La semilla florecida

Entonces, me releo y, sin querer, caigo en mi propio hueco. Capítulo diecinueve de la novela en la que me voy desangrando a cicatriz y corazón abiertos. ¿De dónde nace la ilusión? Me cuestiono como si la respuesta sanara al saber la respuesta, ya editada varias veces. El hecho es que todo está deshecho. Me encantaría encontrarme y poder colocarme todas las piezas, pero todavía estoy desmontada. Es domingo, aún no ha culminado, y vaya cómo arranca mi alma ahogada en este vaivén de no saber, de desconocer. Aunque, ven, ven, y quédate, y no otra vez, sino porque sí y para siempre. Sé, soy consciente, que va a doler, que chocaremos y nos romperemos, sí, como las olas coléricas en aquel océano tan cercano, por entender todos mis sueños, y milagros. ¿Pero qué más da ya? Si todo se ha ido al mísero infierno, por haberse roto entre los otros. Porque nosotros… ¿Qué carajos somos? Quédate un rato más, que luego ya resolveremos las dudas y también uniremos las incertezas y conjugaremos las palabras con las acciones si quizás nos mirásemos, si, quizás…, otro pájaro cantaría. Y estaríamos menos muertos y más contentos, pero no estás aquí conmigo y, aunque sé ser un poco feliz e ir a la mía, te voy echando de menos en este gerundio sempiterno porque voy, te quiero, y sin querer, me quedo.

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