Categoría: Escritos

  • Suicidio

    Estoy aquí, suicidándome en vida. Arrasando por la cuerda floja, cayendo de cabeza por el precipicio.

    No sé si estoy siendo yo, si realmente es lo que quiero.

    Muero.

    Necesito un nuevo principio. Tirarme por el acantilado y salir a volar.

    Quiero despegar, pero siempre que lo intento, me estrello, una y otra vez sin parar.

    Tengo las alas rotas, ahora están arrancadas, desgarradas. ¿Volverán a reconstruirse? Después de romperme tanto, después de autodestruirme.

    Corazón quebrantado soy, como una vagabunda andando por las calles de la sin razón. Estoy desfasada, apartada del mundo terrenal. Estoy en pleno mundo mortal.

  • Renacer

    Paulatinamente mi corazón vuelve. Está lejos, regresa des del Norte de Antártida, congelado pero ya cicatrizado. Y poco a poco se introduce en mi ser desde un suspiro por la boca, uno largo y pesado. Va bajando, podrido y marchitado, hasta colocarse en su lugar. No bombardea, está inerte. Aun así lo intenta, un latido cada cien quilómetros pensados. Pero entonces hay un milagro, su beso, que me alcanza por sorpresa haciendo florecerle una flor, muy pequeña pero con un sentir profundo.

    Ya no estoy muerta, he renacido otra vez.

  • Vuelo interno

    Lo estoy intentando, eso, de no ser tan rota de corazón. Y creo que lo conseguiré; ser fuego de alma.

    Quiero salir a la calle y flotar como la luna, por un recuerdo bonito, por tu sonrisa o por habernos besado. Lo estoy haciendo ¿eso se llama volar? Yo vuelo interiormente, y cuando te miro se me para el tiempo. ¿Es muy temprano para decir que me estoy enamorando? ¿Y por qué no? Otra vez, caer en la telaraña del amor. Las entrañas de mi dolor se van yendo y, yo, comienzo a explorar tu universo lleno de caos, como el mío. Y soy feliz, por un instante infinito, lo soy.

    Gracias por hacerme sonreír.

  • Siendo Estrella Polar

    Qué manía con eso de decir «a ver cuando follas» a alguien virgen. La verdad es que hay que sentirlo y para sentirlo, hay que vivirlo.

    Ellos no entienden lo que es besarse bajo la luna en una noche otoñal. No entienden lo que es sonreírse como bobos al mirarse, ni tampoco que las mariposas empiecen a florecer en un estómago que, anteriormente, estaba podrido. Que no entendéis lo que es mirarle y sentirse volar. Ni besarle, ni que me bese y sentirse estrella polar.

  • El chico de la chupa negra

    Sus ojos hicieron florecer mi alma porque me miraban tiernamente, con una sonrisa que bailaba al compás de nuestros corazones latir. Nacieron las cenizas de mi fuego marchitado, surgió el avivamiento de la llama. Porque él me miraba, me miraba. Y no sé cómo sucedió; dejé el vaso lleno de bebida en un muro porque me dijo de ir a pasear por las calles de aquella ciudad. Noche mágica, porque me besó. El chico de ojos verdes y chupa negra, me besó. Y volé, interiormente. Y mis alas empezaron a sanar. Y fue un beso delicado, lleno de pasión y amor. Amor, aquello que nunca me habían dado durante un tiempo que pareció eterno. Y seguimos andando hasta alejarnos de nuestros amigos llegando a la profundidad de la oscuridad. Luego, cambiamos de dirección, volviendo por donde habíamos bailado, agarrados de la mano. Y continuamos. Y nos volvimos a besar en medio de la calle La Rasa. Y fue espectacular. Cuando regresamos con nuestros amigos, habían desaparecido pues se movieron de sitio.

    Nos confesamos las realidades más oscuras y aun así, no detuvimos nuestra truega.

    Fue una noche distinta, fue una noche donde la luna nos envidió, pues brillamos más nosotros que ella.

  • Noche amanecida

    Entré en aquel cuchitril, ni recuerdo si te saludé o pasé de largo. Lo que sí sentí es como me miraste, como te miré -con aquella mirada dura, de chica con el corazón roto-. Como nos miramos. Te me acercabas a momentos y yo temblaba, siendo hueso de corazón, cristal de alma. Y venías, y te ibas. Y yo me paseaba y a veces desaparecía, pero presente te tenía. Hubo un instante en que me vine arriba -euforia esparcida por mis venas- y bailé. Y tú me observabas atentamente. Te sonreí, me eché a reír. Me seguiste el juego, y yo a ti. Pequeños instantes en que intentaste mover tu cuerpo con el mío, al mismo compás. Me detuve. Aquello no estaba en mis planes. Me desconcertaste. Hasta que salimos a la calle. Allí saqué de mi bolsillo una piruleta roja que la comencé a comer justo cuando me la quitaste. Qué audaz, todo tú un disfraz -personaje-. Quien me dijo frases cliché, entre todas, «Tú y yo juntos, mi princesa». ¿Cómo te atreviste? Irracional maleducado, fuiste muy inadecuado. Y seguiste. Y me cogías de las manos y la cintura, me mirabas e imitabas mi dureza, mi franqueza. Y es que aquella noche volé justo cuando me besaste en un bus donde nos saltamos las normas, colándonos. Me agarraste desprevenida, no sin antes haberme dicho que querías irte a algún lugar conmigo. Y luego el beso, reinando por toda la noche. Quizás, en un tal vez lejano lo haremos. Aun no. Demasiado pronto. Porque hay noches perfectas y, otras no tanto, pero aquella fue espectacular. Un mar de dudas, ¿qué será de ti? ¿Y de mí? ¿Habrá más, o no?
    Y luego de mis pensamientos borrosos, me llevaste a un portal y me besaste como un descarado. Amargado que no pudo saciar su sed. Fracasaste como hombre, triunfaste como lobo. Que sepas que no me he enamorado de ti, y que no lo pienso hacer jamás, porque sé y siento que aquello tuvo principio y fin en el mismo lugar.

  • Por un nosotros platónico

    Por aquella primera mirada,

    dura y fría.

    Por mi bordería.

    Por aquellas sensaciones sentidas,

    por las fantasías ilusas.

    Por él, por mí.

    Por su poco arte con la poesía,

    por sus palabras llenas de hechicería.

    Por los paseos dados en la última noche de Octubre,

    por sus dedos rozando los míos.

    Por su primer beso conmigo en un bus,

    aquel donde nos colamos, siendo malos.

    Por su rollo de verano,

    por mi aventura con él, rompiendo la regla del amor.

    Por la húmedad de nuestros corazones, y la oscuridad.

    Por su borrachera y locura,

    por su desfachatez y poca cordura.

    Por ser un mentecato,

    por tirarme de cabeza por el acantilado y aterrizar de pie.

    Por ser yo misma,

    por sentirme

    y por despegar a volar.

  • Perdida

    El viento encolerizado mueve mis entrañas, haciéndolas desvanecer. Matándolas.

    No son, están inertes. Como las margaritas que se escapan del astro solar y van hacia la oscuridad.

    Como yo. Me alejo de todo ser divino.

    No quiero luz, quiero sombra;

    y encontrarme entre mis pliegues de pieles, mis cicatrices y mis rasguños. Mis agujeros llenos de pena y tristeza.

    Quiero encontrarme, otra vez. Y perderme entre el aire, meterme y volar con sus corrientes. Subir a la cima y pegarme un tiro en el corazón, dejarlo ahuecado y matar mi pensamiento de una caída por el acantilado.

  • Tristeza

    Nostalgia agria recorre por mis venas. Es como aquel vino de color violeta tan amargo repiqueteando, encolerizado, contra mi corazón melancólico, alcoholizado y desgarrado. Porque la locura de mi alma sale a la noche endulzada y encantada. Ya no hay amor, se desvaneció. Desapareció. Sólo reina el dolor, el pudor y el color negro, medio estrellado, iluminado por algunas luciérnagas, la mayoría apagadas.

    La sangre estalla, creando infinidad de coágulos. Está danzando, bailando al compás de los cristales rotos que brotan de mis ojos. Chocan contra el suelo, y se rompen cada vez más, en diminutas partes. Particulas de desamor volando por el espacio.