Tú salías en mi sueño.
Nos besamos.
Y qué beso.
Es como si no tuvieras prisa, como si tuvieras todo el tiempo del mundo, observando, analizando. Andando, sin rumbo. Y me gusta, me gusta esa forma tuya de ser.
Que día más raro hace hoy, y que rara me siento yo.
Tal vez, es porque ya no estás, porque la luna se ha ido, o porque la lluvia ha amanecido.
Necesito a alguien que me abrace.
Hoy sí.
Enamórate de mí,
de mi ser;
piel por fuera,
piel por dentro.
Enamórate de mis demonios,
de mis cicatrices.
Enamórate de mis lágrimas sin agua,
de mis sonrisas puras.
Enamórate de mi amargura,
de mi desfachatez y de mi mala lengua.
Enamórate de mi torpeza,
de mi destreza.
Enamórate de mi caos.
Viviendo, en gerundio.
Una vida pausada,
una guerra acabada.
Sangre derramada,
amarrada a las entrañas,
de las locuras estalladas.
Tengo derecho a no querer hablar,
tengo derecho a pelearme,
tengo derecho a estar mal,
tengo derecho a sonreír,
tengo derecho a ser libre.
Tengo derecho.
Hay piedras valientes,
hay piedras cortas, de mente,
hay piedras cobardes,
otras cantarinas,
hay piedras solitarias,
otras, que están acompañadas.
Hay piedras.
Piedras de todos tipos, de cualquier modo y en pluralidades de tiempo.
Y, todos, somos piedras.
Tú eres una piedra, yo también.
Lo siento. Lo somos.
Porque hay algunas que se caen por el precipicio, ésas, son las más valientes. Después está la siguiente piedra, la cobarde -a secas y porque sí- porque, justo cuando empieza a caer por el precipicio grita y, una vez cae al vacío, ve que sigue viva. Canta, de alegría, a veces llora riendo. Pero canta. Y en esa misma oda de pena, se muere de soledad. Porque no hay nadie que la acompañe. Está, sola. Y, en medio de esa negrura espesa, empieza a llover. Otras piedras que también han sido como esa piedra solitaria que, ahora, empieza a ser acompañada.
Son piedras, piedras que se convierten en personas o personas en piedras. Ya no sé distinguir.
Es un bucle. Un bucle de ánimo que parece no tener fin. Y no lo tiene.
Todos caemos y volvemos a levantarnos. Lo que pasa es que yo no he explicado cómo se levanta uno, porque hay piedras, que no se levantan. Y es que están gruesas, pesan, y están llenas. Llenas de emociones y sentimientos, cicatrices y rasguños profundos. Llenas de mierda por dentro, aunque por fuera sonrían. El caso es que están llenas y las alas no son suficientes para que vuelen, por lo tanto, se quedan en la superfície de la realidad siendo demasiado realistas sin ya poder volver a volar nunca más.
Sabes que, cuando quieres a alguien, cuando te has enamorado de equis ser, de ti, sientes. Sientes tanto que tu corazón explota en silencio.
Que palpita a mil por hora,
que respira,
que llora,
que anhela,
que añora,
que quiere,
que odia,
en silencio.
Siempre, en silencio.
Hasta que estalla.
Momentos de desesperación, de morir desnutriéndote, de insomnio, de ensueños ilusos. Momentos de locura. Locura pura.
Hay veces, en las que me caigo, saltando el precipicio y quedándome del revés.
Hay veces, que soy caos, desmadre y desastre. También arte, porque, al fin y al cabo, es aquello deshilachado, resquebrajado e insensible.
Hay veces, que te quiero y, otras, que te odio. Pero aun así, te amo.
Hay veces, que me estampo. Que soy vidrio, y me rompo.
Hay veces, que te necesito.
¿Pero sabes de lo que no hay veces?
Yo tampoco.