Tirando la ceniza en el suelo,
de nuestro fuego,
lento.
Calentándose,
volviendo a renacer.
Rasguños,
volviendo a florecer.
Cicatrices cicatrizando,
amarrando los Te Quieros,
los anhelos.
Ya no hay palomas,
ya no.
Tirando la ceniza en el suelo,
de nuestro fuego,
lento.
Calentándose,
volviendo a renacer.
Rasguños,
volviendo a florecer.
Cicatrices cicatrizando,
amarrando los Te Quieros,
los anhelos.
Ya no hay palomas,
ya no.
No quiero que me rompan más,
no quiero que me estrellen,
no quiero verdades dolorosas,
ni pasados quebrantables,
que asustan,
que te hacen largar hacia un futuro
inexistente, impalpable, intocable.
Quiero heridas cicatrizadas,
quiero sonrisas sinceras,
alegría que no se acaba.
Quiero un dolor ajeno,
un recuerdo bonito en invierno.
Quiero un presente existente y vivo,
muy vivo.
Veo el sonido desgarrador de la noche,
que desprende pudor y a la vez, temor.
Se me atraganta el corazón en la garganta.
Y, quiero luz, y quiero vida, y quiero día,
y quiero primavera, una nueva era, esta.
Y ando por las calles, oscuras, y me
atraganta el miedo.
Y quiero ser, un alma salvaje, y quiero
ser un alma libre, y quiero ser un alma viva,
con fuego y también hielo,
pero con mucho fuego..
Universo,
dile que amo sus raíces.
Universo,
dile que amo sus cosmologías.
Dile, también, que amo su corazón.
Y, dile, que adoro su razón.
Dile, dile, que me encanta su forma de ser.
Universo, dile, por favor,
que halago sus ojos, su sonrisa y su rostro cada instante de mi vida.
Dile, que no falte, que le quiero, que amar es aun muy fuerte, o temprano, quizás.
Dile que me gusta, que me encanta y que me enamora.
Pero tú, Universo, ¿lo has visto? No por fuera, sino por dentro.
Tampoco has visto como anda,
su rumbo por la vida.
Y, lo sé, que el físico es lo de menos.
¿Pero tú lo has visto Universo?
¿Lo has visto también por fuera?
No, creo que no, porque sino,
no te hubieras enamorado como yo.
Entonces, sentada en el sillón de aquella habitación, cerró los ojos. Retrospección.
Immersión en una profundidad demasiada esclarecida.
La mujer, de cabellos anaranjados, empezó a hablar y ella, en su memoria, se imaginó a una niña -ella- en medio de un bosque en abundancia de sentimientos y un alma poco florecida. Descubrió como la tenía rota y vacía, muy vacía y muy rota, muy, muy, rota.
Descubrió como temía al mundo y a la vida, como temió, como se amó y se quebrantó. Era, sin más, una niña alcoholizada, vulnerable ante la immensidad de aquel mundo. Era, una niña astustada.
Y comenzaron a asaltar las preguntas, preguntas maleducadas, inadecuadas.
Después, después de que la narración terminara, al instante, abrió los ojos. Y, se encontró, otra vez, en la habitación sentada en el sillón.
La mujer, de pelo anaranjado, la invitó a sentarse en una silla. Aceptó y, al instante que lo hizo, segundos eternos y una mirada analizadora, se lo preguntó como una bomba, un disparo en el corazón. «Cuéntame qué has visto». «He visto a una niña que era feliz».
Ella, era yo.
Te guardaré en mi esperanza,
si tú, mi fe.
Te tendré atragantada ente los huesos, la sangre y el alma.
Porque arrancaré la piel, y la colgaré de un cenicero.
Empezaré de cero en cada amanecer, contigo o sin ti, y lo haré.
Lo haré con todas mis fuerzas aunque a veces se desvanezcan, pero lo haré.
Me pudriré, lo sé, también resuscitaré, de las cenizas caídas en el cenicero, colgadas, ahora, de un tendedero.
Han salido a volar, todas las capas de mi piel. Unas se han estampado contra el suelo, otras han volado al cielo, pero todas, han escogido un rumbo. Y, han sido tantos que, ahora, he caído rendida, perdida.
Escúchame, joder,
quiero decir,
ahora léeme.
Rómpete, sí,
que sí, que te rompas,
que no pasa nada.
Ya te arreglarás,
así crecerás,
y te amarás,
más,
mucho más.
Y nunca te sanarás del todo,
cicatrices te quedarán,
jamás se cerrarán.
¿Sabes qué va a pasar?
Que un día, por la mañana,
las fuerzas se habrán evaporado.
Te quedarás intacto y la revolución habrá empezado.
Porque serás tú, con todo tu arte,
miseria y cobardía.
Pero, amigo, no temas,
ahora es cuando más fuerte estás siendo.
Sí, porque es el inicio del sendero,
el de comenzar a conocerte.
Abrirte las puertas a ti mismo,
como si no te fuera la vida en ello,
pero, créeme, te estás dejando las garras,
amarrando las armas para que,
cuando salgas de este agujero negro,
saltes y vueles aun más alto,
mucho más.
Ahora la rosa,
se sonroja,
porque está marchita y,
a la vez, florecida.
Ennegrecida como el carbón,
eres un bombón; literal.
Después llega mi funeral,
cuando te declaro,
con palabras y no habla,
unas cuantas balas,
que sigo queriéndote.
Y no porque sea hoy,
que también.
Sino porque eres,
tan real como cada día.
Y seguiré escribiéndote,
y me dará todo igual,
si me lees,
si no,
porque jamás sabrás la verdad.
Siempre te quiero, y te querré,
en la inercia,
de mi felicidad,
de mi tristeza,
de mi bordería,
de mi amargura,
y podría seguir adjetivando.
No escribo para los demás,
escribo para mí,
para demostrarme
que sigo queriéndote,
queriéndome contigo,
y sin ti,
una vez más.