Voy a… voy a leer, se dice la niña, o sea, la mujercita ya mayorcita. La que va, y vuela, con la cabeza llena de pájaros. Nada, que ya llega la verbena. ¿Va a petar la celebración? ¿Qué tipo de maldita erudición es esta? Se me acumulan, ahora, todas las pestañas y disculpa, disculpa si en este preciso y marchito instante, he decidido escribir en primera. Sí, colocándome en la posición más mortal, porque el cañón me puede dar. ¿Y yo me quedaré quieta mientras me desangro por aquel balazo bien acertado? ¿Me desviviré, alguna vez, por querer vivir? Empezar de cero por milésima vez… ¿Y para qué? Y la verdad… ¿Encajará con la realidad algún triste día? La casualidad se encuentra en la puerta, la de la esquina. Abrirla o cerrarla (para siempre). Qué dualidad, qué forma de moverse y arrancarse en ese vaivén que se va, se va. Quítame esa, justamente, la amarga, que peca, y qué peca (más fea). Haz que desaparezca la manía, y mi rareza entera. ¿Seré yo la torpe? La que aún así mirando se da el golpe? Vaya golpe, y vaya, tu mirada me desarma. No quiero hablar del tema, que me quedo, sin más, muy atrás. Se me distorsionan las comillas, pues de vez en cuando me como las coletillas. Duelen, escuecen. Las espinas, digo, que se me clavan dentro. Y, uf, qué infierno tan entero, muy completo.
Distorsióname esta

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