Tú y yo,
-nosotros-
desnudos entre sábanas
mientras suena Amy Winhouse.
Haciéndome polvo,
mordiéndome,
besándome,
queriéndome
y amándome.
Ceniza y a la vez flores,
margaritas.
Jadeos y sueños.
Manos, uñas, y descaros.
¡Oh sí, amor!
Tú y yo,
-nosotros-
desnudos entre sábanas
mientras suena Amy Winhouse.
Haciéndome polvo,
mordiéndome,
besándome,
queriéndome
y amándome.
Ceniza y a la vez flores,
margaritas.
Jadeos y sueños.
Manos, uñas, y descaros.
¡Oh sí, amor!
Ya no quiero amor,
sólo sexo.
Quiero que me mires con deseo,
que me transmitas anhelo.
Quiero ser tu cisne negro,
que se convierte en blanco por las noches.
Quiero que te derritas,
que se me manchen las braguitas.
Quiero ser tu Ron más dulce,
quiero darte sexo en verbena.
Porque el amor ya ha llegado,
el amor ha derrumbado,
arrasando,
rompiendo,
amando.
El amor se ha convertido en sexo.
Un hecho,
sin firmar
pero sí pactado.
Eres,
soy;
somos.
Es como si me costara leerte, libro del corazón roto. Como si cada palabra me rasgara, atravesándome, hundiéndome en el dolor. No sé si serán los protagonistas o las comas, creo que son los párrafos, cada punto y seguido; como una interminable carrera. Hostias de palabras, me abofetean.
¿Por qué?
Porque, tal vez, siento los sentimientos que sienten los personajes o, que sintió la autora al escribirlo, o la narradora.
Se me agujerea el alma, se me cristalizan los ojos.
Arrójame a las hojas muertas, negras.
Lánzame hacia estas y aquellas.
Demuéstrame que Sí y, después, que No.
Desintégrame por dentro, sácame los órganos; el corazón, para no sentir más, por favor.
Y, entonces, el vacío será cómodo, dentro de la cotidianidad.
Aun así, se me cristalizan los ojos.
Y se me sigue rompiendo el alma.
Se me enorgullece el corazón de tantas cicatrices, sobretodo, de aquella tan profunda. Que la odio con todo mi odio y, a la vez, la amo con todo mi amor. Porque me ha enseñado a sobrevivir, y no es por despreciar a las otras, pero es que sólo fueron rasguños reparables o, quizás, más quebrantables.
Porque el amanecer ya está aquí, rozándome los labios, acariciándome el pelo; me dice que viva, joder. Me lo grita a cada instante, con cada rayo.
Estallo.
Y me vuelvo a levantar aunque, unas cuantas veces, me quedé abrazando el suelo. Hasta lo quise que, aunque era feísimo, fue queridísimo.
Porque soy amante de las margaritas, las marchitas, las que se quedan en ceniza, las que se mueren por haber sentido demasiado.
Quizás se trate de mirarse el alma a través del espejo.
Quizás se trate de salvarse justo al instante que te tiras por el borde del precipicio.
Quizás se trate de caerse boca abajo y, aun así, sentirse flexible, como quien nunca se rompe.
Quizás se trata de dejarse llevar por la corriente del viento.
Quizás se trate de morirse por un beso y, de tanto morirse, acabar dándolo.
Quizás,
tal vez,
quizás.
Mil cosas por hacer,
es el atardecer y,
los deberes sin acabar.
La cama deshecha,
como mi vida,
y llena de ropa.
Un vaso de leche
por terminar,
mi bigote manchado
de Neskuik.
Un trago de vez en cuando y,
me pierdo entre letras.
Un libro por terminar,
y mil sueños por
hacer nacer.
Spotify puesto,
suena aquella canción.
Otra ensoñación.
Y aun mil cosas por hacer.