Estoy aquí, pegándome tiros en el alma. Soy como la ruleta de la suerte, y así me va.
Vaciándome, como una margarita cayendo marchitada luego de la primavera.
Estoy aquí, pegándome tiros en el alma. Soy como la ruleta de la suerte, y así me va.
Vaciándome, como una margarita cayendo marchitada luego de la primavera.
-¿Sabes qué pasa? -la miró dubitativo y confuso pero a la vez curioso. -Que los tíos sóis unos gallinas. No tenéis huevos, os acojonáis.
Y antes de que abriera la boca, giró sus talones y dio media vuelta.
-Me voy.
Una vez ya en la calle, oscurecida pero con una luz intacta en el cielo, brillando, anduvo rápidamente mientras la rabia le subía a la cabeza, recorriendo sus venas. Estaba harta, siempre le pasaba lo mismo. Y es que cada vez que a ella le empezaba a gustar un chico y, este, parecía que también le gustaba ella, todo cambiaba. Un giro radical, una patada en la cara, un culetazo en el suelo.
Estaba en su habitación y allí, enredada entre sábanas, hundió su cara en la almohada. Lágrimas ahogadas, secas, silenciadas; las que más dolían en el alma. Se durmió. Y allí se quedó, medio sumisa de su depresión.
A la mañana siguiente miró el móvil; dos llamadas perdidas y diez mensajes de él. ¿Qué carajos quería? ¿Qué pretendía?
Pasó, como quien cruza un paso de zebra.
Y no salió de casa, y se ahogó en su pena, melancolía, tristeza y nostalgia. ¿Demasiado tarde ya?
Entonces, después de asearse, salió a la calle para, con suerte, despejar su mente. Se lo encontró, en la puerta de su casa.
-¿Qué carajos quieres?
-Hablar contigo…
-Demasiado tarde. -Comenzó a andar, hacia un rumbo indefinido.
-Oye… -y antes de que pudiera alejarse más, la detuvieron sus palabras. -Me gustas. Y sí, joder, he sido un idiota en no demostrártelo, en tirar la toalla y dejarte marchar. Pero ahora estoy aquí, intentando arreglarlo. Y ya sé que lo roto nunca jamás será reconstruido, y ya sé que va a costar, y ya sé que esto duele. Pero si nos tiene que doler, que sea juntos.
Estoy aquí, como una estúpida, dando vueltas en la cama. No son ni las doce, pero ya han pasado las diez.
Me duele la garganta y, sólo, puedo ofrecerte mi corazón rasgado y unas cuantas lágrimas, uñas mordidas y mis ojeras.
Y es que me he puesto la alarma; sonará a las siete y media y vete a saber si me levantaré.
Estoy, aquí, esperando alguna acción tuya aunque sé que no me dirás nada.
O quizás me equivoque. Ojalá sea así, un error.
Ya no puedo más, y no porque me duela el corazón, ya que lo tengo apagado.
Medio marchitado.
Soy humana;
puedo llorar,
puedo hablar,
puedo sonreír,
puedo gritar
y accionarme.
Pero de eso último ya no sé.
Soy una luz parpadeante,
una semáforo en ámbar,
un faro moviéndose inquieto.
Qué pena.
Quiero salir a bailar en la calle,
mover las caderas de mi corazón
y bailar al compás de la música.
Saltar y cantar y no parar.
Quiero otro verano
y ser primavera en otoño.
Saltarme la regla del amor,
romperla para siempre.
Y ser yo.
Una y otra vez.
Serlo.
Joder.
Sí.
La marea está en el cielo,
y me siento océano.
Y vuelo,
vuelo en las profundidades de mis venas.
No lo veo tan claro,
eso de salir a la calle
y lograrlo.
Veo más nítido,
eso,
de tirarse por el precipicio,
saltándo desde un edificio
y romperse el corazón.
Ir con el órgano dolorido
por el resto de mis vidas.
Y es que tenía siete
y sobreviví ocho.
Ahora estoy en la última,
sorbiendo poco a poco,
saboreando un porro deshecho,
como mi alma.
Está derretida,
abrumada por tu calor.
Y vuela, se alza del suelo y se va.
Se marchó hace dos semanas,
cuando decidiste encararme
y besarme.
Soy desordenada de alma,
estoy destrozada,
cicatrizada.
Ya no hay arma,
ya no me amarro a los Te Quiero ilusos,
ni a los recuerdos pasados,
ni a los llantos.
Porque ya no lloro,
ya no amo.
Soy instante de corazón,
un bombardeo,
y un segundo que no para quieto.
Estoy moviéndome a cada rato,
soy fugitiva de tus imágenes inéditas;
tu sonrisa, mirada y voz.
Arranco de mis paredes las cartas dedicadas;
poesía y prosa.
El teatreo se ha quedado atrás,
no lo quiero más.
Y es que ahora quiero fundirme en él,
recrearme en su piel y sentir su respiración.
Mirarle y alcanzar su último llanto,
convirtiéndolo en sonrisa.
Un suspiro prohibido,
uno detrás de otro.
-Orgasmo en poesía-.
Y aun así,
sin zapatos,
destrozada
y sin corazón;
salí a la guerra,
seguí con la truega,
la de mi alma,
que quería sanar
pero desistió.
Demasiados rasguños,
cicatrices perforadas
y vacíos oscuros.
-Desgarrada,
desalmada-.
¿Qué vas a saber tú,
no de la bala que traspasó mis huesos,
sino del arma que me desarmó los sesos?
¿Qué vas a saber de las cinco vidas que morí?
Y, el milagro, es que renací.
Justo, momento, en que se cayó la piedra al suelo.
Golpe seco.
Un infierno de duelo,
porque ya no vuelo.
Joder,
tengo, siempre, todo el as de perder.
Quiero una noche,
sólo para mí.
Quiero una de aquellas que,
bebiendo sorbo a sorbo,
cerveza de la mala,
te emborrachas y empiezas a hablar.
Y, cuando estás dentro del rumbo de la decadencia,
comienzas a conversar.
Y, joder, las palabras te salen del alma,
y tienes una conversación mala,
pero profunda.
Jodida, y malherida.
Ahí, es donde se salvan personas que creías muertas.
Donde les florece el alma, de tanta mierda sacada a luz.
Es como parir un bebé;
primero un grito y,
luego,
placer.
Y beber, y ver y creer.
Morirse de la risa, estallar sin prisa.
Explotar.
Y los días van pasando,
alcoholizada de corazón
y borracha de alma.
Dame la razón,
y un cigarro.
Quiero Marihuana,
fumármela de un beso en tus labios.
Dame amor,
y sexo.
Quiero follar.
Ya no soy en mí,
ya no estoy.
Rota voy.
Melancólica de ojos,
destrozada de huesos.
Se arrastran por los suelos.
Mis sesos están intactos,
inertes.