¿Puedo hacer una pregunta? Bueno, el caso es que ya la hice. Vaya cuento: está a rebosar de absurdez. Solo quiero saber cuándo me cansaré de ser la tristeza personificada. Deshumanízala, suelta la otra cara de la moneda. ¿La cruz? La mala suerte, le denominan. Ve y llama a la puerta, atrévete, elimínate todas las etiquetas, que las coletillas llegarán solas y en una abundancia terrible. Esa chiquilla tan pequeña, que ha crecido con creces, me mira con curiosidad, pero la adulta se observa desde el reflejo del espejo muy indecisa, e incrédula, ni que le digas que Me quedo, pero, así, diminuta. Me sobra la eñe porque le suma abstractez al asunto pasando del uno al diez. ¿Y qué? Me acabo de perder otra miserable vez. Voy del revés, no sé ubicarme de pie, pues. Las cenizas van que vuelan, que arrasan y, las alas, ya sonámbulas, se arrastran. Que cuándo seré feliz: pues ni yo lo sé ni tampoco lo quiero saber. Es que…, ¿Qué? Que te guardes en el fondo de tu escasa sabiduría esa diminuta alegría. ¿Sabes? Esa fe que quiere, e intenta, y con impulso fuerte parece que se eleva, pero vaya… cuando la ves estamparse contra la mierda va y se le salen las estrellas por las orejas, si es que tiene. ¿De ellas o de ambas? De ninguna. Descuartízate la mala lengua, las habladurías y las brujerías. Se han quedado las tres y, de golpe, qué maldito estrés.
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La enamorada
Todos evolucionando, todos enamorándose, cambiando por y para alguien, y yo, ¿Yo qué? Yo aquí… ¿Haciendo qué? Pudriéndome mientras me vuelco en el café. Se va enfriando y, sin querer, la espera de la fe se alarga. Voy tan cansada, ¿Pero desde cuándo? ¿Cómo vuelo? Se me alteran las palabras o solo es que van disecadas? ¿Van así? Realmente angustian tanto que se absorben… Supongo que se solapan las más inéditas, de aquellos vacíos tan huecos, de aquellos dilemas con varios esquemas que, bueno, si sabes deshacerlos pues bienvenido a mi vida, queridísimo mío. Quise, tuve (en pasado, ¿Otra vez?) Otra vez de apreciarme y acurrucarme y cobijarme entre mis heridas. Espera, acabo de soltarlo, de nombrarlo, al substantivo, digo. Si escribo, si me describo, quizás el milagro sale tan disparado que se acaba abriendo del todo la brecha de la luz escueta, sentencio. Me gustaría, si pudiese alcanzar a la estrella…, me gustaría narrar sin querer, a bocajarro y con el corazón sangriento. Es fugaz, y el tiempo va que vuela, y si vuela, sí, vuela. Entonces, me quedo quieta, inédita. Tal vez menos muerta: voy sonámbula por esta avenida tan estrecha. ¿Seré yo la vívida, la pícara, la…? ¿La qué? Yo qué sé, supongo que va del revés, la incongruencia de cabeza a pies. La misma que observa la luna rojiza y llena y se cuestiona si los zorros ya habrán salido a por ella, si ya han aparecido fuera de su escondrijo para cazar a la loba, que se detesta, que se apesta y se determina como la princesa mal puesta por considerarse una chiquilla entristecida, por ser la mal herida. A ver si necesitará a una alcahueta: ¿Pero para destruirle aún más su propia miseria interna o para alzarle su cabeza de muñeca muerta? Será que se debe creer más que la que sirve de verdad es la pura ciencia, guiarse por hechos empíricos…, que en el resumen del final del cuento chino y turbio, la intuición solo tiene una única utilidad y sirve para estar equivocada en ese pequeño trance de vislumbrarse como la enamorada.

El sentimiento desubicado
Tantos pendientes… vaya resaca emocional, todo, esto, es tan mortal, y anormal, quizás. ¿El hecho es que no haya hecho ni tampoco derecho? Me muero, me muero, voy, así, escopeteada, poco saciada de ti… hasta que te veo y una paz inimaginable e indescriptible me describe entera, pues te impregnas en mi piel, entre mis pliegues. El papel. ¿El papel qué? Que se queda corto, que va escaso. Eso quiero yo: tenerte a centímetros de mí. El caso es que del dicho al suceso hay un gran trecho, un gigantesco techo. Porque, bueno, son palabras y se marchan volando con el tiempo y al ritmo del tempo. No me hables de coletillas, tampoco te vayas de puntillas porque te escucharé, y a conjunto, con mi corazón, que se romperá por otra desesperanza más. Y al cajón de desastres, de las desilusiones rotas, así, de las mariposillas loquillas con la picardía limitada.
Estamos en este vaivén, y ven, ven, porque somos seres caducos. La vida son dos días y, aunque llena de puntos suspensivos, incertidumbres e incongruencias…, pues, bueno, deshazme de esta inercia que fluye tan bien ya que desciende y se enciende del revés. Cuesta abajo la monotonía incluso se observa divertida. Solo que estoy y voy cansada de este desamor bien encajado, de no corresponder(me) e ir siempre, siempre con la paranoia en llamas. Las chispas se incendian de unas cenizas que parecían algo inéditas. ¿Se ocultaban? Sencillamente se sentían tan muertas, tan sonámbulas, tan esqueléticas…, que explotan, que estallan saliendo a bocajarro de mi frío y cadavérico y huesudo corazón.
Repiquetea, se queda, se verbaliza, se aprecia y se deleita para después sangrar a carcajada libre, como si esta pudiese saldar todo el daño. ¿Puede? Quizás ahora, este, ya petado, se centre tanto en los colaterales… son algunos espacios en blanco que los verbos se me escapan y mi mente arrasa con tantos pensamientos raros que sin querer se convierte en la tabula rasa.
Entonces, de golpe y estupidez ajena saltan las alarmas y los semáforos se quedan enrojecidos por el sustantivo mal puesto.

La noria loca
Qué paranoia, qué discordia. Vaya sí que da vueltas la noria, sí, de mi ensombrecida nube; está muy, muy, muy grisácea, que no, que no sacia. Desconoce, bueno…, yo dejo de conocer, la manera. Se me descoloca la forma, y la cola. ¿Me fui con el rabo entre las piernas? ¿Acaso tengo si es que de un chispazo voy y muevo y muerdo el anzuelo? Dame o, mejor escrito: ¿Me quedo el amuleto? ¿Tengo? No lo sé, porque me pierdo, me pierdo y me pierdo. La fe va, se descuelga. Se ríe de mi miseria. ¡Y qué feria! El espectáculo que se asemeja a algo, que parece que se queda… ¿De qué tratará la próxima trama de la novela? Quise colocar el punto, pero se quedó desubicado, inacabado. ¿Lo peor? Que plasmo descripción tras ficción. ¿O era, justamente, al revés? Un, dos, tres, ahora me caigo (bien) de pie. Solo son, bueno…, creía que eran las seis. Spoiler: no llegamos, todos, ambos, al más allá de la coletilla, de la agujilla que pica, que apunta las doce del mediodía, quiero decir, que va agujereando al reloj, que se deshace siempre, porque se contiene tanto que no sabe cómo detenerse. Así que sigue y prosigue, como del prólogo al epílogo de donde abundan unas cuantas sombras pícaras. Son las páginas ennegrecidas, y no de palabras, sino de sensaciones raras, muy extrañas.

¿De dónde viene?
¿Cómo te va esta vida? No lo sé muy bien, porque eso de deshauciarme de mí misma, de no escribir ni una pizca de alegría… ¿A qué se debe? Voy tan saturada, así, escopeteada: a bocajarro suelto, y saco de mi ser más inexperto, los milagros. Es que… no puedo. ¿Otra vez te excusas, nena? Será que te escupes la amargura en tu propia cara, desde tu mísera palabra. Se lo lleva, siempre, el viento y, quizás, solo por eso, se desencuentre y vaya inerte. Decapítala dice mi mente. ¿De qué manera?, responde mi subconsciente. Así surge la existencia vital, de esta forma tan abstracta se solapan las subordinadas, las dudas y las coletillas. Llevan una carrerilla que, bueno, básicamente les sirve de nada. Para eso vinimos aquí. Reconozco que me sabe mal presumir, pero, sobretodo, admitir. El qué, ¡Pues ni yo lo sé! Vaya mal querer(me), qué sin vivir. Quieta aquí. Dudo, cada dos por tres, con el motor puesto a mil por hora, si colocar o no la coma. Porque obviamente que es una pausa. ¿Pero de cuántos escasos segundos? ¿Acaso los cuentas? O te fijas más en la profundidad de aquel proverbio chino. ¿Y por qué no? La metáfora, esta vez, ¿De dónde ha venido? El caso es que por fin escribo algo, pero… ¿En qué circunstancias? Probablemente…, las mías. Reitero: ¿De qué manera y cómo van llegando? Es que, perdóname por el pequeño pretexto, pero serán situaciones tan inciertas, que van y vuelan.

Vida mía
A veces se me cortan las palabras como las metáforas que se deshacen o se hacen al son de las olas coléricas que se van chocando entre ellas. Vaya vaivén, vaya ir y venir tan hermosamente roto. La vida, quiero decir, la mía, está al punto de sal, y es tan bonito que me rompo y me caigo y me vuelco una y otra vez, aunque estoy bien.

Espejismo
Traumas, traumas y más traumas, y abrir el ordenador para nada. Se me olvidan las palabras, los sucesos se solapan y la verdad, que parecía mentira, se asemeja a otra nueva realidad. Dejo de estar cansada, sonrío como si hubiese algo. ¿El amor es algo embarazoso? Quizás está lleno de pausas inéditas, quizás las rarezas se vuelven bonitas. ¿Y si la alegría consiste en saltar y nunca caerse? Serán, tal vez, chispazos, pues mis alas, de una forma extraña, se abren, se abren, y acaban por no detenerse. Entonces…, me miro sin querer en el reflejo de mi propio espejo: me piropeo y, escasos segundos después, se me rompe a pedazos la autoestima. Entro y me veo y me quedo porque, aunque todo (mi vida) sea absolutamente un desastre y, a la vez, me haya convertido en el caos personificado, vale. Esto vale. A lo que iba…, que voy con la ironía puesta de cara y, parece que, queriendo, ya no me escupe en esta. ¿Será que me habré hecho amiga de ella? Sólo sé que voy y vengo y voy y escribo y también me describo. Sólo siento y me toco las pestañas, ya caídas y, esta vez, me formulan frases. Serán más o menos exactas, imprecisas o con pocas coletillas. Las semillas del pasado ya han florecido, el espejismo es mío, muy vívido, muy íntimo. Se me escapan las colillas, quiero decir, se van correteando por el pasillo de la amargura. ¡Qué agridulce esa locura, qué sabor, qué fantasía! Me quedo, me quiero quedar, incluso, créeme que quiero quererme. Bueno, ya estoy en ello, en ese asunto, en ese momento, en ese verbo, en ese hueco interno que se pasea por aquel recoveco cogiendo un poco de aliento.

El florecimiento
Con el alma arrugada, voy escopeteada y agotada. ¿Dónde cabe, en esta mísera vida, el sentido común? La perspectiva cambia cuando las palabras andan. De mientras el vaivén de un ser roto, que se queda quieto, casi muerto, frena. No logra acelerar, se ha detenido. Por un momento pensé que las subordinadas, en este preciso texto, sobraban, pero va y saltan y se solapan y, ahora, las teclas van saliendo a bocajarro de mis entrañas menos ensangrentadas. Se están secando, se están secando. ¿Cuándo? Se pregunta mi aleteo izquierdo. ¿Cuándo, el qué? Se vuelve a cuestionar mi inseguridad que va deshaciéndose a ras del suelo, o del cielo. El hecho es que ya me he acostumbrado tanto al infierno que voy, voy, y vuelo, aunque sea entre verbo y verbo. Aunque sea estrellándome con la metáfora, o la realidad. La moraleja… ¿Cuál era? Inexistente, se encuentra. Bueno, yo sólo intentaba describir ese movimiento, sí, justamente el extraño, pero resulta que se ha equivocado. ¿Quién: yo o el milagro? Perdona, quería concretar, supongo que encajar esa lógica…, en un diminuto hueco. Resulta que este se ha ensanchado y de él van naciendo sin parar, de las raíces, las ramas y, de las semillas, las flores ya no tan marchitas. Entonces, se me caen todos los placeres. Se mantiene el sujeto tácito, que tiene una estrategia que ni te imaginas. Mira, mira cómo aletea. ¿Quién? Volverá a incordiar la irracionalidad. Luego se girará, quizás, la sombra inédita concluyendo que siempre ha estado, aún así percibiéndose ausente. Como tu frase estrella, que era mía de hace ya unos largos días… Que aquí lo importante es tu presencia. Definitivamente, eres el capullo que, siendo consciente y a ciencia cierta, me ha causado el florecimiento interno, el que me ha regalado el jardín entero desde dentro. El mismo que me ha dotado del momento más mágico de mi vida, justo donde ya me estoy apreciando los recovecos, más o menos editados, o abstractos, pues, no sé de qué manera, ya me estoy queriendo en este gerundio sempiterno. Te quiero.

Nos estamos queriendo
Abundaban las nubes grisáceas, llenas de un algodón raro. También caían las pestañas, y los milagros se iban deshaciendo con el paso del tiempo. Los segundos son eso, segundos. Quiero olfatear esta existencia vital, de otro tipo de color, con otra perspectiva, pero solo se pasa el tempo, que grita y baila y se queda detenido en su propio hueco. Voy…, de hecho, estoy ya cansada de esta existencia vital. Son las cuatro pasadas, otra vez, y ya desconozco si quiero seguir o reseguir tu cuerpo con mis labios humedecidos. Aunque, bueno, sencillamente, si eso fuese sencillo, si fuese capaz de entrar en esa brevedad tan intensa, pues te descubriría, y me relamería entera la certeza. Después me tomaría la cerveza para celebrar el pastel de nata con cerezas de hace cuatro años más atrás. Por allá en el dos mil veinte y tanto, pero no tantos, se incendió un tipo de embriaguez… que, ahora, es una locura escondida en otra vida. De repente, miro hacia mi derecha y el título del libro me llama, sí, me grita que me quede. ¿A dónde? ¿Con quién? Se cuestiona mi mente, burlona. Solo queda despedirse del reflejo del espejo. ¿Te canto un secreto? Resplandecía demasiado. Y, sin querer, mezclo la incertidumbre porque me salen escopeteadas las palabras. ¿Y las adecuadas, dónde están? Perdidas entre la abundancia. Admírate, Anna, que esto ya se acaba. Esto ya se acaba. Hace daños, y escopetazos y portazos, que me marchité y no sabía, no sabía, cómo florecer, pero es que… ¿Hay que saberlo? Quiero decir que una renace cuando le sale y no cuando quiere que le nazca, porque si no sería todo muy artificial, antinatural y poco arbitrario. Para el carro, descuélgame esta y vente conmigo a vivirnos. Expliquémonos, así, narrándonos sin tantos pretextos y sin mirarnos tanto el pescuezo. Descríbeme a literatura cierta, al ritmo de mi novela, que sé que ya te la estás bebiendo a sorbos lentos. Perdóname si se me resbala la penúltima pestaña, estaba bailando a propósito de ti, queriendo quererte. Estaba pidiendo el último deseo que parece ser que va llegando aunque a cámara muy lenta. Va arrasando, el suelo, y también llorando, con el infierno que es otro tipo de juego lento, pero estratégico. ¿Nos estamos queriendo al mismo tiempo?

De golpe, y portazo
Y me cuestiono, así, como si nada pasara… ¿Culminará la novela de alguna manera? La fe desacelera, frena. Me quedo quieta, inédita y muerta, sí en ese miedo inherente. Saldrá de mi mente. ¿El qué? Se va preguntando el reflejo de mi otro espejo que se convierte en algo. Quizás es un verbo o la explosión del deseo, seco. Vuelvo a ir tarde, ¿Pero a dónde? Si la vida es esta, si la vida se parece a eso. La caída…, vaya forma de colgarse… Eso, que son tres escasos segundos. Y yo, yo, ya estoy harta, y voy saciada o, mejor descrito, muy cansada. Me quedaré en la línia final o al principio desde donde se vislumbra, en la lejanía, la meta. ¿Consistía en ir o en hacer la paralela? Bueno, pues, qué pena, nena, porque voy haciendo eses con creces. Desconozco y lo vuelvo a conocer absolutamente todo. Me vuelco en ese hueco, es decir, en el mío. Cómo admiro ese vacío, cómo lo admiro. Realmente…, lo detesto. Luego voy y la fastidio, porque no me queda de otra. ¿O sí? ¿Qué será? ¿Qué será de mi existencia vital? Solo siento que voy tarde a algo o, sencillamente, que remonto al pasado y cuando me veo en este presente, uf, me quedo tan ausente. Ese segundo que levita entre la neblina espesa que pesa…, ha retrocedido, pues se quiere tan mal y del revés. ¿Ves? Qué vicio, es bucle. Me engancha, me confunde, me distorsiona la realidad. De golpe, como si la nada aún pudiese convertirse en algo menos destacado, se posiciona delante de mi ser, pero yo, yo dejo de ver porque la mirada se me ha cristalizado.

La fe sin nombre
Va lloviendo, mis ojeras se despellejan y, el que parecía que aparecía, no llega. Se ausenta o se oculta entre las sombras más inéditas. Me quería ver muerta, pero las lágrimas arrasan. Entonces me encuentro vívida. Me quedan tres días contados… ¿Para qué? Se preguntará el del otro lado. Me duele el costado izquierdo y cada una de mis costillas que aprietan. Voy sangrienta, y soñolienta. Hace dos noches atrás, ¿O fue anoche? Bueno, el caso es que tú estabas dentro de mi ensueño, allí, recreándote, pavoneándote indirectamente y, mientras él me susurraba en mi oreja derecha, que tú estabas preparando mi aniversario… De golpe y porrazo me sonó un estallido alarmante: tocaba levantarse. Mi cuestión es porqué te metes en mi mente cada dos por tres. ¿O es que nunca sales de ahí? Se me enfrían los dedos de los pies. Vuelve a llover. Me da miedo…, de hecho, me acojona no saber salir corriendo cuando es lo más necesario en ese o aquel momento. Me aterra desconocer cómo colocarme para poder dispararme impulsivamente hacia otro lugar. Cierto, de intensa, lo soy, de vez en cuando. ¿Tendré la capacidad de deshacerme de ti cuando no pueda más? ¿O es que ya nos hemos unido tanto que…? ¿Tan entrelazados estamos? Vaya, veo que sí. Y solo quería echarte a un lado, pero resulta que si te despacho de mi vida, también me condeno a mí misma: ambos vamos al unísono de nuestros latidos, que van perdidos entre unos sentidos dignos de admirar. Te quiero, te quiero nombrar. ¿La fe se apellidará?

Solucióname esta, vida
Ya ni me reconozco: las hojas de los árboles se desvisten de otros colores, y yo, pues me quedo arraigada en mi propio vicio. Hablo, estoy describiendo el bucle, quizás, cada vez menos grisáceo. Luego, salto. Me hundo ahogándome con aquella tristeza. Hoy decidí sostenerme los pedazos rotos, pero hay tantos, que ni se aguantan entre ellos mismos. Y, después, están los recovecos más sinceros, que abundan, que se abrigan y acurrucan en mi penúltimo chispazo. ¿Será la penumbra? Lo será, quizás. Voy tan agotada, joder, estoy extraviada: ni mi mísero ser me aprecia, se ha dedicado a burlarse de mi cara en mi ventana (que nunca lo fue). ¿Y sabes qué? Me gustaría, «me gustaría», a poder ser, sentirme querida. Me pregunto, «me pregunto» si soy tan difícil de querer. ¿Para qué continuar en ese vaivén? Tan fácil como cerrar las alas para el nunca más. Sí, dejar de batirlas. El pequeño, tan inédito inciso, consiste en que sigo aquí, aleteando a ras del suelo y cuestionándome si quiero seguir. Me voy sacando las lágrimas de las pestañas con las huellas de mis dedos y van dejando marca, provocándome unas ojeras muy amargas. (Estoy cansada). Y, todas ellas, querían rodar mejillas abajo. Prefiero hacerlo en mi cama (que tampoco es mía). ¿El amor lo podrá solventar todo? No estoy segura de la respuesta…, aunque, de momento, el dolor ha provocado el estallido, siendo tan brutal, que me ha dejado sorda de cora’.

El desamor llamando a mi puerta
¿Y qué es el amor si no es sufrir? ¿Será sentir a cámara muy lenta? ¿Quizás estrellarse con el corazón atragantado en la garganta? ¿Y que los pulmones dejen de respirar? ¿Qué es el amor si no es sufrir? ¿En qué consistirá? ¿Y si escribimos sobre su significado? Tal vez se derrumbe mientras las letras se van cayendo o incluso deshaciendo. Se les despelleja la pintura, que parecía estar bien enganchada. Aunque como la vida misma, siempre una termina por llorar a lágrima viva o amarga. El hecho, el suceso y el inciso, todos son lo mismo. ¿Me explico? La miseria se corrompe aún más, como si existiese la posibilidad, la mínima, o la única. Y, otra vez, sin querer, pero percatándome, la conjunción amanece varias veces. Quisiera yo, me gustaría. Ya ni sé el qué ni tampoco el cuándo. El caso es que ya me da igual el pretexto, se ha esfumado, borrándose completamente. ¿Alguna vez estuve entera? ¿Fui eterna? ¿Qué era el amor? Porque se fue, se fue. Quizás lo machaqué, tal vez lo iluminé, incendiándolo con mi tristeza tan palpable, que solo cabe un pedazo -roto- entre mis manos ensangrentadas.

Solo soy la loca
A veces apuesto por ti, otras, por mí. Hay momentos que necesito llorar y, ahora, es uno de esos. Saciarme entera de mucha espera, y café, tampoco sé ni quiero saber. Me sale la mala castaña, la amargura sola. Si alzo mi vuelo abriendo solo un poco mis alas, creo que muero, que caigo enferma o me convierto en eterna (sin siquiera estar). Me quiero quedar. El caso inédito, quizás, es que dejé de volar. ¿Sonaré burlesca? Que el romanticismo se vaya a la mierda, a la mismísima mísera mierda, y se convierta, absolutamente todo, en la incomprensión entera. Sí, porque estoy cansada, muy harta de esta chiquillada. Resulta que la calle va hablando, quiero decir, que va despertándose. Me encantaría tener una pizca de ella, convertirme en la bella o, al menos, ser aquella estrella, la denominada como reina. Sencillamente…, soy la luna, la opaca, la rota. En definitiva, la loca.

Inerte
Parece que vaya en blanco, pero mis pensamientos van volando muy alto. Y me gustaría, preferiría ser, quizás, la de la cicatriz y no la de la herida que sangra. Aún tengo varios miedos, creo. Voy, ando, dudando del futuro y posible milagro. Hace dos noches me sentía eterna. Ahora me quedo quieta.

La luna siendo eterna
Pues siguiendo con la trama lineal, ¿Cómo decirlo? ¿Cómo expresarlo después de haberlo escupido más de treinta veces? Que ya no te quiero, tampoco te aprecio porque me dueles, me raspas, me quiebras las costillas: mis pulmones me asfixian. Es todo tu culpa. El hecho consiste en despedirse, aunque ya lo hice en distintas ocasiones. El problema es que lo expresé siempre desde la misma forma y hasta que no rompa la norma, hasta que no me mueva, hasta que no avance o, al menos, mueva mis talones, jamás podré subirme en mis propios tacones. Y, sin querer, con mucho vaivén, me cuestiono: ¿Cuándo será el momento adecuado? ¿Acaso existe uno? Voy, vengo, vuelvo, me vuelco y regreso al inicio, porque después de un mísero año sigo presa en la peripecia. Tiempo atrás era sencillo el acto de pegarse tres tiros para caerse una muerta. Ahora, resulta que te estoy queriendo. Me regaste día a día la semilla actualmente recién florecida. Ya no soy la chica que a priori parecía una niñita. Soy la mujer querida por ella misma, y por ti. El pequeño inciso es el monstruo, que no viene ni de la ventana ni sale por debajo de mi cama. Cierto, me he convertido en la fuerte. ¿Para qué servirá? Te hablo del villano, del malo, de aquel que te ahoga en su maldita oscuridad y te va hundiendo porque así lo va sintiendo, sin siquiera parecerse al hechicero. Es un maldito embrujo, así, vestido con su bata blanca y su barba aparentemente negra. El lobo más feroz de la manada se ha comido todas mis carcajadas. Suerte de la fe que parecía descolgarse, pero que se va abrochando los botones… la gabardina está llena de hilos ya cosidos. ¿Sabes qué significa? Que la luna convive menos sola, porque el sol está iluminándola, allá siempre, a la vuelta del amanecer. Y, ella, tan bella, va brillando entera convirtiéndose en eterna.

Vaya cuadro
Las coletillas de los árboles se mueven al compás de las copas, cuyas chocan firmando la paz entre ambos, pero esta vez (dejé de calcular las casualidades) hemos sellado un «tú» y un «yo» separado, muy distanciado, zanjando, al fin, el comienzo; colocando, por fin, el punto final. ¿Qué estábamos tratando? ¿Cómo? Espejismo, espejismo rojísimo (y roto)…, ¿Quién es la más arpía de este cuento narrado del revés? Caí, conté…, un, dos, tres, y me pausé. Lloré varias veces. ¿Tanto me cristalicé? Me postergué materializando lo subjetivo. «De lo inédito ni me hables», le confesé al reflejo que tan muerto se quedó. Vaya por Dios, voy saltando párrafos de dos en dos y, de mientras, las raíces que están a rebosar de colillas ennegrecidas, deciden por ellas mismas, retirarse de la meta, porque está tan cerca, que les da pereza. La astucia, ¿Para qué? Si culmino rozando el larguero, y el arquero y el arco y el marco… me fusiono en otro charco. Quédate, pues si lo vas alcanzando. Yo jamás pude ni tampoco supe, pues se cayeron en pedazos las escaleras, todas y cada una de ellas, las que supuestamente me hubiesen llevado a tu letargo ya asesinado.

Las costillas ya florecen
Las canciones repiquetean en mi interior y se van solapando las agrias, y amargas sensaciones. Un suspiro, una verdad que aún queda plasmarla, el punto final casi colocado y la semilla ya floreciendo. «Los comienzos son complicados», dirá mi penúltimo instinto. Ese impulso raro, ese querer quererme, preferirme, elegirme, para después concluir ese cuento chino absurdo. Iba perdida, agotadísima. La gota gorda caía, resbalaba por mi mejilla izquierda. Vaya cuadro tan extraño, inédito. Vaya perspectiva, tan rota, loca. La mariposa se va y vuela, pero aterriza muerta en la otra meta, pues hizo la voltereta, se precipitó, se suicidió. A posteriori de la pausa, del paréntesis, arrasó la herida. Luego estoy yo, mi oculto reflejo detrás (o delante) del espejismo quebradísimo. El borde de la costura se ha deshilachado, se ha despedazado tantísimo que me paralizo ubicándome aquí sentada, en la cafetería de la esquina, entre mis rizos deshechos y varios corazones ya poco derechos, pues se ven tan inertes. Sin creérmelo, y sin saber, con mucha intuición, que la arranqué, saqué de mis costillas la cicatriz abierta que sangraba herida, perdida, hasta que se iluminó mi palidez como si todavía se pudiese. Me quise quedar, de verdad que me apetecía, pero, a día de hoy, me voy sempiternamente conmigo.

En ese bonito latir
Oscureciéndome voy, después de que nazca otro anochecer, que seguirá siendo el mismo atardecer. Un cuadro grisáceo, con algunas manchas ennegrecidas, podría haberlo coloreado. Preferí que se quedara en un estancamiento mental y, que, en vez de volar al espacio estelar común, se quedara enganchado con mi agonía. La ironía arrasa, ¿Será que voy perdida o dolida? Mi risa estalla de tanta semilla que aún le falta nacer, crecer y florecer. Me apetecía arder, y vaya si ardí, tanto que, bueno, he vuelto a sonreír en ese bonito latir. El «pero» es que en ese viaje voy a sufrir, no porque sí, sino por ser así.

¿Será real?
Resulta que no sé escribir ni definir ni tampoco vivir. Lo único que hago es huir de ti, de mi faceta que parece atreverse cada vez más a moverse, a surfear por otros, y nuevos y fugaces lugares. Desabróchame la cobardía, llévame a saltar, a volar, que me gusta esa sonrisita inesperada que se asoma de golpe en mi carita de niña tonta, y muy ilusionada estoy volviendo a sentir. ¿El qué? Ni yo lo sé, porque te soplaré un «Yo no sé qué es el amor, y por tanto, no me enamoro». A lo que tú me mirarás con tu atrevimiento que te caracteriza, alargarás tu mano y me sacarás a bailar. Y, con la oscuridad que le pertoca a la vida, y los dos seres humanos a los cuales se les ha detenido el tiempo en el mismo momento que chocaron sus miradas, por estar danzando su tempo y empezando su nuevo y único vals, por fin se besarán. Se acaban de enamorar. ¿Será verdad?

Comiéndome las estrellas
Has dejado de estar, de ser conmigo, y tanto, que tu presencia es ausencia. Me quise quedar, y estuve bastante tiempo atrapada en aquel pasado. Aferrándome a un tú que nunca fue y que tampoco será. Pensé, creí. ¿Para qué? Caí, caí, me rendí abajo, en el pedestal que creé por y para mí. Me cobijé en el lugar, en el primer escalón. Tú estabas allí, bien bonito, idealizado. Yo, ilusa de mí, esperaba a que todo cambiase, a que te convirtieras en otro. En un buen hombre, leal y fiel, y lo fuiste allá, en mi ideal. «Yo te quiero mucho, amor» me vas lanzando de vez en cuando, justo a posteriori de mis «¿Me quieres?» Y probablemente sí lo sientas, pero no lo demuestras. Tantos puntos suspensivos, tantas pausas… ¿Para qué? Tengo migraña y las pestañas disecadas (de tantos suspiros y llantos internos). Me quisiera quedar. Ya no es que pueda, es que no quiero. No me apetece. Fui sola, avancé solitaria y lo sigo haciendo con y sin ti, porque, repito, no estás. Ni me arropas ni tampoco me mimas. ¿Qué significa que me beses? No me apeteces, porque vienes y vas y me desvaneces. Quise, quise tantas veces…, aunque culminé embriagándome de una sed ya seca y muy vacía. Y, al final, arrasé del revés, cierto. Decirte que soy, pero que no estoy. Me disgusta el pecado que cometí: me como las estrellas, ahora soy todas ellas, brillo convirtiéndome en eterna.

Cada dos por tres
Se me enfría el café, y el corazón a propósito, de mí. ¿Y me quiero caer o me dejo desvanecer? ¿Estoy apostando por mí para el después? El día, el atardecer, el de más allá, el que se planta en aquel punto y seguido. Pareció, sí, pareció escabullirse, pero resulta que se fue duplicando. Quise, quise, quise arrasar, y de tantos intentos culminé arrastrándome: llevé a mi sombra encima de mis hombros, a cuestas, subiendo la hechicera cuesta. Me hipnotizó tanto que acabé. ¿Dónde? Pues colocando mi reflejo, el del espejo, debajo del pedestal, sacándolo a la fuerza. Dicen que la «maña» gana, pero yo de inteligencia poca. Luego, después de tantas pausas, de los paréntesis, decidí, cómo no, sacarme las astillas y, todas las pestañas y los colores y los descosidos de mi corazón torcido sencillamente iba cojo y loco y poco roto, ya decidió volver a matarse y, pues, ya va acostumbrado.


























