¿Y cómo saberse finiquitar? ¿De qué manera saborearse las heridas ya cicatrizadas? ¿Y las semillas ya florecidas? ¿Será una sensación? ¿Una señal? ¿O una fórmula llena de incongruencias?
Darse el fin no es lo mismo que finalizar, ¿O sí? El caso aquí es que hay mucho aún por escribir. Una, quizás, acabará derramando varias lágrimas largas. Ella ya lo hizo. Sí, supone, otra amarga vez, que después del paréntesis, que a posteriori de la pausa, llegarán más, pero que, por ahora, ya.
¿Pero ya qué? Nada, sencillamente se entrevé las entrañas ya transformadas, además de sus costillas milagrosamente servidas, pues observa sus margaritas: están sanas, en un jardín brotado de una soledad monumental.
Ella ha florecido, así que, sencillamente, debe salir de entre las sombras ocultas e ir creyéndoselo, porque la niña convertida en mujer aún duda. Desconoce si colocar alguna coma, o si acentuar un poco más su paladar, de donde nacen las palabras que, luego, entrelaza a conciencia bruta. Son, conjuntas, un popurrí de sentimientos que salen a bocajarro convirtiéndose en algo.
Entonces, se pasea por aquí, por este recorrido tan increíblemente mortal para asegurarse de la distancia entre ella y el reflejo del espejo. Se miran, ambos, por fin, se observan de frente. Es el milagro.
Si usted, lector, quisiera saber y conocer si es su final, pues, sencillamente debe colocarse y analizarse. ¿Sabe qué va a concluir? Que es otro pésimo inicio, como todos, siempre lo han sido.

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