Lucho por quererme, quererte y querernos, aún así me nace solo ese latir de ir a por ti pues mi corazón danza al son del enamoramiento en un gerundio sempiterno.
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La eternidad efímera
Sostenme mientras puedas, o detenme, porque durante esta escasa mañana me siento extraviada, aunque también enamorada y raramente confortable. Solo de pensar en tu mirada y en cómo me observa y la forma en la que vamos volando. «No tengas miedo, Anna», me susurra el dedo pequeño de mi pie derecho. Escucho, todavía, tu «Confía» que me soltaste aquella tarde que parecía fugaz y se convirtió en una noche enternecida, y casi florecida. Porque me vienes otra vez a la mente… Será que jamás te vas, que presente estás y latiendo eres. La chispa de la otra noche donde la luna parecía que iba a dejar entreverse y, llena de timidez, se asomó de entre las sombras. Nos estaba espiando, pilla ella, qué pícaro tú. ¿Recuerdas? ¿Lo notaste cuando me rozaste? El fuego se incendia dentro de mí, la chispa ya estalló, la ceniza se difuminó plasmándonos en el cielo gris ya colorido, brevemente ensombrecido. Divertido va desencajándose, está angustiado pues va a dejarse leer entre líneas. Con tantas ojeras, que te pesan, que te pesan, no podrás volar; te dirán. Pero yo les gritaré que también se puede sentir desde dentro. ¿Me ves? Brillo, mi sonrisa me delata, pues confirma que estoy enamorada. ¿O será que solo estoy iluminada? La luz ya no me ciega y tampoco me encierra. Salto, ahora, vuelo un poco, me vuelco en aquella Polaroid mental que suerfea en mi corazón sangriento y muy hambriento: nos veo, nos estoy viendo en un futuro, y el presente, siendo etéreos y, al mismo tiempo, eternos.
De la rosa florecida
Me saco las espinas de la rosa herida, casi florecida, de una en una y, aunque duela, poco a poco me caigo de pie. Entristecida, sobrevive. A veces, ensombrecida. Pero mírale los pétalos derramados en el suelo: se van volando hacia el cielo y allá, en lo más alto, saltan, a posteriori, el vacío ennegrecido. Tranquilamente, dentro de una serenidad abstracta, extraña, coloreándose. Sí, se van pintando porque mi hueco, el del antaño con tanto daño, acabó por pudrirse, y ahora ha decidido nutrirse. Qué proceso tan bizarro y, al mismo tiempo, jodida brutalidad. La barbarie: con todas las cicatrices batallándose en una guerra interminable. La vida, que parece ingobernable, también aquel hilo quebrantable, como aquella estrella que estalla porque es bella, ella. Y me quedan aún tres pies de más, que luego camino del revés, pero vaya latir. El palpitar, el repiqueteo dulce y sanador y hermosamente ya florecido. Obsérvame porque estoy aquí gobernándome a mí. Se siente como tener el imperio entre mis manos. Así, inmensamente. Las hojas del pasado, ¿Para qué las quiero? Están tan descritas, que entre líneas he decidido ir colocando los puntos finales y acentos cerrados. Además de ir quitando los párrafos o frases ambiguas, sí, porque me quiero inédita, con saliva y mucha picardía. Para hablar y decir aunque sea con la boca silenciada y la fe desterrada y tenga mil argumentos, porque por fin me quiero así y aquí y en mí.
El chispazo se ha roto
¿El amor lo podrá salvar todo? ¿Pero ambos? ¿Y de qué manera? ¿Cómo florecemos? Quiero decir, ¿De qué forma tan insignificante?
Todo se ha ido al garete: mi intuición fue falsa, y la fe tan inédita se ha convertido en una desesperación ambigua y rara, porque te estoy queriendo y me duele ese enamoramiento, por mi parte, fugazmente eterno. Y, y me voy cuestionando al vaivén de mi corazón que se va marchitando. Supongo que acabará por florecer, pero, se despista tanto… Solo le pido al cielo que me cuide y me vaya curando y aún así voy brotando de llanto en llanto y sigo porque lo único que queda es la ilusión desilusionándose. Me estrellé con la realidad y, esta, ahora, se ríe de mí a carcajada libre, como tú, como tú… Es el karma, lo sé, lo estoy viendo con mis propios ojos, desde una herida que no cicatriza y se hace inmensa, y muy intensa. Aumenta, me desgarra las paredes de mi pulmón izquierdo que se está asfixiando. Mírame: estoy rota. Mañana ya seré otra. ¿Y la solución? ¿De qué forma me quito ese agujero que se ensancha? ¿Cómo me digo que tu mirada es solo una mirada? Mi amor está hecho de un calibre indefinible, pero me descifraste y me derribaste: supiste leerme entre líneas. Te estoy odiando tantísimo porque me hechizaste. Y créeme, y créame. Quédate, si te apetezco así me enorgullezco. Pongámonos a florecer en aquel atardecer que está por aparecer, ¿O qué? ¿Y por qué siempre voy dando cariño y ternura a los demás y a mi alma fría ni le habita una pizca de hogar? ¿A mí quién me salva de este mundo tan horrendo y terrenal? ¿No ves que me voy? ¿No ves que vuelo? Luego me vuelco. Joder, cómo duele ir arrasando el suelo en un infierno tan hueco. Soy la ceniza, la que se quería, ¿Pero qué sentido tiene esta vida? ¿Qué sentido? Si parecía que por un instante dejaba de ser transparente, pero me traspasaste. Disparaste y acertaste, lanzando la maldita flechita. ¿Estás contento, querido mío? Te guardaré en aquel rinconcito, en el cajoncito dejándolo entreabierto y a ver si te estás quieto y te vas decidiendo definiéndote al fin. No sé si terminaré allá o aquí o en ti. Solo siento y me encataría dejarme llevar por el viento e improvisar un nuevo acento, el nuestro. ¿Me explico? Arráncame el cerebro, lo tengo neutro y lo quiero entero. Me quiero hecha y derecha como una percha. ¿Pusiste el arroz a hervir? Se te va a quemar la patata de tanto calentarla. Pasaste a la siguiente frase y ya se ha chamuscado: está ardiendo, como yo, y también perdiendo y descendiendo al compás de las nubes ennegrecidas que están estallando a destiempo en un tempo eco.
De toda la vida, amor
Margarita, margarita, quítate la tirita, que la herida ya está florecida. Desvístete, corta la etiqueta, frena esa, y sácate las alas, que quieren irse a surfear entre las nubes y el mar. Que crezcan, que crezcan las semillitas. Serán hermosas las florecillas. Que ya es otoño, ¿Y qué más quieres? ¿Qué más deseas? Colócame el cora‘ en su sitio, bésame el pecho y la costilla izquierda se sonrojará. Aquella noche estrellada y la luna brillando, sola, arriba en el cielo ensombrecido. Fue ayer como si te hubiese conocido de toda la vida, y la noche oscurecida también. Ven, ven aquí. Quiere, y quiéreme a mí. Sírveme una Margarita, regálame tu sonrisa. ¿Ves cómo baila la mía? Así, al son de la tuya. ¿Por qué no nos danzamos? Sin deternos para ir congelando el tiempo al son de nuestros cuerpos.
El atardecer florecido
Saltándome unas cuantas canciones, guardándome las mariposas en los cajones, que se me escapan, se marchan porque están nerviosas. Vaya cielo, piqué tu anzuelo y ahora florezco desde dentro. Luego están tus ojazos, que no son ellos, sino la forma en qué me miran. ¿Será que me estás queriendo en esa milésima de segundo cuando nos cruzamos? Cupido lanzó la flecha que va dirección a mi corazón. Que sangre el amor, que abunde por favor. Así, después, y juntos, provocamos el estallido de nuestro futuro jardín, anteriormente sombrío, pues estaba, el de cada uno, solitario y perdido. ¿Pero me oyes? ¿Me ves? Te lo estoy describiendo mientras sonrío, y me enorgullezco, por dentro: te quiero. Y también me quiero y nos voy queriendo en esa imagen descolorida, borrosa, casi abstracta, que va flotando en el vaivén de mi imaginación. Sí, porque, paulatinamente ese cuadro con pinceladas de tonalidades grisáceas, se va cosiendo, como yo, se va latiendo, y queriendo, transformándose en un color anaranjado. Es nuestro atardecer que va a florecer porque nos vamos a querer. Sentiremos el fuego arder mientras alcanzamos el as de picas. Te despistas y desaparece todo nuestro alrededor. Eres mi picardía, mi fe más inmensa, te comería esa boquita bonita. Quítame el miedo, que aún lo tengo pegado, ahí, colgando del techo de mi pulmón izquierdo.
Queriéndote, en gerundio
Te estoy queriendo, así, en un gerundio sempiterno. Es que eres perfecto, y este cielo tan impreciso, nublado, casi anaranjado, poco enturbiado y a rebosar de mariposas son las sensaciones -inéditas- que voy sintiendo por ti. El olor al suelo mojado después de una lluvia torrencial, me quiero quedar en ese latir, y contigo, para siempre, aunque sean dos días contados, y sigan descontándose los segundos. Estamos a escasos momentos de un invierno que, ojalá, sea tierno. Entonces, surfeo entre tus pupilas que me miran, que me miran; qué vergüenza. ¿No ves que me sonrojas todas las costillas? Están loquillas, por ti.
El enamoramiento
Enamorarse de la fe inédita, vaya absurdez, ¿No? Luego queda el recuerdo, aquella imagen, la de mi yo-poético roto. De mientras, los pedazos quebrantados en mis manos ensangrentadas. Mi corazón ha estallado porque tú le has disparado. O moría en vida o me vivía muerta y, al final, cuando apretaste los labios mirándome con la comisura de estos hacia arriba, la sonrisa pícara, y tus ojos chispeantes, brillantes, me sonrojaste. Qué barbaridad, qué brutalidad justo aquel momento, fugaz e instantáneo, en que nuestros deseos se fusionaron convirtiéndose en solo uno. Qué instante aquel en el que bailamos dentro de mi sueño, que se está descolgando, chocando con la pura, y dura, realidad. Ya se cayó, pero yo sigo en el vaivén de esa ilusión que se va balanceando, que se marcha galopando, también sanglotando. Y, entre herida, risa y cicatriz abierta donde abunda la melancolía, me pica la otra oreja por el secreto que llevo guardando desde hace año y medio entre mi garganta y mi pecho izquierdo. De hecho, levito en el suceso, arrastrándome en mi lecho, el del enamoramiento entero y eterno, y lato porque o peco o te beso y, a la vez, te pido otro de esos.
Mi mundo literario
Quiero morirme en mi propio mundo literario, dejar la realidad apartada, que se quede en el otro sillón, el del más allá, sentada. Tampoco me apetece que tú entres, pues siempre te cuelas entre mis pensamientos, en mi imaginación y desde un gran silencio. Eres tan sigiloso, que solo escucho tu latir al unísono del mío. ¿Ves? Ya saltaste hacia dentro. Mira que cerré las puertas, pero se me olvidó cerrar el hueco de mi ventana. Por eso, digo, y deseo con muchas ansias, y ganas, que te quedes o, por contra, que me eches de mis fantasías donde el protagonista eres tú.
Lo que me pasa es que me observa desde la lejanía, o una escasa cercanía, y con una intención inmensa se va introduciendo en mi corazón. Sus latidos son golpecitos de verdad y tanta, que profundizo en la única que cabe en mi mente. Y me ahogo y me parto y me divido. Tu mirada fugaz me quema, tu presencia provoca que me ardan las mejillas y que con tanta delicadeza y poca sutilidad, mis venas exploten diluviando ansiedad y, yo, al fin, estalle sin tanta dilación y perdición. Me niego, ¿O es que ya no sé cómo dejar de quererte? Quiero querer olvidarte, y el mismo olvido me acaricia de una forma tan hermosa que al final te apareces en mis sueños. ¿Cuántos deseos caben en nuestro amor? ¿Será algo mutuo? Solo quiero sentirlo, que nos armemos. Solo pienso en el beso, el del futuro, el que me plantarás en los labios después de confesarte que lo estoy intentando, eso de desenamorarme de ti, y que ya he desistido, colocando la bandera roja, y enrojecida me quedaré delante de ti, asustada, pero tú, tú, sencillamente me besarás y entonces todo florecerá: desde mi interior hasta nuestras lenguas, manos, piernas y almas. Porque… ¿Estaremos hechos el uno para el otro? Ya hice limonada con las medias naranjas. Luego me bebí el zumo y ahora estoy entera, como la luna, porque también brillo un poco solitaria. Aunque, si vinieses hacia mí, sería muchísimo más feliz.