Autor: perezitablog

  • El amor se escapó

    Me he dejado la libreta roja, y cada rosa, allá fuera. Se están marchitando, y enfriando, porque se quieren tanto que los colores, y dolores, repiquetean. Suenan los huesos y los reflejos de los espejos, sombras que se van ocultando para luego ir estallando, se van, pero en el otro vaivén. He perdido el tren porque fui caminando del revés por el andén. Los gusanillos de mi estómago se mueven rápidamente, las mariposas se han suicidado después de tantos daños consecutivos. Será el miedo, pienso. O el sufrimiento, siento, atragantado en mitad de mi garganta. El sabor, amargo, y el ir queriéndose de una forma tan sustancial y agridulce, me va matando. Agarro mis raíces por debajo de las pieles: ya no sé. Aún así, me percato de varios hechos, entre ellos, que me quiero querer y, alzando tanto el vuelo, me quedo en el gerundio sempiterno. Dejó de llover, la sequía ahora abunda. Me quiero quedar, de verdad que me gustaría, y sin necesidad. ¿Pero en qué consiste quererse? ¿Y amar? ¿El amor mutuo existiría? Porque si hablo, si narro, aquel de mi pasado, jamás tuvo acto de presencia. Simplemente hizo bomba de humo, y vaya si explotó. A posteriori, tristemente se exclamó, personificándose entre los pliegues, y recovecos, de mi ser que tenía un impulso ahuecado que se transformó el agujero. Aquí me pierdo, en la inercia, entre la peripecia y la voltereta.

  • ¿Qué significa escribir bien?

    El otro día, alguien, no recuerdo quién me soltó un: «Escribes bien». Entonces me puse a pensar, a reflexionar sobre qué sentido tiene, o contiene, la siguiente cláusula, una frase que sentencia y se planta y se queda, instaurándose en tu ser para el resto de tus días. Escribir sí, pero «bien». ¿Quién lo define? ¿Quién no? ¿Qué te dice que sea así? ¿Cómo te lo confirman? Quizás es que soy bastante insegura. Me soplarán, gritándole a los cuatro vientos: «Creételo más, pues eres escritora.» Eso creo, ¿O no? Acaso comprendes para qué escribo? Por necesidad, la de soltar e ir sanando, curándome y florecer, pero hay tantos matices y es un proceso tan largo, porque dura hasta fallecer, ¿Sabes? Aunque yo me maté y a mí me mataron tantísimas veces, incluso de forma real y leal con metáforas pintadas a pinceladas, y esbozos malditos (y marchitos) en la hoja, que mi corazón seguirá vívido.
    Así que, «escribir bien», para mí, el significado que contiene es que mientras te describas y te deshaucies y te marchites y regreses para caerte y, bueno, lo transmitas desde un sentimiento a rebosar de vulnerabilidad, culminarás sintiéndote mal, y lo describirás bien.

  • Estrellándome

    Quiero, quiero bailar contigo y ser estrella y estrellarme en tus labios. Bésame despacio, hazme creer en el amor por primera vez. Quiéreme, quiéreme. Roza con la yema de tus dedos los míos, mira mi sonrisa, ¿sientes cómo late? Con solo verte todo se hace grande, eres inmenso porque las nubes grisáceas desaparecen y la tristeza huye de mi cora’. Somos tan felices, créate conmigo, seamos la misma canción.

  • Querida, la otra yo

    Queridísimo diario, ¿Me sale a cuenta esperar tantos días a alguien? Se rompen los años a añicos combinando con los daños. Le soplé tan intensamente a la esperanza, que se fue deshilachando hasta ahora: acaba de estornudar. La vida va de caerse, de derretirse y que el corazón se vaya, cosiéndose sin aguja. El mío hace ya hipotecas, aún ni empezadas, que se marchó. Estoy triste, ¿Tú no? Los planes cambian, con ello el rumbo. Después de cantar a los pájaros y contar los céntimos que tengo, y desencantarme, dejándome tirada, allá, enturbiada en la parte trasera de mi cabeza, me percato del otro hecho, que solo hay todo un techo y medio trecho: estuve desesperándome, despedazándome, ¿Sabes a quién echaba en falta? O de más… A mí, a mi ser interno, a mis florecillas marchitas, que son lágrimas de cristal arrasando los cielos, los suelos y los infiernos. Estamos enfermos: a veces queremos querernos o que nos vayan amando, apreciándonos. Al final, nos dejamos, y las caricias tan coléricas se transforman en algo monótono, moribundo y gris. Aunque de los cuadros translúcidos, despintados y coloreados de tonalidades ennegrecidas, saldrá la pincelada iluminada, la que se mata convirtiéndose en la estrella. Soy ella.

  • Metafóricamente, yo

    Huí, me transformé en otra yo, metafóricamente poeta, toda rota, o coja. Un vaivén detrás de otro, en un bucle continuo. Ir cayéndose, ir lavándose la cara, que ya toca, que ya es vida de ir naciendo entre los sucesos coléricos, enrojecidos.
    Estoy sana, e ida, porque estar muy de la otra esquina, es recorrer la calle con los pies cortados, ¿Sabes? Aquel, el trozo del papel quebrantado. Déjame decirte… ¿Por qué tantos «lo siento»? ¿Para qué? ¿Qué finalidad habrá? Porque el fin, que consiste en comenzar del derecho, tal vez. Ayer me levanté con el pie izquierdo, y poca cordura. Ya lo he explicado, ¿No?
    Quiero colores, pero se deshacen por el desagüe de mi corazón que le falta una o varias piezas. ¿Cómo se forma? ¿Y por dónde empecerá a florecer? Agarrar el riesgo desde la última coletilla inexistente, aunque presente. ¿Arderá algún tipo de fuego? Aletéame que vuelo tan a ras del suelo que me convierto en el puto cielo.
    Y regresar para culminar en la avenida del instante anterior. ¿Sabes cómo construir un pasado? ¿Y de qué manera se destruye el futuro? ¿Consistirá en morderse la lengua unas cuantas veces? Quizás se trata solo de querer que te acaricien o te pellizquen las pestañas ya desgastadas para que a posteriori renazcan.

  • «El viaje vertical», de Enrique Vila-Matas: una novela sobre el vacío, la identidad y la caída interior

    ¿Qué ocurre cuando perdemos aquello que daba sentido a nuestra vida?

    Hay novelas que cuentan una historia y otras que nos obligan a detenernos para mirar hacia dentro. El viaje vertical, de Enrique Vila-Matas, pertenece a este segundo grupo. A través del viaje de Federico Mayol, el autor explora la pérdida, la soledad y la búsqueda de una identidad que parecía haberse construido únicamente alrededor de la rutina y de los demás.

    En esta reseña comparto mi opinión sobre una novela profundamente introspectiva que convierte un viaje físico en una metáfora del descenso emocional de su protagonista.

    Ficha del libro

    • Título: El viaje vertical
    • Autor: Enrique Vila-Matas
    • Publicación: 1999
    • Género: Novela contemporánea
    • Editorial: DeBolsillo
    • Número de páginas: 240

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    Sinopsis (sin spoilers)

    La vida de Federico Mayol cambia de forma radical cuando, apenas un día después de celebrar sus cincuenta años de matrimonio, su esposa Julia le comunica que quiere separarse. No busca otra relación; simplemente necesita descubrir quién es lejos de una vida compartida durante décadas.

    Desorientado y sin un lugar al que pertenecer, Mayol inicia un viaje que lo llevará desde Barcelona hasta Lisboa y, finalmente, a Madeira. Sin embargo, el verdadero recorrido no es geográfico, sino interior. Mientras cambia de ciudad, también se enfrenta a la pérdida de su identidad, a la incertidumbre y al vacío que deja una existencia que parece haberse desmoronado de un día para otro.

    Mi opinión

    Lo que más me ha impresionado de El viaje vertical es la forma en que Enrique Vila-Matas convierte una crisis personal en una reflexión universal sobre el sentido de la vida.

    Federico Mayol no emprende un viaje para encontrarse, sino porque ya no sabe quién es. La ruptura con su esposa actúa como un punto de partida desde el que comienza a cuestionar toda su existencia. A medida que avanza la novela, el lector presencia un descenso emocional que no busca respuestas fáciles ni finales reconfortantes.

    El título resume perfectamente la esencia de la obra. Ese «viaje vertical» no hace referencia únicamente al desplazamiento hacia el sur de Europa, sino al progresivo hundimiento psicológico del protagonista. Vila-Matas transforma la caída en una metáfora de la pérdida de identidad y de la incertidumbre que puede acompañar a cualquier cambio radical en la vida.

    Es una novela pausada, profundamente introspectiva y cargada de simbolismo. No está pensada para quienes buscan una trama llena de acontecimientos, sino para quienes disfrutan de las historias que plantean preguntas y dejan espacio para la reflexión.

    Los grandes temas de la novela

    La crisis de identidad

    Federico Mayol debe reconstruirse cuando desaparece aquello que había definido su vida durante décadas. La novela plantea una pregunta tan sencilla como inquietante: ¿quiénes somos cuando perdemos aquello que creíamos que nos definía?

    La soledad

    La separación obliga al protagonista a convivir consigo mismo. Vila-Matas explora la soledad no solo como ausencia de compañía, sino como una oportunidad —y, al mismo tiempo, un desafío— para enfrentarse a uno mismo.

    El viaje como metáfora

    El recorrido por Barcelona, Lisboa y Madeira simboliza un proceso interior. Cada destino refleja un nuevo estado emocional dentro del descenso que experimenta Mayol.

    El vacío existencial

    La novela gira alrededor de la sensación de pérdida y del desconcierto que aparece cuando las certezas desaparecen. Ese vacío no se presenta únicamente como algo doloroso, sino también como un espacio desde el que puede surgir una nueva forma de comprender la vida.

    Sobre Enrique Vila-Matas

    Enrique Vila-Matas es uno de los escritores españoles contemporáneos más reconocidos internacionalmente. Su obra se caracteriza por mezclar realidad y ficción, incorporar numerosas referencias literarias y reflexionar sobre el propio acto de escribir.

    Novelas como Bartleby y compañíaParís no se acaba nunca o El viaje vertical lo han convertido en una de las voces más originales de la literatura española actual.

    ¿Recomendaría este libro?

    Sí, especialmente a quienes disfrutan de las novelas introspectivas y de la literatura que invita a reflexionar sobre la identidad, la pérdida y el paso del tiempo.

    No es una lectura rápida ni sencilla. Su ritmo pausado y su carácter filosófico pueden no conectar con todos los lectores, pero quienes busquen una historia que permanezca en la memoria mucho después de terminarla encontrarán en esta novela una experiencia profundamente enriquecedora.

    Mi valoración

    El viaje vertical es una novela que convierte la caída emocional en un viaje de autoconocimiento. Enrique Vila-Matas demuestra que, en ocasiones, perder el rumbo también puede ser el comienzo de una nueva manera de entender la vida.

    Como escribe el propio autor:

    «Era fantástico notar que se hundía, tal vez porque por primera vez en su vida sabía al menos adónde se dirigía…»

    Una frase que resume con enorme fuerza la esencia de esta novela: aceptar el vacío como parte del camino.

    ¿Merece la pena leer El viaje vertical?

    Si disfrutas de las novelas psicológicas, la literatura contemporánea y los libros que exploran la complejidad de la condición humana, El viaje vertical es una lectura muy recomendable.

    Más que ofrecer respuestas, Enrique Vila-Matas invita al lector a acompañar a Federico Mayol en un viaje donde la pérdida, la incertidumbre y la búsqueda de uno mismo se convierten en los verdaderos protagonistas. Es una obra que deja huella precisamente porque nos recuerda que, a veces, los cambios más importantes comienzan cuando todo parece derrumbarse.

  • ¿Los corazones pueden ser dementes?

    Los corazones están dementes, ¿O qué? ¿Pero lo son realmente o solo se convierten en una ficción latente, tan irreal, que duele? Desdibújame y estréllate en la curva de la carretera, la más compleja y estrecha. Ahonda en tu ser, acciónate y déjate parafrasear o narrar lo que harás que nunca lograrás de la forma dicha. De promesas tampoco me hables, en el para nunca se van quedando. Del amor, ¿Cómo se siente? Agárralo, si puedes y quieres, de un soplido, y cómetelo a bocanadas de aire, que las nubes de algodón que flotan en el cielo azucarado lloren de tanta dulzura. Luego ya se encenderá el fuego. Cuando me sueltes, ¿Te recuerdo que ya lo hiciste? Pues rómpete las muñecas en cortar perfectamente el hilo rojo, ese del que nadie sabe, pero todos anhelan con una fe ciega al espero que me quieran como yo quiero. ¿Para qué? Pregunto, si, total, los segundos espacio-temporales entre tú y yo ya están contados, y suspirados. Todos se han esfumado, solo necesito fumarme los pétalos de las rosas marchitas e ir naciendo otra vez, o no haberlo provocado jamás. ¿Te cuestionaste cómo mata el crecer? Y quedarse anclada en el vaivén que viene más que se va.

  • Va a amanecer

    Amanecerá, pero del revés porque los cielos se desbocan, se derraman, deabordándose, y ya. Sigo descendiendo en aquel vaivén que fue tan pasado y está aquí haciendo presencia con su esencia. Me caigo, mírame: soy torpe, pues puse el otro pie y ahora está agachado. ¿Mi corazón? Orgulloso, de mí, obviamente y, aunque hay instantes que alguien, la otra del reflejo del espejo, va cabizbaja, sin querer le hago cosquillitas: se pone a reír como una niña. ¿O es que ya lo es? Quiero decir, ¿ya lo soy? Siempre seré la inocente, y la rota, la muy rota y, de tanto, que explota. Déjame explicarte, o expresarme. Hace un par de años sí que estaba deslizándome por mi otra vida, la gris, ¿sabes? Ahora, desde hace tres tardes atrás, me observo, más que miro, y me veo. Ni sombras ni escupitajos. Eso sí, muchos garabatos e ir abriendo las cortinas mientras entra un sol que flipas y, cómo no, ir cosiéndose a una misma sombra. Hubo tantos meses que estuve a cinco latidos de pegarme cuatro tiros, pero como no había pistola, tampoco vivía en un piso con más de seis ventanas, solo me quedé. Aún así, se sentía: quería. El impulso se quedó retraído, después me puse a correr sin lápiz ni tiza ni papel, simplemente con el corazón que asaltó el tuyo. ¿O ya lo había conquistado? Pues fueron saliendo las palabras a balazos enredados, y muy enternecidos, sí, tenía sabor de nube algodón, de un sentido enamoradizo. Salieron endulzándose, las corazonadas serán ciertas.

  • Estancarse

    Sigo aquí, pausada y, además, se va tensando la coma. Y entre espacios y acentos y señales salgo a la superficie para volver a hundirme en mi mar de dudas, de precipicios que siguen alzándose hacia el cielo.

    Estancarse, o arrancarse los pulmones de una bofetada, o dos, por describirme demasiado o, al menos, intentarlo. Definitivamente, no sé cerrar ni ciclos ni etapas ni colocar puntos finales, pues siempre termino en el bucle inicial, alargando la corazonada ya sin tanto latir ni sentir.

    Desde hace semanas que pensé que podría zanjar, de una vez por todas, la novela y presentarla. Bueno, realmente presentarme. Luego saltar por el trampolín, y fin. Con todo ello, vengo a escribir, a recordarme, que se puede sonreír y ser feliz si dejo de escribir.

    ¿Ya lo hiciste? Cuestiono el acto de dejarse fluir y comenzar a vivir.