Voy tarde a la vida y, también, al acto de existir y de describirme. Porque, ¿Qué significa ser una, la que sea, estando inexistente? Un palpitar, un aletearse para acabar parándose siempre en el mismo, y mínimo, vaivén. Ven, ven y quédate. Agárrate, aférrate a mí, o al (otro) cora’. «Muñequita, muñequita», me dirá la mujercita. La del espejo me soltará, y holgada de autoestima sentenciará: «Has florecido, nena.» A posteriori la conciencia frunciendo el entrecejo, arrugando su alma bonita, suspirará con «Aún te falta un jardín por cuidar.» «¿Si le doy cariño, ternura y pasión se armará de florecillas?» Dudará la pregunta existente. Y, yo, literalmente, después de tantos agujeros y entre huecos ocultos y oscuros, me confirmaré mirándome de reojo: «Anna, ámate, riégate con todo el amor que tienes dentro.» Entonces, la sonrisa irá naciendo de la comisura de mis labios dejando el bombazo para el final, pero con mucho inicio; el precipicio que parece dar vértigo. Que, oye, tú huye, que eso de quererse es hermosamente doloroso. De lo entristecido va surgiendo el arte bonito. Pues eso, que ya me quiero, así, desde dentro.
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El amor, y un poco de ron
El amor rima con dolor, ¿Por qué le tengo tanto temor? ¿Será cuestión de romper los hilos? Esos del pasado, y pegarse tres tiros, después de que estalle el petardo. Sigo aquí, como cada jueves, quiero decir, viernes, estancándome en mi vaivén. De hueco en hueco porque me ahueco y, adueño, de yo que se qué. Siempre que puedo pico el anzuelo, caigo, muero y me encierro. El bucle parece algo sempiterno y, tanto, que continúo aquí. La poesía, sus versos, fueron aniquilados por la escritora que se suicida una y otra vez entre los manchas ennegrecidas del cielo. Parece que va a flotar la última gota que saldrá a posteriori de de entre mis pestañas, pero aguanta. Está guardándose, ocultándose. Se refugia en la cueva oscura, aguantando. Que sí, que no me mires así. Léeme del revés, quizás comprendas que contando hasta el número tres, culmines en el mismo lugar que no tiene ni hogar.
¿Será que el amor propio es quererse a una misma a pesar de cada defecto? Aunque, quizás crearse con efecto es otro suceso, pero yo ya estoy tan cansada de los secundarios, pues me van haciendo daño. Se han acojonado en mi propia cara. Si me florezco o si me dejo de florecer o si, por contra, me obligo a crecer porque las circunstancias vitales me lo ponen en bandeja y de otra solución no queda…
¿Qué? Café.
Luego, y sin querer, saco la bandera roja que afloja y ahí se queda, plantada, pues la motaña rusa está tan alocada y girada y doblada, que acabo yendo a pata coja. Descuélgame esta, que me remata la conciencia y, de tantas cuestiones sin respuesta, el maldito vacío regresa. Yo ya no sé si dolor rima con amor, lo que sí siento es que todavía me aterra la idea de ser querida mucho y mal. Aunque con dos hielos y un poco de ron, quizás, se pasa mejor y el corazón en vez de quedarse atragantado en la garganta, se queda enganchado en el pulmón derecho para provocarte un una parada cardiorespiratoria y percatarte de un solo hecho: que aún le quiero mientras me voy queriendo.
Solo me apetece llorar
¿Con insomnio? Me enchufo a la música y empiezo a leer, comiéndome la literatura como si no hubiera un mañana, total, ya es de madrugada. ¿Y sabes qué? La nada está latente a rebosar de placeres y vaivenes y nubes grisáceas. La luna brillante, y en soledad, estará latiendo por allá, en algún lado, pero yo sigo aquí, con ojeras y sofocada, que me llegan hasta los tobillos. Será duro el atardecer, o el amanecer, ¿qué más da? Porque golpeará tristemente y yo lo miraré y este me observará enrojecido y me percataré del simple hecho: sonrío porque te quiero, y me duele reconocerlo. Me mata saberlo, pues la consciencia, y el corazón, a conjunto con la irracionalidad reconocible, están, siempre, a flor de piel que estallan a la vez dándome a entender que sí y que no, un jodido vaivén interminable. Tengo los miedos al otro lado de la esquina, que se van tirando por los precipicios de algo intangible. ¿El dolor quizás? Cuando se junta con mis pestañas casi a punto por humedecerse parece que habite en mí un mundo inmenso e infinito de sombras descoloridas y, entre matices, la duda se asoma y yo solo me largo para terminar en otro placer del revés. Píllalo, álzalo al vuelo y arrasa con aquello, pues la vida ya no está conmigo sino sin mí.
¿Dejarse florecer o florecerme?
Porque cuando una se deja florecer, ¿Luego qué? ¿Qué de qué? Pues café y sumergirse en un breve latir diferente. Ir de frente, abrir las alas y sonreír porque sí. Cuando el otro día, precisamente ayer, alcé la mirada, vi algunas nubes de algodón en la entrada de mi corazón esperanzado, y esperando a que soplara con chispazos de ternura y vaivenes y de caricias, que estoy aquí latente, presente, queriéndome.
En la repisa de mis pulmones, que se ensanchan, de donde van naciendo flores ensangrentadas, pues ya no se quedan atragantadas ni arraigadas en mi pasado, spoiler: ha nacido un jardín rojizo, escasamente enfermizo, que parecía escurridizo, pero con sus tierras ya serenas, mucha tregua, pues todas las semillas fueron puestas. Y, con un redoble de tambores y dos parpadeos curiosos, ambos coras’ derramaron lo que quedaba de sangre espesa y disecada y negra y, al fin, se sanaron.
¿Qué sucedió, nena? Que el reflejo miró al espejo, o al revés, yo qué sé cómo fue, y se encariñó de una forma tan hermosa, poco rota, que se enamoró in crescendo de la otra yo: la metafóricamente poeta, de donde nace y surge como una seta, aunque paulatinamente, la escritora que fue inédita durante una época muy intensa, ahora extensa.
Y deja que me enrolle con mi futuro, sí, estoy a gusto, y me apetece galantearle, alabarle, jugar con él, hacerle el amor continuamente. Así voy, queriéndome.
Chinchín
Bonito atardecer se ha quedado detrás de mis pestañas húmedas, y mi corazón que se desangra. El pasado, que se refleja en aquel tipo de latir roto, esta para recordarme que sigo entristecida. Coloco prefijos, desencajo sufijos. Pongo puntos suspensivos y comas y acentos, pero el final, el maldito fin es inexistente. Arraigada, armándome de valor, voy de capullo en capullo porque no me queda otra que florecer, que ser, pues dejarme, irme, está de más. ¿Sería buena opción? Supongo que es solo la primera de muchas, sí, el jodido acto de decidir por mí y culminar en la otra cara del fastidio y, así, continuar ahí, en el huequito. ¿Por qué escribo en diminutivo? ¿Para disminuir el estallido? Si la sensación del caerse, arrasarse y matarse en vida es tan profundo que duele igual.
Sencillamente, dentro de lo complicado, me pasaba por aquí para pasearme, y eso significa que voy a retroceder dos pasos parar hacer un salto y quererme en el otro precipicio de mi queridísimo vacío. Es tan hermoso… se descojona y me hace cosquillas a la vez. ¿Sabes qué? Acabo de perder todos los hilos, los he olvidado y, por consiguiente, me he deshilachado.
¿Brindamos esta? Pero por nuestra presencia, que es ausencia. Por nuestro misterioso acto honesto de rompernos a pedazos. La vida, a fin de cuentas, es algo redondo, un círculo, un vicio, un bucle que se va repitiendo. Un cúmulo de cuentas pendientes, que continuarán colgando del tendedero.
Al grano: me paso por esta hoja ya casi llena de palabrería, y brujería, para concienciarme de que la vida es completamente asquerosa y que, en cuanto antes lo asuma, mejor.
La semilla ya florecida
Quedarme ahí, con las pestañas húmedas y un sabor agridulce. Ven, aquí, a mi lado. Recordémonos, al día de mañana, de una forma bonita, sí, de un palpitar a rebosar de amaneceres anaranjados. Por un precioso precipicio se me caen las puntas puntiagudas de mi cora’, y oye, está bien sentirse nublada, ennegrecida y turbada, aunque el cielo se vacíe adueñándose de no sé qué, de nubes de algodón. Son bonitas, ya que endulzan el alma, y la vida. Así es cómo me encuentro, porque después de todo, habita, siempre, otro lugar con más quizás. Los quehaceres se van yendo, se van quedando atrás, con un sabor raro, extraviado, de mí, a tres escasos pasos de ti, porque, bueno, la cantinela del ser vivo de ser feliz está poco apartada de nosotros. ¿Y de los otros? Vaya burrada; borrón, abro el cajón y el único refrán que huye por la ventanilla de mi cabecilla, se queda atrapado entre ambas ilusiones paralelas como la (otra) yo. Solo quiero matarme, agarrarme, quiero decir, asesinar al reflejo y a mis sombras y al miedo, y escupirles con una sensatez y cariño inmensos e infinitos, para que se conviertan, por fin, en inquebrantables. Sin querer, con intención e impulso, y armándome, anhelo que se abran mis alas y recorran absolutamente todos los recovecos de los cielos ensombrecidos de mis seres internos y, en vez de arrastrarse, arrasen hacia la desembocadura del paraíso para quedarse palpitando de forma eterna, para que la semilla culmine en un quererme sempiterno.
La vida, cuando se cae a pedazos
La vida, cuando se cae a pedazos, es a veces tan triste y hermosamente rota que simulo, sin querer, un romanticismo innato, cuando, realmente, es un grandioso desastre. Los sentimientos parece que están a flor de piel, del papel, que raspa y rasga y me amarga. ¿Seré yo? ¿O será la mera existencial vital? O será mi otra yo, la metafórica, sí, la que se plasma delante, o detrás, del espejo y su reflejo le va susurrando cosas, bueno, emociones extrañas y, entre todas ellas, cabe destacar la más mortal, y bonita. Entonces, la sombra que se agota y se cae rota y se marcha, así, de gota en gota, me sopla que me va a dar el consejo de no darme ninguno, porque, ¿Para qué? Para fastidiarla, ¿Sabes? Pues continuo mi camino, mi trayecto con toda la indumentaria y la artilleria pesada, y sigo con la bruma que normalmente es escuma, pero que es inmensa, pues es el océano, o aquella ola colérica. ¿Cuándo se me irá la culpa? ¿De qué hablas, nena? De la resaca emocional que voy llevando, así, en un gerundio que tiene poca prisa por acabarse. ¿Y a qué venía? ¿A escribir o a describirme? Perdona por ser tan imprecisa y poco concisa, a veces se me va la cabecita.
Pues eso, que la vida se me rompe a portazos y voy tirando porque no tengo otra salida, o sí, el caso es que ya no hay caso y, por eso mismo, me arraso. De las heridas, aún algunas quedan por cicatrizar, ya hablé en el pasado, pero es que siguen estando. ¿Y el miedo? Pensé, ilusa de mí, que se lo había comido el hueco. Resulta que está carcomiéndose mientras va relamiéndose cada espina de la rosa todavía marchita.
Mi trayecto por aquí, ¿Tenía intención? Un impulso raro con un pulso mal calibrado. Estoy temblando por dentro, mi querídismo corazón está arrastrándose y va amándose, pero por un recoveco que es el más pequeño, el diminuto, el del último minuto, o penúltimo.
Quería, ya lo digo, en pasado (siempre), plasmar cuatro versos absurdos y entrelazar las palabras y dejarme de tantos sentidos abstractos, pero aquí me ves, y no, relatando algo que ni va ni viene conmigo, aunque se aferra a mi ser. Así que, aquí van algunas palabras mal combinadas, conjugándose al son de mi vaivén, nada, escribiéndome, o escribiéndote. ¿Será el otro lado de la máscara? La sincera, la honesta y la leal. ¿Aquella que es bondadosa con el otro espejo? El de la verdad, o la realidad. Mira, acabo de delirar por quinta vez durante el día de hoy.
Me despido, y me voy.El amor se escapó
Me he dejado la libreta roja, y cada rosa, allá fuera. Se están marchitando, y enfriando, porque se quieren tanto que los colores, y dolores, repiquetean. Suenan los huesos y los reflejos de los espejos, sombras que se van ocultando para luego ir estallando, se van, pero en el otro vaivén. He perdido el tren porque fui caminando del revés por el andén. Los gusanillos de mi estómago se mueven rápidamente, las mariposas se han suicidado después de tantos daños consecutivos. Será el miedo, pienso. O el sufrimiento, siento, atragantado en mitad de mi garganta. El sabor, amargo, y el ir queriéndose de una forma tan sustancial y agridulce, me va matando. Agarro mis raíces por debajo de las pieles: ya no sé. Aún así, me percato de varios hechos, entre ellos, que me quiero querer y, alzando tanto el vuelo, me quedo en el gerundio sempiterno. Dejó de llover, la sequía ahora abunda. Me quiero quedar, de verdad que me gustaría, y sin necesidad. ¿Pero en qué consiste quererse? ¿Y amar? ¿El amor mutuo existiría? Porque si hablo, si narro, aquel de mi pasado, jamás tuvo acto de presencia. Simplemente hizo bomba de humo, y vaya si explotó. A posteriori, tristemente se exclamó, personificándose entre los pliegues, y recovecos, de mi ser que tenía un impulso ahuecado que se transformó el agujero. Aquí me pierdo, en la inercia, entre la peripecia y la voltereta.
¿Qué significa escribir bien?
El otro día, alguien, no recuerdo quién me soltó un: «Escribes bien». Entonces me puse a pensar, a reflexionar sobre qué sentido tiene, o contiene, la siguiente cláusula, una frase que sentencia y se planta y se queda, instaurándose en tu ser para el resto de tus días. Escribir sí, pero «bien». ¿Quién lo define? ¿Quién no? ¿Qué te dice que sea así? ¿Cómo te lo confirman? Quizás es que soy bastante insegura. Me soplarán, gritándole a los cuatro vientos: «Creételo más, pues eres escritora.» Eso creo, ¿O no? Acaso comprendes para qué escribo? Por necesidad, la de soltar e ir sanando, curándome y florecer, pero hay tantos matices y es un proceso tan largo, porque dura hasta fallecer, ¿Sabes? Aunque yo me maté y a mí me mataron tantísimas veces, incluso de forma real y leal con metáforas pintadas a pinceladas, y esbozos malditos (y marchitos) en la hoja, que mi corazón seguirá vívido.
Así que, «escribir bien», para mí, el significado que contiene es que mientras te describas y te deshaucies y te marchites y regreses para caerte y, bueno, lo transmitas desde un sentimiento a rebosar de vulnerabilidad, culminarás sintiéndote mal, y lo describirás bien.