Categoría: Escritos

  • Fuego y ceniza

    Es tóxico nena,
    es malo,
    es oscuro.
    Es tóxico nena,
    no vuelvas con él.
    Menéate,
    desenrédate,
    deshazte.
    Tóxico, muy tóxica es esa relación.
    Uno vuelve otro se va,
    y volver a empezar.
    Estirar y aflojar la cuerda,
    y no detenerse.
    Entrar en bucle, en aquel círculo imposible de salir.
    Nena, que no, que ya no te quiere.
    Y si te quiere no lo siente,
    lo hace mal.
    Que te pudre.
    Te pudre.
    Te marchita por dentro y eso, eso, es malo.
    Muy malo.

  • Llovizna

    Y llueve,
    llueve mucho,
    aquí,
    en mi corazón.

  • ¿Quién brilla más?

    Y ya no sé quién brilla más,
    si tú o yo.
    Porque no se trata de resplandecer por fuera.
    Se trata de morder y matar,
    de machacar,
    de acabar,
    marchitar todo aquello que no vale.
    Y renacer,
    cada vez que sea necesario.
    Y no tener miedo a perder,
    porque el perdedor es más que un ganador.
    Y para triunfar hay que haber perdido mucho también,
    sin querer y porque sí.
    Y ya no sé quien brilla más.

  • Nosotros haciendo magia

    Tus dedos son magia,
    y tus besos,
    y todo tu ser.
    Tú eres poesía,
    la que entra en mí
    y me invade de sensaciones,
    de emociones.
    Mucha humedad
    y poca tregua.
    Guerra,
    y vida a montones,
    a estaciones,
    a canciones.
    Y un hogar,
    tú eres el mío.
    Y vaya si río;
    escándalo.
    Míralo de frente,
    agárralo
    y asustalo
    -del miedo te estoy hablando-.
    Porque cuando estoy contigo soy océano,
    ola colérica.
    Soy tierra
    y volcán.
    Ave que no cae.
    Relámpago instantáneo,
    lo que siento cuando tú me acaricias,
    y me das caricias;
    con tus manos.
    Y estallo,
    de placer.

  • Ya marchitó

    A veces siento que no estoy, que soy sombra y humedad. Me desvanezco y me voy. En ese instante, mi cerebro deja de funcionar, y se queda mudo durante un tiempo indefinido. Y lo siento, más con el corazón. Y no puedo, me veo en el fin. Porque no soy; en cuerpo sí, en alma no. Cada vez se me complica más la vida. El querer avanzar y estancarse, y quedarse. Quedarse. Revivir en un intento suicida de amor para acabar volando más alto que nunca. Y gritar, y volar. Gemir. Mucho. También sentir. Nadie sabe, ni comprende, el sentimiento aquel de no sentir. De pudrirse ante alguien que ni siquiera se percata de tu corazón a medio florecer.

  • Grito de auxilio

    No te vayas de mí. Aunque me vuelva loca, aunque me ausente. Aunque deje de sentir. No me dejes sabiendo que te voy a herir. Porque lo haré. Me matará, me dolerá y me marchitará. Decayendo en la oscuridad. Y te pido disculpas. Yo también sufro como tú sufres.
    Ya lo sé que me estoy adelantando a los hechos. Tengo miedo. Por favor, sujétame, agárrame la mano. Aunque te duela y te mate por dentro. Estaremos bien, lo estaré. No te preocupes, todo pasa. Será una etapa y se pasará como pasa la vida.
    Corazón, no te asustes. Ven. Soy yo pero fuera de mí. Aún así, volveré a serlo. Siempre estamos siendo, por eso mismo volveremos a ser. A estar. A sentir. A amar.
    Perdóname otra vez. No lo elegí, no fui elegida. Nadie lo eligió. Fue así. Sucedió porque sí.

    PD: Te quiero, en gerundio.

  • Somos

    ¿Y cómo describir la sensación de que cada vez te quiero más?

    Llegar a amarte y seguir haciéndolo,

    queriendo y sin querer y porque sí.

    Te introduciste en mí en aquel primer ir y venir,

    en aquel entrar y salir.

    Y te quedaste, y me quedé.

    Nos miramos como la primera vez,

    lo seguimos haciendo volando en aquel placer.

    Porque llegué, te miré y sorprendida me quedé, allí de pie.

    Un beso en el aire y un «Te quiero» en la mirada.

    Viniste hacia mí, me llevaste hacia ti.

    Introduciéndonos en un placer inolvidable, único e inquebrantable.

    Volar, y soñar, y volver a volar.

    Y mientras la música sonaba, creando un momento que jamás se repetirá, me sumergí en un mundo ajeno a ellos.

    En tu mundo, en el nuestro.

    No había palabras, sólo alas,

    y gemidos en nuestra canción de amor.

    Un nido ideal y a la vez realista, que se movía al compás del sonido que hacía un violinista.

    A veces breve, a veces largo.

    Grave o agudo.

    Amargo y dulce al mismo compás.

    Un sentimiento de felicidad máxima al terminar, unas sonrisas que irradiaban complicidad.

    Un «Te quiero»,

    un «Te amo»

    y un lo siento,

    aquí, muy adentro.

    14:04 h.

    19, de Junio del 2019

  • Corazón, quédate

    Y no lo sé si seguiremos siendo en un futuro,

    o serás con alguien más.

    No lo sé, no lo sabes.

    Lo que siento con certeza es que te amo,

    y si y no,

    quizás,

    tal vez.

    ¿Pero y si siempre?

    Un remolino de emociones siento en mi estómago;

    paz,

    y mucho amor.

    Cariño y ternura.

    Un cielo iluminado,

    esclarecido

    con nuestras miradas que resplandecían.

    Y flores del alma floreciendo,

    ya no me estoy marchitando.

    Voy rumbo hacia un futuro incierto pero preciso.

    A veces temo resbalar y caer,

    y que el estamparse contra el suelo duela.

    Y sé que el impacto será más el susto que el dolor, porque, este, vendrá en un futuro simple, pero complicado.

    Y hartado de sufrimiento.

    Sentiré que fue, y ya fue, hermosamente duro y frágil.

  • Mi amor

    Te observé detenidamente, te veías muy hermoso. Tus facciones oscurecidas o iluminadas en la noche, dependiendo de la luz de la luna. Eras perfecto. Con aquella mirada tuya perdida en el horizonte de la ciudad iluminada. Y, luego, tu rostro resplandeció de curiosidad. «¿Por qué hay más luces rojas en un lado que otro?» Preguntaste. Yo iba fotografiando mentalmente cada retrato de ti. Pequeños movimientos imperceptibles a los ojos de la gente pero perceptibles para mí. Tu belleza, en aquella perspectiva, alcanzaba lo supremo. Eras, ni más ni menos, un ser, un humano, una persona pero con una diferencia; que eras hermoso por fuera y por dentro.

    Tu sabiduría, tu lealtad, tu confianza y tu amor por los demás, y por mí. Eras distinto, en el buen sentido. Eras honesto y divino; una divinidad del cielo, del planeta, del Universo.

    Estaba enamorada de ti, y con la ventaja de que no te ponía en un altar. No te idolatraba. Porque me enseñaste cómo eras realmente desde un principio. Tanto lo bonito como lo oscuro.