Me he dejado la libreta roja, y cada rosa, allá fuera. Se están marchitando, y enfriando, porque se quieren tanto que los colores, y dolores, repiquetean. Suenan los huesos y los reflejos de los espejos, sombras que se van ocultando para luego ir estallando, se van, pero en el otro vaivén. He perdido el tren porque fui caminando del revés por el andén. Los gusanillos de mi estómago se mueven rápidamente, las mariposas se han suicidado después de tantos daños consecutivos. Será el miedo, pienso. O el sufrimiento, siento, atragantado en mitad de mi garganta. El sabor, amargo, y el ir queriéndose de una forma tan sustancial y agridulce, me va matando. Agarro mis raíces por debajo de las pieles: ya no sé. Aún así, me percato de varios hechos, entre ellos, que me quiero querer y, alzando tanto el vuelo, me quedo en el gerundio sempiterno. Dejó de llover, la sequía ahora abunda. Me quiero quedar, de verdad que me gustaría, y sin necesidad. ¿Pero en qué consiste quererse? ¿Y amar? ¿El amor mutuo existiría? Porque si hablo, si narro, aquel de mi pasado, jamás tuvo acto de presencia. Simplemente hizo bomba de humo, y vaya si explotó. A posteriori, tristemente se exclamó, personificándose entre los pliegues, y recovecos, de mi ser que tenía un impulso ahuecado que se transformó el agujero. Aquí me pierdo, en la inercia, entre la peripecia y la voltereta.
Categoría: Escritos
Estrellándome
Quiero, quiero bailar contigo y ser estrella y estrellarme en tus labios. Bésame despacio, hazme creer en el amor por primera vez. Quiéreme, quiéreme. Roza con la yema de tus dedos los míos, mira mi sonrisa, ¿sientes cómo late? Con solo verte todo se hace grande, eres inmenso porque las nubes grisáceas desaparecen y la tristeza huye de mi cora’. Somos tan felices, créate conmigo, seamos la misma canción.
Va a amanecer
Amanecerá, pero del revés porque los cielos se desbocan, se derraman, deabordándose, y ya. Sigo descendiendo en aquel vaivén que fue tan pasado y está aquí haciendo presencia con su esencia. Me caigo, mírame: soy torpe, pues puse el otro pie y ahora está agachado. ¿Mi corazón? Orgulloso, de mí, obviamente y, aunque hay instantes que alguien, la otra del reflejo del espejo, va cabizbaja, sin querer le hago cosquillitas: se pone a reír como una niña. ¿O es que ya lo es? Quiero decir, ¿ya lo soy? Siempre seré la inocente, y la rota, la muy rota y, de tanto, que explota. Déjame explicarte, o expresarme. Hace un par de años sí que estaba deslizándome por mi otra vida, la gris, ¿sabes? Ahora, desde hace tres tardes atrás, me observo, más que miro, y me veo. Ni sombras ni escupitajos. Eso sí, muchos garabatos e ir abriendo las cortinas mientras entra un sol que flipas y, cómo no, ir cosiéndose a una misma sombra. Hubo tantos meses que estuve a cinco latidos de pegarme cuatro tiros, pero como no había pistola, tampoco vivía en un piso con más de seis ventanas, solo me quedé. Aún así, se sentía: quería. El impulso se quedó retraído, después me puse a correr sin lápiz ni tiza ni papel, simplemente con el corazón que asaltó el tuyo. ¿O ya lo había conquistado? Pues fueron saliendo las palabras a balazos enredados, y muy enternecidos, sí, tenía sabor de nube algodón, de un sentido enamoradizo. Salieron endulzándose, las corazonadas serán ciertas.
El antepenúltimo
Tres escopetazos, cuatro bombazos y otro latigazo. ¿Será el último? Quizás no. Y de un golpe en el corazón me quedo en blanco, pero como ya estoy tan acostumbrada a la miseria, a los huecos y a las nubes estrelladas que se desbocan, me da absolutamente igual y, por eso, ahí levito, rozando las puntas de los malditos recovecos, de mis preciosos precipicios. Estoy así.
Quiero quedarme
Me apetece tantísimo describirme otra vez, como aquel día durante el amanecer o el atardecer. El caso es que iba en bragas y con un moño a medio hacer, o por deshacerse. Ahora estoy recostada sobre mi pecho izquierdo, que late y late y no se calla, y quiere gritarse a él mismo que se silencie, si puede o quiere.
Ahora estoy aquí sentada con una vida aún por esclarecerse, o derrumbarse. Estoy saciada de tantas conjunciones. Es que son como errores ajenos, opuestos al incendio que quiero declarar, que quiero armar. Al final me agarro en aquel hilo invisible y derrapo y me estampo. Sello el dolor con otro lápiz de color.
Ahora me hundo en este sillón y la hora pide a garabatos ensuciados de segundos y sin pausa que me quede, que levite en un tiempo inmortal. Y sigo, pero el puntero de no sé qué me está arrancando de esta comodidad sin dueño, pues se adueña de mi ser para obligarme a levantarme e irme.
Ahora quiero dejar de caerme, pero después de tantas carencias, y creaciones editadas miles de veces), solo queda caerse y enorgullecerse de ello. Incluso ensalzarse en mis vidas (tengo varias facetas) y reírme a carcajada limpia, con alma y un instinto animal por querer quererme.El poema desquiciado
Por fin digo «por fin» sin decir «por fin». Te parecerá extraño. ¿A mí? Cuéntame los lunares y déjate de cuentos que van sin fin o escasean de lucidez. Me apetece ser la luna, o cualquier estrella que no se estrelle. ¿Ya lo estoy siendo? Enamórate de la felicidad y siempre terminarás en el bucle del sueño que tiene mucha finalidad llena de verdad, una muy pura. ¿Y las historias? Mejor pregúntate si la nuestra es de un nosotros lejano o cercano, de aquí al lado de las praderas, o romerías. O del lado de los colores translúcidos en que abundan los amaneceres grisáceos. Yo me quiero, yo me quiero, yo me quiero… me voy diciendo. Quédate así quieto y no muevas ni un dedo, o muévelos todos. Solo me apetece ensuciarme de palabras inéditas o excluidas o extraídas o extranjeras. Sencillamente me encantaría ser la poesía en persona y, al final, mi cara, y toda yo, somos un poema, aquel de prosa poética: el más breve y, al mismo tiempo, el que narra la nada y es la nada a la vez. La mirada déjala en el pasado, que se estanque.
Qué hermoso, el quererse
¿Sabes qué sabor tiene el amor? Uno agridulce, quizás. En el más allá lo masticarás, incluso lo tragarás. O un balazo chocará contra tu cuerpo invisible e indivisible. Te crearás; serás. Otra forma de palpitar: entre bucles, pues eras tan transparente que, al cabo de diez años contados de pedacitos de arena, sumándose de tres en tres, te ves. Te reflejas en un océano indistinto, pero presente. Estás latente. Después de tantos entonces, te quieres de forma rara, lo eres. Eso de ir y venir y ser y caer y morir son nimiedades y, a pesar de todo, quedas en la nada. En una neblina espesa y tu cerebro es un «tabula rasa» que arrasa. Solo puedes, porque sientes, escribirte, y hay momentos que sin impulso ni lápiz ni papel ni corazón, y con mucha coraza que rebosa tu caparazón. ¿La razón? La dejaste oculta, ¿recuerdas? Sí, me rememoro en otro espejo y con otros reflejos y me percato de algo, de un hecho (o dos): que los días ya están contados y que culmino en la cumbre de mi sencillez, que el atardecer resurge entre mis pliegues risueños y que soy, queriéndome, una nueva mujer ya florecida. Oye, qué bonito se siente.
Siendo feliz como una perdiz
Llevo días sin describirme, introduciéndome en otro vaivén que viene más que se va. Voy bailando entre mis raíces. De ellas nacen las flores, nacen, y ya no se caen. Y, yo, que me creía perdida, oculta entre sombras, ahora, estas son otros borradores, ya desechados, y guardados en el cajón de mi corazón. Déjame estallar, me dice la otra del espejo donde me reflejo sonriendo. Por fin ya no siento ese «por fin» tan ansiado, y angustiado. Simplemente, ser.
Soy feliz como una perdiz, o dos.