Queridísma yo, voy más muerta que viva, llevo tres borracheras de alma de más, las corazonadas van salpicándome y, bueno, son casi las siete de otra tarde de viernes, que parece más martes. Me voy a Marte, aunque siempre culmino aterrizando en uno de mis mundos paralelos. Las bocanadas arrasan tanto, porque mis besos se estancan en el aire para atragantarse, o jamás salir. El destinatario de todos ellos se apellida y tiene nombre, eso significa que está, que existe en este presente. Y, oye, quería, en pasado, huir, para dejar de sufrir. Mírame, más rota de cora’, sigo yendo coja. Arrópame, chiquilla. ¿Qué preguntaría la niña pequeña al otro lado de la línea telefónica? ¿Qué chiquilinada soplaría? Pues que si me estoy queriendo de forma sana. Uy, línea ocupada, actuaría la mujer en la que me he convertido hoy. Me quedaría colgada de dudas, enredándose, dejándome caer en un ovillo de nudos. ¿Y sabes qué? Que todos los hilos ya descosidos solo llevan a un único destino: el lugar donde habita el amor, y quizás termine el dolor por iluminarse una chispa llena de color. El cuadro, a posteriori, será la del enamoramiento mutuo y sincero y honesto y que, al fin y al cabo, después de tanto romperme, se acaben abriendo mis alas.
Categoría: Escritos
Me quiero, desde dentro
Voy tarde a la vida y, también, al acto de existir y de describirme. Porque, ¿Qué significa ser una, la que sea, estando inexistente? Un palpitar, un aletearse para acabar parándose siempre en el mismo, y mínimo, vaivén. Ven, ven y quédate. Agárrate, aférrate a mí, o al (otro) cora’. «Muñequita, muñequita», me dirá la mujercita. La del espejo me soltará, y holgada de autoestima sentenciará: «Has florecido, nena.» A posteriori la conciencia frunciendo el entrecejo, arrugando su alma bonita, suspirará con «Aún te falta un jardín por cuidar.» «¿Si le doy cariño, ternura y pasión se armará de florecillas?» Dudará la pregunta existente. Y, yo, literalmente, después de tantos agujeros y entre huecos ocultos y oscuros, me confirmaré mirándome de reojo: «Anna, ámate, riégate con todo el amor que tienes dentro.» Entonces, la sonrisa irá naciendo de la comisura de mis labios dejando el bombazo para el final, pero con mucho inicio; el precipicio que parece dar vértigo. Que, oye, tú huye, que eso de quererse es hermosamente doloroso. De lo entristecido va surgiendo el arte bonito. Pues eso, que ya me quiero, así, desde dentro.
Solo me apetece llorar
¿Con insomnio? Me enchufo a la música y empiezo a leer, comiéndome la literatura como si no hubiera un mañana, total, ya es de madrugada. ¿Y sabes qué? La nada está latente a rebosar de placeres y vaivenes y nubes grisáceas. La luna brillante, y en soledad, estará latiendo por allá, en algún lado, pero yo sigo aquí, con ojeras y sofocada, que me llegan hasta los tobillos. Será duro el atardecer, o el amanecer, ¿qué más da? Porque golpeará tristemente y yo lo miraré y este me observará enrojecido y me percataré del simple hecho: sonrío porque te quiero, y me duele reconocerlo. Me mata saberlo, pues la consciencia, y el corazón, a conjunto con la irracionalidad reconocible, están, siempre, a flor de piel que estallan a la vez dándome a entender que sí y que no, un jodido vaivén interminable. Tengo los miedos al otro lado de la esquina, que se van tirando por los precipicios de algo intangible. ¿El dolor quizás? Cuando se junta con mis pestañas casi a punto por humedecerse parece que habite en mí un mundo inmenso e infinito de sombras descoloridas y, entre matices, la duda se asoma y yo solo me largo para terminar en otro placer del revés. Píllalo, álzalo al vuelo y arrasa con aquello, pues la vida ya no está conmigo sino sin mí.
Latiendo del revés
¿Qué significará describirse bien, así, correctamente? Como poner a latir el cursor y que del teclado salten las letras y las teclas y las piezas, y entren en conflicto, en un bucle y choquen con ellas mismas y terminen estallando. Que los puntos suspensivos desaparezcan quedándose suspendidos en el aire, y que el punto coma sea solo eso, y ya que, con toda su parsimonia derretida -y suicida- se arrepienta. Observo cómo el acento se apostrofa apartándose para colocarse del revés y dividirse en tres metáforas distintas. ¿Y eso de incendiar con los puntos a las íes, y a los «casi» finales? ¿Cómo va? Quiero decir, ¿Cómo funciona? ¿Tendrá finalidad? ¿Concidirá con algún fin? Vaya primavera más seca y qué verano tan frío, enfermizo.
Soy aquella señorita terca que se avanza al reloj, incluso al suizo. La amenaza va y viene y se queda en una ola, la que antaño enloqueció. Ahora enmudeció, se le quebró la voz: la sombra, petada, se quedó en el pasado, aunque este sigue repiqueteando en los recovecos de aquí dentro,
y esté bien.
La semilla ya florecida
Quedarme ahí, con las pestañas húmedas y un sabor agridulce. Ven, aquí, a mi lado. Recordémonos, al día de mañana, de una forma bonita, sí, de un palpitar a rebosar de amaneceres anaranjados. Por un precioso precipicio se me caen las puntas puntiagudas de mi cora’, y oye, está bien sentirse nublada, ennegrecida y turbada, aunque el cielo se vacíe adueñándose de no sé qué, de nubes de algodón. Son bonitas, ya que endulzan el alma, y la vida. Así es cómo me encuentro, porque después de todo, habita, siempre, otro lugar con más quizás. Los quehaceres se van yendo, se van quedando atrás, con un sabor raro, extraviado, de mí, a tres escasos pasos de ti, porque, bueno, la cantinela del ser vivo de ser feliz está poco apartada de nosotros. ¿Y de los otros? Vaya burrada; borrón, abro el cajón y el único refrán que huye por la ventanilla de mi cabecilla, se queda atrapado entre ambas ilusiones paralelas como la (otra) yo. Solo quiero matarme, agarrarme, quiero decir, asesinar al reflejo y a mis sombras y al miedo, y escupirles con una sensatez y cariño inmensos e infinitos, para que se conviertan, por fin, en inquebrantables. Sin querer, con intención e impulso, y armándome, anhelo que se abran mis alas y recorran absolutamente todos los recovecos de los cielos ensombrecidos de mis seres internos y, en vez de arrastrarse, arrasen hacia la desembocadura del paraíso para quedarse palpitando de forma eterna, para que la semilla culmine en un quererme sempiterno.
Otra noche más, quizás
¿Me he quedado sin texto, sin contexto o sin sentimiento? La sensación ronda por mi corazón y, el hecho es que, bueno, ha muerto un trecho de mí o de mi ser o del reflejo de la sombra ennegrecida que cada noche se plasma mejor en el espejo. ¿Cómo definir o describirme? ¿Y la forma? ¿En qué se queda? ¿En la absurdez de lo abstracto o entre la multitud a rebosar de soledad? Así que, vuelo. Esta vez, o la otra, yo qué sabré, me estampé tan fuerte que me convertí en una mujer estrellada, llena de lunares y vacía de lugares, y con muchísimas tiritas. De las cicatrices ni me hables, déjalas allá, que quedan bonitas. Escúchame: oye, luego huye, aún así ve quedándote y si, por casualidad o causalidad, te permites arañarte la locura y prescindir de la cordura, descúbreme en otro instante, pues eres de las mías. Estoy narrando cómo serían las personas si fuesen personas (humanas), es decir, estoy aquí, yo, para descifrarte y confirmarte que yo soy una de estas. Quédate, sí, quédate si realmente quieres quedarte porque eliges y te escoges sin tanto revuelo, porque, ya lo sabes ¿verdad? Que todos viven de ilusiones y anhelos, pero la vida es tan jodida que te va matando de honestas, y sinceras, realidades.
Quítate la coraza
No sé ni para qué sigo intentando, eso de ir arrasándote y acabar arrastrándome. «Ahí no es», me mata la consciencia. «Déjalo ir, no estáis destinados», me remata el corazón, y la razón. Voy saliendo del caparazón, la cáscara se quebrantó. Lo siento, por las molestias causadas. Espera, cierro la puerta, y todas las ventanas también, por si entra el moscarrón: tú, que me agrietas poniéndome ojeras, agregándoles amargura, alejando la ternura, restándole sensatez, y cordura. Quiero locura, bebérmela, emborracharme con las estrellas, ser una de ellas. Amargada voy, amargada soy. Quítame, o quítate, el pestillo, el interior, donde late el dolor que va sin color, en una tonalidad grisácea: nos hacemos añicos. Ahora estamos hechos de pedacitos pequeños de nuestros pasados, de un nosotros rasgado, y muy arrugado, que ya ni arreglo tiene. Contiene ambos recuerdos, las sombras del espejismo, la ilusión aquella, rota. Al borde de la dulzura, de la cuerda floja, danza, bailando el vals del amor más triste: el acto, a rebosar de fe, de ir desenamorándose, de ir desencajando, de que aquello que nos unía y nos hacía al unísono, ahora suena como una guitarra sin afinar, como una partitura sin acordes, como una canción sin su melodía. Tan melódicamente me paseo por un atardecer vívido, anaranjado y enrojecido. Significa que la flor, la rosa está amanecida, y querida. El punto final resultó ser otro fin que culmina en el inicio de la semilla, del florecimiento.
El amor impropio de mí
Ir queriéndose a una misma al vaivén del run run del mar. Caerse, y que de corazonada a corazonada salte eso que bombardea dentro de ti tan fuerte, con tanta furia y de un sabor más dulce que amargo. Es la fiera que quiere salir a la profundidad e introducirse en otro amar, para luego enfurecerse de un amor bonito y leal. Es la madrugada de San Juan y con mi falda de flores, de colores verdosos, rosados y azucarados, voy estando bien. Armarse de valor, de uno entristecido y, en el chocar del enamoramiento, la ola nace, la que quiere saborearse, oler a sal y a arena y a cal y a alegría, que trasciende: ha dejado de ser hueco convirtiéndose, y convirtiéndome, incluso a mí, en otro latir. Aunque el cielo esté nublado, siempre va saliendo el sol, o la luna ennegrecida que brilla siendo la soledad absoluta. Ya quiero ser la loba o la bruja o la penúltima vida de la felina hambrienta, porque estoy preparada para lo que venga, y aquellos segundos que se marchan, que machacan o se arrastran… quieren dejarse existir, vivir.
El ambiente está abstracto, de un sentir bastante cálido, de un ver encanelado, enternecido. Un cuadro, ni gris ni pálido, tampoco lleno de anhelos ni a rebosar de deseos. Está vacío de todos los sacrificios ya hechos, que culminaron, quedándose estrellados en el pasado. Las caricias, los besos y los amantes siguen locos, y la música, que resuena en mis pupilas, solo se dedica a arroparme mientras voy queriendo al son del viento, tocando el suelo y a ras del cielo, en esta playa a las cinco de la mañana, que parece ser, por fin, un invierno estival. Y tanto que derrapo por mis raíces de donde se deshacen o rehacen las cicatrices. ¿De heridas? Pocas, la mayoría ya curadas, u odiadas o alocadas. El caso es que voy a terminar para volver a empezar.