¿Puedo hacer una pregunta? Bueno, el caso es que ya la hice. Vaya cuento: está a rebosar de absurdez. Solo quiero saber cuándo me cansaré de ser la tristeza personificada. Deshumanízala, suelta la otra cara de la moneda. ¿La cruz? La mala suerte, le denominan. Ve y llama a la puerta, atrévete, elimínate todas las etiquetas, que las coletillas llegarán solas y en una abundancia terrible. Esa chiquilla tan pequeña, que ha crecido con creces, me mira con curiosidad, pero la adulta se observa desde el reflejo del espejo muy indecisa, e incrédula, ni que le digas que Me quedo, pero, así, diminuta. Me sobra la eñe porque le suma abstractez al asunto pasando del uno al diez. ¿Y qué? Me acabo de perder otra miserable vez. Voy del revés, no sé ubicarme de pie, pues. Las cenizas van que vuelan, que arrasan y, las alas, ya sonámbulas, se arrastran. Que cuándo seré feliz: pues ni yo lo sé ni tampoco lo quiero saber. Es que…, ¿Qué? Que te guardes en el fondo de tu escasa sabiduría esa diminuta alegría. ¿Sabes? Esa fe que quiere, e intenta, y con impulso fuerte parece que se eleva, pero vaya… cuando la ves estamparse contra la mierda va y se le salen las estrellas por las orejas, si es que tiene. ¿De ellas o de ambas? De ninguna. Descuartízate la mala lengua, las habladurías y las brujerías. Se han quedado las tres y, de golpe, qué maldito estrés.
La fe estrellada

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