequeño pretexto, pero serán situaciones tan inciertas, que van y vuelan.

Vida mía
A veces se me cortan las palabras como las metáforas que se deshacen o se hacen al son de las olas coléricas que se van chocando entre ellas. Vaya vaivén, vaya ir y venir tan hermosamente roto. La vida, quiero decir, la mía, está al punto de sal, y es tan bonito que me rompo y me caigo y me vuelco una y otra vez, aunque estoy bien.

Espejismo
Traumas, traumas y más traumas, y abrir el ordenador para nada. Se me olvidan las palabras, los sucesos se solapan y la verdad, que parecía mentira, se asemeja a otra nueva realidad. Dejo de estar cansada, sonrío como si hubiese algo. ¿El amor es algo embarazoso? Quizás está lleno de pausas inéditas, quizás las rarezas se vuelven bonitas. ¿Y si la alegría consiste en saltar y nunca caerse? Serán, tal vez, chispazos, pues mis alas, de una forma extraña, se abren, se abren, y acaban por no detenerse. Entonces…, me miro sin querer en el reflejo de mi propio espejo: me piropeo y, escasos segundos después, se me rompe a pedazos la autoestima. Entro y me veo y me quedo porque, aunque todo (mi vida) sea absolutamente un desastre y, a la vez, me haya convertido en el caos personificado, vale. Esto vale. A lo que iba…, que voy con la ironía puesta de cara y, parece que, queriendo, ya no me escupe en esta. ¿Será que me habré hecho amiga de ella? Sólo sé que voy y vengo y voy y escribo y también me describo. Sólo siento y me toco las pestañas, ya caídas y, esta vez, me formulan frases. Serán más o menos exactas, imprecisas o con pocas coletillas. Las semillas del pasado ya han florecido, el espejismo es mío, muy vívido, muy íntimo. Se me escapan las colillas, quiero decir, se van correteando por el pasillo de la amargura. ¡Qué agridulce esa locura, qué sabor, qué fantasía! Me quedo, me quiero quedar, incluso, créeme que quiero quererme. Bueno, ya estoy en ello, en ese asunto, en ese momento, en ese verbo, en ese hueco interno que se pasea por aquel recoveco cogiendo un poco de aliento.

Extraña forma de vida, Enrique Vila-Matas
Extraña forma de vida (1988) de Vila-Matas es justamente eso: algo raro, un cúmulo de intríngulis contrapuestos entre sí. Es una confesión de sensaciones en forma de diario narrativo, aunque es una novela ficcional, que parece muy real, pues los personajes podrían asemejarse perfectamente a personas del día a día.
El narrador nos presenta su matrimonio infeliz con Carmina, de donde posteriormente se van desencadenando una serie de sucesos entrelazados entre ellos. Estos temas son los que explica el protagonista en una conferencia con el objetivo de soprender a Rosita, la hermana de Carmina, y con quien está enrollado.
Respecto a los temas de la conferencia, cabe destacar algunos: el hecho de ser espía; el encuentro cuando era un niño, con Dalí en Cadaqués, y en otra etapa de la vida del protagonista, con Juan Riverola; la explicación de su padre sobre la obsesión con los subsuelos y, consecuentemente, su estado anímico depresivo. Además, de la conversación entre él y su padre, que es un paralelismo con la confesión que le hizo este a sus nueve años, expresándole que el cielo es inexistente y que, por tanto, los seres humanos somos mortales. Incluso la “angustiosa cobardía” (p. 67) que tuvo su padre a raíz del escritor español Miguel de Unamuno. También hay otros asuntos de los cuales trata el narrador como el trastorno mental que padeció su padre, el acontecimiento del barbero, el fallecimiento falso y, finalmente, su decisión de última hora: cambiar el nombre de Rosita por Ramona en su conferencia.
Entre todos estos aspectos, destaca uno, como su cuestionamiento sobre qué hará con su incerteza: si se quedará con su amor eterno (Carmina) o con la aventura pasional (Rosita). Así pues, concluye que “la muerte es morirse” (p. 127), y cuánta razón tiene. En resumidas cuentas, el protagonista se cree espía y, entre sus idas y venidas, una mañana descubre que también es engañado por Rosita, quien está teniendo relaciones carnales con otro hombre. En resumen, todo se entrelaza entre sí.
Y, según Enrique Vila-Matas, a través del personaje Marcelino, expresa que “todo en esta vida sucede sin un por qué” (p. 134) y, el mismo protagonista, reflexiona sobre su existencia vital, sobre que “los escritores de verdad siempre fueron unos consumados espías” (p. 137), incluso de ellos mismos. ¿Y quién no, no? El caso aquí es que lleva una doble vida. Además de que cuando hace la conferencia, no logra acabarla porque justamente hay un momento en que Rosita se acerca a él y le planta un beso en los labios despidiéndose para siempre.
En definitiva, hay mujeres dispuestas a quedarse para toda la vida y a hacer feliz a un hombre, y Marcelino encontró a Carmina buscando a mujeres para un solo día, aunque ella se quedó y, él, como la mayoría, la fastidió. ¿No estaba a su altura? Así pues, justifica sus actos porque se siente vacío dentro de una soledad muy palpable y, esa, quizás, es la vida de un “escritor magullado” (p. 139), por no haber sanado sus heridas, porque aún están abiertas, por no haber saciado sus huecos rotos. ¿O qué?

El florecimiento
Con el alma arrugada, voy escopeteada y agotada. ¿Dónde cabe, en esta mísera vida, el sentido común? La perspectiva cambia cuando las palabras andan. De mientras el vaivén de un ser roto, que se queda quieto, casi muerto, frena. No logra acelerar, se ha detenido. Por un momento pensé que las subordinadas, en este preciso texto, sobraban, pero va y saltan y se solapan y, ahora, las teclas van saliendo a bocajarro de mis entrañas menos ensangrentadas. Se están secando, se están secando. ¿Cuándo? Se pregunta mi aleteo izquierdo. ¿Cuándo, el qué? Se vuelve a cuestionar mi inseguridad que va deshaciéndose a ras del suelo, o del cielo. El hecho es que ya me he acostumbrado tanto al infierno que voy, voy, y vuelo, aunque sea entre verbo y verbo. Aunque sea estrellándome con la metáfora, o la realidad. La moraleja… ¿Cuál era? Inexistente, se encuentra. Bueno, yo sólo intentaba describir ese movimiento, sí, justamente el extraño, pero resulta que se ha equivocado. ¿Quién: yo o el milagro? Perdona, quería concretar, supongo que encajar esa lógica…, en un diminuto hueco. Resulta que este se ha ensanchado y de él van naciendo sin parar, de las raíces, las ramas y, de las semillas, las flores ya no tan marchitas. Entonces, se me caen todos los placeres. Se mantiene el sujeto tácito, que tiene una estrategia que ni te imaginas. Mira, mira cómo aletea. ¿Quién? Volverá a incordiar la irracionalidad. Luego se girará, quizás, la sombra inédita concluyendo que siempre ha estado, aún así percibiéndose ausente. Como tu frase estrella, que era mía de hace ya unos largos días… Que aquí lo importante es tu presencia. Definitivamente, eres el capullo que, siendo consciente y a ciencia cierta, me ha causado el florecimiento interno, el que me ha regalado el jardín entero desde dentro. El mismo que me ha dotado del momento más mágico de mi vida, justo donde ya me estoy apreciando los recovecos, más o menos editados, o abstractos, pues, no sé de qué manera, ya me estoy queriendo en este gerundio sempiterno. Te quiero.

Nos estamos queriendo
Abundaban las nubes grisáceas, llenas de un algodón raro. También caían las pestañas, y los milagros se iban deshaciendo con el paso del tiempo. Los segundos son eso, segundos. Quiero olfatear esta existencia vital, de otro tipo de color, con otra perspectiva, pero solo se pasa el tempo, que grita y baila y se queda detenido en su propio hueco. Voy…, de hecho, estoy ya cansada de esta existencia vital. Son las cuatro pasadas, otra vez, y ya desconozco si quiero seguir o reseguir tu cuerpo con mis labios humedecidos. Aunque, bueno, sencillamente, si eso fuese sencillo, si fuese capaz de entrar en esa brevedad tan intensa, pues te descubriría, y me relamería entera la certeza. Después me tomaría la cerveza para celebrar el pastel de nata con cerezas de hace cuatro años más atrás. Por allá en el dos mil veinte y tanto, pero no tantos, se incendió un tipo de embriaguez… que, ahora, es una locura escondida en otra vida. De repente, miro hacia mi derecha y el título del libro me llama, sí, me grita que me quede. ¿A dónde? ¿Con quién? Se cuestiona mi mente, burlona. Solo queda despedirse del reflejo del espejo. ¿Te canto un secreto? Resplandecía demasiado. Y, sin querer, mezclo la incertidumbre porque me salen escopeteadas las palabras. ¿Y las adecuadas, dónde están? Perdidas entre la abundancia. Admírate, Anna, que esto ya se acaba. Esto ya se acaba. Hace daños, y escopetazos y portazos, que me marchité y no sabía, no sabía, cómo florecer, pero es que… ¿Hay que saberlo? Quiero decir que una renace cuando le sale y no cuando quiere que le nazca, porque si no sería todo muy artificial, antinatural y poco arbitrario. Para el carro, descuélgame esta y vente conmigo a vivirnos. Expliquémonos, así, narrándonos sin tantos pretextos y sin mirarnos tanto el pescuezo. Descríbeme a literatura cierta, al ritmo de mi novela, que sé que ya te la estás bebiendo a sorbos lentos. Perdóname si se me resbala la penúltima pestaña, estaba bailando a propósito de ti, queriendo quererte. Estaba pidiendo el último deseo que parece ser que va llegando aunque a cámara muy lenta. Va arrasando, el suelo, y también llorando, con el infierno que es otro tipo de juego lento, pero estratégico. ¿Nos estamos queriendo al mismo tiempo?

De golpe, y portazo
Y me cuestiono, así, como si nada pasara… ¿Culminará la novela de alguna manera? La fe desacelera, frena. Me quedo quieta, inédita y muerta, sí en ese miedo inherente. Saldrá de mi mente. ¿El qué? Se va preguntando el reflejo de mi otro espejo que se convierte en algo. Quizás es un verbo o la explosión del deseo, seco. Vuelvo a ir tarde, ¿Pero a dónde? Si la vida es esta, si la vida se parece a eso. La caída…, vaya forma de colgarse… Eso, que son tres escasos segundos. Y yo, yo, ya estoy harta, y voy saciada o, mejor descrito, muy cansada. Me quedaré en la línia final o al principio desde donde se vislumbra, en la lejanía, la meta. ¿Consistía en ir o en hacer la paralela? Bueno, pues, qué pena, nena, porque voy haciendo eses con creces. Desconozco y lo vuelvo a conocer absolutamente todo. Me vuelco en ese hueco, es decir, en el mío. Cómo admiro ese vacío, cómo lo admiro. Realmente…, lo detesto. Luego voy y la fastidio, porque no me queda de otra. ¿O sí? ¿Qué será? ¿Qué será de mi existencia vital? Solo siento que voy tarde a algo o, sencillamente, que remonto al pasado y cuando me veo en este presente, uf, me quedo tan ausente. Ese segundo que levita entre la neblina espesa que pesa…, ha retrocedido, pues se quiere tan mal y del revés. ¿Ves? Qué vicio, es bucle. Me engancha, me confunde, me distorsiona la realidad. De golpe, como si la nada aún pudiese convertirse en algo menos destacado, se posiciona delante de mi ser, pero yo, yo dejo de ver porque la mirada se me ha cristalizado.

La fe sin nombre
Va lloviendo, mis ojeras se despellejan y, el que parecía que aparecía, no llega. Se ausenta o se oculta entre las sombras más inéditas. Me quería ver muerta, pero las lágrimas arrasan. Entonces me encuentro vívida. Me quedan tres días contados… ¿Para qué? Se preguntará el del otro lado. Me duele el costado izquierdo y cada una de mis costillas que aprietan. Voy sangrienta, y soñolienta. Hace dos noches atrás, ¿O fue anoche? Bueno, el caso es que tú estabas dentro de mi ensueño, allí, recreándote, pavoneándote indirectamente y, mientras él me susurraba en mi oreja derecha, que tú estabas preparando mi aniversario… De golpe y porrazo me sonó un estallido alarmante: tocaba levantarse. Mi cuestión es porqué te metes en mi mente cada dos por tres. ¿O es que nunca sales de ahí? Se me enfrían los dedos de los pies. Vuelve a llover. Me da miedo…, de hecho, me acojona no saber salir corriendo cuando es lo más necesario en ese o aquel momento. Me aterra desconocer cómo colocarme para poder dispararme impulsivamente hacia otro lugar. Cierto, de intensa, lo soy, de vez en cuando. ¿Tendré la capacidad de deshacerme de ti cuando no pueda más? ¿O es que ya nos hemos unido tanto que…? ¿Tan entrelazados estamos? Vaya, veo que sí. Y solo quería echarte a un lado, pero resulta que si te despacho de mi vida, también me condeno a mí misma: ambos vamos al unísono de nuestros latidos, que van perdidos entre unos sentidos dignos de admirar. Te quiero, te quiero nombrar. ¿La fe se apellidará?

Proceso creativo de “Descendent”
Descendent es una obra en catalán, una de las primeras de las cuales me aventuré a escribir. Iniciada por allá en el dos mil dieciséis, editada dos años más tarde y, finalmente, publicada en el dos mil veinte. Fue, y sigue siendo, una de mis historias favoritas, no por cómo está escrita, sino por lo que viví, por lo que sentí en aquellos años tan intensos y extraños. Al fin y al cabo, todo lo que escribo, o describo, se centra, se fundamenta, en mis sensaciones ya sean más o menos verdaderas, aunque todas son, destacadas, básicamente, por su honestidad y no con los demás, no, pues cuando coloco palabras que se van entrelazando entre ellas, queriendo y sin querer, lo hago partiendo de mi ser interior, sí, desde mi corazón que va sangrando a herida o carcajada abierta. ¿Me explico?
Cabe precisar que orgullosa de mi pluma, por aquel entonces, no lo estoy, y nunca lo estaré, pues los escritores, al igual que los seres humanos, crecemos y vamos evolucionando, transformándonos. Así que, tal como florezco y me marchito, así nacen y se van yendo mis textos: avanzando, retrocediendo, queriendo o dejando de quererse. Quiero decir, que de alguna forma, ya sea más o menos abstracta, se van construyendo y, al mismo tiempo, destruyendo. Perdóname si con ello acabas de perderte… Es lo más común, o no.
Por aquella época, bueno…, no me recuerdo entera ni tampoco derecha. Me visualizo, desde un cariño extraño, como una niñita enferma, tocada de pies a cabeza por un delirio de grandeza. Y, de allí, de aquellos sueños sombríos nació la novela…
Adjunto el prólogo, que dice así:
Vull desaparèixer. Vull marxar, lluny d’aquí. Anar a un lloc, aquell que només existeixi per a mi i per a ningú més. Allà, enmig de la soledat. On ningú em pugui trobar, on no pugui trobar a ningú. Vull perdre’m, perdre’m per un temps infinitament infinit. Vull no tornar mai i quedar-me allà per sempre més. Vull anar en un món on no hi hagi ningú que et critiqui, ni que et jutgi pel que fas o el que dius, on puguis ser tu mateix i oblidar-te de tothom. I també vull plorar sense parar. Que per cada gota que caigui dels meus ulls s’esborri una tristesa, un mal moment i així successivament fins a poder oblidar tot el meu passat sencer. Per poder començar de nou una nova vida i tornar a ser jo, la que era fa temps. Però no vull tornar aquí, en aquesta merda món, sinó en un altre, en aquell on només existeixi jo. On pugui fer qualsevol cosa en qualsevol moment sense preocupar-me pel que puguin dir els altres. Que pugui ser feliç cada dia, sent jo mateixa, amb tots els meus defectes inclosos. Que hi hagi derrotes i victòries per igual. On la felicitat sigui necessària per viure i on la tristesa sigui un delicte.
Y mi cuestión es la siguiente: ¿Puede alguien, en su sano juicio, expresar de forma fiel y literal lo que va saliendo en sus pesadillas? Quizás sí, o quizás… Bueno, lo dejo en el aire.
Pd.: Gracias por leerme, por estar y por ser conmigo.

Proceso creativo de “Horas”
Me recuerdo a mí, no en mi época quinceañera, si no en mi faceta de ir describiendo cómo me sentía por aquel entonces. El insomnio era más grande que yo, por eso ese título tan preciso, bueno, así fui denominando cada texto: antes de plasmarlo, escribía la hora en la que lo empezaba. Y de ese barullo apareció Horas. También me recuerdo a mí en aquel dilema y dentro de aquella naturaleza. ¿Sería el verano del dos mil y poco? Allí, en Asturias, fue donde se incendió, y me ahogó, la oscuridad, y una tristeza inmensa. Dicen que de esta nace el arte, dicen. Y, yo, digo, una verdad, muy mía, sí, que fue uno de los instantes en que me morí en vida. ¿Qué significará cuando una se siente sumida y perdida en su propia miseria? Que, quizás, se muestre vívida, aunque descolorida y a rebosar de sombras grisáceas. Cierto, por aquellos días fui incapaz de percatarme y ahora que me pienso, en un pasado ya efímero, me agradezco. Aún así, sigo recreándome en ese sentimiento tan intenso. La adolescencia te hará más fuerte, si no te asesina antes. A mí me salvó, un poco, el acto de escribir, de poder, después de sentir, narrarme a mí. El posteriori, sin querer y a cámara lenta, va apareciendo, para hacerte ver la realidad, ya sea mirándola de reojo o chocándote contra el suelo. Parecerá la úlitma vez, pero no lo será, porque te caerás otra vez, y otra, y otra. En eso consiste ir escribiendo.
Y, hablando del después, cabe aterrizar, aunque una acabe del revés, en el preciso momento cuando se saca toda la miseria del corazón y, decide, definitivamente, publicarlo. Desde mi perspectiva, cuando sale el texto, cuando ya ha nacido, crecido, brotado, fallecido…, cuando ya ha sido reescrito, eliminado, borrado o fulminado…, o todos a la vez, pues a la escritora en sí le pertoca liberarse. En eso consiste, justamente, publicarse: en librarse. Mostrarse al exterior es un acto de fe deshecho, pues con ello estarás mostrando tu interior. Si lo hiciste con un impulso intermitente y, además, desde tu más querídisima sinceridad, lo lograste: ya puedes seguir odiándote. Qué pena que los verbos sigan inertes moviéndose en esa quietud tan candente. Sé que es raro.
Una vez más me he vuelto translúcida entre las palabras, pues he intentado… yo lo he intentado, y al final, me he metido en la metáfora, personificándome. ¿Cómo me voy? ¿Cómo me despido de ella? Espera, si soy yo misma: la poeta, la bucólica. ¿O la qué? La nada, tal vez. Bueno, pues en eso consiste ir armándose entre coletillas y pausas y acentos mal puestos. Todo se adecua en este contexto tan inédito.
Resumiendo, como si eso fuese posible, que no lo es…, una vez más no sé hacerme publicidad. Tan sencillo como explicar un proceso creativo y estar creando algo extraño. El caso es que si te viene a la mente tu imagen, tu panorámica de tu yo-poético roto y lleno de ensueños, paséate por mis escritos y me cuentas qué te han producido.

Solucióname esta, vida
Ya ni me reconozco: las hojas de los árboles se desvisten de otros colores, y yo, pues me quedo arraigada en mi propio vicio. Hablo, estoy describiendo el bucle, quizás, cada vez menos grisáceo. Luego, salto. Me hundo ahogándome con aquella tristeza. Hoy decidí sostenerme los pedazos rotos, pero hay tantos, que ni se aguantan entre ellos mismos. Y, después, están los recovecos más sinceros, que abundan, que se abrigan y acurrucan en mi penúltimo chispazo. ¿Será la penumbra? Lo será, quizás. Voy tan agotada, joder, estoy extraviada: ni mi mísero ser me aprecia, se ha dedicado a burlarse de mi cara en mi ventana (que nunca lo fue). ¿Y sabes qué? Me gustaría, «me gustaría», a poder ser, sentirme querida. Me pregunto, «me pregunto» si soy tan difícil de querer. ¿Para qué continuar en ese vaivén? Tan fácil como cerrar las alas para el nunca más. Sí, dejar de batirlas. El pequeño, tan inédito inciso, consiste en que sigo aquí, aleteando a ras del suelo y cuestionándome si quiero seguir. Me voy sacando las lágrimas de las pestañas con las huellas de mis dedos y van dejando marca, provocándome unas ojeras muy amargas. (Estoy cansada). Y, todas ellas, querían rodar mejillas abajo. Prefiero hacerlo en mi cama (que tampoco es mía). ¿El amor lo podrá solventar todo? No estoy segura de la respuesta…, aunque, de momento, el dolor ha provocado el estallido, siendo tan brutal, que me ha dejado sorda de cora’.

Estados emocionales
Los estados emocionales, desde mi perspectiva, y si me permites precisar, y acotar…, son un conjunto de procesos no artificiales, pues van naciendo del corazón. Se caracterizan por la ausencia de la razón y van saliendo escopeteados, a bocajarro: son diversos disparos intensos salidos del ser interno para después plasmarlos en una hoja en blanco. Además, se conjugan con varios impulsos y aquella extraña necesidad de sacar y soltar y arrasar con las palabras. Plantarse delante del ordenador e ir tecleando sin parar. Consiste en reflejarse ante el espejo de uno mismo, porque, al fin y al cabo, los seres humanos somos distintas facetas creativas, es decir, nos construimos y nos formamos por unos cuantos seres, yoes, interiores nuestros, que los mostramos en el exterior, en nuestra cotidianidad, siempre desde una mirada artística.
¿Y cómo aplicarlos en nuestro día a día? Pues es tan sencillo como soltar absolutamente todo lo que se nos aparezca en nuestra mente, sin tapujos ni prejuicios. ¿Me sigues? Luego ya le aplicarás la coherencia. Después de pausarte, de detenerte…, quiero decir, cuando hayas terminado, cuando hayas colocado el punto y seguido (porque siempre hay más), entonces es cuando puedes permitirte hundirte en estos matices tan imprecisos, ahuecándote aún más, o pincelándolos. Todo consiste en construir tu cuadro que, sin querer, es tu panorámica existencial. Ese es el trabajo del artista, y si te describo el del escritor, bueno, quizás no acabo nunca, o ya he culminado. Espero que me hayas pillado…
Dedícate a vivir, y a sentir, que a posteriori ya saldrá tu arte. Podrás crearlo recreándote demasiado o, por el contrario, desde un punto de vista más conciso, así, analítico. Bueno, es que no existe un buen arte ni tampoco el bien o mal escrito. Solo son coletillas que dicen los pacotillas. No te vengas abajo ni tampoco arriba. Aquí el caso consiste en ir siendo uno mismo, en ir transformando esa miseria que tienes enganchada dentro, para formar algo. Quizás se quede un tiempo inédito y, también, bastante, inerte, pero aquí, todos sabemos…, (precisamente los escritores) que es muy necesario mostrarlo al mundo luego.
El estado emocional no consiste en solo sentir, y ya, sino que primero, uno, llora a lágrima viva y muy seca. Seguidamente, se le remeuve intensamente donde el estómago, ¿O era el corazón? Eso, que hace movimientos raros. A posteriori de remover aún más la mierda, porque este mismo la está plasmando, queda el releerse. Y, sin duda alguna, reescribirse. Unos cuantos tiempos verbales después, ¿Sabes? Y en un quizás que se cae del revés, se revisará aquello descrito. No cabe duda que, el individuo, salido del yo-poético, se hará autocrítica y se dirá que lo que ha sonsacado es un ascazo. Así que lo guardará por si acaso alguien le da un tortazo, raro, y decide publicarlo.
En definitiva, que el resultado, indiferentemente de si se considera bueno, correcto o adecuado a algún contexto, una vez lo haya colgado, este, o esta, se quedará todavía menos cuerdo o cuerda. Aunque, bueno, el texto ya haya salido de su zona cómoda yendo a otro lugar, el real, porque de eso trata el estado emocional en este transcurso tan vital.

El desamor llamando a mi puerta
¿Y qué es el amor si no es sufrir? ¿Será sentir a cámara muy lenta? ¿Quizás estrellarse con el corazón atragantado en la garganta? ¿Y que los pulmones dejen de respirar? ¿Qué es el amor si no es sufrir? ¿En qué consistirá? ¿Y si escribimos sobre su significado? Tal vez se derrumbe mientras las letras se van cayendo o incluso deshaciendo. Se les despelleja la pintura, que parecía estar bien enganchada. Aunque como la vida misma, siempre una termina por llorar a lágrima viva o amarga. El hecho, el suceso y el inciso, todos son lo mismo. ¿Me explico? La miseria se corrompe aún más, como si existiese la posibilidad, la mínima, o la única. Y, otra vez, sin querer, pero percatándome, la conjunción amanece varias veces. Quisiera yo, me gustaría. Ya ni sé el qué ni tampoco el cuándo. El caso es que ya me da igual el pretexto, se ha esfumado, borrándose completamente. ¿Alguna vez estuve entera? ¿Fui eterna? ¿Qué era el amor? Porque se fue, se fue. Quizás lo machaqué, tal vez lo iluminé, incendiándolo con mi tristeza tan palpable, que solo cabe un pedazo -roto- entre mis manos ensangrentadas.

¿Escribir en castellano o en catalán?
Convivir con ambos es lo mejor que un artista puede y debe hacer, y con tres, ya ni te cuento. Mi cuestión es, pues, ¿De dónde viene si no la lengua? Hay que admirarla y conrearla, sea la que sea.
Yo soy catalana, siempre lo he sido y lo seguiré siendo, y me fascina ese sonido, esa melodía que tiene que, sin querer, te conmueve. Así que desde que tengo conocimiento he cultivado y consumido la lengua y la literatura, provenga de donde provenga. Soy de Cataluña, entonces, como parecerá obvio que, muchísimas veces, no lo es, dialogo en el sentimiento que habla mi tierra.
Paralelamente, también practico el castellano, que es mi segunda lengua, pero no por ello menos importante. Como escritora fiel y leal, escribo en ambas, y si me cuestionas en el idioma que sea, si abarca mis capacidades, así te responderé de vuelta, con el mismo toque de sabor. Y no por ello hay que despreciarla o, por el contrario, elogiarla.
Así que si te consideras un ser humano decente, dedícate, desde tu interior, desde tu corazón, a que te sangren, sin querer, sin forzar, las palabras, las que sean. La verdad que si eres así, seguramente nacerán, brotarán y crecerán con emoción, sin tanta perdición ni dilema ni tampoco esquema. ¿Sabes qué te quiero decir?
En mi infancia, en mi adolescencia, escribí en catalán, y también en castellano y, a veces, actualmente, anoto ideas en inglés, y no por eso seré más ni tampoco menos. Tan sencillo como que cuando surge la duda, se trata de buscarla y corroborarla. A falta de conocimientos…, cómete un diccionario, o unos cuantos. O mejor varios.
¿Me voy explicando? Que si defiendes, si admiras la tierra que pisas, déjala que fluya, percíbela tuya, y haz el cambio desde ti. Solo necesitas estar, hacer presencia, desde tu esencia. En resumen, cultívate esta, y la otra letra, y la próxima frase entera, y todas las siguientes, que no se te queden atragantadas en la punta de la lengua.

El otro milagro
A veces me apetece arrancarme las pestañas de cara y, otras, tirarme por las vías del tren o descuartizarme en el siguiente andén. Hoy estoy triste y loca y rota, pero «todo va bien». El pequeño inciso, el problemilla, es que mi existencia vital está en aquella miseria, la del más allá. ¿Para qué quiero un cuarto oscuro si ya tengo las sombras dentro? Si el monstruo feo y arrugado y enturbiado soy yo. Tengo la mirada entristecida, voy con la humedad impregnada, que no se quita ni tampoco se marcha. Se desvanece un breve rato y ya, porque luego sigue molestando. Voy mocosa, también bastante frustrada. Tenía tantas ilusiones a tu lado… si estuviéramos juntos: tú conmigo, yo contigo. Vaya furia, qué días tan grises. Me hice amiga del insomnio, la depresión amarga se ríe de mí a carcajada libre. Intento alejarla, pero se siente cómoda en ese vaivén, mi miedo, que viene y se queda estancado.

Del caos, y otras sensaciones
Hoy es un domingo caótico, por dentro, siempre por dentro, porque va lloviendo a cámara muy lenta. Ese fuego parece que se incendia y resulta que arrasa y se queda. Siento mi corazón cómo levita entre las cenizas casi muertas. ¿Se convertirán, algún día, en…? ¿En qué? Solo sé que ahora son la llovizna disecada, o ahuecada. Voy enturbiada, soy la alocada. Sí, es domingo de tristeza, de ir medio tuerta y con la costilla ya rasgada. Mis pulmones se asfixian de vez en cuando. No entiendo cómo, el porqué probablemente esté cerca. El suceso aquí es que el caso se encuentra cerrado, finiquitado. Me gustaría tanto explicarle a mi yo-poético del pasado, ¿O era el del futuro? Quiero decir…, narrarle o, mejor descrito, extriparle la sintonía de la alegría infinita. ¿Me sigues? ¿Me pillas? Pues, ¿Cómo devolverle a una la vida y a la vez quitársela? Enamorándose perdida y completamente, ¿O qué?
Continúa, el domingo, arrancando y, la melodía es concreta y precisa, y el inciso se queda estancado y yo, sin querer, sigo, porque no me queda de otro remedio que seguir avanzando aunque sea del revés o a paso medio o… Entonces, sin querer, pienso en aquel título de aquel texto aún por escribir. ¿Escribirle una carta a mi ser de los diecisiete? Es que…, no sé si sabría, porque…, porque siempre, por impulso, acabo describiéndome. Eso estoy ya haciendo, ¿O qué?
Bueno, solo me queda agradecer, pero no así en general, ni a quien quiera que sea o que pase. Ni tampoco con tanta sensación abstracta. Toca sacarme las entrañas y sincerarme aunque sean solo tres escasos segundos o un texto que va medio moribundo. ¿Algún día iré al grano? Pues que solo queda agradecerme por el valor, el poder y la valentía que saqué un día detrás de otro de mi alma durante largos años, y daños. Lo hice con un instinto de supervivencia y un estilo muy mío.
Aún escribo, aún me percibo. Me siento viva y vívida y colorida, aunque a veces me convierta en un atardecer casi grisáceo, porque las nubes se han paseado sobre el cielo, ya raso, que va ennegrecido, y luego estalla. Créeme cuando la luz acaba saliendo, pero en el summum, siempre en él, que frecuentemente se oculta detrás de la luna que se cree diminuta, se cree, pero es más hermosa que otra cosa. Así redonda, brillosa.

Solo soy la loca
A veces apuesto por ti, otras, por mí. Hay momentos que necesito llorar y, ahora, es uno de esos. Saciarme entera de mucha espera, y café, tampoco sé ni quiero saber. Me sale la mala castaña, la amargura sola. Si alzo mi vuelo abriendo solo un poco mis alas, creo que muero, que caigo enferma o me convierto en eterna (sin siquiera estar). Me quiero quedar. El caso inédito, quizás, es que dejé de volar. ¿Sonaré burlesca? Que el romanticismo se vaya a la mierda, a la mismísima mísera mierda, y se convierta, absolutamente todo, en la incomprensión entera. Sí, porque estoy cansada, muy harta de esta chiquillada. Resulta que la calle va hablando, quiero decir, que va despertándose. Me encantaría tener una pizca de ella, convertirme en la bella o, al menos, ser aquella estrella, la denominada como reina. Sencillamente…, soy la luna, la opaca, la rota. En definitiva, la loca.

¿Qué te dirías si fueras tu mejor amiga?
Absolutamente nada, empatizaría. ¿Después? Le regalaría una pizca de sabiduría. Sí, y me acurrucaría a mi lado, me abrazaría tiernamente, después de suspirar algunas veces, me miraría y me sonreiría agradeciendo el simple hecho, el mísero, el único…, por estar existiendo mientras levito en ese infierno. La vida es complicada, ¿Sabes? La muerte es muy sencilla porque una vez pasa, arrasa y ya. ¿Y qué me dices de vivir muerta? De deambular por esos días, pasando por los segundos, que traspasan, se aceleran y te aprietan, ahí, en la garganta. “Aguanta”, grita tu otra mitad, reflejada en el espejo, quien intenta, por unos escasos minutos, sostenerse. Luego se cuestiona por qué hay que ser fuerte, es decir, ¿Para qué? ¿Con qué finalidad? La sombra, oculta y bien encendida, va detrás de esa queridísima herida, porque, niña, no queda de otra. ¿O sí? No lo sé, el caso es que abunda un poco de fe… en comparación con los daños atrás acaecidos. “Son buenos tiempos, estos”, suelta la muñequita un poco menos dolorida, con chispazos de alegría y alguna esperanza, aunque, de vez en cuando, deshecha.
Entonces, paso por aquella tienda casi abierta, y me miro en el reflejo del cristal. Y, sin querer, me digo “Eres guapa”, pero ni me asemejo a esa modelo. Y, de repente, escucho a mi mente, bastante demente, por cierto, y se atreve a decirme que si yo fuera mi mejor amiga, es decir, mi propia amiga, debería apreciarme y tratarme un poco bien, ni mucho ni poco, sino adecuadamente. Y empezar a cuidarme, porque, fíjate todo lo que has vivido, por donde pasaste y lo que te acuchilló. Ahora, ahora, aquí sigues: vamos a recordar lo que conseguiste y lo que persigues.
Cabe destacar que te levantaste, después de varios intentos por querer morirte. ¿No es un logro, ese? La voluntad y, por encima de todo, esa valentía que llevas día a día, ¿No es de admirar? “¡Amiga, mírate!”, grita mi oreja izquierda muy risueña. “¿Que me mire el qué?”, se va preguntando mi lóbulo derecho, intrépido, intentando interpretar. Ahí se queda la duda, levitando en un vaivén irremediable, ¿O sí? No otro suceso, si no hecho, te quiero contar: que ya te estás queriendo en este gerundio, y punto. Además, te has descrito escribiendo la novela. Vaya chillido, sale de tu instinto, el mismo que tiene unas ganas inmensas de arrasar a cámara lenta y disfrutar de esa vitalidad. ¿Te sientes vívida? Deberías, chiquitita.
Quítate las etiquetas, las bombillas, las flores marchitas y las comillas, quiero decir, o escribir, que te desalojes de ti misma, que te vacíes. Creo que ya lo hiciste… El plumazo que te diste, vaya, fue algo así como un escopetazo, ¿No? Un balazo detrás de otro, para, al fin estallar dentro de tu propia y mísera soledad. “Soy todo lo que he querido ser hasta este preciso instante”, suelta el bombazo. “Pero quiero lograrlo, quiero ser mejor que mi yo de ayer”, va concluyendo mi cerebro ya no tan malherido.
¿Sientes que no tienes amigas y que estás sola o cero acompañada? Pues salúdate desde el otro hueco y comienza por mirarte a los ojos. Luego, obsérvate un rato más. Intenta sonreír y, si no, sácate la lengua, seguro que te ríes, feliz, de lo blanda que eres cuando crees que puedes ser de hierro contigo. Créeme, eres fuerte, y también de cristal. Está bien romperse el corazón y que te lo quiebren y querer desterrarse de una misma en varios momentos el mismo día. O caerse por las noches en tu agujero inédito. Al día siguiente, ese sufrir deja de doler. Al día siguiente, o al cabo de unos cuantos años, una brilla. No, no por ponerse purpurina en las pestañas, que sé, soy consciente, que de allí salieron varias lágrimas. Quiero decir, que una se convierte en la mujer que ya se quiere, cuando no quiere y porque sí y sin querer.
Así que, amiga mía, florece, crece, muere, vuelve a nacer, y quiérete con intención, aunque el pulso se sienta como un impulso fosforescente, se siente.

Inerte
Parece que vaya en blanco, pero mis pensamientos van volando muy alto. Y me gustaría, preferiría ser, quizás, la de la cicatriz y no la de la herida que sangra. Aún tengo varios miedos, creo. Voy, ando, dudando del futuro y posible milagro. Hace dos noches me sentía eterna. Ahora me quedo quieta.

Pide el deseo
Vaya por Dios, me he convertido en la «tabula rasa» que no arrasa, pero tan blanca. Apúrate que se marcha la angustia, bueno, después de tanta metáfora, al final, la verdad mata a conjunto con la pura, y no tan dura, realidad. ¿Petará el bombazo? ¿Se estrellará el balazo? Cuídame, acurrúcame con tu corazón, que el mío pierde de vez en cuando la razón… Si te narro cómo va la esperanza… se ensancha, se ilumina mi mirada y aquella sonrisa anteriormente amarga, se ha adueñado de la alegría, tan coqueta, tan…, mía. Qué pícara, qué pilla. Como le cuela, le pega, esa picardía. Ahora, justo en ese instante, estoy a rebosar de fe, quizás un poco agridulce, pero, nada como observarte y quedarme palpitando en tu mirada que va al son de mis cosquillas. Sí, son las mariposillas nerviosillas llenas de sabidurías. Desconocen el cómo, el trayecto, tan inédito, oculto y, además un poco oscuro, ¿Sabes? Sígueme, que ya me solté el pelo debajo de la lluvia, que lloró todas las penas por mí. He dejado atrás, en aquel pasado, la tristeza. Súbete a ese rizo, que es muy diablillo: ¿Nos vamos a bailar al unísono? Me he cansado de estirar mi corazón. ¿Me explico? Mejor te lo describo, es sencillo, pero espera, deja de parpadear que, esto, lo nuestro, está vivo.

El compromiso a sentimiento exacto
Estaba leyendo a un blogger, bueno, a un artista, ¿Supongo? El caso es que…, hay que tener fe, sí, no porque se pierda, sino porque siempre está dentro de tu ser. Así que, créeme, la volverás a sacar y a acurrucar y arropar entre tus manos, ahí, justo en tus costillas. Y tu pecho florecerá, solo necesitas creer en ti. No hay más, ni tampoco menos. Sencillamente es así. Porque después de que una se muera varias veces, créeme, ella misma encuentra esa esperanza, porque abunda mucha en su ser. Solo necesitaba creer y crearse y recrearse en esa tan lejana y, a la vez, queridísima, fe.
Así que, sin querer, pero con ímpetu, me comprometo conmigo. Me elijo, después de apreciarme, y me planto aquí, en ese invierno del dos mil veinticinco, y le digo a mi dedo pequeño, el más cabezón de todos, que sí, que allá voy. De hecho, ya estoy yendo, siempre en gerundio, porque así avanza el tiempo, corriendo, o caminando, pero yendo. ¿Sabes qué te quiero decir?
Desde el veintitrés de marzo que debía escribir eso, ¿El qué? Pues exactamente no lo sé. Realmente sí: es el texto, que fuera de contexto, parece loco. Lo que tengo a sentimiento exacto es que mi pecho ya está floreciendo, y vaya acto tan hermoso. Ni roto ni doloroso, sino que, lleno, ensanchado, de florecillas. Soy, no ahora, pero sí en este tiempo verbal presente…, soy, soy y soy un jardín que va creciendo el son del viento. Me pertenezco. También me recreo, lo sé.
Sé que este post es algo extraño, aunque muy directo. Bastante preciso, ¿Quizás? El caso es que estamos a sábado veintisiete, y vaya siete, ¿Eh? Que lo entienda quien quiera, a quien le apetezca. Sé que está cogiendo una forma rara, que me pierdo un poco entre palabra y palabra y me vuelco y, queriendo, regreso al principio.
¿Debía describirme? Ya lo hago, ¿No? No es que vaya a comprometerme, así, de cara a un futuro. Es que ya lo he hecho. Me quedo en este florecimiento, que parece efímero, pero, por favor, que sea eterno. Gracias, y adiós.































