Voy a… voy a leer, se dice la niña, o sea, la mujercita ya mayorcita. La que va, y vuela, con la cabeza llena de pájaros. Nada, que ya llega la verbena. ¿Va a petar la celebración? ¿Qué tipo de maldita erudición es esta? Se me acumulan, ahora, todas las pestañas y disculpa, disculpa si en este preciso y marchito instante, he decidido escribir en primera. Sí, colocándome en la posición más mortal, porque el cañón me puede dar. ¿Y yo me quedaré quieta mientras me desangro por aquel balazo bien acertado? ¿Me desviviré, alguna vez, por querer vivir? Empezar de cero por milésima vez… ¿Y para qué? Y la verdad… ¿Encajará con la realidad algún triste día? La casualidad se encuentra en la puerta, la de la esquina. Abrirla o cerrarla (para siempre). Qué dualidad, qué forma de moverse y arrancarse en ese vaivén que se va, se va. Quítame esa, justamente, la amarga, que peca, y qué peca (más fea). Haz que desaparezca la manía, y mi rareza entera. ¿Seré yo la torpe? La que aún así mirando se da el golpe? Vaya golpe, y vaya, tu mirada me desarma. No quiero hablar del tema, que me quedo, sin más, muy atrás. Se me distorsionan las comillas, pues de vez en cuando me como las coletillas. Duelen, escuecen. Las espinas, digo, que se me clavan dentro. Y, uf, qué infierno tan entero, muy completo.
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El del enamoramiento
Necesito llorar, necesito llorar, dice mi voz interna mientras suena esa conmovedora cancioncita de fondo que me saca la pena, o me la ahueca aún más en mi cabeza. Y luego, la cuestión externa, aquella que me sale por las orejas cada vez que se sincera, o lo intenta. ¿Qué le pasa, a la Anna? La pregunta de la respuesta que deambula incierta. Quizás, así, en tercera persona, en un estilo no tan directo escuece menos. ¿Por qué le trastorna tanto el cuerpo? Tal vez es aquel miedo. Míralo, se sonroja todo él. Con un simple hechizo, el objetivo se hizo mago. ¿No lo ves? El caso aquí es el suceso en sí, quiero decir, el poderío que abarca y aborda el asunto en cuestión. Vaya, qué maldita tensión. Préstame, ahora, si puedes y quieres, la atención: mírate las manos y los pies. ¿Los tienes colocados? Aprécialos, puede que al cabo de unos tres miserables segundos, empieces a atar los cabos, o se te acaben atando, allá, dentro de tu garganta. Tantos cables sueltos… probablemente se enganchen en varios momentos. ¿Culminarás en aquel verbo mal puesto o es un contexto muy inadecuado para plasmar el sentimiento aún desubicado?

La herida vestida
No sé, me apetece no hacer ni tampoco ser nada. Convertirme en la tabula rasa que quizás arrasa. ¿O no? ¿Voy a ras del suelo o del cielo? Tantos títulos pendientes… me esperan, se esconden, se ocultan entre sus recovecos, huecos y huesos. Quieren…, algunos quieren salir, resurgir y, tal vez, fluir al vaivén de mis manos, mientras los voy acariciando. De repente, como si saliese el sol, cuando en realidad hay un cielo muy enturbiado y a punto de estallar, quiero decir, como si de un milagro fuese… Nada, me voy y observo a la gente, que analizo mi vida y, después quedarme tan inerte, vuelvo aquí, y me vuelco en describir y en definir, y también en concluir. Entonces, recojo casi todas las semillas de mi huerto interior ya florecido y me percato de un solo inciso: que me he editado tantas veces que ahora solo queda quererme. Que, ahora, sencillamente, me ubico en este, en mi apreciado presente. Me quiero quedar, esta vez, sin tanto funeral. Estoy amando aquel sentimiento tan mortal, parecido a algo brutalmente letal, pero el pellizco, el de mi ser enfermo (en un pasado muy inquieto) lo alcanzo otra vez, y esta, para dejar de convivir con una alta presión que me amarga, que delata mi mirada. Así que nada, que me he transformado en un cuadro ya algo pintado. Si me permites, querida, déjale paso a la herida, que va a bailar bien vestida.

¿Son margaritas ya florecidas?
Necesito espacio vital, porque parece que mi corazón va a estallar. Es tan mortal ese desamor que emana de mi ser interior. Me quiero, me quiero desubicar, y voy y me pierdo sin más, como si fuese posible, como si fuese real. Lo surrealista aquí es que la vida, o la muerte, se me carcome las heridas en un in crescendo brutal. ¿Pero no estaban ya cicatrizados los huecos? ¿Qué huecos, Anna? Deja de enumerarlos, y de ir denominándolos. Quizás, quizás así desaparezcan, se esfumen, partiendo por aquella cuerda floja que afloja. Ahora, desde mi piel más sincera, de debajo de mis pestañas nace aquella lágrima interna. ¿Me explico? La que apesta y aprieta. Luego, cierto, surgirán las florecillas. ¿Serán margaritas? Mis costillas asfixian, aunque, bueno, podemos vernos, echarnos unas copas para, después, brindarle a la vida. ¿O era brindarte a ti, mi vida? O, sencillamente, consistía en echarme hacia delante: en quitar el freno y plasmar el verbo sempiterno, el del que te estoy queriendo en estos tiempos, en varios de mis tempos y, probablemente, en más de la mitad de mis cuentos, porque vaya, mi existencia se asemeja a un tipo de alegría eterna. No, no le pongas las comillas. Sí, suéltate, desmelénate. ¿Por qué no? Sácate, de debajo del alma, los dos otros puntos restantes. Añádelos al que, a priori, era un punto final. Sí, agrégale al solitario, que se sienta acompañado, que, bueno, el epílogo ya llegará.

Los procesos
¿Los procesos, de qué? ¿En qué momento se cayeron los sujetos? ¿Y los adverbios? ¿Ya conjugaste los adjetivos? ¿Y si mejor dejamos de lado a los procesos…? ¿Entonces, dónde nos ubicamos? ¿Y de dónde venimos? De los estados emocionales, supongo, nacerán los procesos creativos, ¿O no? Pero yo tiempo atrás ya escribí sobre ello, ¿No? Centrarme en el mismo error, o en el texto con escasez de contexto… Porque busco y busco y no encuentro. Me observo a mí en el reflejo del espejo, y vaya, qué palabra, qué maravilla, que me halaga, la niña de años atrás, que arrasa y no para.
Así que, bueno, quizás vengo a escribir sobre los procesos en blanco, por denominarlo de alguna forma. Y extrayéndolo desde mi propio diccionario mental a conjunto con un vocabulario un poco extraño…, quiero decir, para no copiar y pegar la misma denominación una y otra vez. ¿Pero si ya lo he descrito, no? Digo, en el anterior párrafo. No, no confundamos con los “bloqueos” del escritor porque, cabe destacar, que un escritor como a tal no tiene bloqueos, sino espacios en blanco. Huecos, y ya. En definitiva, momentos temporales inconclusos y abstractos, como todo ser humano, ¿No? Aunque el artista se dedica a descifrarse ya quiera o no quiera…, por voluntad jamás, sino por impulsos y corazonadas que van saliendo del alma.
Si pudiese definir, concretar y precisar…, los procesos son como fases, como etapas… O algo similar, quizás. Esta mañana…, que estoy muy dubitativa, porque hay que cuestionarse todo, o casi. Y mirarse mucho el ombligo, y el pescuezo, también. Más que nada, por si acaso, y por si las moscas, que aunque no pican, molestan.

El amor, que habla de cara
Estoy feliz, algo tan inusual en mí, que noto, y veo, cuando me giro, mi alrededor sonreír y, a mí, vivir. Sí, realmente voy, quiero decir, me siento fluir. La flor marchita que era, pues eso, que se desvanece su negrura espesa. ¿Será para siempre? ¿Será por el resto de mi vida? ¿Ya se está yendo, la que tenía aquí dentro: la pequeña, y tan amada, tristeza? La aprecio tanto, la adoro, que sin querer, la tengo aquí, en mí. Solo me queda dejar de sufrir porque sí, de resurgir desde mi florecido, y tan querido, jardín. Sóplale los sueños, que se queden entre nuestros entrecejos, que los azulejos brillen a lo lejos. Que nos sigamos, así, enamorándonos en la distancia, desde la nuestra elegancia, la que nos caracteriza, y con un corazón, que no esté como adorno, sino que sea un sentido único y mutuo. Nos estamos queriendo sin cobardía porque nos vamos admirando, latiendo, así, a pecho abierto, y qué miedo, y qué miedo que se achica a la vez que van pasando nuestros días, ya menos miserables, más valientes, ambos, quizás, de estar presentes a viva voz, vamos al son de los dos, a todo pulmón, en dirección a toda luz. Y, esta vez, voy tarde, pero con la mirada ensanchada y la sonrisa, de oreja a oreja, en el alma.

¿Y ahora qué?
Acabo de terminar la novela. ¿Y ahora qué? Pegarse tres tiros por placer, o no sé, o volver a leerla y decirse, convenciéndose a una misma de que… vaya miseria, sí, vaya sencilla, aunque dura miseria. Florecer antes, durante y después de ser piedra, incluso una convertida ya, tiempo atrás, en ella, no justifica absolutamente nada, pero pasar y traspasarse las pieles consiste en haberse caído varias veces y también en haber estado en varias crisis existenciales. Una ya no tiene diecisiete, ni veinte. Una ya va por casi los treinta, y vaya… cómo duele. Una, además, debería enorgullecerse. ¿O no? Pero no, no es así. Después de tantos intentos por seguir en pie, vete a saber una de qué manera y forma lo ha conseguido, si es que aún no está en el proceso de ir intentándolo en un gerundio muy presente y palpable.
Nada, que yo sigo aquí. Y desconozco en qué punto me encuentro… si en el de mira o si justamente aquel donde te observan… ¿Pero desde atrás? O si, por contra, simplemente se ríen y ya. El caso aquí es que quizás nunca ha habido caso. Así que solo voy un poco muerta o medio cansada de esta, de mi existencia vital, porque arde, sobretodo la costilla izquierda, que quiere ser amada bien: de forma bonita, fiel, leal, honesta y real, y todo eso que se dice, pero que no se hace… quiero decir, porque no pasa, no pasa.
Es que, perdóname el pequeño pretexto, yo, quién si no, lo he intentado unas cuantas veces y me he querido, vaya si lo hice, y de verdad que lo sigo haciendo, pero me he cansado. Voy agotada, hastiada y poco saciada de un amor bonito, de uno sano.
Entonces, las nubes grisáceas van volando y quieren estallar… querían, como yo. ¿Sabes? ¿Comprendes o no de dónde sale este acento tan raro? Quizás también amargo… “¿Y ahora qué?” Se cuestiona mi mente que de vez en cuando va demente. Pues que me encuentro en este lugar una y otra, y otra, y otra maldita vez, y que continúo sin saber. Y me quedo en blanco, me convierto, sin querer, en la tabula rasa que arrasa, y mucho.

Estallando paz
Estamos a martes, quiero decir, somos martes: nos lo pintamos, cocinamos y, luego, pues nos lo comemos. Vamos, todos, ahuecados. ¿O la palabra correcta era ‘adueñados’? ¿Pero de qué o de quién? Tantos textos de los cuales abundan sus fachadas grisáceas y largas… se me van cayendo todas las pestañas. Acurrúcamelas, y estas y las otras, y baja las persianas: que se encierre, y encienda, el sol en nuestras almas. ¿Y ahora por qué escribo sobre comedias y dramas? ¿Qué tipo de miseria abunda en ella? Desdibújame entera, quítame la desesperanza que a veces viene, se queda y avanza, pero, oye, no, no te vayas. El día, bueno, parece muy largo aún así yendo errada, porque en un cerrar y abrir los ojos, pues culmina, sí, en la cumbre de la colina. Acércame esta, y aquella…, convénceme. ¿No? Así, con acciones y besos por toda mi cara mientras se sonroja porque se los has plantado. Entonces…, entenderé varias cosas, sustancias reales: que me admiras, me cuidas y me mimas. Que por eso haces asomar la alegría a la comisura de mis labios. Porque me estás queriendo y como si fuese todo un breve milagro, yo también lo hago, yo también, y sin querer porque te quiero y me quires, lo hago. Porque lo irreal, lo mágico, ha estallado. ¿Eres tú ese brujo tan mago? Serás el que hará la magia, con esa paciencia que te caracteriza, porque, bueno, vamos construyendo, entre el vienes, el voy y el estamos fluyendo. Qué brutal. ¿Verdad? Qué brutal fe, que se sostiene sola, como la luna en aquel cielo de ayer tan azul, porque ya se quiere, porque aún estando y siendo solitaria, en este ahora se encuentra acompañada y vaya, qué perfecta e intensa y magnífica y surrealista burbuja escurridiza: va asustadiza, pero bien enamoradiza, la pillina. Hasta las trancas, sí, de su corazón extraño que parecía ahogado, algo muy arrugado, y sagrado, pero que se ha ensanchado por tener un paz increíblemente inusual dentro, y todo por él.








