Categoría: Escritos

  • Noche amanecida

    Entré en aquel cuchitril, ni recuerdo si te saludé o pasé de largo. Lo que sí sentí es como me miraste, como te miré -con aquella mirada dura, de chica con el corazón roto-. Como nos miramos. Te me acercabas a momentos y yo temblaba, siendo hueso de corazón, cristal de alma. Y venías, y te ibas. Y yo me paseaba y a veces desaparecía, pero presente te tenía. Hubo un instante en que me vine arriba -euforia esparcida por mis venas- y bailé. Y tú me observabas atentamente. Te sonreí, me eché a reír. Me seguiste el juego, y yo a ti. Pequeños instantes en que intentaste mover tu cuerpo con el mío, al mismo compás. Me detuve. Aquello no estaba en mis planes. Me desconcertaste. Hasta que salimos a la calle. Allí saqué de mi bolsillo una piruleta roja que la comencé a comer justo cuando me la quitaste. Qué audaz, todo tú un disfraz -personaje-. Quien me dijo frases cliché, entre todas, «Tú y yo juntos, mi princesa». ¿Cómo te atreviste? Irracional maleducado, fuiste muy inadecuado. Y seguiste. Y me cogías de las manos y la cintura, me mirabas e imitabas mi dureza, mi franqueza. Y es que aquella noche volé justo cuando me besaste en un bus donde nos saltamos las normas, colándonos. Me agarraste desprevenida, no sin antes haberme dicho que querías irte a algún lugar conmigo. Y luego el beso, reinando por toda la noche. Quizás, en un tal vez lejano lo haremos. Aun no. Demasiado pronto. Porque hay noches perfectas y, otras no tanto, pero aquella fue espectacular. Un mar de dudas, ¿qué será de ti? ¿Y de mí? ¿Habrá más, o no?
    Y luego de mis pensamientos borrosos, me llevaste a un portal y me besaste como un descarado. Amargado que no pudo saciar su sed. Fracasaste como hombre, triunfaste como lobo. Que sepas que no me he enamorado de ti, y que no lo pienso hacer jamás, porque sé y siento que aquello tuvo principio y fin en el mismo lugar.

  • Por un nosotros platónico

    Por aquella primera mirada,

    dura y fría.

    Por mi bordería.

    Por aquellas sensaciones sentidas,

    por las fantasías ilusas.

    Por él, por mí.

    Por su poco arte con la poesía,

    por sus palabras llenas de hechicería.

    Por los paseos dados en la última noche de Octubre,

    por sus dedos rozando los míos.

    Por su primer beso conmigo en un bus,

    aquel donde nos colamos, siendo malos.

    Por su rollo de verano,

    por mi aventura con él, rompiendo la regla del amor.

    Por la húmedad de nuestros corazones, y la oscuridad.

    Por su borrachera y locura,

    por su desfachatez y poca cordura.

    Por ser un mentecato,

    por tirarme de cabeza por el acantilado y aterrizar de pie.

    Por ser yo misma,

    por sentirme

    y por despegar a volar.

  • Perdida

    El viento encolerizado mueve mis entrañas, haciéndolas desvanecer. Matándolas.

    No son, están inertes. Como las margaritas que se escapan del astro solar y van hacia la oscuridad.

    Como yo. Me alejo de todo ser divino.

    No quiero luz, quiero sombra;

    y encontrarme entre mis pliegues de pieles, mis cicatrices y mis rasguños. Mis agujeros llenos de pena y tristeza.

    Quiero encontrarme, otra vez. Y perderme entre el aire, meterme y volar con sus corrientes. Subir a la cima y pegarme un tiro en el corazón, dejarlo ahuecado y matar mi pensamiento de una caída por el acantilado.

  • Tristeza

    Nostalgia agria recorre por mis venas. Es como aquel vino de color violeta tan amargo repiqueteando, encolerizado, contra mi corazón melancólico, alcoholizado y desgarrado. Porque la locura de mi alma sale a la noche endulzada y encantada. Ya no hay amor, se desvaneció. Desapareció. Sólo reina el dolor, el pudor y el color negro, medio estrellado, iluminado por algunas luciérnagas, la mayoría apagadas.

    La sangre estalla, creando infinidad de coágulos. Está danzando, bailando al compás de los cristales rotos que brotan de mis ojos. Chocan contra el suelo, y se rompen cada vez más, en diminutas partes. Particulas de desamor volando por el espacio.

  • Era dolor

    Tenía los ojos oscuros,

    y la piel muy blanca.

    Era hielo de corazón,

    y vocabulario mal hablado.

    Era herida,

    cicatriz,

    recuerdo

    y pasado.

  • Inmortalidad

    Ya no tengo alas, están cicatrizadas, desintegradas, desabrochadas de mi ser.

    Enterradas.

    Ya no puedo volar, no hay océano en mi alma. Sequedad en mis huesos.

    No hay horizonte en mi cielo, ni estrellas en mis ojos.

    Un grito que se queda atragantado en mi esófago, un salto fallido.

    Un intento,

    un Te quiero atascado.

    Un volando que desciende.

    Me quedan las manos y un par de pasos, los temblores y miedo.

    Porque estoy perdiendo, agarrándome al acantilado del precipicio.

    Me estoy suicidando en vida sin llegar a ser muerte. Soy inmortal.

  • Quieto

    ahí donde estás.

    Gírate y vete,

    regresa a tu hogar.

    Ya no te quiero aquí,

    vete.

    De mi vida,

    de mi cuerpo,

    de mi mente.

    Y no vuelvas jamás.

  • Flor machacada

    Mis letras no se apagarán,

    resurgirán entre las cenizas

    y se incendiará un infierno

    -el de mi interior-.

    Cuerpo,

    huesos,

    corazón,

    alma,

    estrellas

    y flor machacada

    pero no marchitada.

  • Delirio

    Ojalá -estoy delirando-,

    ojalá no seas como los otros.

    No quiero la distinción,

    quiero la imperfección

    y la esencia.

    Un motor, tu corazón,

    que te acerque a mí sin querer.

    Y me busque queriendo,

    y me encuentre.

    Y me quiera,

    y que me lo repita una y otra vez.

    Porque no me han querido nada,

    y no me lo podré creer.

    Será irreal.

    Demasiado surrealista.