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  • Describiéndonos

    ¿Sabrás tú qué es el amor propio? ¿En qué consistirá? Supongo que en ir saboreando los días amargos, los descoloridos, los destrozados, los malditos, los inéditos. La fe naufraga, ¿O es el mismísimo náufrago? Aquel que se ahoga por la abundancia de desamor? ¿Será el dolor, una pizca de color o por un enamoramiento completo? El que está y es en su totalidad, con toda su enfermedad. Lo que conlleva el sentimiento frágil y débil, vaya. Que ya no queda de otra, solo ser la tonta o la hueca o la loca. ¿Qué será, qué será? Una sorpresa empapelada porque después de la pausa aparece, sin quererse, aunque con un impulso sorprendente, mi corazón lleno de cenizas. Está a rebosar de colillas y no me hables de la última coletilla que, al final, culminaré con la cerilla encendida y por tanto quererte se incendiarán ambas partes con solo el rozar delicado y sensible de las palmas, o de tus labios en los míos, o de nuestras almas al compás de las alas.

  • El chispazo se ha roto

    ¿El amor lo podrá salvar todo? ¿Pero ambos? ¿Y de qué manera? ¿Cómo florecemos? Quiero decir, ¿De qué forma tan insignificante?

    Todo se ha ido al garete: mi intuición fue falsa, y la fe tan inédita se ha convertido en una desesperación ambigua y rara, porque te estoy queriendo y me duele ese enamoramiento, por mi parte, fugazmente eterno. Y, y me voy cuestionando al vaivén de mi corazón que se va marchitando. Supongo que acabará por florecer, pero, se despista tanto… Solo le pido al cielo que me cuide y me vaya curando y aún así voy brotando de llanto en llanto y sigo porque lo único que queda es la ilusión desilusionándose. Me estrellé con la realidad y, esta, ahora, se ríe de mí a carcajada libre, como tú, como tú… Es el karma, lo sé, lo estoy viendo con mis propios ojos, desde una herida que no cicatriza y se hace inmensa, y muy intensa. Aumenta, me desgarra las paredes de mi pulmón izquierdo que se está asfixiando. Mírame: estoy rota. Mañana ya seré otra. ¿Y la solución? ¿De qué forma me quito ese agujero que se ensancha? ¿Cómo me digo que tu mirada es solo una mirada? Mi amor está hecho de un calibre indefinible, pero me descifraste y me derribaste: supiste leerme entre líneas. Te estoy odiando tantísimo porque me hechizaste. Y créeme, y créame. Quédate, si te apetezco así me enorgullezco. Pongámonos a florecer en aquel atardecer que está por aparecer, ¿O qué? ¿Y por qué siempre voy dando cariño y ternura a los demás y a mi alma fría ni le habita una pizca de hogar? ¿A mí quién me salva de este mundo tan horrendo y terrenal? ¿No ves que me voy? ¿No ves que vuelo? Luego me vuelco. Joder, cómo duele ir arrasando el suelo en un infierno tan hueco. Soy la ceniza, la que se quería, ¿Pero qué sentido tiene esta vida? ¿Qué sentido? Si parecía que por un instante dejaba de ser transparente, pero me traspasaste. Disparaste y acertaste, lanzando la maldita flechita. ¿Estás contento, querido mío? Te guardaré en aquel rinconcito, en el cajoncito dejándolo entreabierto y a ver si te estás quieto y te vas decidiendo definiéndote al fin. No sé si terminaré allá o aquí o en ti. Solo siento y me encataría dejarme llevar por el viento e improvisar un nuevo acento, el nuestro. ¿Me explico? Arráncame el cerebro, lo tengo neutro y lo quiero entero. Me quiero hecha y derecha como una percha. ¿Pusiste el arroz a hervir? Se te va a quemar la patata de tanto calentarla. Pasaste a la siguiente frase y ya se ha chamuscado: está ardiendo, como yo, y también perdiendo y descendiendo al compás de las nubes ennegrecidas que están estallando a destiempo en un tempo eco.

  • De toda la vida, amor

    Margarita, margarita, quítate la tirita, que la herida ya está florecida. Desvístete, corta la etiqueta, frena esa, y sácate las alas, que quieren irse a surfear entre las nubes y el mar. Que crezcan, que crezcan las semillitas. Serán hermosas las florecillas. Que ya es otoño, ¿Y qué más quieres? ¿Qué más deseas? Colócame el cora‘ en su sitio, bésame el pecho y la costilla izquierda se sonrojará. Aquella noche estrellada y la luna brillando, sola, arriba en el cielo ensombrecido. Fue ayer como si te hubiese conocido de toda la vida, y la noche oscurecida también. Ven, ven aquí. Quiere, y quiéreme a mí. Sírveme una Margarita, regálame tu sonrisa. ¿Ves cómo baila la mía? Así, al son de la tuya. ¿Por qué no nos danzamos? Sin deternos para ir congelando el tiempo al son de nuestros cuerpos.

  • El atardecer florecido

    Saltándome unas cuantas canciones, guardándome las mariposas en los cajones, que se me escapan, se marchan porque están nerviosas. Vaya cielo, piqué tu anzuelo y ahora florezco desde dentro. Luego están tus ojazos, que no son ellos, sino la forma en qué me miran. ¿Será que me estás queriendo en esa milésima de segundo cuando nos cruzamos? Cupido lanzó la flecha que va dirección a mi corazón. Que sangre el amor, que abunde por favor. Así, después, y juntos, provocamos el estallido de nuestro futuro jardín, anteriormente sombrío, pues estaba, el de cada uno, solitario y perdido. ¿Pero me oyes? ¿Me ves? Te lo estoy describiendo mientras sonrío, y me enorgullezco, por dentro: te quiero. Y también me quiero y nos voy queriendo en esa imagen descolorida, borrosa, casi abstracta, que va flotando en el vaivén de mi imaginación. Sí, porque, paulatinamente ese cuadro con pinceladas de tonalidades grisáceas, se va cosiendo, como yo, se va latiendo, y queriendo, transformándose en un color anaranjado. Es nuestro atardecer que va a florecer porque nos vamos a querer. Sentiremos el fuego arder mientras alcanzamos el as de picas. Te despistas y desaparece todo nuestro alrededor. Eres mi picardía, mi fe más inmensa, te comería esa boquita bonita. Quítame el miedo, que aún lo tengo pegado, ahí, colgando del techo de mi pulmón izquierdo.

  • Queriéndote, en gerundio

    Te estoy queriendo, así, en un gerundio sempiterno. Es que eres perfecto, y este cielo tan impreciso, nublado, casi anaranjado, poco enturbiado y a rebosar de mariposas son las sensaciones -inéditas- que voy sintiendo por ti. El olor al suelo mojado después de una lluvia torrencial, me quiero quedar en ese latir, y contigo, para siempre, aunque sean dos días contados, y sigan descontándose los segundos. Estamos a escasos momentos de un invierno que, ojalá, sea tierno. Entonces, surfeo entre tus pupilas que me miran, que me miran; qué vergüenza. ¿No ves que me sonrojas todas las costillas? Están loquillas, por ti.

  • ¿Algún día floreceré?

    Ya he florecido, pero aún debo continuar regando el jardín. Así que me paso por aquí para comunicarte que, si todavía sigues regándote sin quererte y con impulso, ¿Te puedo escribir algo? Encaja entre tus espinas y heridas. ¿Te unes al caos? ¿Sabes que la semana que viene estará gratuito? Te lo dejo aquí abajo.

    Pd. Nos leemos,

    Gracias, y que el amor que te das sea sano.

  • El enamoramiento

    Enamorarse de la fe inédita, vaya absurdez, ¿No? Luego queda el recuerdo, aquella imagen, la de mi yo-poético roto. De mientras, los pedazos quebrantados en mis manos ensangrentadas. Mi corazón ha estallado porque tú le has disparado. O moría en vida o me vivía muerta y, al final, cuando apretaste los labios mirándome con la comisura de estos hacia arriba, la sonrisa pícara, y tus ojos chispeantes, brillantes, me sonrojaste. Qué barbaridad, qué brutalidad justo aquel momento, fugaz e instantáneo, en que nuestros deseos se fusionaron convirtiéndose en solo uno. Qué instante aquel en el que bailamos dentro de mi sueño, que se está descolgando, chocando con la pura, y dura, realidad. Ya se cayó, pero yo sigo en el vaivén de esa ilusión que se va balanceando, que se marcha galopando, también sanglotando. Y, entre herida, risa y cicatriz abierta donde abunda la melancolía, me pica la otra oreja por el secreto que llevo guardando desde hace año y medio entre mi garganta y mi pecho izquierdo. De hecho, levito en el suceso, arrastrándome en mi lecho, el del enamoramiento entero y eterno, y lato porque o peco o te beso y, a la vez, te pido otro de esos.

  • ¿Nos vamos a florecer?

    Cuando se me queda el dolor, ahí, colgando de un hilo en mi interior. Cuando se me cristalizan los ojos, y así se quedan, desilusionados, llenos de esos llantos secos. Cuando me quiero morir entre tus brazos, pero no nos unen ni los lazos (del amor). Cuando solo abunda dolor, y una tristeza infinita. Cuando siento que aún así te quiero y va y te quiero todavía más… ¿Qué más queda ya? ¿Qué más queda? ¿Me lo vas a decir tú o tengo que deletrearlo yo? Pintarte los labios con los míos y decirte que te estoy queriendo, gritándolo a todo pulmón. ¿Pero no ves que ya lo hago? ¿No me ves? Que estoy destrozada por dentro. Mírame, joder. Mírame… Siempre seré invisible para ti, siempre lo fui. ¿Ya qué más da? ¿Qué más da? Total, los días están contados. ¿Quedarán amaneceres a tu lado? Porque yo ya me he quedado acurrucada en aquel rincón enturbiado, descontándome y echándome, días de más, y echándote de menos. O das tú el paso o me mato en la metáfora irónica, que se ríe de mi cara y de mí. Se descojona a carcajada libre, como tú. Entonces aparece la insensatez acalorada. Me estoy tirando de cabeza al suelo, mi corazón está negro. Que te estás cuestionando si tengo, pues claro, ¿No lo ves que arde a fuego lento? Que me quemo porque tú estás dentro. Provocas la llama que estalla en mi ser y me enciende entera. Deja el puro, tómate las copas conmigo, brindemos por algo que ya está escrito: aquel libro mío que pierde el hilo. Un pasado lleno de ilusiones ópticas. ¿Seré yo la tonta que cuenta la historia del revés? Así, a mí manera, como si yo quisiera que me quisieras. Soy esa, la chiquilla que en los días florece eterna y en las noches se marchita entera. Soy esa, la niña inocente que te mira y se emboba, sí, porque eres mi más maravillosa casualidad. Soy esa, la loca, pero cariñosa en las profundidades oceánicas de su alma. Las mariposas que vuelan se están estrellando porque te estás demorando demasiado. Aunque si me vas querer mal, déjame sola que estoy mejor, miento, en verdad estoy peor, pero ya voy tan acostumbrada a esa soledad que bailo con ella. ¿Sabes qué? Cállame ya, ay, no, que no estás presente, y yo voy tan ausente. ¿El amor duele? El no correspondido sí. ¿Pero, joder, no ves que cada vez que te observo me enamoro más de ti? Con esa mirada tuya. Eres suspicaz cuando quieres. Cada vez que puedo, te alcanzo, muerdo tu anzuelo y vuelo en lo más alto del cielo. Luego la caída ya es otro tema que da para escribir segundas partes, aunque siempre acaban siendo las malas. Arráncame ya de este jardín sombrío, quítame las espinas, desnúdame los pétalos, que están ennegrecidos, y hazme tuya. ¿Florecemos juntos, así, al unísono? Que te quiero morder esa lengua tuya, mal hablada y castigarte en ambos sentidos y que estos exploten de tantos latidos. Que te quiero amar de por vida y en la otra también. ¿Nos vamos? ¿O qué?

  • Otra breve carta

    Sigo enamorada de ti, continúo enamorándome como una idiota. Me duele el hecho de no afrontar ese sentimiento tan intenso e inmenso, pues le temo al amor, al acto de sufrir; el dolor. Así que, si por casualidad acabas leyendo estas escasas líneas, que sepas que te quiero aquí, en mi pecho y que, bueno, si solo con mirarte ya creo en el poder tan hermoso que tiene, y contiene, el ir armándonos. Porque, querido, cuánto valor necesitaré para aceptar que te amo. Bésame ya, luego hablamos, ¿Sabes? Ansío con fervor que nuestros labios se unan por fin. Pienso tanto, siento más. Vayámonos a volar, a surfear entre las nubes, en el suelo de las estrellas que brillan y se animan, y se arriman a una felicidad chispeante.
    Te estoy queriendo sin un parar constante, y con un gran impulso. ¿Te vienes conmigo a bailar esta canción?