Etiqueta: metamorfosis

  • Las presentes pestañas

    Las presentes pestañas

    Estoy en blanco, así que voy a leerme, a describirme con una abundancia de escasez de palabras, que rajan, que salen, que acuchillan y, luego, bueno, estallan como cualquier escoba mal puesta. Estoy, quiero decir, voy descolorada, desubicada, distorsionada, pues se me solapan las miradas, y las heridas mal curadas, mal cicatrizadas. Es que duelen, y escuecen un poco. Solo un poco y, vaya, qué rollo. ¿No? Coquetéame esta: me apetece ir a la biblioteca, necesito de aquella. Dependo de ella como del aire para respirar. Sobrevivo, y qué ganas. ¿Eh? ¿De qué? Si es que se me solapan las palabras, las ganas y las sonrisas. Ocúltame aquella milagrosa brujería, porque está muy ansiosa por salir escopeteada, así, disparada, y mojarme entera y, al fin, quedarme, yo, bien, bien contenta. Ciérrame la ventana, rómpeme el espejo, el viejo, y ofréceme un mar entero que, quizás, te concedo el Sí en este vaivén tan presente del amor porque el mar va y se quiere quedar. Eso de la magia…, se marcha sobrevalorada. ¿O era que se aleja a rebosar de soberbia y de superficialidad? Ahora que lo pienso. ¿Qué era un superlativo? ¿El verbo ya se ha conjugado o sigue incordiando? Pues yo me quiero quedar. Es que me apetece. ¿Y qué más? Dame gloria, dame paz, dame eso. Mucho más, pues ya no quiero desacelerar. Una vez que arranco, la niña, ya convertida en señorita, no piensa, ni por un segundo, parar. Si es necesario, arráncale las coletillas restantes, las espinillas que raspan, que hacen cosquillas. En definitiva, déjate ser ella misma, si aún le queda todavía la vía para provocar que la aorta estalle de una vez por todas. Apetece que se lleve, la toalla, de picardía, y que no se tire. Si tú puedes, nena, si tú quieres, explícame esta. A mí, sí, nárrame la acción de ser presencia, de la permanencia de una fe casi inédita. De la definición de la menos imperceptible, del irse pero ipso facto, en un pis-pás, en el acto. La metamorfosis acaba de empezar. Me siento fuera de esa sensación indiscutible, la observo y, luego, me como su pescuezo para culminar discutiendo, y también debatiendo, entre si sí o si tal vez no. Es innecesario que me beses las pestañas: están sonrojadas y sonrientes. Mételes caña.

  • La metamorfosis

    Es tan bonito que te hagan daño porque luego te vas reconstruyendo para acabar oliendo a mar, a nubes de algodón, a café y al atardecer anaranjado. Hablar las cosas, que entre palabras se cuelguen los corazones, que se abran y se partan en dos y así puedan seguir naciendo florecillas. Sí, se irán marchitando… ¿Pero y el proceso? La transformación es lo que nos queda, y ese acto de crecer, de ser y de volver a nacer por haberse matado una más de cuatro veces, es lo que nos hace abrir las alas, aletear y volar a ras de los recovecos de una misma. Y, joder, qué hermosura. Estoy narrando la metamorfosis del ser humano, pues el dolor ha trascendido a otro color. Me siento, y eso es lo mejor, lo sano, ir al grano, estamparse y a posteriori de la pausa, afrontar al reflejo del espejismo roto.