Categoría: Escritos

  • Gente incognoscible

    Y me asusta el hecho de que se me oscurezca el alma a causa de la gente. Porque ellos no saben, ni mucho menos entienden, lo que es estar y ser con él.

    Salí a la calle. Era un día frío pero soleado. Anduve con un rumbo definido y con la incertidumbre acechándome constantemente. Y es que la certeza no estaba de mi parte aquella tarde, aun así, me sumergí leyendo mientras me apoyaba en una columna gris. Y esperé, un buen rato. Ya estaba acostumbrada, iba bien preparada. Así que cuando llegó, caminamos hasta llegar al Centro. Acabamos en una hamburguesería donde allí nos entretuvimos un buen rato hablando. Todo empezó porque le solté un bombazo. Inusual en mí ya que, a pesar de aquello, sonreí. Se lo conté tranquilamente, sin darle mucha importancia y viendo la cara positiva del acontecimiento en general. Luego, nos sentamos y, allí, conversamos. Comenzamos con el tema del sexo; por un lado, repulsividad hacia este, por otro, adoración. Llegué a la conclusión de que si eres libre copulando con el otro ser, puede ser muy positivo. En definitiva, que atrae sensaciones y emociones buenas. Poco a poco nos fuimos adentrando en otros temas y, el más, superficial y surrealista fue hablar de mi pasado. Más concretamente mi absurda ilusión por un chico. Y es que aquella mujer, tenía la capacidad de querer destruir a otro ser, pero no el poder. Así que me quedé bien tranquila. Y, a la vuelta a mi casa, cuando nos despedimos, me quedé reflexionando. Porque justo cuando estábamos yendo hacia el restaurante, ella me soltó unas cuantas dudas a mí, respecto a mi relación amorosa. Pensativa estaba de regreso, anduviendo por las calles oscuras, iluminadas por las farolas y ensombrecidas por mis inquietudes. No, no tenía la necesidad de salir de mi relación porque me sentía bien conmigo misma y con él. Tampoco me aterraba la idea de que me pudiera decepcionar, de que mi amor fuera un fracaso. Ni mucho menos me asustaba el hecho de que la relación que estaba teniendo quedara en pasado y fuera un intento fallido. Me sentí demasiado bien, pues la persona que estaba en mi vida me llenaba; de lealtad, de felicidad, de paz y de amor. Quizás nuestra relación des del exterior podía parecer común y a la vez rara, pero des del interior, era y es la gloria.

  • Febrero

    Mis huesos se congelaron mientras la lluvia resbalaba por mi rostro. Observé el invierno, un paisaje frío y húmedo a la vez. Las hojas ya no vestían los árboles y los pájaros volaron otros aires, otros cielos. Me sentí bien conmigo misma, porque justo por aquellos instantes mi cerebro, mi corazón y mi cuerpo no estaban desencajados. Pensaba en él a cada momento, y más aquel, en el que íbamos a vernos. Un encuentro que no me esperaba, pues me observó desde la distancia. Y yo que me sumergí en un mundo ajeno buceando entre la música que sonaba de mis auriculares.

  • Estrellas andantes

    Un «Aun te quiero»,

    un suspiro de vuelta.

    Un adiós,

    y un porqué.

    Un «Nunca lo quise»

    y un «Ahora lo quiero a vos»

    con todo mi ser a su alma y a su cuerpo.

    Otro «Yo también te quiero, amor».

    Y se fueron a volar por el Universo,

    siendo estrellas andantes,

    haciéndose brillar mutuamente.

  • Fotografía

    Abro el ordenador y qué me encuentro. Un rostro, un cuerpo y un alma muerta.

    Una imagen aun en la papelera de reciclaje. Entonces desenfoco mi mirada y observo mi escritorio. Esbozos, cuadros y la fotografía.

  • Quiero que me quieras

    Quiero que me quieras puta, alocada y guerrera.

    Quiero que me quieras por lo que fui, lo que soy y lo que seré.

    Quiero que me quieras ya sea con mi amargura o mi alegría. Con mi día a día.

    Quiero que me quieras sin ningún motivo y con todos a la vez.

    Quiero que me quieras siendo ave o mosquita muerta.

    Quiero que me quieras libre.

  • Recuerdos

    Recuerdo la primera vez que te vi cuando pensé: «¿De qué palo va este tío?» Y también cuando tu cara me hacía reír a carcajada libre.

    Recuerdo cuando nos veíamos y me dabas dos besos, uno en cada mejilla, con mucha ternura y amor.

    Recuerdo cuando me encarabas para hablarme y observarme. Cuando me sacabas temas de conversación y me hacías sonreír.

    Y también cuando empezamos a quedar porque mi «lio de invierno» comenzó a ignorarme. Aquella vez que fuimos a la biblioteca a estudiar y estuvimos más hablando, riendo y jugando que otra cosa.

    Recuerdo cuando te di mi libro escrito por mí. También cuando me acompañabas por las noches a casa.

    Recuerdo aquel 15 de Diciembre cuando quedamos tres veces consecutivas: mañana, tarde y noche. Y tu declaración de amor, mi incertidumbre y mi decisión de la cual no me arrepiento para nada.

    Nuestro primer beso, que te lo robé yo y lo planificaste tú. Porque tú te morías por uno, y yo también. Porque nos moríamos los dos por besarnos sin parar.

    Recuerdo mi primera lágrima contigo y como te dije: «No es nada, ya está, ya está». Estábamos en el coche de tu padre.

    Recuerdo nuestra primera vez que hasta que no te di el consentimiento no seguiste. Y cuando te dije «Sí» entonces continuaste.

    Recuerdo cuando me decías: «Ven que voy a partirte la boca a besos».

    Recuerdo que me dijiste: «Me gusta hablar contigo». En aquel momento se me enterneció el corazón.

    Recuerdo cuando me brindaste amor sin que yo te lo pidiera y me quisiste sin yo quererte hasta que te quise y llegar a querernos sin querer.

  • Contigo

    Contigo soy paz, amor y guerra.

    Paseamos por la ciudad mientras tú llevabas un cucurucho de patatas fritas en la mano y yo tu mirada en el alma.

    Te quise en todos los instantes pasados, y presentes. Te tuve ensimismado en mi mente. Porque eras y eres mi fuente de energía.

    Seguimos caminando sin parar de hablar hasta llegar a un parque. Nos sentamos en el césped donde delante había un lago, un bar y muchas luces encendidas. No era excesivamente bonito, porque para eso ya estabas tú. Pero tenía un encanto porque a tu lado, todo era magia.

    Y estuve hablando un rato largo yo, mientras mi mirada se perdía en un punto borroso lejano y en tu rostro. Luego hablaste tú. Sacamos muchos temas de conversación.

    Fue una noche agradable. Y es que me agarraste y me besaste. También me miraste. Y yo te miré y te observé, y me enternecí. Porque te tuve entre mis brazos pudiéndote acariciar y besar. Pudiendo ser contigo.

    Tuvimos paz en nuestros sentimientos, nos dimos guerra con los diálogos y mucho amor con los besos.

  • Noche de madrugada

    Salí con mis amigas de noche para ir a cantar a un Karaoke.

    Canté un poco, sonreí pero no reí. Fruncí el ceño porque mi cabeza dolía y no por el alcohol ingerido sino por la música tan alta. Un chico me observó, pero ligó con mi amiga. Me dio igual, no estaba dolida sino enamorada. Y no de cualquiera que estuviera allí.

    Entonces sonó una de las canciones que cantamos a veces cuando vamos en tu coche: «Tu jardín con enanitos», de Melendi. Sonreí y luego me puse melancólica. «Sácame de aquí», pensé. Y se me pasó pensando en ti. Siendo contigo sin estar juntos.

    Me puse a reflexionar… No quería que fueras mi pilar más importante en mi vida sino unos de mis pilares porque si un día no llegases a estar me derrumbaría. ¿Y que sería de nosotros? De ti, de mí. No sabía cómo hacerlo, quizás porque los otros pilares de mi vida se estaban destruyendo por eso tú eras el más valioso. Y no en oro sino en tiempo.

    Luego desistí. Intenté disfrutar de lo que quedaba de noche. Estaba cansada y mi objetivo en aquellos momentos era observar a las personas: cómo se movían, qué hacían y hacia donde iban. Me desvanecí y cuando regresé, viví.

  • Probabilidades

    Estábamos sentados en un banco que en un futuro sería nuestro banco pero que de momento era «un» banco.

    Estuvimos hablando, más él que yo. Reflexioné sin llegar a ninguna conclusión pero con dudas en mi mente. Entre todas: «¿De qué palo iba ese chico?»