Caéte ante mí, criatura.
Rómpete,
mátate.
Cogeré mi mejor sonrisa,
saldré ahí fuera
a romper corazones.
A romperme,
a reanudarme
y quererme.
No iré con tacones,
luciré de negra,
de luto me vestiré.
Pisaré fuerte, arrancaré almas.
Te desgarraré.
Caéte ante mí, criatura.
Rómpete,
mátate.
Cogeré mi mejor sonrisa,
saldré ahí fuera
a romper corazones.
A romperme,
a reanudarme
y quererme.
No iré con tacones,
luciré de negra,
de luto me vestiré.
Pisaré fuerte, arrancaré almas.
Te desgarraré.
No sabes lo que es romperse de golpe y,
luego, a pedazos.
Ni que tu corazón estalle, no a risas, sino a llantos. Y que tu cuerpo se desintegre, se marchite al compás lento.
No sabes lo que es ir muriendo en vida, no sabes lo que es vivir con los ojos abiertos, percibiendo cada sensación, sin sentir latir tu corazón.
Y se crea un caparazón alrededor tuyo.
Y empieza el miedo, el no saber, la indecisión, la inseguridad y la sonrisa falsa.
Comienza el yo y sólo yo y, que a los demás, los zurzan. Que te preocupas por ti misma, creándote una pared indestructible e interminable alrededor de tu ser.
Ya nadie puede volver a ser contigo, -ya nadie podrá volver a ser conmigo-.
Quiero disfrutar del tiempo,
no quiero que me mate;
por soledad,
desamor o,
simplemente,
aburrimiento.
Quiero ser yo,
una imágen inédita,
un borrador,
o una fotografía de color sepia.
Porque no soy cualquiera,
soy aquella chica aburrida,
de sonrisa enternecida
y corazón caótico.
Que tengo el coraje por las nubes,
y la autoestima por los árboles.
Y soy feliz, y lo intento y lo consigo.
Siempre salgo de casa con los auriculares puestos, y un poco de prisa.
Y no tengo tiempo a pensar, sólo a caminar rápidamente. Porque me pienso que no llego y, cuando entro a la estación y miro el panel, aun quedan dos minutos por delante. No me da tiempo a sentarme, me quedo de pie.
Y espero, y llega, y pico, y se abren las puertas y entro.
Entonces observo a la gente, pero nunca escribo de ella cuando la tengo en frente. Me da vergüenza que me lean mientras estoy en mi fase de inspiración.
Mis días, estos, son en los que estoy más cuerda. Y no me gusta, quiero locura y caos. Estallar en una risa, luego llorar por un amor no correspondido y correrme en una ilusión.
La acrobacia,
es que sales corriendo de casa,
con un libro en mano
y los zapatos desgastados.
Que llegas tarde,
y el tren se te va.
Pero con un poco de suerte,
lo alcanzas al vuelo.
Siempre mirando la hora
y nunca viéndola;
así se pasa la vida,
en un tic-tac parpadeante,
esperando intermitentemente,
como el semáforo que se pone en verde.
Y erre que erre, un pie delante del otro,
corre, corre -te dices inconscientemente-.
Siempre con prisas,
estrés,
y un montón de faena por hacer.
¿Cuándo se acabará la rutina?
Te preguntas.
Nunca; tiempo interminable.
Agotador,
desolador,
desgarrador.
Y como no me pudiste dar amor, o porque no quisiste o porque no supiste, me ofreciste canciones, que me vacían los ojos y me llenan el alma.
¿Por qué? Y, ¿para qué?
Para joderte, para joderme, para jodernos.
Ya no soy, ya no estoy. Ya no.
Necesito un corazón,
enamorarme
y una nueva risa.
Se apellida
y siempre va con prisa.
Es,
y ahí me quedo.
No alcanzo las palabras.
Duelen.
Soy melancolía,
tristeza,
vacío.
Aun así me río,
como una vagabunda enamorada;
que perdió su billete de vuelta,
su hogar,
y su corazón.
Y me estoy diciendo a mí misma que lo intentaré, que no perfeccionaré, que desgarraré las palabras. Las descuartizaré, las diseccionaré. Pero no las enterraré, porque no es bueno. Claro que no, ¿qué sentido tendría?
Quiero, tiempo verbal actual, sacarles las garras. Cogerles el órgano principal y desangrarlas. Imagínate a una letra llorando sangre. Y es que de ahí, justo, sale la carne bien hecha, sincera, aunque duela.