Ayer

El día no ha empezado mal, tampoco ha acabado bien. Porque el intento de leer se ha quedado en eso, en un intento de algo. Como levantarse por la mañana y decirse a una misma “hoy será un bonito día”. Si hermoso ha sido. Lleno de dolor, de granizo y sol. Después, ha llegado el bucle. Ya no quiero escribir de rutinas ni tampoco de vidas. Simplemente quiero dejarme ser -paz mental- y tener salud, una poquita. Vete a saber qué pasará mañana. O pasado. Nadie lo sabe. Pero es que yo no quiero saberlo. Sí, cierto, tendré muchas horas para escribir, para sentirme y rememorar momentos. Revivir aquello muerto. No quiero, no estoy interesada en ello. Porque me retumba el cerebro y las palabras sobrevuelan mi cuerpo. Y, llegados a este punto, ya no sé si estoy o si soy. Ser soy, ¿Pero cuál? Cada quien tiene su mierda, cada quien entiende su miseria, o su fortuna. Dependiendo de la perspectiva.

Navidad 2020

He salido a la calle y mientras paseaba la noche se encendía. Las luces navideñas, los árboles de Navidad. Esta vez no había villancicos, ni niños correteando felices. Se los han comido las perdices y el cuento ha sido contado del revés. Es real. Demasiado, porque está pasando. Mirando la noche oscurecida he sentido nostalgia. Todo estaba oculto entre la negrura. No se veía la esperanza, no se escuchaba la fe palpitar entre nuestros corazones. El silencio abundaba. Se sentía tanto que dolía a lágrimas espesas cayendo del cielo chocando -rotas ya- contra el suelo. Sin tonalidades de color, sólo un tono grisáceo glaciando toda la ciudad. Helándola, llenándola de una depresión ansiosa que se está escampando sin cesar, que se va ensanchando sin parar. Caminaba sola y me he sentido más aún. Y luego de estar contigo, amor, he necesitado digerir este paisaje que se me ha quedado grabado como una cicatriz. La más profunda, la que cicatriza sin tener cura. Que aunque le pongas una tirita, ésta acabará desistiendo, derrumbándose para siempre -todos, tú y yo-.

Ser a pedazos

¿Qué vas a saber del acto de leer? De quedarte mirando en la nada pensando en la fe, en la que esconde el libro. Y el dolor que desprenden sus palabras. Momentos inéditos de mi vida; inolvidables. Me rompen, me achican.
Escuece el verbo, mata la palabra haciéndote revivir en una frase. Y, justamente, esa, es la que te hace sentir; llorar internamente, ser. Y qué bonito, ¿No?