Etiqueta: escritura introspectiva

  • El sentimiento desubicado

    El sentimiento desubicado

    Tantos pendientes… vaya resaca emocional, todo, esto, es tan mortal, y anormal, quizás. ¿El hecho es que no haya hecho ni tampoco derecho? Me muero, me muero, voy, así, escopeteada, poco saciada de ti… hasta que te veo y una paz inimaginable e indescriptible me describe entera, pues te impregnas en mi piel, entre mis pliegues. El papel. ¿El papel qué? Que se queda corto, que va escaso. Eso quiero yo: tenerte a centímetros de mí. El caso es que del dicho al suceso hay un gran trecho, un gigantesco techo. Porque, bueno, son palabras y se marchan volando con el tiempo y al ritmo del tempo. No me hables de coletillas, tampoco te vayas de puntillas porque te escucharé, y a conjunto, con mi corazón, que se romperá por otra desesperanza más. Y al cajón de desastres, de las desilusiones rotas, así, de las mariposillas loquillas con la picardía limitada.

    Estamos en este vaivén, y ven, ven, porque somos seres caducos. La vida son dos días y, aunque llena de puntos suspensivos, incertidumbres e incongruencias…, pues, bueno, deshazme de esta inercia que fluye tan bien ya que desciende y se enciende del revés. Cuesta abajo la monotonía incluso se observa divertida. Solo que estoy y voy cansada de este desamor bien encajado, de no corresponder(me) e ir siempre, siempre con la paranoia en llamas. Las chispas se incendian de unas cenizas que parecían algo inéditas. ¿Se ocultaban? Sencillamente se sentían tan muertas, tan sonámbulas, tan esqueléticas…, que explotan, que estallan saliendo a bocajarro de mi frío y cadavérico y huesudo corazón.

    Repiquetea, se queda, se verbaliza, se aprecia y se deleita para después sangrar a carcajada libre, como si esta pudiese saldar todo el daño. ¿Puede? Quizás ahora, este, ya petado, se centre tanto en los colaterales… son algunos espacios en blanco que los verbos se me escapan y mi mente arrasa con tantos pensamientos raros que sin querer se convierte en la tabula rasa.

    Entonces, de golpe y estupidez ajena saltan las alarmas y los semáforos se quedan enrojecidos por el sustantivo mal puesto.

  • La noria loca

    La noria loca

    Qué paranoia, qué discordia. Vaya sí que da vueltas la noria, sí, de mi ensombrecida nube; está muy, muy, muy grisácea, que no, que no sacia. Desconoce, bueno…, yo dejo de conocer, la manera. Se me descoloca la forma, y la cola. ¿Me fui con el rabo entre las piernas? ¿Acaso tengo si es que de un chispazo voy y muevo y muerdo el anzuelo? Dame o, mejor escrito: ¿Me quedo el amuleto? ¿Tengo? No lo sé, porque me pierdo, me pierdo y me pierdo. La fe va, se descuelga. Se ríe de mi miseria. ¡Y qué feria! El espectáculo que se asemeja a algo, que parece que se queda… ¿De qué tratará la próxima trama de la novela? Quise colocar el punto, pero se quedó desubicado, inacabado. ¿Lo peor? Que plasmo descripción tras ficción. ¿O era, justamente, al revés? Un, dos, tres, ahora me caigo (bien) de pie. Solo son, bueno…, creía que eran las seis. Spoiler: no llegamos, todos, ambos, al más allá de la coletilla, de la agujilla que pica, que apunta las doce del mediodía, quiero decir, que va agujereando al reloj, que se deshace siempre, porque se contiene tanto que no sabe cómo detenerse. Así que sigue y prosigue, como del prólogo al epílogo de donde abundan unas cuantas sombras pícaras. Son las páginas ennegrecidas, y no de palabras, sino de sensaciones raras, muy extrañas.

  • Vida mía

    Vida mía

    A veces se me cortan las palabras como las metáforas que se deshacen o se hacen al son de las olas coléricas que se van chocando entre ellas. Vaya vaivén, vaya ir y venir tan hermosamente roto. La vida, quiero decir, la mía, está al punto de sal, y es tan bonito que me rompo y me caigo y me vuelco una y otra vez, aunque estoy bien.

  • Espejismo

    Espejismo

    Traumas, traumas y más traumas, y abrir el ordenador para nada. Se me olvidan las palabras, los sucesos se solapan y la verdad, que parecía mentira, se asemeja a otra nueva realidad. Dejo de estar cansada, sonrío como si hubiese algo. ¿El amor es algo embarazoso? Quizás está lleno de pausas inéditas, quizás las rarezas se vuelven bonitas. ¿Y si la alegría consiste en saltar y nunca caerse? Serán, tal vez, chispazos, pues mis alas, de una forma extraña, se abren, se abren, y acaban por no detenerse. Entonces…, me miro sin querer en el reflejo de mi propio espejo: me piropeo y, escasos segundos después, se me rompe a pedazos la autoestima. Entro y me veo y me quedo porque, aunque todo (mi vida) sea absolutamente un desastre y, a la vez, me haya convertido en el caos personificado, vale. Esto vale. A lo que iba…, que voy con la ironía puesta de cara y, parece que, queriendo, ya no me escupe en esta. ¿Será que me habré hecho amiga de ella? Sólo sé que voy y vengo y voy y escribo y también me describo. Sólo siento y me toco las pestañas, ya caídas y, esta vez, me formulan frases. Serán más o menos exactas, imprecisas o con pocas coletillas. Las semillas del pasado ya han florecido, el espejismo es mío, muy vívido, muy íntimo. Se me escapan las colillas, quiero decir, se van correteando por el pasillo de la amargura. ¡Qué agridulce esa locura, qué sabor, qué fantasía! Me quedo, me quiero quedar, incluso, créeme que quiero quererme. Bueno, ya estoy en ello, en ese asunto, en ese momento, en ese verbo, en ese hueco interno que se pasea por aquel recoveco cogiendo un poco de aliento.

  • Descuélgame esta

    Descuélgame esta

    De existencia vital en existencia vital y tiro porque se me descuelga la fe, otra vez. Me vuelvo a describir, me vuelco en ese hueco y, sin querer, me pierdo y me encierro y me envuelvo en esa nube grisácea que no se sacia. Me encataría romperla, que estallase la ilusión esa fea, pero miro hacia delante… la imaginación va que vuela, desacelera y, a veces, frena. Yo solo imagino un océano lleno de piedras y a rebosar de olas coléricas, muy quietas, y llenas de ausencia, de cal y mucha arena. Si hace falta, cuélgame esta, y la otra, que se van cayendo, se van deshaciendo. Ya no sé qué quiero, desconzco las formas inéditas, aunque las gracias estén presentes. Tengo, aquí, dentro de mi pecho, tantos pendientes, que parece que me vaya a estallar la costilla izquierda, y también la vena aorta, que este, mi cora’, parece que arranque, pero no, no hay manera de quitarse la abstractez de la cabeza. Entonces, la quietud se me coloca detrás de la oreja quedándose, así, inaudita, inaccesible e inestable. Ya no soy tan, tan, invisible, porque me viste, sí, me observaste con un interés extraño. ¿Significará eso que se inicia la chispa de la admiración, de ti hacia mí? ¿O será que el chispazo, fugaz, de mi ilusión que se ha incendiado para siempre que, quizás, ya no hay vuelta atrás?

  • El florecimiento

    El florecimiento

    Con el alma arrugada, voy escopeteada y agotada. ¿Dónde cabe, en esta mísera vida, el sentido común? La perspectiva cambia cuando las palabras andan. De mientras el vaivén de un ser roto, que se queda quieto, casi muerto, frena. No logra acelerar, se ha detenido. Por un momento pensé que las subordinadas, en este preciso texto, sobraban, pero va y saltan y se solapan y, ahora, las teclas van saliendo a bocajarro de mis entrañas menos ensangrentadas. Se están secando, se están secando. ¿Cuándo? Se pregunta mi aleteo izquierdo. ¿Cuándo, el qué? Se vuelve a cuestionar mi inseguridad que va deshaciéndose a ras del suelo, o del cielo. El hecho es que ya me he acostumbrado tanto al infierno que voy, voy, y vuelo, aunque sea entre verbo y verbo. Aunque sea estrellándome con la metáfora, o la realidad. La moraleja… ¿Cuál era? Inexistente, se encuentra. Bueno, yo sólo intentaba describir ese movimiento, sí, justamente el extraño, pero resulta que se ha equivocado. ¿Quién: yo o el milagro? Perdona, quería concretar, supongo que encajar esa lógica…, en un diminuto hueco. Resulta que este se ha ensanchado y de él van naciendo sin parar, de las raíces, las ramas y, de las semillas, las flores ya no tan marchitas. Entonces, se me caen todos los placeres. Se mantiene el sujeto tácito, que tiene una estrategia que ni te imaginas. Mira, mira cómo aletea. ¿Quién? Volverá a incordiar la irracionalidad. Luego se girará, quizás, la sombra inédita concluyendo que siempre ha estado, aún así percibiéndose ausente. Como tu frase estrella, que era mía de hace ya unos largos días… Que aquí lo importante es tu presencia. Definitivamente, eres el capullo que, siendo consciente y a ciencia cierta, me ha causado el florecimiento interno, el que me ha regalado el jardín entero desde dentro. El mismo que me ha dotado del momento más mágico de mi vida, justo donde ya me estoy apreciando los recovecos, más o menos editados, o abstractos, pues, no sé de qué manera, ya me estoy queriendo en este gerundio sempiterno. Te quiero.

  • Nos estamos queriendo

    Nos estamos queriendo

    Abundaban las nubes grisáceas, llenas de un algodón raro. También caían las pestañas, y los milagros se iban deshaciendo con el paso del tiempo. Los segundos son eso, segundos. Quiero olfatear esta existencia vital, de otro tipo de color, con otra perspectiva, pero solo se pasa el tempo, que grita y baila y se queda detenido en su propio hueco. Voy…, de hecho, estoy ya cansada de esta existencia vital. Son las cuatro pasadas, otra vez, y ya desconozco si quiero seguir o reseguir tu cuerpo con mis labios humedecidos. Aunque, bueno, sencillamente, si eso fuese sencillo, si fuese capaz de entrar en esa brevedad tan intensa, pues te descubriría, y me relamería entera la certeza. Después me tomaría la cerveza para celebrar el pastel de nata con cerezas de hace cuatro años más atrás. Por allá en el dos mil veinte y tanto, pero no tantos, se incendió un tipo de embriaguez… que, ahora, es una locura escondida en otra vida. De repente, miro hacia mi derecha y el título del libro me llama, sí, me grita que me quede. ¿A dónde? ¿Con quién? Se cuestiona mi mente, burlona. Solo queda despedirse del reflejo del espejo. ¿Te canto un secreto? Resplandecía demasiado. Y, sin querer, mezclo la incertidumbre porque me salen escopeteadas las palabras. ¿Y las adecuadas, dónde están? Perdidas entre la abundancia. Admírate, Anna, que esto ya se acaba. Esto ya se acaba. Hace daños, y escopetazos y portazos, que me marchité y no sabía, no sabía, cómo florecer, pero es que… ¿Hay que saberlo? Quiero decir que una renace cuando le sale y no cuando quiere que le nazca, porque si no sería todo muy artificial, antinatural y poco arbitrario. Para el carro, descuélgame esta y vente conmigo a vivirnos. Expliquémonos, así, narrándonos sin tantos pretextos y sin mirarnos tanto el pescuezo. Descríbeme a literatura cierta, al ritmo de mi novela, que sé que ya te la estás bebiendo a sorbos lentos. Perdóname si se me resbala la penúltima pestaña, estaba bailando a propósito de ti, queriendo quererte. Estaba pidiendo el último deseo que parece ser que va llegando aunque a cámara muy lenta. Va arrasando, el suelo, y también llorando, con el infierno que es otro tipo de juego lento, pero estratégico. ¿Nos estamos queriendo al mismo tiempo?

  • De golpe, y portazo

    De golpe, y portazo

    Y me cuestiono, así, como si nada pasara… ¿Culminará la novela de alguna manera? La fe desacelera, frena. Me quedo quieta, inédita y muerta, sí en ese miedo inherente. Saldrá de mi mente. ¿El qué? Se va preguntando el reflejo de mi otro espejo que se convierte en algo. Quizás es un verbo o la explosión del deseo, seco. Vuelvo a ir tarde, ¿Pero a dónde? Si la vida es esta, si la vida se parece a eso. La caída…, vaya forma de colgarse… Eso, que son tres escasos segundos. Y yo, yo, ya estoy harta, y voy saciada o, mejor descrito, muy cansada. Me quedaré en la línia final o al principio desde donde se vislumbra, en la lejanía, la meta. ¿Consistía en ir o en hacer la paralela? Bueno, pues, qué pena, nena, porque voy haciendo eses con creces. Desconozco y lo vuelvo a conocer absolutamente todo. Me vuelco en ese hueco, es decir, en el mío. Cómo admiro ese vacío, cómo lo admiro. Realmente…, lo detesto. Luego voy y la fastidio, porque no me queda de otra. ¿O sí? ¿Qué será? ¿Qué será de mi existencia vital? Solo siento que voy tarde a algo o, sencillamente, que remonto al pasado y cuando me veo en este presente, uf, me quedo tan ausente. Ese segundo que levita entre la neblina espesa que pesa…, ha retrocedido, pues se quiere tan mal y del revés. ¿Ves? Qué vicio, es bucle. Me engancha, me confunde, me distorsiona la realidad. De golpe, como si la nada aún pudiese convertirse en algo menos destacado, se posiciona delante de mi ser, pero yo, yo dejo de ver porque la mirada se me ha cristalizado.

  • La fe sin nombre

    La fe sin nombre

    Va lloviendo, mis ojeras se despellejan y, el que parecía que aparecería, no llega. Se ausenta o se oculta entre las sombras más inéditas. Me quería ver muerta, pero las lágrimas arrasan. Entonces me encuentro vívida. Me quedan tres días contados… ¿Para qué? Se preguntará el del otro lado. Me duele el costado izquierdo y cada una de mis costillas que aprietan. Voy sangrienta, y soñolienta. Hace dos noches atrás, ¿O fue anoche? Bueno, el caso es que tú estabas dentro de mi ensueño, allí, recreándote, pavoneándote indirectamente y, mientras él me susurraba en mi oreja derecha, que tú estabas preparando mi aniversario… De golpe y porrazo me sonó un estallido alarmante: tocaba levantarse. Mi cuestión es porqué te metes en mi mente cada dos por tres. ¿O es que nunca sales de ahí? Se me enfrían los dedos de los pies. Vuelve a llover. Me da miedo…, de hecho, me acojona no saber salir corriendo cuando es lo más necesario en ese o aquel momento. Me aterra desconocer cómo colocarme para poder dispararme impulsivamente hacia otro lugar. Cierto, de intensa, lo soy, de vez en cuando. ¿Tendré la capacidad de deshacerme de ti cuando no pueda más? ¿O es que ya nos hemos unido tanto que…? ¿Tan entrelazados estamos? Vaya, veo que sí. Y solo quería echarte a un lado, pero resulta que si te despacho de mi vida, también me condeno a mí misma: ambos vamos al unísono de nuestros latidos, que van perdidos entre unos sentidos dignos de admirar. Te quiero, te quiero nombrar. ¿La fe se apellidará?