Etiqueta: amor

  • Pide el deseo

    Pide el deseo

    Vaya por Dios, me he convertido en la «tabula rasa» que no arrasa, pero tan blanca. Apúrate que se marcha la angustia, bueno, después de tanta metáfora, al final, la verdad mata a conjunto con la pura, y no tan dura, realidad. ¿Petará el bombazo? ¿Se estrellará el balazo? Cuídame, acurrúcame con tu corazón, que el mío pierde de vez en cuando la razón… Si te narro cómo va la esperanza… se ensancha, se ilumina mi mirada y aquella sonrisa anteriormente amarga, se ha adueñado de la alegría, tan coqueta, tan…, mía. Qué pícara, qué pilla. Como le cuela, le pega, esa picardía. Ahora, justo en ese instante, estoy a rebosar de fe, quizás un poco agridulce, pero, nada como observarte y quedarme palpitando en tu mirada que va al son de mis cosquillas. Sí, son las mariposillas nerviosillas llenas de sabidurías. Desconocen el cómo, el trayecto, tan inédito, oculto y, además un poco oscuro, ¿Sabes? Sígueme, que ya me solté el pelo debajo de la lluvia, que lloró todas las penas por mí. He dejado atrás, en aquel pasado, la tristeza. Súbete a ese rizo, que es muy diablillo: ¿Nos vamos a bailar al unísono? Me he cansado de estirar mi corazón. ¿Me explico? Mejor te lo describo, es sencillo, pero espera, deja de parpadear que, esto, lo nuestro, está vivo.

  • En mi propia perspectiva

    En mi propia perspectiva

    La gente se pasea, se recrea. ¿Y las personas dónde están? La humanidad, que apesta, abunda. Sin querer, entre pensamientos vas apareciendo tú. Retumban los tambores, se oyen los petardos al igual que mi corazón, sin razón, bombardeando a todo pulmón, pues va a grito de otro color. Vaya, parece que se marcha el dolor aunque es, sencillamente, Fiesta Mayor. Y, yo, que sigo aquí, siendo la mujer derecha, recta, bueno, después de luchar mediante la fuerza bruta, solo queda permanecer, o morir otra rara vez. Me verás aquí, sin barniz ni pintura, coloreándome la absurda sonrisa cuando estás y te veo y me miras. Me tendrás allá, a escasos pasos de ti. Me acogiste en tu mirada, arropándome entre tus manos que formaron el hogar, uno nuestro, quizás. Entonces, para siempre -el resto de nuestros días- me quedé. Estuve tan rota…, ahora soy más roca y menos niña, probablemente más querida por mí misma…, pero si observas, me electrocuto por dentro: soy los mil cables enredados entre ellos. ¿Consistirá en cortarlos todos y dejar solo uno al libre albedrío? Este último, precisamente, es el más injusto, alocado y enturbiado, porque es el que me falta o sobra dependiendo de la ideología, y la perspectiva. Aunque, si pudiese, me colgaría con la mía y allí me estacionaría.

  • Estamos brillando

    Estamos brillando

    Vaya miércoles tan triste, está decaído, así, descolorido. Aunque sin querer voy y me pinto cuando escucho mediante tu playlist lo mucho que me quisiste y me quieres. ¿Que dices que estás colgando en mis manos? Que te susurro, que soy yo la idiota que se cuelga por y también para ti. Que volarás, cantas. ¿De qué? ¿Cuándo saldremos, ambos, a bailar? Porque si te observo me quiero quedar, ya que tu mirada azucarada, de una mezcla de tonalidades otoñales, me grita felizmente anhelante, que aún me quiere. Y que se quiere estacionar, aquí, a mi lado. Aunque tengo una pequeñísima duda: ¿Cuándo es el «momento adecuado»? Porque yo voy y, si te apetece, me lanzo ya, ¿Sabes? Me uno, me ato a tu andar y, así, caminamos juntos. Incluso arrasamos, porque lo haremos. Ambos lo sabemos, si solo con vernos nos sonreímos contentos. Entre las ambigüedades, las ironías y, sobretodo, las corazonadas, ya nos podemos despedir con calma de este mundo terrenal. Porque nosotros estamos hechos de otro sabor, de un olor espectacular. Lo vamos a lograr, así que… Vayámonos a brillar a otro espacio estelar. Me quiero quedar.

  • Te quiero

    Te quiero

    Sin nada que temer, con la mente por las nubes, ya menos grisáceas… Llevo en las pestañas -caídas algunas-, mis deseos, entre todos ellos, tú. He soplado varias veces, cerrando mis ojos y abriendo las alas porque sé que vamos a arrasar, que iremos a volar en el más allá. Aunque aún residen amargas desilusiones a conjunto con las frustraciones. Unas tres, diría yo. El caso está hecho, zanjado, porque sea como sea nos estamos queriendo en este gerundio sempiterno. Narro, (me describo), desde otra perspectiva, desde el cuadro casi colorido. Faltaría pintarlo un poco más, sanarle las pinceladas más oscurecidas, las ennegrecidas. Para eso estamos ambos, ¿O no? Me ilusionaste con razón, picardía y bastante sabiduría. A pesar del quemazón en mi corazón, que ya va sanando al son de su sangrado, por favor, querido mío, no me fastidies. Déjate de sandeces, ambigüedades, perdices y finales felices, y ven, que te estoy esperando. Quizás perdure ese agarre unos días más, pero si te quedas atrás, sin querer y con mucho impulso, me precipitaré. Entonces serás tú el fastidiado, y yo diré «la fastidié». ¿Será un septiembre largo? Sólo quiero precisar, concretar, y dejar de ahogar las penas en este lago estancado. Me apetece abrirme al mar, mi verdadero hogar, porque sé que tú serás real en un futuro no muy lejano. Déjame susurrarte ese «Te quiero» en tu oreja izquierda para que luego las rosas florezcan, para que sonríamos sonrojándonos al son de ambos corazones, al unísono de nuestro amor mutuo, tan sano, leal y fiel, que brilla con solo el acto de pensarnos al mismo tiempo eterno y tan hechicero que voy y otra vez te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, te quiero y te quiero.

  • Diamante en bruto

    ¿De qué escribiré? ¿De qué iré escribiendo el día de mañana? ¿De qué forma? ¿Y con qué modales? Aquellos que perdí. ¿Aún los conservo? Abro la galería de donde se van cayendo los cuadros pincelados a palabras. Estoy narrando cómo se deforman los libros y con ellos, a destellos, varios tempos de la literatura, que se deshace a medida. Las frases, ahora hechas, se abren de un sentido gracias a las tonalidades del pasado que fueron grisáceas. Les costó tiempo, les tomaron fotografías, aún con la caligrafía sin mucha tinta, pues se fue arrastrando. ¿Debería decidir? No sé ni escribir. ¿Describirme? Lo único que quiero es bailar, pecar en la pista moviendo las caderas al son de mis ideales que, actualmente son nulos, están desfasados, algunos enturbiados y, los otros, nublados. El caso es que me apetece colocar el punto final, hacer un «borrón y sonrisa nueva». Culminar el penúltimo vaivén ya que el restante es por donde danzaré, así, al son de mi queridísimo corazón. Dame ese colocón, me pertenece. Brillo, estoy burlando la deseada tristeza, echándose a reír. Ahora me levanto, se me rompió la punta del tacón. Después, se partió y entró la dinamita, o esa, yo.

  • La consciencia inquieta

    Hoy me he levantado con el pie izquierdo sin saber si te quiero. Anoche saboreé una mezcla de sabiduría con algo de fantasía y una pizca de melancolía. Se me caen las preguntas, se van deshaciendo, incluso se deshinchan por culminar allá, al borde de la rotura de la costura, de mi alma descosida, y un poco de herida. Me gustaría ser niña, comerme alguna nube de algodón y quedarme azucarada lo que resta de mi vida, que quizás solo es un día o varios segundos o pellizcos de alegría. La que dejé de cantar tiempo atrás. Por años, daños. Será al revés. Me arrepiento de los varios milagros mal logrados, se quedan tan descolgados, así, ensanchados que, al final, me hacen cosquillas. ¿La absurdiad de este amanecer? Que está convirtiéndose en la superficialidad, ¿O ya lo era? Bueno, danza y también baila. Lo superfluo se arraiga en el vaivén vecino y, así, un «contínum» figurado. Un texto que se aferra al sin sentido entrando al transcurso con orgullo y mucho éxito. «Salí por la puerta trasera. ¿O  era la primera?» La sencillez acelera, yo me ubico muerta, y quieta. ¿Y ahora qué piensa mi consciencia? ¿O que no quiere concluir? Agoté la conjunción «o» del susto, de la agonía, se perdió la alegría maldita. ¿En qué momento decide tomar el vuelo? «¿Me habré vuelto loca?», se cuestiona la otra «o». Y sin percatarse, quizás sí lo sepa ya, cae en su bucle.

  • Mucho albedrío

    Estoy agotada de mente y alma, y llueve, ya ni se incendia la llama. «Quédate», me susurraste allá en aquella hamaca que se balanceaba. Te arrastrabas, yo ya iba desgastada. Te lo repetí varias veces en distintas ocasiones, pero ni me escuchaste. Te seguiste acurrucando, me descolgué: mi corazón danzando en el limbo. La canción resbaló en los tres últimos bailes. Dicen que «a la tercera va la vencida» y, oye, llevo más de una copa y cinco bailes. ¿Echamos un brindis? Ambos, digo, por lo que pudo haber sido y que se quedó en mitad del camino. Bueno, sencillamente consistía en recorrerlo entero para que nuestros labios se conocieran. Es lo que tiene ser escritora, que incluso te describo lo imperceptible -aquel sentimiento con apellidos-, tú. ¿El significado? Que todavía estás inscrito en el primer pedazo que se desgarró al verte por primera vez, porque se colgó, de ti. ¿Ahora? Me he transformado, soy otra. Me he comido la loca, la ola y la rotura al borde de la costura. Sí, he ahogado casi todas las penas y tus pecas, me puse la sabiduría por delante, se me escapa de las manos tu alegría. Después de la pausa y también del paréntesis, aparece la peripecia. Me la bebo entera. Las bocanadas de aire resulta que son pellizcos de realidad. La verdad va saturada, y yo enamorada de mi mirada. Ha florecido la Anna, pues la anterior, no es que se haya caído por el precipicio ni huido… es que se ha enorgullecido, ensanchando el pecho derecho y, con ello, sopla una risa ligera, muy sincera. Me muevo eterna al son de mi queridísimo viento.

  • ¿Aún no me lees?

    Hoy me paseo por aquí porque la noticia es que dos de mis libros están gratuitos actualmente.

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    Pd. Gracias por leerme, nos leemos.

  • La nota rara

    Ya me caí, creo, desde hace varias heridas. Luego, me las comí. Aunque son las cuatro de la tarde, ya pasadas, y se van las horas, se marchan. Se diagnostican la tristeza, tan arraigada a la cicatriz. Se murió, o se mató (sola) la perdiz después de intentar estar feliz. La venda, y la vena aorta, ahora, resulta que se ahorca. Bueno, tantas mariposas loquillas, al final, la cuenta se desliza, con el café derrumbándose. Sigo aquí, no sé ni qué escribí. Será, como cada madrugada, la descripción de mi alma arrugada. Quise ensancharme la mirada. Tanta observación para nada, o para, absolutamente, todo. ¿Que me quede? Si ya me derretí, pues me fui. Resulta que la vida afloja y, a la vez, aprieta, ahí, en el corazón de donde se va cerrando a cremallera. Aletea, corre, y vuela, que se te pasa el arroz. Acelera en la carretera, gira a la derecha y aprieta (el gatillo). Voy, grito. Me quedo casi ciega, de voz, y medio sorda de sensación, porque, si te hablo de la emoción, se me baja el subidión. Vaya colocón. Descoloréame esta, por favor. Y gracias, ríete de mis desgracias.

  • Me estoy yendo

    Sé hacia donde me dirijo, pero va y sin querer me desperdicio, caigo, no me elijo. Aunque las florecillas vayan ascendiendo en picado, sigo en la buhardilla, ocultándome, y tragando, hacia fuera, la miseria, muy imprecisa e inconexa. Los codos los tengo rasgados. ¿O eran los ojos? Será el cora‘ que va desgastado. ¿Cuándo dejaré de arrastrarme y amargarme? A día de hoy, ya está siendo el ayer, me quedé de piedra, con la cicatriz abierta. Me pica la oreja izquierda, me escuece la coletilla, la última colilla eres tu misma, o el otro reflejo. Déjame decirte: he perdido el espejo. Fugazmente me voy yendo. Creí marchitarme tantas veces que, al final, solo consistió en quemarse la semilla, sí, en carbonizarla para, a posteriori, ejecutar el crímen con la mirada asesina, perdida. Así culminé en el placer número 33. «Me quise quedar. Me iba a quedar, de hecho, ya me había quedado», sopla mi latido enfermizo. La acción más complicada es el hecho de no accionarse, de querer irse y no poder porque aún, una, sigue en el vaivén del gerundio. ¿En qué momento le cortaré las alas o la lenguaa? ¿Cómo puedo dividir a cuchilladas sus letras? Porque ese presente intermitente parece imposible de detenerle. Supongo que comiéndome la realidad. ¿No se transformará en muchas verdades? Supongo que juntas la forman, la crean, lo son. ¿El qué? Me derretí por quinta vez. El inconveniente recae en que no me conviene y me pertoca quererme más, y mejor, a mí, a mi niña interior. Se me rompió el color. ¿O es que dejé caer el dolor y ahora me ha absorbido por contactar con él desde mis insignificantes pies?

  • La escena servida

    Todo va cambiando: la rutina, los quehaceres y la vida, pero mi sensación sigue siendo la misma; la monotonía sentimental, tan normal, de sentirme igual y, a la vez, neutral. La mismísima alegría se descojona, colocándose la tontería en una esquina. Luego aparezco yo, justo en medio de esa belleza negra, y muy extraña, que se asoma desde la ventana, y se cae. El caso es que el suceso es tan imperceptible, tan predecible, que los pasos -torcidos y cohibidos- se disocian. Consistía en dejarse llevar, ser y florecer. La cosa va del revés, bastante derretida. ¿Para qué leerme tanta filosofía si entre líneas voy ya servida? El último placer que encuentro en esta casi dinámica es la insuficiente perspectiva, pues carezco de autocrítica. A posteriori agradezco ese momento descontento. Descuelgo la fe del tendedero. Ahora voy con los pies de plomo, pero me pesan, me duelen. ¿Me esperan? Parecía sencillo en mi panorama teatral, digo, la escena montada en mi mente. Solo eran tres pasos y un párrafo preparado soltado, en un futuro, a bocajarro a conjunto con un breve diálogo y la escasa afirmación, sí, que te quiero con menos intensidad, una de tipo fluorescente, de forma intermitente, y ese foco que contiene una superflua intensidad.

  • ¿Soy yo?

    Disimuladamente me acentúo las pestañas o las entrañas. Extraño nuestras miradas, que se crucen en un atardecer impreciso, como si fuese cualquier inciso. El impulso, el vaivén de ir y gritar «¡Ven!» Se marchó cobijándose en otro placer. El del número treinta y tantos, allá van unos cuantos. Me he perdido contando los cuartos. ¿De qué? Ya ni lo quiero saber porque eso significa perder. Tiempo atrás magnifiqué, sí, equivocándome: pinté de colores, y muchísimos sabores (abstractos) la nube que acabó convirtiéndose en un sujeto ennegrecido. Mi reflejo querido. Después, sin querer, atravesé la silueta y culminé reconstruyéndome de una pulmonía que, a posteriori de estallar, ha estrellado. Ahora le han nacido algunas florecillas, nada, cinco margaritas. Resulta que vuelan, y que huelen a algodón, que se componen de picardía sin quitarte la alegría. ¿La viste? Está oliendo a sabiduría, y tanta, que se siente la belleza, y la vejez, interna, no tan hueca ni cabizbaja, de la poesía, pues mi ser externo iba a conjunto con ella. Dejó de de detestarse, de apestarse y separarse. Al fin, decidió unirse. Bueno, luego de desvestirse, o es que, dentro de su simplicidad, repitió tanto el verbo… El sujeto se ha quedado quieto: ha pisado el penúltimo acento. De mientras se saca el sombrero. ¿O a acción significa que se lo quita? Vaya, abundan las analogías con la vida. ¿O eran diferencias? Se me escapan, a escupitajos, las paradojas. Será que han saltado el charco -ensangrentad- del martes pasado. Un cuadro que se dio el lujo de deshacerse a pedazos. ¿Soy yo ese espejismo roto? La costura, se te ha caído.

  • Las florecillas

    Me cobijé en el asterisco, el cuál, ni yo lo sé, solo voy, siento hacia dentro, ardo llanamente, y estallo vulgarmente. Luego, vuelvo, volcándome intensamente, en el acto -espacio inédito- de quererme. Continúo en el gerundio, esta enésima vez, el del presente. Y, aunque me expreso con inercia, la subjetividad se aparta de mi mente (no tan demente), y me acuchilla, me acicala, incluso parece que se resbala porque imperceptiblemente se para, pero vaya si dispara la bala. Se ha puesto en contra, mi arma se desarma, quiere, le apetece encenderse el alma. Va tarde, lo asimila. Aparece disimuladamente en el punto de mira, me horroriza, porque tanta crítica junta me construye. ¿Consistía en derrumbarse? Puse entre tanta arena, herida seca y sentimientos cadavéricos me encuentro floreciendo. Me ofrezco a ser el semáforo enrojecido. Quizás ya lo soy, de ir y vestirme con florecillas y escupirme a bocajarro. ¿Las semillas estarán heridas? Me las engullí. Tanta margarita, al final, me he transformado en la humedad. Ahora soy el jardín agradecido porque ha florecido.

  • El intitulado

    He cambiado de panorama, de cicatriz, y de perdiz en perdiz solté, me estrellé y fui feliz. Después de tantos, sí, retrocedí. Quiero decir, cuando voy, me planto y cambio de escenario, me caigo sin querer. Me tropiezo y, queriendo ya ni sé desvanecerme bien. La soledad me ha ido acompañando algunas veces. Se ha quedado en espacios huecos y muy eternos. Luego miro hacia atrás (me miro la espalda, la peca aquella, por el reflejo del otro espejismo rarísimo), y creo encontrarme cuando sencillamente culmino situándome. La cuerda, nena, se está aflojando porque aguantó los latidos casi salidos, vacíos y, la gran mayoría, enternecidos. Realmente estaban todos enloquecidos. Me fastidia, me revientan las colillas llenas de coletillas, pedazos rotos, ocultos entre algo de barro. ¿Para qué ponerle título a mi vida cuando puedes colocarle varios puntos suspensivos, que vayan suspendidos como las nubes o las olas superfluas o, simplemente, se suspendan. Que se elimine la función por carencias o muchísima desviación. Mira qué bonito aquel avión… ¿Será el bárbaro? Completamente, aunque exagerado. Bueno, aquí zanjo los temas, pues se me acumulan mientras se van iluminando de negrura espesa.

  • Un estado que me define hoy

    Hoy es un día de no hacer absolutamente nada. Voy cansada, estoy agotada. Me pica la pereza, abunda, resplandece por y para ella. Es uno de los domingos, de los que una se queda en el sofá leyendo Virginia Woolf o algún poema de Shakespeare. O leerme a mí mientras estallo al son de varios balazos que van sangrando después de dejar que se desvanezca mi ansiado corazón. Lo quiero arropar durante este vaivén, que pase la tormenta. Estoy tan deshecha. Metida en mi melancolía, se me peta el chispazo de alegría, revienta, se quiebra. Aunque mi enemiga, ella, se cuelga la fe de la oreja izquierda, y le soplaría hasta que saliesen las estrellas y le brindaría unos cuantos destellos de ellas, y de sencillez y un tempo sólido para darle poco al coco. La voz se me ahoga dentro de mi mísera razón, y la patata palpita con rapidez, así, yéndose borracha, dando la lata. Es tan veloz… y, yo, tan absurda e ingenua.

  • Queriéndome

    Me estoy enamorando de mí misma y es un acto hermoso. ¿Y sabes qué pasa? Que se suceden tan lentamente los sucesos que van así, derrapando, arrasando y desarmándose y, yo qué sabré. El último caso es que ahí  me quedé. Esto, justamente, ¿Significará quererse? Supongo que con el simple acto de quitarse la armadura y cantarle  a mi espesura ensombrecida, para después soplarle a la herida, saltarme la caída, pues solo consistía en decirle a la cicatriz que iba a florecer, que se dejase hacer y, sobretodo, ser. Entre mis pliegues, ¿Huyes? ¿O te destruyes? Bueno, mis yo poéticos se fueron marchando, danzando al unísono de todos los latidos tanto ajenos como intensos. Yo me quiero: me veo, me aprecio el recoveco. Se fueron aquellas ansias, y la tía Angustias, tan lejana, por quererme desvivir entre nubes rosadas. ¿Me pillas? Me he puesto pila… ¿Quieres una pizca de semillita? La que te lleva de golpe y portazo, y porrazo, a la realidad. Me quiero quedar, me va gustando ese nuevo latir, sí, esa forma tan abstracta de existir, de vivir, que hay, y abunda, dentro de mí.

  • La magia estrellada

    Sí, resulta que necesito un descanso de mí misma, para después resurgir de las cenizas y acabar convirtiéndome en una de ellas. Y, así, metafóricamente seguir, porque para culminar ante la realidad, pues ya está mi otra verdad. Quisiera yo saber o dejar a un lado, a poder ser, mi latir, aquel que danza enfurismado. Me gustaría encararlo para asustarlo y echarlo a un lado. Es que me amarga la existencia y el don, ese amor tan iluso y absurdo, por vivir, o no. El acto tan hermoso, ese de ir naufragando, de convertirse en el mar hundido, como si pudiese aún enfurecerse más, como si, sin querer, se alocase, se quedase en aquel arte, sí, el de existir porque sí. Desvíveme, mantenme alerta. Luego ya me iré desvistiendo en carne y hueso y eso, y entre alma, cicatriz enredada y bala perdida, me quedo, pero para seguir queriéndote probablemente dentro de un suspiro anhelante y erróneo. Aunque si este consiste en continuar llorando en silencio, elijo ese latir que se sustenta en sentir, y fin. A posteriori de las escasas palabras llenas de migraña, enturbiadas, me percato de dos tristes y simples sucesos: el segundo, que todavía te quiero. Y, el primero, que ya no sé cómo decírtelo. ¿Será que ahora me toca deletreártelo desde mi escasa sabiduría en esa significante brujería?

  • Vaya vaivén, y ven

    El caso, el hecho y el suceso al mismo tiempo resulta que consisten en que sin querer te espero. ¿Y sabes qué? Aunque me duele, aunque podría estar mejor, ser de otro color, o dolor, elijo quedarme en ese vaivén de ir queriéndote sin ya esconderme y sin saber si tú me perteneces. ¿Cómo decirme…? ¿De qué forma describirme…? Quería colocar el punto final, pero no quiero después de tantos suspiros y milagros entristecidos, te quiero, cariño, en mi pecho. Te quiero aquí conmigo. Dirán que una de las mayores locuras del amor es esperar al otro sin saber si sí o si no. Yo te espero con la fe colgando de la punta de mi corazón de donde le sangra una chispa de ilusión. ¿Se incendiará? ¿Estallará? ¿O se estrellará? Bueno, todas mis ideas inéditas, y muy ciegas, y bastante ensombrecidas, centellean allá en el cielo, se recrean en su único latir. Luego está mi ser poéticamente roto falleciendo, desvaneciéndose, vaciándose del eco hueco. Me pierdo, me encierro y, con todo ello, te alejo de mí como un colibrí. Me va picando la lengua y la oreja izquierda y siento un cosquilleo raro en mi ser interno porque aún arde ese fuego. Ahora, mientras voy imaginándome algún que otro cielo, oye, despierto, te observo en mi pensamiento y te ves tan imperfecto que, joder, me hallo queriéndote de forma incesante, indiscreta, directa y entera.

  • De metáforas, va la cosa

    ¿Será esa ya la última vez de todas las próximas inercias? Esas donde en cada una de ellas me caigo solo porque quiero, sin percatarme, aletear tan alto que culmino arrasando el suelo. Cada recoveco es un pequeño, pero intenso, placer más. Me muero, ¿O creo hacerlo? Mordí tu anzuelo, aunque tranquilo, ya me quito del medio para así enterrar el diablo que me canta continuamente dentro de mi alma: «le quieres y no sanas». Luego de tantas pausas, aparezco yo, metafóricamente hablando -o narrando-, salgo de mi cubículo, dejo que sangre la herida, provoco el estallido y, entonces mi arte maldito y ennegrecido surge. Soy la bala amarga o la enjaulada o la fastidiada. El caso es que ya cogí el escopetazo. Soy la diablilla que salta sin parar y entra aún más en su propia burbujilla. A posteriori de que exploten las mariposillas, qué pícaras, va y me pillas quedándote enrojecida, permaneciando contentilla. Sin querer derrapa la ilusión hasta enfriarse entera que cuando se rompe revienta en varios pedazos y nos recuerda a todos que hay que tocar de cabeza al suelo para abrírsela y acabar comprendiendo que hay que ir huyendo del surrealismo y estar, aunque duela, en la jodida realidad. Puntualizar, puntuar, colocar los acentos correctamente y borrar los dos puntos que sobran de los suspensivos. Dejarse de tantos suspiros y milagros incomprendidos. Es hora de suprimirse las desgracias y apreciar las sombras más oscurecidas.

  • La última cicatriz

    Justo en este preciso instante me ubico en ese limbo: si te sigo esperando o si me voy yendo. Solo se trata de tomar una decisión, de perderme aún más. Esta mañana rocé el cielo con la yema de mis dedos y caí descendiendo del derecho, quizás. Se está bien, pero aspiro a más, me quiero alcanzar ya que tú no sabes… Después, las mariposas, que iban arrasando la cólera, así, nerviosas enloquecieron todas. ¿Sabes? De tanto sonrojarse, pues estallaron porque se estamparon con la ilusión. Mucha perdición, y las perdices…, que acabaron comiéndose entre ellas en una tristeza profunda. Déjame decirte, tal vez, describirme o definirme, que soy aquella, la última cicatriz.

  • Las semillitas florecidas

    Las palomas van suspirando, te busco entre las semillas de mi corazón que ya va sanando, a ver si te encuentro en aquel escondrijo, el huequito. Cómo duele y, al mismo tiempo, escuece, la rosa que parece que se sonroja, pero ya estalló sacándose de la herida la última, marchita. El caso es que está sangrando, intentando aguantar las ganas y los colores en los pétalos muertos. ¿Sabes qué pasa? Que se descosen, cada vez van menos deshilachados. «Es el proceso», dicen. «Trascender a otro ser, transformarse», dije yo. Para luego estancarse, ahí, en la misma miseria, aunque el bucle esté roto, quebrantado, se precipita por la escalera desde arriba y se va cayendo mientras se golpea al vaivén del querer quererse. Si en eso consiste la vida, me aptece seguir, por y para mí, desde dentro, siendo feliz.

  • ¿O sí?

    Después de la herida, la semilla. ¿Cuándo cambiaré de registro? ¿De qué manera? Los pies y las corazonadas  despedazadas, sin esperanzas, se me solapan. Estoy, de hecho, voy triste, y enloquecida por la rosa marchita. Me gusta el monstruo, y de la sombra que atrasa y arrastra, ¿A qué se dedicará? ¿Con quién insistió tanto en un pasado? Me arraigo, me enredo, me atrapo, porque mis pensamientos bailan al son del viento muy espeso. Si hablo del enamoramiento…, se difuminarán las luces creando un cielo. Anoche vi las estrellas que me remontaron a la tristeza más inédita; la mía. Aquellas, tan bellas y eternas, eran todas las bombillas petadas. Estallaron de toda la soledad que fueron llevando. Cortando de raíz se me ha disecado la cicatriz. Y perdí la última perdiz, pues ya no hay un final feliz.

  • Ilusiones, y mucho café

    Un café, y a seguir escribiendo o describiéndome del revés, porque ir del derecho ya ni sé. Me descosí tantas veces que solo me queda huir (de mí). Y sí, quizás me reí. Y no, tal vez no me quiera así, aunque permanezco -en vano- para sobrevivir. A qué es una muy buena cuestión. Pensé y dudé y me retiré, y te pillé observándome mientras mi corazón sintió un pellizco de dolor. Puede ser que en un pasado intentaras llenarme de color en mi interior. Dije puede, porque instantáneamente me fotografiaste y todavía, toda yo, voy queriéndote, ingenua de mí… agarraste el horror estampándomelo a cámara lenta con mucha intención. Quedé estrellada, tan enamorada, hasta las trancas, que me chirrían las escamas de mi corazón amargamente roto, pero estoy aquí: otra vez intentando silenciar cada uno de mis latidos, pero si me captas los suspiros, si me los pillas al vuelo, verás mis reflejos de donde mis miradas irán saliendo los destellos. ¿Sabes qué son? Mis sueños rotos. Obsérvame, ya que mis ojos van cojos, también rojos. Después de los infiernos solo queda florecer y créeme, lo sé, culminaré en aquel arte tan abstracto de ser: volver a nacer, crecer, romper y etc., porque, bueno, a posteriori aún abundarán los cielos enngrecidos, el carbonizarse el alma porque sí -por ti-, el acto de sobrevivir. ¿A qué sí? Déjate de tantas cuestiones, incondicionales paranormales, de tiempos verbales atrasados y hombres raros. Arréglatelas tú sola aunque vayas bailando en ese gerundio. Un día la guerra estallará, lugar donde seguramente serás la menos coqueta, aunque de tierna, hecha y un poco entera, pues yo qué sé. ¿Estaban bonitas las heridas que te comiste? A mí me continúan escociendo, y sobretodo aquellas desilusiones.

  • La frase que escuece

    Por tu culpa se me ha escapado la frase, ¿O es que ha huido como yo? Cobarde de mí. Voy con las ojeras metidas en las orejas. De las costillas ni me hables, déjalas. Luego sácate las entrañas, ¿Me extrañas? Estoy cansada de que tus suspiros le roben alas a mis latidos, porque se mueven, se van desgastando, marchitando. Marchando a otra estación, estancionarse o quedarse de pie para después envejecer y renacer del revés. ¿Sabes qué? La frase sigue estancada, arraigada y enturbiada en el pasado reciente No está mal, tampoco bien, porque sencillamente se pasea relamiéndose entera. Las letras, las heridas y las tiritas tiritan, ¿Sabes? Se repiquetean. Serán las tostadas, o los portazos, del ayer enjaulados en muchos tipos de amanecer y terminar en el mismo quehacer. ¿Me permites este baile? Y todos los que continuarán… chocamos nuestras miradas, a ver si nuestras hadas se unen al unísono y comparten el mismo tono. Aunque de tonalidades grisáceas hay tantas que abundan, y amargan esa rara esperanza. ¿Te apetece colorearlas?

  • Amor encallado

    A veces me siento cansada de mente y de alma. ¿Con qué finalidad bailamos en esta existencia vital? ¿De verdad vamos danzando o solo es un simple juego? Será la muerte que se asoma y se expande haciéndose grande. Serán mis latidos ya pequeñísimos, casi inéditos, pero muy perceptibles. Me duele, me repiquetea la cáscara. ¿Cuándo se romperá la máscara? ¿Y mis ojeras, cuándo piensan marcharse? Tal vez si con amor las tratase. Bueno, siempre, sin quererme, acabo hundiéndome en mi propio y abstracto cuadro despintado, y despeinado. Ando, ardo: surfeo, temblando; me he pellizcado. Consistía en sembrar la semillita… ¿Ya florecida? En pasado, ¿Estoy narrando? El después nunca llega, ni quiere aparecer porque se esparcen. Te estoy describiendo las piezas de mi corazón marchito, maldito, torcido, quebradizo y enfermizo. Ya no sé ni qué he escrito, pues me he relamido tantas veces la misma, tan precisa, herida, que queda pasearse, pasarse de la línea divisoria e invisible que separa, que traspasa el papel con las gotas de las lágrimas que van cayendo del infierno del cielo. Me quiero, pero detesto el hecho de ir tan solitaria. Quiero que me quieran legendaria, convertirme en la leyenda de mis distintas batallas que forman la única guerra: del amor al dolor hay un sutil latido de donde arranca el bombardeo para que a posteriori arda el sufrimiento. Te estoy queriendo, aunque me encuentro en la otra cara de la moneda, de la decisión oculta, del condicional sin ningún plato opuesto. Te quiero, ¿Pero yo más me quiero? Y si me quedo. ¿Será porque te aprecio con una pizca de miedo? Te elijo, pero como me priorizo, me respeto, te saco de la ecuación ilógica y te sigo queriendo en aquel gerundio sempiterno que se quedó atrapado en el viento.

  • La fe inédita

    No sé qué me está pasando, me voy atrasando y atragantando, y voy partida de pies a cabeza. Me duele la costilla de una forma tan intensa que se expande inmensamente. Te quise y, por mi mala suerte y con mi maldita fe, te sigo queriendo en el otro gerundio sempiterno, el sitio donde ambos -reflejo y espejo- parece que se van uniendo, y se entrelazan y, tanto, que matan, sí, las corazonadas, ya desfasadas, amargan. A posteriori, estoy aquí, sangrándome como quien se desentiende del dolor, pero desgarra, desgarra… Sácame las garras, muérdeme las pestañas, deletréame que también te entristece mi tristeza y plántame en una realidad paralela, así, besándome muy despacio. Tal vez paulatinamente volemos en el espacio estelar, el nuestro, o el mío. El que me estoy construyendo, aferrándome a algo que yo que sé qué, cuándo ni cómo. Al final, acabo ahogada en este vaivén lleno de sombras, sin alas y muchísimas colillas colocadas de forma torcida. Se me pasea la vida enfrente de mi cara. Desconozco la fecha exacta en qué se plantaron mis raíces, justo anoche se rieron delante de mis narices. De las perdices, supuestamente felices, ni me hables. Creí verme viva, aunque voy un poco lúcida, en esta muerte efímera. El caso es que todos los casos ya se han perdido, podrido, hundiéndose en unos cuantos mares de lágrimas. Estaré bien, en algún minuto donde la felicidad sea inédita y, sin poder palparla, quizás creer sentirla.

  • Estrellada

    La tirita está, bueno, va enrojecida, como la costilla izquierda. Siempre hablo, escribo, sobre ella. Y la florecilla normalmente está pilla, porque es muy pícara, sí, la sonrisita que me nace solo con verte. Lo de observarte ya es otro placer. Encajada en otro lugar -espacio estelar-, que brilla, que brilla. Luego cierro ventanas, unas cuantas, vaciándome, pero se me abren los cajones de donde salen unos pocos ratones. Me quiero, me quiero…, quería quedarme pero la mejilla quebró la burbujilla. Ahora soy una simple brujilla. La luna, y viceversa y a la reversa. Me disfruté, también me ofusqué, y acabé distrayéndome, mientras miraba al caballero de la otra esquina. Delante de mis narices se encontraba, me sonaba y, con tanta intensidad, que estallaron todas las perdices, de rabia, a conjunto y al son de las cicatrices. Sangraron y sangraban y se ahogaban y chocaban, pero jamás hablaban. Sencillamente repiqueteaban contando algo a cámara muy lenta. Y, oye, el vals, ni tan amargo. Escuché el dolor, iba arrasando: se convirtió en otro color que, ahora mismo, no sabría describirlo, aunque, bueno, entre metáfora y herida hambrienta, provócame, aquí, cerquita de mis labios, el estallido. Así nos estrellamos.

  • Entre líneas y un poco de vida

    Después de charlar de forma distendida e inusual conmigo, con el reflejo y perderme y encontrarme y verme cicatrizada, me visualizo, me acepto, me aprecio y me estoy queriendo. ¿Sabes qué? Que ¿Te puedo escribir algo? estará gratuito. Léeme y, quizás, te hundas un poco más. Fueron momentos intensos, llenos de suciedad, quiero decir, a rebosar de mierda y miseria que, fíjate tú, ya he salido de esta, o sea, de mí.

    Continúa siendo complicadísimo resurgir entre la negrura espesa y mirarse de frente… estrellarse y convertirse en una estrella, bella. ¿En serio aún te crees destello?

    Bueno, a posteriori del susceso, del muermo cayéndose al suelo, rompiéndose, pues sí, pero, oye, viniste aquí a ser feliz. Sencillamente, yo, me paso por aquí tarareando una de las muchas canciones que me dedicaste para recordarme que sigo más translúcida que cuerda que, aunque sagra el corazoncito, sucede para transmitirse a una misma, comunicarse desde dentro, que hay que seguir vívida y existir y quererse. Porque de heridas habrán siempre: ponte la sonrisa, alza la vista y desvístete por sonreír que te queda bien esa actitud, te sana, te cura el alma y la mirada, y además, inquieta a la tristeza, la que hace conjunto con todas tus facetas y que debería ir alejándose.

    Asústala con tus carcajadas a pulmón abierto, a costillas sin tanto miedo. Vaya domingo, qué hermoso está acabando.

  • Arráncame la hoja

    Y lo siento, lo siento tanto por absolutamente todo: por ser yo, por no serlo, por enamorarme sin querer y romperte y, al unísono, estrellarnos, de donde las siete puntas raspan hasta escocer(nos) a los dos. He dejado de llorar, ahora solo me van cayendo lágrimas secas, muy internas y espesas, hacia dentro, porque te sigo queriendo y, entonces, me muero, me muero mucho. También he dejado a un lado la acción de ir tirando flechas porque el flechazo acabó directo en tu regazo, me tienes comiendo de tu mano, solo si tú quieres, pero resulta que aún no me quieres. Se ve que me impulsas a morderme las entrañas, a arrancarme las pestañas y a sacarme del fuego, yo sola, las castañas. Estoy así, tan solitaria, y rota… que ni te percatas y si lo hicieses, si me observases entre líneas que, mírate tú, están borrosas y casi borradas, ensangrentadas, quizás me sabrías leer. ¿Acaso soy un libro cerrado? Será que me encierro tanto que soy fácil de describirme. Tal como dijiste: «Soy predecible.» Joder, si lo soy tanto como tú me hiciste saber: ¿Por qué no me arrancas la maldita hoja del desamor, del dolor a conjunto con el amor? ¿Por qué no te acercas, así, sutilmente, y me plantas en mis labios todos tus deseos? Eres un cobarde, y de serlo tanto, te empieza a herir la cicatriz y, con ella, que le sale la rosa medio roja, y corta, nos provocas un sufrir mútuo y absurdo, demasiado. ¿Te dije que me arreglo sola? Pues la acción de ir poniéndome tiritas en el cora‘… bueno, se han caído todas. Ahora me encuentro en una monotonía inédita, y tanto que de mi llaga quiere salir una mariposa hecha y derecha, pero la costilla izquierda está ya quemada, difuminada. Quiero decir, que de donde debería, mi yo-poética florecer, sencillamente es el otro ser: el monstruo. Se cree tanto lo increíble, que la verdad traspasa la realidad, y mata.

  • Después de

    Después de tanta soledad e ir solitaria, de convertirme a la vez en loba, luna y miseria… después de quererte y estrellarme, que me salgan por las orejas las estrellas, solo queda, habita, entre estos latidos, un tú y un yo sin estar unidos, así, separados, malditos. Porque a posteriori de tantas pausas -del suicidio en vida, del Paréntesis y la metamorfosis del revés- un, dos, tres, ¿Me ves? Chasqueo los dedos o la lengua, o ambas, y sigo aquí quieta. Mi sangre está cada vez más espesa, se estresa, bombardea y continúa inédita. Me gustaría arrancarme la piel del caparazón, pero el corazón ya se encarga solo de ir despedazándose, de enredarse aún más al vaivén de como van cayéndose los hilos descosidos. Y gracias, queridísimo mío, que nunca lo fuiste ni lo serás, ojalá te pierdas y te hundas en ese jamás como yo -años y daños- atrás. Tantos asuntos pendientes, métete en los tuyos. Creí, tan ingenua de mí, que compartiríamos, así, al unísono, el latir genuino de una forma de querernos, la nuestra, ¿Sabes? Y pensé que tenía ovarios, pero se ve que las temáticas en relación con el amor, me acojonan más que el morirse en vida. Aunque resulta que todo, los hilos rojos y enrojecidos, están en el mismo anillo, en la misma punta del cuchillo, de donde luego le resbala la antepenúltima gota ensangrentada. Era que te estabas queriendo en un gerundio muy intenso y en un pasado plusquamperfecto, y vaya si fue imperfecto.

  • ¿Lugar dónde me he sentido querida?

    Abundan los lugares donde me he desarmado, momentos en que me he soltado el pelo y sacado la coraza, y todo para nada, justo cuando se me ha roto la esperanza. Mirándome en el espejo, después de enfundarme en aquel vestido de un color morado oscurecido, semejante al amor descosido, y ennegrecido… Descolorada voy, sonrojada vengo. Luego me quedo latiendo solo con mirarte: se me ha estrellado la cotidianidad, y las estrellas que chispean, que chispean, han estallado. Entonces culmino narrándome, describiendo metafóricamente la forma, espesa que pesa, que mis latidos se han convertido en pétalos ya marchitos, muy muertos, derretidos. Mi otra yo, la poeta real, ha decidido colocarse, y descolocándose, los tacones, enchufarse a la música más rompedora y sanadora, y profundizarse, hundiéndose en aquel texto jamás verbalizado, aunque cicatrizado en el pecho izquierdo. Me van doliendo las costillas, pues se repiquetean tanto entre ellas, que no alcanzan a transmitir las mentiras más honestas. Así que, sencillamente cabe destacar que me he sentido menos querida, incluyéndome y, también, excluyéndome con un pesimismo abundante, y redundante. Y, precisamente, Burlando el tiempo, es un sitio donde ya no resido, o quizás aún sigo conviviendo con ese hueco. Bueno, me desvanezco.

  • Sorda, de corazón

    Más rota que coja, voy de cora‘ sorda. Aquel inciso, un pequeñísimo detalle: soy, me acabo de convertir en la muerte personificada. Lo siento, lo voy sintiendo tan adentro. ¿Que sonría? ¿Qué tipo de finalidad hay después de? ¿De qué? De todo el mísero, y maldito, caos. Vaya inmensidad, qué absurdez, y la brutalidad de tu serenidad, e indiferencia. Porque después de tomarme dos cafés, de los días consecutivos que se solapan; me sobran las mentiras, sí, mírame, continúo roja: mi costilla izquierda siente un dolor abstracto, pero muy, muy, muy preciso. Te está queriendo, te estoy queriendo en el jodido infierno sempiterno. ¿Y tanta eternidad para qué? Me sequé, me quedé fuera del latir: te quise y te querré a conjunto con el hueso hueco, que repiquetea entre lágrima y sonrisa amarga. Cómo abunda la soledad…, pues me siento tan solitaria. Gracias amor, por ser el erróneo. Gracias desamor por desatenderme y no corresponderme, por jamás llamarme y enviarme señales fuera de lugar, así, desconectados. Sí, porque llegaron a mí, pero distorsionados. Ya me estoy cosiendo, cogí hoja, hilo y cerebro y me marqué un triple: solté, te borré y te eliminé. Ahora estoy grapando mis dos cables inconexos. Están tan dolorosamente mal atados, los costados. Hablo de los costados… que están mal colocados. Antes se me sonrojaba la costilla derecha porque se había incendiado, estallando. El caso es que continúo rota y coja y colgada, también, de alma (por ti).