Se me va a enfriar el café, bueno, de hecho, ya se enfrió. ¿Pero qué más da? La vida, la mía, no va tan congelada, quizás. Seguramente será porque tú aquí estás. Entonces, con ese no sé qué tan tuyo… pues, nada, que me sacaste de mi trance a rebosar de una tristeza muy rara, que cada vez se ausenta más, porque tú estás. Y te quiero, te quiero aquí, aún más. Qué milagro. ¿Será tan breve como todos los otros? ¿Y… Dónde está aquel verbo? ¿Dónde se esconde el Te quiero? Se oculta, pues tiene miedo como la loca, como la escritora, la narradora… Como la protagonista, ¿No? ¿Será solo una telenovela? ¿O el personaje secundario de cualquier revista? Quiero decir, la frase más absurda, la prevista, la que se pierde de vista. ¿O qué? Que sí, que vaya vaivén. ¿Si me llora el ojo derecho es por aquel inédito sentimiento? ¿Pero si me llora el izquierdo, qué entonces? A veces me lloran ambos y, sin querer, me explota el pecho. Significará que luego florecerá… o que se apaciguará el dolor tan interno, y extremo. Maldita fe, que no me quiere acompañar. Necesito, otra vez llorar y amargarme en mi queridísima soledad, pues hay instantes que voy, me vuelco y, queriendo, los vivo tanto que me los restriego, y por todo mi cuerpo. O voy fría o me lleno de huecos entristecidos hasta congelarme, como el café de esta misma tarde.
La soledad, de vez en cuando

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