Timidez

Pues sí, que habrá y hay mucha gente a la que le es fácil esto, este mundo. Pero hay otras personas que no. Que no se adaptan o, que la vida les desencaja constantmente.
Se derraman en sufrimiento porque son desarmadas moralmente. Y la culpa no la tienen esas personas por ser así, sino como está formada esta sociedad que no tiene ninguna cabida.

Y luego tienen que ir a terapia para trabajar la autoestima y las habilidades (sociales). Pero es que estamos en constante movimiento, y nada pasa y todo cambia. Y es absurdo armarte de valor en este bucle sin salida. Porque el problema no son ellos, sino los demás. El problema real radica fuera. Allá.

Y duele y llena de frustración. Y luego, las personas -ajenas- las miran con curiosidad concluyendo que son raras. Pero es que la rareza no es mala ni buena pero apesta. Almenos hasta donde yo sé.

Es que nos han educado para vivir en sociedad, para caer bien, para ser buenos en algo. Luego, de tanto no sacamos nada provechoso. Todo es en vano.
Vamos tirando como podemos ¿O como quieren que tiremos? Es decir, ¿Caminamos como burros sin cabeza o somos los burros personificados?

Sinceramente, me repela el mundo y no me resbala nada. Antes estaba asustada y ahora voy forjándome, construyéndome pieza por pieza siendo cada día una mejoría. Qué absurdo ¿No?

Y yo digo que quien no se destruye no se construye.

¿Por qué?

¿Por qué lloraste el otro día?
¿Qué fue?
¿Rabia?, Fiera acumulada.
O dolor, o temor.
Puro desamor. Triste querer y no poder. Y hacer errores, serlos.
Que la vida, -la vida- está llena de miseria. Y créeme: podrás.
Con esto y todo lo demás.

Que vibre el amor

Son unas Navidades distintas;
más frías,
más solas.
Aquellas que dices “me falta algo”, y ese algo son ellos;
las personas.
Lo que forman el mundo, las que dan sentido a las vidas. Las que hacen que todo gire, que brille, que vibre.

Escribir

No sabéis, o quizás sí, lo que es la frustración. El acto de querer escribir, tener fe, serla, y no poder. Querer y no poder. Frustra. Acaba contigo, la pacienca y la esperanza. Y escuece tanto la herida que duele. Y supongo, será por eso que un escritor no puede darle guerra al tema y acaba dándole tregua. Tanta, que se ahoga en ella.
El momento. Ese. En que enciende el ordenador y, pum, la hoja en blanco más de cuarenta y cinco minutos. Seguidos. Sin pestañear. Mirándola. Se burla de ti, te restriega por la cara lo que tanto tiempo has estado haciendo y que, actualmente, simplemente, no puedes. Canturrea, baila, ríe.
Agobia y es doloroso para él.
Y llora, el escritor, acaba en llanto. Uno ahogado en un grito. No puede perder los papeles y, aún así, los acaba perdiendo.
Es triste, desolador. Rompedor.
De todo;
De cada letra,
punto y coma.
De cada palabra y frase.
Rompe hasta el cerebro del célebre.