Etiqueta: amor

  • Chinchín

    Bonito atardecer se ha quedado detrás de mis pestañas húmedas, y mi corazón que se desangra. El pasado, que se refleja en aquel tipo de latir roto, esta para recordarme que sigo entristecida. Coloco prefijos, desencajo sufijos. Pongo puntos suspensivos y comas y acentos, pero el final, el maldito fin es inexistente. Arraigada, armándome de valor, voy de capullo en capullo porque no me queda otra que florecer, que ser, pues dejarme, irme, está de más. ¿Sería buena opción? Supongo que es solo la primera de muchas, sí, el jodido acto de decidir por mí y culminar en la otra cara del fastidio y, así, continuar ahí, en el huequito. ¿Por qué escribo en diminutivo? ¿Para disminuir el estallido? Si la sensación del caerse, arrasarse y matarse en vida es tan profundo que duele igual.

    Sencillamente, dentro de lo complicado, me pasaba por aquí para pasearme, y eso significa que voy a retroceder dos pasos parar hacer un salto y quererme en el otro precipicio de mi queridísimo vacío. Es tan hermoso… se descojona y me hace cosquillas a la vez. ¿Sabes qué? Acabo de perder todos los hilos, los he olvidado y, por consiguiente, me he deshilachado.

    ¿Brindamos esta? Pero por nuestra presencia, que es ausencia. Por nuestro misterioso acto honesto de rompernos a pedazos. La vida, a fin de cuentas, es algo redondo, un círculo, un vicio, un bucle que se va repitiendo. Un cúmulo de cuentas pendientes, que continuarán colgando del tendedero.

    Al grano: me paso por esta hoja ya casi llena de palabrería, y brujería, para concienciarme de que la vida es completamente asquerosa y que, en cuanto antes lo asuma, mejor.

  • La semilla ya florecida

    Quedarme ahí, con las pestañas húmedas y un sabor agridulce. Ven, aquí, a mi lado. Recordémonos, al día de mañana, de una forma bonita, sí, de un palpitar a rebosar de amaneceres anaranjados. Por un precioso precipicio se me caen las puntas puntiagudas de mi cora’, y oye, está bien sentirse nublada, ennegrecida y turbada, aunque el cielo se vacíe adueñándose de no sé qué, de nubes de algodón. Son bonitas, ya que endulzan el alma, y la vida. Así es cómo me encuentro, porque después de todo, habita, siempre, otro lugar con más quizás. Los quehaceres se van yendo, se van quedando atrás, con un sabor raro, extraviado, de mí, a tres escasos pasos de ti, porque, bueno, la cantinela del ser vivo de ser feliz está poco apartada de nosotros. ¿Y de los otros? Vaya burrada; borrón, abro el cajón y el único refrán que huye por la ventanilla de mi cabecilla, se queda atrapado entre ambas ilusiones paralelas como la (otra) yo. Solo quiero matarme, agarrarme, quiero decir, asesinar al reflejo y a mis sombras y al miedo, y escupirles con una sensatez y cariño inmensos e infinitos, para que se conviertan, por fin, en inquebrantables. Sin querer, con intención e impulso, y armándome, anhelo que se abran mis alas y recorran absolutamente todos los recovecos de los cielos ensombrecidos de mis seres internos y, en vez de arrastrarse, arrasen hacia la desembocadura del paraíso para quedarse palpitando de forma eterna, para que la semilla culmine en un quererme sempiterno.

  • La vida, cuando se cae a pedazos

    La vida, cuando se cae a pedazos, es a veces tan triste y hermosamente rota que simulo, sin querer, un romanticismo innato, cuando, realmente, es un grandioso desastre. Los sentimientos parece que están a  flor de piel, del papel, que raspa y rasga y me amarga. ¿Seré yo? ¿O será la mera existencial vital? O será mi otra yo, la metafórica, sí, la que se plasma delante, o detrás, del espejo y su reflejo le va susurrando cosas, bueno, emociones extrañas y, entre todas ellas, cabe destacar la más mortal, y bonita. Entonces, la sombra que se agota y se cae rota y se marcha, así, de gota en gota, me sopla que me va a dar el consejo de no darme ninguno, porque, ¿Para qué? Para fastidiarla, ¿Sabes? Pues continuo mi camino, mi trayecto con toda la indumentaria y la artilleria pesada, y sigo con la bruma que normalmente es escuma, pero que es inmensa, pues es el océano, o aquella ola colérica. ¿Cuándo se me irá la culpa? ¿De qué hablas, nena? De la resaca emocional que voy llevando, así, en un gerundio que tiene poca prisa por acabarse. ¿Y a qué venía? ¿A escribir o a describirme? Perdona por ser tan imprecisa y poco concisa, a veces se me va la cabecita.

    Pues eso, que la vida se me rompe a portazos y voy tirando porque no tengo otra salida, o sí, el caso es que ya no hay caso y, por eso mismo, me arraso. De las heridas, aún algunas quedan por cicatrizar, ya hablé en el pasado, pero es que siguen estando. ¿Y el miedo? Pensé, ilusa de mí, que se lo había comido el hueco. Resulta que está carcomiéndose mientras va relamiéndose cada espina de la rosa todavía marchita.

    Mi trayecto por aquí, ¿Tenía intención? Un impulso raro con un pulso mal calibrado. Estoy temblando por dentro, mi querídismo corazón está arrastrándose y va amándose, pero por un recoveco que es el más pequeño, el diminuto, el del último minuto, o penúltimo.

    Quería, ya lo digo, en pasado (siempre), plasmar cuatro versos absurdos y entrelazar las palabras y dejarme de tantos sentidos abstractos, pero aquí me ves, y no, relatando algo que ni va ni viene conmigo, aunque se aferra a mi ser. Así que, aquí van algunas palabras mal combinadas, conjugándose al son de mi vaivén, nada, escribiéndome, o escribiéndote. ¿Será el otro lado de la máscara? La sincera, la honesta y la leal. ¿Aquella que es bondadosa con el otro espejo? El de la verdad, o la realidad. Mira, acabo de delirar por quinta vez durante el día de hoy.
    Me despido, y me voy.

  • El amor impropio de mí

    Ir queriéndose a una misma al vaivén del run run del mar. Caerse, y que de corazonada a corazonada salte eso que bombardea dentro de ti tan fuerte, con tanta furia y de un sabor más dulce que amargo. Es la fiera que quiere salir a la profundidad e introducirse en otro amar, para luego enfurecerse de un amor bonito y leal. Es la madrugada de San Juan y con mi falda de flores, de colores verdosos, rosados y azucarados, voy estando bien. Armarse de valor, de uno entristecido y, en el chocar del enamoramiento, la ola nace, la que quiere saborearse, oler a sal y a arena y a cal y a alegría, que trasciende: ha dejado de ser hueco convirtiéndose, y convirtiéndome, incluso a mí, en otro latir. Aunque el cielo esté nublado, siempre va saliendo el sol, o la luna ennegrecida que brilla siendo la soledad absoluta. Ya quiero ser la loba o la bruja o la penúltima vida de la felina hambrienta, porque estoy preparada para lo que venga, y aquellos segundos que se marchan, que machacan o se arrastran… quieren dejarse existir, vivir.
    El ambiente está abstracto, de un sentir bastante cálido, de un ver encanelado, enternecido. Un cuadro, ni gris ni pálido, tampoco lleno de anhelos ni a rebosar de deseos. Está vacío de todos los sacrificios ya hechos, que culminaron, quedándose estrellados en el pasado. Las caricias, los besos y los amantes siguen locos, y la música, que resuena en mis pupilas, solo se dedica a arroparme mientras voy queriendo al son del viento, tocando el suelo y a ras del cielo, en esta playa a las cinco de la mañana, que parece ser, por fin, un invierno estival. Y tanto que derrapo por mis raíces de donde se deshacen o rehacen las cicatrices. ¿De heridas? Pocas, la mayoría ya curadas, u odiadas o alocadas. El caso es que voy a terminar para volver a empezar.

  • La metamorfosis

    Es tan bonito que te hagan daño porque luego te vas reconstruyendo para acabar oliendo a mar, a nubes de algodón, a café y al atardecer anaranjado. Hablar las cosas, que entre palabras se cuelguen los corazones, que se abran y se partan en dos y así puedan seguir naciendo florecillas. Sí, se irán marchitando… ¿Pero y el proceso? La transformación es lo que nos queda, y ese acto de crecer, de ser y de volver a nacer por haberse matado una más de cuatro veces, es lo que nos hace abrir las alas, aletear y volar a ras de los recovecos de una misma. Y, joder, qué hermosura. Estoy narrando la metamorfosis del ser humano, pues el dolor ha trascendido a otro color. Me siento, y eso es lo mejor, lo sano, ir al grano, estamparse y a posteriori de la pausa, afrontar al reflejo del espejismo roto.

  • El amor se escapó

    Me he dejado la libreta roja, y cada rosa, allá fuera. Se están marchitando, y enfriando, porque se quieren tanto que los colores, y dolores, repiquetean. Suenan los huesos y los reflejos de los espejos, sombras que se van ocultando para luego ir estallando, se van, pero en el otro vaivén. He perdido el tren porque fui caminando del revés por el andén. Los gusanillos de mi estómago se mueven rápidamente, las mariposas se han suicidado después de tantos daños consecutivos. Será el miedo, pienso. O el sufrimiento, siento, atragantado en mitad de mi garganta. El sabor, amargo, y el ir queriéndose de una forma tan sustancial y agridulce, me va matando. Agarro mis raíces por debajo de las pieles: ya no sé. Aún así, me percato de varios hechos, entre ellos, que me quiero querer y, alzando tanto el vuelo, me quedo en el gerundio sempiterno. Dejó de llover, la sequía ahora abunda. Me quiero quedar, de verdad que me gustaría, y sin necesidad. ¿Pero en qué consiste quererse? ¿Y amar? ¿El amor mutuo existiría? Porque si hablo, si narro, aquel de mi pasado, jamás tuvo acto de presencia. Simplemente hizo bomba de humo, y vaya si explotó. A posteriori, tristemente se exclamó, personificándose entre los pliegues, y recovecos, de mi ser que tenía un impulso ahuecado que se transformó el agujero. Aquí me pierdo, en la inercia, entre la peripecia y la voltereta.

  • Querida, la otra yo

    Queridísimo diario, ¿Me sale a cuenta esperar tantos días a alguien? Se rompen los años a añicos combinando con los daños. Le soplé tan intensamente a la esperanza, que se fue deshilachando hasta ahora: acaba de estornudar. La vida va de caerse, de derretirse y que el corazón se vaya, cosiéndose sin aguja. El mío hace ya hipotecas, aún ni empezadas, que se marchó. Estoy triste, ¿Tú no? Los planes cambian, con ello el rumbo. Después de cantar a los pájaros y contar los céntimos que tengo, y desencantarme, dejándome tirada, allá, enturbiada en la parte trasera de mi cabeza, me percato del otro hecho, que solo hay todo un techo y medio trecho: estuve desesperándome, despedazándome, ¿Sabes a quién echaba en falta? O de más… A mí, a mi ser interno, a mis florecillas marchitas, que son lágrimas de cristal arrasando los cielos, los suelos y los infiernos. Estamos enfermos: a veces queremos querernos o que nos vayan amando, apreciándonos. Al final, nos dejamos, y las caricias tan coléricas se transforman en algo monótono, moribundo y gris. Aunque de los cuadros translúcidos, despintados y coloreados de tonalidades ennegrecidas, saldrá la pincelada iluminada, la que se mata convirtiéndose en la estrella. Soy ella.

  • Metafóricamente, yo

    Huí, me transformé en otra yo, metafóricamente poeta, toda rota, o coja. Un vaivén detrás de otro, en un bucle continuo. Ir cayéndose, ir lavándose la cara, que ya toca, que ya es vida de ir naciendo entre los sucesos coléricos, enrojecidos.
    Estoy sana, e ida, porque estar muy de la otra esquina, es recorrer la calle con los pies cortados, ¿Sabes? Aquel, el trozo del papel quebrantado. Déjame decirte… ¿Por qué tantos «lo siento»? ¿Para qué? ¿Qué finalidad habrá? Porque el fin, que consiste en comenzar del derecho, tal vez. Ayer me levanté con el pie izquierdo, y poca cordura. Ya lo he explicado, ¿No?
    Quiero colores, pero se deshacen por el desagüe de mi corazón que le falta una o varias piezas. ¿Cómo se forma? ¿Y por dónde empecerá a florecer? Agarrar el riesgo desde la última coletilla inexistente, aunque presente. ¿Arderá algún tipo de fuego? Aletéame que vuelo tan a ras del suelo que me convierto en el puto cielo.
    Y regresar para culminar en la avenida del instante anterior. ¿Sabes cómo construir un pasado? ¿Y de qué manera se destruye el futuro? ¿Consistirá en morderse la lengua unas cuantas veces? Quizás se trata solo de querer que te acaricien o te pellizquen las pestañas ya desgastadas para que a posteriori renazcan.

  • ¿Los corazones pueden ser dementes?

    Los corazones están dementes, ¿O qué? ¿Pero lo son realmente o solo se convierten en una ficción latente, tan irreal, que duele? Desdibújame y estréllate en la curva de la carretera, la más compleja y estrecha. Ahonda en tu ser, acciónate y déjate parafrasear o narrar lo que harás que nunca lograrás de la forma dicha. De promesas tampoco me hables, en el para nunca se van quedando. Del amor, ¿Cómo se siente? Agárralo, si puedes y quieres, de un soplido, y cómetelo a bocanadas de aire, que las nubes de algodón que flotan en el cielo azucarado lloren de tanta dulzura. Luego ya se encenderá el fuego. Cuando me sueltes, ¿Te recuerdo que ya lo hiciste? Pues rómpete las muñecas en cortar perfectamente el hilo rojo, ese del que nadie sabe, pero todos anhelan con una fe ciega al espero que me quieran como yo quiero. ¿Para qué? Pregunto, si, total, los segundos espacio-temporales entre tú y yo ya están contados, y suspirados. Todos se han esfumado, solo necesito fumarme los pétalos de las rosas marchitas e ir naciendo otra vez, o no haberlo provocado jamás. ¿Te cuestionaste cómo mata el crecer? Y quedarse anclada en el vaivén que viene más que se va.