Etiqueta: amor

  • Una carta

    Una carta

    ¿A quién? ¿Qué tipo de formato? ¿Y de qué estilo: directo o indirecto? ¿Con sujeto y sin verbo? ¿Le pongo una coma o tres puntos suspensivos? ¿La mayúscula va primero? ¿Cómo denominarlo, el suceso? El hecho es que solo falta quedarse y recrearse, o caerse, otra miserable vez. ¿Te crees que con ir del revés voy a poder? Ni yo lo sé. ¿Pero acaso quiero descifrarlo? Cada vez, quiero decir, con el cambio de estación y con el paso del tiempo, precisamente aquel más inédito, me pierdo y soy incapaz, de verdad lo digo, de sentirme en paz, aunque cuando estoy contigo… otro ángel canta, o sea, tú, porque estás de parte de mis alas que se alzan al vuelo, y todo eso.

    Entonces, parpadea mucho, y mis pestañas ya se han deslizado por un rostro en un pasado muy reciente. Así que, bueno, me plasmo sin querer porque me he plantado aquí, en este quehacer tan divino, tan bonito. Lo que digo es que después de verme, observarme, analizarme varias veces e intentar agradecerme… Aún queda algo. ¿No? Sí, la introspección, un instinto mortal.

    El acto de ir describiéndome es tener un poder muy grande, aquí, en mi pecho ya casi florecido, porque cuando me encuentro en el posteriori…, desconozco cómo empezar, cómo conjugar y colocar las coletillas. Están en el suelo, las colillas ahogadas en aquel adverbio mal combinado. Lo acaecido en este preciso momento es que ya no quiero ni Vodka ni Ron ni Baylis, sino bailarme para desahogarme, para despegar todas mis miserias y, después, descender hacia mis pies (mientras sin querer recuerdo cómo les hiciste cosquillas la última vez), y culminar riéndome por ser tan torpe y estar tan loca y por no tener la herida tan rota.

    Voy tarde a todo siempre, dispara mi subconsciente sin querer. ¿Recuerdas el anochecer de ayer? Necesitaba florecer y por eso mismo se puso a hacer, y en ella, creer. ¿Sabes? El problema es que iba a escribir una carta, pero yo no soy buena en esas cosas, en colocar las palabras exactas, así, una detrás de otra. ¿O era al lado? ¿Quizás de una forma consecutivamente subordinada? ¿Me enciendes? Quiero esta, y la próxima vida. Haz que vibre entera y conviérteme en eterna, porque soy un poco más feliz que hace tres horas atrás. Y si me verás crecer, algún día, probablemente mis ojos brillen solo porque estamos sintiéndonos, ambos, el uno con el otro, siendo un nosotros no muy lejano.

    Si esperabas un texto lleno de sensaciones extrañas, perdóname, pues esta es una carta rara, narrada desde el alma, o algo así. ¿Realmente lo es? Cuánto cuestionamiento interno. ¿Eh? Y qué infierno. Voy a confesar, sí, ahora mismo, en este presente, que mi intención inicial, desde ya hará unos cuantos meses, pasados, quise escribir una carta a mi yo de diecisiete años, pero… ¿Para qué? Acabo de descubrir que no sé encajarme en una breve aunque intensa sentencia. Primero suelto a bocajarro y, luego, ya si puedo, defino en cuatro palabras el texto en sí. Y si sale alguna duda, pues déjala que surja y se vaya o se quede y fluya. Ya encontrará la salida, o no. O quizás se ahoga más en su propia herida.

    Vaya, qué miseria.

  • De puño y letra

    De puño y letra

    ¿Cuál es el sentido de la vida? Se cuestionó Woolf a través de una de las protagonistas de una de sus novelas metafóricas. A lo que voy yo y, sin querer, me pego tres tiros, caigo del revés, me vuelco y me vuelvo a mover, a nacer. ¿A dónde? Ni (yo) lo sé ni tampoco quiero saber. Porque después de dos siglos, le vamos a poner, aproximadamente, y varios monólogos introspectivos, me veo aquí. Me planto, de verdad, que me apetece tanto…, pero bueno, no sé. No sé absolutamente nada de esta, mi existencia vital, y tan ficcional. ¿Verdad? Está bien que esté mal, supongo. Entonces, escribo y, de ese mal querer(me), pues alargo la agonía y la tristeza y la poca fe que me queda… y culmino con el poder en mi mano. Sí, el de ir describiéndome. Porque de puño y letra, después de tanta espera que desespera, me corto la etiqueta de la antigua, aunque nueva, chaqueta. Me gustaría… ¿Qué? ¿Ser más pícara o quitarme la ironía de la oreja izquierda? Discúlpame, pero tantos interrogantes me la distorsionan, me la desubican. De golpe va y se pican. ¿Sabes? Aquellas canciones y la melodía, la jodida sintonía. Con una simple y bien sencilla señal, la de baila, y grita y canta, le agrego yo, como una idea surgida de la nada. Agarro la coletilla, se ve que parece incendiarse la bombilla. ¿No iba apagada, así, tan desgastada? Perdona, se me ilumina en la distancia mi penúltima instancia, la de la sabiduría enemiga.

  • Proceso creativo de “Burlando el tiempo”

    Proceso creativo de “Burlando el tiempo”

    “Se escuchaba el cantar de los pájaros después de la tormenta caída minutos atrás. Una de aquellas explosivas e intensas que arrasaba con todo, llevándoselo por delante, como la paz y la gloria”. Así empieza Burlando el tiempo. ¿Pero cómo acaba? ¿Culmina, realmente? Esto, quizás, quiero decir, intentar reconstruir los pedazos despedazados del texto, es ya tarea del lector.

    Si esta obra literaria, en el caso de que lo fuese, hubiese que encajarla en algún cajón, definirla, con todo lo que conlleva, se podría describir como una “novela corta”, por su extensión, básicamente. Aunque dentro de ella abunde una miseria muy completa e intensa.

    Cabe destacar que de ella está naciendo, gracias a no sé qué… Bueno, probablemente a lo que la escritora, es decir, la narradora, va sintiendo. ¿No? Que de esta nace, surge y florece otra novela, pero no corta, ni larga, sino otra más extensa. ¿Quizás, lo será? De hecho, lo está siendo.

    Dejo de enrollarme porque tiempo atrás entrelacé demasiado los tempos y el lío argumental está lleno de contradicciones, incongruencias e inconexiones poco superficiales, entre otras cosas y sucesos acaecidos.

    ¿La protagonista sobrevivirá a este hecho tan deshecho? Incordia, supongo. Si debo sugerir algo, te invito a leerte el prólogo y, todo lo demás, ya está dicho, creo.

    PRÓLOGO

    “Con una cerveza en mano, un moño a medio hacer y en bragas, aquí y ahora empieza mi nueva vida. Sentada en el balcón, observo a mi alrededor y no consigo llegar a ninguna reflexión. Después de dejar el libro que nunca termina y un móvil vacío de batería, me percato del simple hecho: necesito o me sobra algo. Estoy hueca, no soy dueña de mí. Quiero un cambio, un giro o nada. Y si escribo esto, estas miserables verdades es porque me quiero encontrar o quizás quiero llegar a encontrar. No me pregunto, solo necesito escribir. Es necesidad, no como antes que era puro placer a pesar del esfuerzo y del sudor, pero era bonito, hermoso. Ahora es duro y cuesta arriba, porque tengo la mirada fría y, caminando en mi era, siendo veinteañera, me pierdo. Y no es malo, al contrario, es sano, pues rompe tanto que duele, que escuece. No quiero eso, sufrir, pero lo hago porque siento a instantes y en pequeñas cantidades. Me digo que es hora de cambiar, de pausar y de refrescar la vida. Es un momento de intensidad, de coger, correr y jugar con las palabras, con las verdades y las mentiras y equivocarse y volar mucho, aunque luego una se estampe y acabe derrapando. Y me gusta lo que sale de mí, de mi ser interno, de mi corazón, de mi infierno. Ya no sé si estoy aquí por qué sí o por qué no. El caso es que voy a comenzar”.

  • La enamorada

    La enamorada

    Todos evolucionando, todos enamorándose, cambiando por y para alguien, y yo, ¿Yo qué? Yo aquí… ¿Haciendo qué? Pudriéndome mientras me vuelco en el café. Se va enfriando y, sin querer, la espera de la fe se alarga. Voy tan cansada, ¿Pero desde cuándo? ¿Cómo vuelo? Se me alteran las palabras o solo es que van disecadas? ¿Van así? Realmente angustian tanto que se absorben… Supongo que se solapan las más inéditas, de aquellos vacíos tan huecos, de aquellos dilemas con varios esquemas que, bueno, si sabes deshacerlos pues bienvenido a mi vida, queridísimo mío. Quise, tuve (en pasado, ¿Otra vez?) Otra vez de apreciarme y acurrucarme y cobijarme entre mis heridas. Espera, acabo de soltarlo, de nombrarlo, al substantivo, digo. Si escribo, si me describo, quizás el milagro sale tan disparado que se acaba abriendo del todo la brecha de la luz escueta, sentencio. Me gustaría, si pudiese alcanzar a la estrella…, me gustaría narrar sin querer, a bocajarro y con el corazón sangriento. Es fugaz, y el tiempo va que vuela, y si vuela, sí, vuela. Entonces, me quedo quieta, inédita. Tal vez menos muerta: voy sonámbula por esta avenida tan estrecha. ¿Seré yo la vívida, la pícara, la…? ¿La qué? Yo qué sé, supongo que va del revés, la incongruencia de cabeza a pies. La misma que observa la luna rojiza y llena y se cuestiona si los zorros ya habrán salido a por ella, si ya han aparecido fuera de su escondrijo para cazar a la loba, que se detesta, que se apesta y se determina como la princesa mal puesta por considerarse una chiquilla entristecida, por ser la mal herida. A ver si necesitará a una alcahueta: ¿Pero para destruirle aún más su propia miseria interna o para alzarle su cabeza de muñeca muerta? Será que se debe creer más que la que sirve de verdad es la pura ciencia, guiarse por hechos empíricos…, que en el resumen del final del cuento chino y turbio, la intuición solo tiene una única utilidad y sirve para estar equivocada en ese pequeño trance de vislumbrarse como la enamorada.

  • Nos estamos queriendo

    Nos estamos queriendo

    Abundaban las nubes grisáceas, llenas de un algodón raro. También caían las pestañas, y los milagros se iban deshaciendo con el paso del tiempo. Los segundos son eso, segundos. Quiero olfatear esta existencia vital, de otro tipo de color, con otra perspectiva, pero solo se pasa el tempo, que grita y baila y se queda detenido en su propio hueco. Voy…, de hecho, estoy ya cansada de esta existencia vital. Son las cuatro pasadas, otra vez, y ya desconozco si quiero seguir o reseguir tu cuerpo con mis labios humedecidos. Aunque, bueno, sencillamente, si eso fuese sencillo, si fuese capaz de entrar en esa brevedad tan intensa, pues te descubriría, y me relamería entera la certeza. Después me tomaría la cerveza para celebrar el pastel de nata con cerezas de hace cuatro años más atrás. Por allá en el dos mil veinte y tanto, pero no tantos, se incendió un tipo de embriaguez… que, ahora, es una locura escondida en otra vida. De repente, miro hacia mi derecha y el título del libro me llama, sí, me grita que me quede. ¿A dónde? ¿Con quién? Se cuestiona mi mente, burlona. Solo queda despedirse del reflejo del espejo. ¿Te canto un secreto? Resplandecía demasiado. Y, sin querer, mezclo la incertidumbre porque me salen escopeteadas las palabras. ¿Y las adecuadas, dónde están? Perdidas entre la abundancia. Admírate, Anna, que esto ya se acaba. Esto ya se acaba. Hace daños, y escopetazos y portazos, que me marchité y no sabía, no sabía, cómo florecer, pero es que… ¿Hay que saberlo? Quiero decir que una renace cuando le sale y no cuando quiere que le nazca, porque si no sería todo muy artificial, antinatural y poco arbitrario. Para el carro, descuélgame esta y vente conmigo a vivirnos. Expliquémonos, así, narrándonos sin tantos pretextos y sin mirarnos tanto el pescuezo. Descríbeme a literatura cierta, al ritmo de mi novela, que sé que ya te la estás bebiendo a sorbos lentos. Perdóname si se me resbala la penúltima pestaña, estaba bailando a propósito de ti, queriendo quererte. Estaba pidiendo el último deseo que parece ser que va llegando aunque a cámara muy lenta. Va arrasando, el suelo, y también llorando, con el infierno que es otro tipo de juego lento, pero estratégico. ¿Nos estamos queriendo al mismo tiempo?

  • Pide el deseo

    Pide el deseo

    Vaya por Dios, me he convertido en la «tabula rasa» que no arrasa, pero tan blanca. Apúrate que se marcha la angustia, bueno, después de tanta metáfora, al final, la verdad mata a conjunto con la pura, y no tan dura, realidad. ¿Petará el bombazo? ¿Se estrellará el balazo? Cuídame, acurrúcame con tu corazón, que el mío pierde de vez en cuando la razón… Si te narro cómo va la esperanza… se ensancha, se ilumina mi mirada y aquella sonrisa anteriormente amarga, se ha adueñado de la alegría, tan coqueta, tan…, mía. Qué pícara, qué pilla. Como le cuela, le pega, esa picardía. Ahora, justo en ese instante, estoy a rebosar de fe, quizás un poco agridulce, pero, nada como observarte y quedarme palpitando en tu mirada que va al son de mis cosquillas. Sí, son las mariposillas nerviosillas llenas de sabidurías. Desconocen el cómo, el trayecto, tan inédito, oculto y, además un poco oscuro, ¿Sabes? Sígueme, que ya me solté el pelo debajo de la lluvia, que lloró todas las penas por mí. He dejado atrás, en aquel pasado, la tristeza. Súbete a ese rizo, que es muy diablillo: ¿Nos vamos a bailar al unísono? Me he cansado de estirar mi corazón. ¿Me explico? Mejor te lo describo, es sencillo, pero espera, deja de parpadear que, esto, lo nuestro, está vivo.

  • En mi propia perspectiva

    En mi propia perspectiva

    La gente se pasea, se recrea. ¿Y las personas dónde están? La humanidad, que apesta, abunda. Sin querer, entre pensamientos vas apareciendo tú. Retumban los tambores, se oyen los petardos al igual que mi corazón, sin razón, bombardeando a todo pulmón, pues va a grito de otro color. Vaya, parece que se marcha el dolor aunque es, sencillamente, Fiesta Mayor. Y, yo, que sigo aquí, siendo la mujer derecha, recta, bueno, después de luchar mediante la fuerza bruta, solo queda permanecer, o morir otra rara vez. Me verás aquí, sin barniz ni pintura, coloreándome la absurda sonrisa cuando estás y te veo y me miras. Me tendrás allá, a escasos pasos de ti. Me acogiste en tu mirada, arropándome entre tus manos que formaron el hogar, uno nuestro, quizás. Entonces, para siempre -el resto de nuestros días- me quedé. Estuve tan rota…, ahora soy más roca y menos niña, probablemente más querida por mí misma…, pero si observas, me electrocuto por dentro: soy los mil cables enredados entre ellos. ¿Consistirá en cortarlos todos y dejar solo uno al libre albedrío? Este último, precisamente, es el más injusto, alocado y enturbiado, porque es el que me falta o sobra dependiendo de la ideología, y la perspectiva. Aunque, si pudiese, me colgaría con la mía y allí me estacionaría.

  • Estamos brillando

    Estamos brillando

    Vaya miércoles tan triste, está decaído, así, descolorido. Aunque sin querer voy y me pinto cuando escucho mediante tu playlist lo mucho que me quisiste y me quieres. ¿Que dices que estás colgando en mis manos? Que te susurro, que soy yo la idiota que se cuelga por y también para ti. Que volarás, cantas. ¿De qué? ¿Cuándo saldremos, ambos, a bailar? Porque si te observo me quiero quedar, ya que tu mirada azucarada, de una mezcla de tonalidades otoñales, me grita felizmente anhelante, que aún me quiere. Y que se quiere estacionar, aquí, a mi lado. Aunque tengo una pequeñísima duda: ¿Cuándo es el «momento adecuado»? Porque yo voy y, si te apetece, me lanzo ya, ¿Sabes? Me uno, me ato a tu andar y, así, caminamos juntos. Incluso arrasamos, porque lo haremos. Ambos lo sabemos, si solo con vernos nos sonreímos contentos. Entre las ambigüedades, las ironías y, sobretodo, las corazonadas, ya nos podemos despedir con calma de este mundo terrenal. Porque nosotros estamos hechos de otro sabor, de un olor espectacular. Lo vamos a lograr, así que… Vayámonos a brillar a otro espacio estelar. Me quiero quedar.

  • Te quiero

    Te quiero

    Sin nada que temer, con la mente por las nubes, ya menos grisáceas… Llevo en las pestañas -caídas algunas-, mis deseos, entre todos ellos, tú. He soplado varias veces, cerrando mis ojos y abriendo las alas porque sé que vamos a arrasar, que iremos a volar en el más allá. Aunque aún residen amargas desilusiones a conjunto con las frustraciones. Unas tres, diría yo. El caso está hecho, zanjado, porque sea como sea nos estamos queriendo en este gerundio sempiterno. Narro, (me describo), desde otra perspectiva, desde el cuadro casi colorido. Faltaría pintarlo un poco más, sanarle las pinceladas más oscurecidas, las ennegrecidas. Para eso estamos ambos, ¿O no? Me ilusionaste con razón, picardía y bastante sabiduría. A pesar del quemazón en mi corazón, que ya va sanando al son de su sangrado, por favor, querido mío, no me fastidies. Déjate de sandeces, ambigüedades, perdices y finales felices, y ven, que te estoy esperando. Quizás perdure ese agarre unos días más, pero si te quedas atrás, sin querer y con mucho impulso, me precipitaré. Entonces serás tú el fastidiado, y yo diré «la fastidié». ¿Será un septiembre largo? Sólo quiero precisar, concretar, y dejar de ahogar las penas en este lago estancado. Me apetece abrirme al mar, mi verdadero hogar, porque sé que tú serás real en un futuro no muy lejano. Déjame susurrarte ese «Te quiero» en tu oreja izquierda para que luego las rosas florezcan, para que sonríamos sonrojándonos al son de ambos corazones, al unísono de nuestro amor mutuo, tan sano, leal y fiel, que brilla con solo el acto de pensarnos al mismo tiempo eterno y tan hechicero que voy y otra vez te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, te quiero y te quiero.