Categoría: Escritos

  • Díselo

    Universo,

    dile que amo sus raíces.

    Universo,

    dile que amo sus cosmologías.

    Dile, también, que amo su corazón.

    Y, dile, que adoro su razón.

    Dile, dile, que me encanta su forma de ser.

    Universo, dile, por favor,

    que halago sus ojos, su sonrisa y su rostro cada instante de mi vida.

    Dile, que no falte, que le quiero, que amar es aun muy fuerte, o temprano, quizás.

    Dile que me gusta, que me encanta y que me enamora.

    Pero tú, Universo, ¿lo has visto? No por fuera, sino por dentro.

    Tampoco has visto como anda,

    su rumbo por la vida.

    Y, lo sé, que el físico es lo de menos.

    ¿Pero tú lo has visto Universo?

    ¿Lo has visto también por fuera?

    No, creo que no, porque sino,

    no te hubieras enamorado como yo.

  • Retrospección

    Entonces, sentada en el sillón de aquella habitación, cerró los ojos. Retrospección.

    Immersión en una profundidad demasiada esclarecida.

    La mujer, de cabellos anaranjados, empezó a hablar y ella, en su memoria, se imaginó a una niña -ella- en medio de un bosque en abundancia de sentimientos y un alma poco florecida. Descubrió como la tenía rota y vacía, muy vacía y muy rota, muy, muy, rota.

    Descubrió como temía al mundo y a la vida, como temió, como se amó y se quebrantó. Era, sin más, una niña alcoholizada, vulnerable ante la immensidad de aquel mundo. Era, una niña astustada.

    Y comenzaron a asaltar las preguntas, preguntas maleducadas, inadecuadas.

    Después, después de que la narración terminara, al instante, abrió los ojos. Y, se encontró, otra vez, en la habitación sentada en el sillón.

    La mujer, de pelo anaranjado, la invitó a sentarse en una silla. Aceptó y, al instante que lo hizo, segundos eternos y una mirada analizadora, se lo preguntó como una bomba, un disparo en el corazón. «Cuéntame qué has visto». «He visto a una niña que era feliz».

    Ella, era yo.

  • Pieles

    Te guardaré en mi esperanza,

    si tú, mi fe.

    Te tendré atragantada ente los huesos, la sangre y el alma.

    Porque arrancaré la piel, y la colgaré de un cenicero.

    Empezaré de cero en cada amanecer, contigo o sin ti, y lo haré.

    Lo haré con todas mis fuerzas aunque a veces se desvanezcan, pero lo haré.

    Me pudriré, lo sé, también resuscitaré, de las cenizas caídas en el cenicero, colgadas, ahora, de un tendedero.

    Han salido a volar, todas las capas de mi piel. Unas se han estampado contra el suelo, otras han volado al cielo, pero todas, han escogido un rumbo. Y, han sido tantos que, ahora, he caído rendida, perdida.

  • Salto y vuelo

    Escúchame, joder,

    quiero decir,

    ahora léeme.

    Rómpete, sí,

    que sí, que te rompas,

    que no pasa nada.

    Ya te arreglarás,

    así crecerás,

    y te amarás,

    más,

    mucho más.

    Y nunca te sanarás del todo,

    cicatrices te quedarán,

    jamás se cerrarán.

    ¿Sabes qué va a pasar?

    Que un día, por la mañana,

    las fuerzas se habrán evaporado.

    Te quedarás intacto y la revolución habrá empezado.

    Porque serás tú, con todo tu arte,

    miseria y cobardía.

    Pero, amigo, no temas,

    ahora es cuando más fuerte estás siendo.

    Sí, porque es el inicio del sendero,

    el de comenzar a conocerte.

    Abrirte las puertas a ti mismo,

    como si no te fuera la vida en ello,

    pero, créeme, te estás dejando las garras,

    amarrando las armas para que,

    cuando salgas de este agujero negro,

    saltes y vueles aun más alto,

    mucho más.

  • Una vez más

    Ahora la rosa,

    se sonroja,

    porque está marchita y,

    a la vez, florecida.

    Ennegrecida como el carbón,

    eres un bombón; literal.

    Después llega mi funeral,

    cuando te declaro,

    con palabras y no habla,

    unas cuantas balas,

    que sigo queriéndote.

    Y no porque sea hoy,

    que también.

    Sino porque eres,

    tan real como cada día.

    Y seguiré escribiéndote,

    y me dará todo igual,

    si me lees,

    si no,

    porque jamás sabrás la verdad.

    Siempre te quiero, y te querré,

    en la inercia,

    de mi felicidad,

    de mi tristeza,

    de mi bordería,

    de mi amargura,

    y podría seguir adjetivando.

    No escribo para los demás,

    escribo para mí,

    para demostrarme

    que sigo queriéndote,

    queriéndome contigo,

    y sin ti,

    una vez más.

  • Café moreno y tinto rosado

    Sus ojos,

    son café moreno.

    Sus labios,

    son tinto rosado.

    Que, conjuntos,

    son la mezcla más bonita

    del mundo.

    Porque no habéis visto

    su sonrisa.

    Ni sus ojos achicados,

    cuando sonríe.

    Porque no habéis escuchado

    cuando estalla riendo.

    Ni tampoco habéis

    sentido su voz.

    Ni palpado su tacto.

    No sabéis nada,

    y ya podéis empezar

    a envidiar porque es para

    morirse de la rabia

    al saber que es mío y no vuestro.

    Y por eso muero de rabia yo también,

    porque no es mío y nunca lo será.

    Él es de la Tierra, del Océano y del Aire.

    Porque es Universo, y estalla Galaxias.

  • Él

    Quiero una copa de vino tinto,

    quiero un papel y tinta para poder

    escribir sobre su piel.

    Quiero emborracharme,

    escribirme; frágil y débil.

    Quiero escribirle el poema de amor más bonito que pueda existir.

    Quiero que se entere de que le amo.

    Quiero que lo sepa.

    Quiero besarle,

    amarle.

    ¿Cómo se lo explico?

    ¿Cómo se lo hago entender?

    ¿Cómo se lo hago ver?

    Que sé que me lee y, que de entre todos,

    es el más especial.

    Quiero darle las gracias;

    porque me ayuda a crecer,

    me ayuda a ser.

    Quiero que sepa que es él,

    que todos mis versos,

    desde el verano pasado,

    son para él.

    Ya sean crueles o insanos,

    llenos de veneno, invierno o primavera.

    Llenos de amor.

    Quiero que lo sepa, pero, ¿cómo se lo hago saber sin querer hacérselo saber?

  • Hueso

    Un espejo en su derecha, un hueco en su izquierda. Se miró, se observó y se odió. Fracturada, aquella era la palabra para definir su cuerpo. Estaba desnuda, un reflejo vacío, un corazón frío. Se puso detrás de la oreja un mechón castaño, que caía delicadamente por su rostro. Su rostro; sus ojos hundidos, moratones debajo de ellos, cansados y una lágrima corriendo por su mejilla, después otra y, unas cuantas más. Infinitas, inalcanzables, quebrantables. Sollozos discretos, sinceros.

    Después de secarse con la yema de los dedos las gotas saladas, abrió el grifo y se lavó la cara con agua endulzada, que seguía cayendo, abundante en cada rincón de aquel baño. Levantó la cara, igual de marchita, pero no tan mojada, y se giró bruscamente, dándole la espalda al espejo. Se sentó en el suelo porque sus piernas ya no podían soportar tanto dolor y, entonces, observó su alrededor.

    Cuatro paredes, azules, un váter blanco, donde encima había ropa, y una ducha, a conjunto con un corazón roto, un trozo de razón perdida, la locura amanecida, un cuerpo destrozado y una chica aun con vida. ¿Qué hacía allí metida si se quería? Odiándose, pero se quería. Era una bonita forma de amarse, odiarse. Aun así, al cabo de unos minutos, largos, decidió vestirse con la ropa que tenía encima del váter y salir.

    Temblorosa, temiendo, cogió el mango de la puerta y, aquella, se abrió. Salió entrando en otra habitación. Anduvo hacia la ventana y se quedó observando el paisaje. Árboles con las hojas anaranjadas, secas, un río sin agua y montañas desérticas; el otoño más triste de su vida.

  • Lluvia, llora

    Mírala, mírala que bonita ella, como llora, como destella, como enciende el fuego en una alma enternecida. Como arrasa, arranca y abunda en destruir. En destruir todo aquello que quiere, que ama. Que la vuelve loca y ya no puede tener entre sus delicadas lágrimas y, que, estas, salen a relucir, a brillar, a la oscuridad amanecida.

    Porque anduvo hacia su rumbo, empezando a resquebrajar un corazón, a iluminar, aquellos ojos tan comunes, marrones.

    Porque estaba maldita y era hechicera, endemoniando los cielos llenos de ángeles puros, es decir, de muertos que quieren morir y siguen viviendo. Esos sí que son valientes, alzan sus copas al infierno y tiran al regazo de Satanás los residuos de sus bocas.

    Sus lágrimas, ahora las que son disparadas por las nubes, seguían cayendo como cascadas, pero detenidas en medio del rumbo pues eran disecadas, aplastadas con las yemas de sus dedos. Rayos y truenos.