He cambiado de panorama, de cicatriz, y de perdiz en perdiz solté, me estrellé y fui feliz. Después de tantos, sí, retrocedí. Quiero decir, cuando voy, me planto y cambio de escenario, me caigo sin querer. Me tropiezo y, queriendo ya ni sé desvanecerme bien. La soledad me ha ido acompañando algunas veces. Se ha quedado en espacios huecos y muy eternos. Luego miro hacia atrás (me miro la espalda, la peca aquella, por el reflejo del otro espejismo rarísimo), y creo encontrarme cuando sencillamente culmino situándome. La cuerda, nena, se está aflojando porque aguantó los latidos casi salidos, vacíos y, la gran mayoría, enternecidos. Realmente estaban todos enloquecidos. Me fastidia, me revientan las colillas llenas de coletillas, pedazos rotos, ocultos entre algo de barro. ¿Para qué ponerle título a mi vida cuando puedes colocarle varios puntos suspensivos, que vayan suspendidos como las nubes o las olas superfluas o, simplemente, se suspendan. Que se elimine la función por carencias o muchísima desviación. Mira qué bonito aquel avión… ¿Será el bárbaro? Completamente, aunque exagerado. Bueno, aquí zanjo los temas, pues se me acumulan mientras se van iluminando de negrura espesa.
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Un estado que me define hoy
Hoy es un día de no hacer absolutamente nada. Voy cansada, estoy agotada. Me pica la pereza, abunda, resplandece por y para ella. Es uno de los domingos, de los que una se queda en el sofá leyendo Virginia Woolf o algún poema de Shakespeare. O leerme a mí mientras estallo al son de varios balazos que van sangrando después de dejar que se desvanezca mi ansiado corazón. Lo quiero arropar durante este vaivén, que pase la tormenta. Estoy tan deshecha. Metida en mi melancolía, se me peta el chispazo de alegría, revienta, se quiebra. Aunque mi enemiga, ella, se cuelga la fe de la oreja izquierda, y le soplaría hasta que saliesen las estrellas y le brindaría unos cuantos destellos de ellas, y de sencillez y un tempo sólido para darle poco al coco. La voz se me ahoga dentro de mi mísera razón, y la patata palpita con rapidez, así, yéndose borracha, dando la lata. Es tan veloz… y, yo, tan absurda e ingenua.
Vaya vaivén, y ven
El caso, el hecho y el suceso al mismo tiempo resulta que consisten en que sin querer te espero. ¿Y sabes qué? Aunque me duele, aunque podría estar mejor, ser de otro color, o dolor, elijo quedarme en ese vaivén de ir queriéndote sin ya esconderme y sin saber si tú me perteneces. ¿Cómo decirme…? ¿De qué forma describirme…? Quería colocar el punto final, pero no quiero después de tantos suspiros y milagros entristecidos, te quiero, cariño, en mi pecho. Te quiero aquí conmigo. Dirán que una de las mayores locuras del amor es esperar al otro sin saber si sí o si no. Yo te espero con la fe colgando de la punta de mi corazón de donde le sangra una chispa de ilusión. ¿Se incendiará? ¿Estallará? ¿O se estrellará? Bueno, todas mis ideas inéditas, y muy ciegas, y bastante ensombrecidas, centellean allá en el cielo, se recrean en su único latir. Luego está mi ser poéticamente roto falleciendo, desvaneciéndose, vaciándose del eco hueco. Me pierdo, me encierro y, con todo ello, te alejo de mí como un colibrí. Me va picando la lengua y la oreja izquierda y siento un cosquilleo raro en mi ser interno porque aún arde ese fuego. Ahora, mientras voy imaginándome algún que otro cielo, oye, despierto, te observo en mi pensamiento y te ves tan imperfecto que, joder, me hallo queriéndote de forma incesante, indiscreta, directa y entera.
La última cicatriz
Justo en este preciso instante me ubico en ese limbo: si te sigo esperando o si me voy yendo. Solo se trata de tomar una decisión, de perderme aún más. Esta mañana rocé el cielo con la yema de mis dedos y caí descendiendo del derecho, quizás. Se está bien, pero aspiro a más, me quiero alcanzar ya que tú no sabes… Después, las mariposas, que iban arrasando la cólera, así, nerviosas enloquecieron todas. ¿Sabes? De tanto sonrojarse, pues estallaron porque se estamparon con la ilusión. Mucha perdición, y las perdices…, que acabaron comiéndose entre ellas en una tristeza profunda. Déjame decirte, tal vez, describirme o definirme, que soy aquella, la última cicatriz.
Cerrando etapas
Quizás, desordenando mi cabeza, o mi corazón que va ensangrentado, arrastrándose, encariñándose en un pasado. ¿Tal vez así huya y disminuya el dolor? Lo que pasa es que me da tanta pereza existir que no sé ni cómo sobrevivir. Pensé, sentí tan adentro, que el amor dolía. Resultó ser el desamor y la forma en que me quisiste que no es la que me pertenece ni la que me merezco. Cerrando etapas, así voy, así me ahogo, pues intento plantar la semilla, pero se considera tan metafórica que me pilla y, de tan pícara, se pellizca hasta arder y jamás florecer. Me quiere morder y soy tan lenta que culmino en el otro placer. ¿Cuál será? ¿Tendrá nombre? ¿Y apellido? Luego de ubicar las caóticas ideas, me quiero quedar, y ya. ¿Que cómo será? ¿Qué sucederá? El destino ya se agotó de ir tirando balas, así que como actualmente voy tomando decisiones, ¿Será que por eso todavía me pierdo?
El pero
Cuando intentas convencerte de una sola manera y de una única forma tan real y latente, significa que la frase que parece inédita ha sido transformada, sí, descolocada, conjugada, borrada y reescrita varias veces. Jamás podrás ocultar o cambiar el qué, el cómo quizás, pero la realidad escondida detrás y dentro de la verdad es la sinceridad completa, exacta, perfecta. Sí, la maldita y embrujada sentencia: que te sigo queriendo, que a pesar de todo te quiero, y hay un pero, y vaya si es jodido. ¿Dónde está el truco? ¿Eres el mago? Seguramente la magia la puse yo, de primera mano, con tanta ilusión que se incendió, que estalló el infierno de donde chispeaban brillando todas las estrellitas eternas, efímeras, encendidas, y muy enrojecidas, como mis costillas.
Las semillitas florecidas
Las palomas van suspirando, te busco entre las semillas de mi corazón que ya va sanando, a ver si te encuentro en aquel escondrijo, el huequito. Cómo duele y, al mismo tiempo, escuece, la rosa que parece que se sonroja, pero ya estalló sacándose de la herida la última, marchita. El caso es que está sangrando, intentando aguantar las ganas y los colores en los pétalos muertos. ¿Sabes qué pasa? Que se descosen, cada vez van menos deshilachados. «Es el proceso», dicen. «Trascender a otro ser, transformarse», dije yo. Para luego estancarse, ahí, en la misma miseria, aunque el bucle esté roto, quebrantado, se precipita por la escalera desde arriba y se va cayendo mientras se golpea al vaivén del querer quererse. Si en eso consiste la vida, me aptece seguir, por y para mí, desde dentro, siendo feliz.
Desbloquéate
Hola, ¿Cómo estás? O, mejor cuestión maldita: ¿Cómo te sientes? ¿Y hacia dónde te diriges? Pues me estoy yendo de mí, aunque me van brillando los ojos, dicen. ¿Será de tristeza, de amargura eterna o de ambas? Las pisadas las voy colocando del revés, pero no pasa nada, hasta que la patada alcanza el alma y, entonces, el balazo estalla y se estampa. Solo me paseaba por aquí para preguntarte, y he acabado cuestionándome. Siempre me rebota la miseria, la sombra, la duda inédita y tan extraña de ella que, bueno, se estrella, y se queda: se ha posicionado, está mirándome, y arrugo la frente, pestañeo tres veces. Detente, muere. ¿Y por qué no te desvaneces reflejo de mi queridísimo espejo? Oyes sin escucharte, sin siquiera percatarte de que ya vas tarde, porque el proceso de quedarse hueca, ¿En qué consiste? ¿En describirse en una novela, o algo así, y luego adueñarse de una misma y acabar desterrándose? Te comparto mi novela que se desgarra por si misma…