Etiqueta: amor

  • Floreciéndonos

    Me apetece escribir, pero no tengo el cómo y, para el colmo no lo logro alcanzar. Vaya desazón. Voy desganada. Sin actitud ni virtud, En contra de mi misma tiro, y la cuerda se afloja. Estoy colgando de un limbo. Me morí el otro día. Vaya cosas, ¿No? Es, supongo, irse para luego estrellarse y que estas salten para que terminen ahogándose en el triste mar de dudas. Se transformaron, evolucionando, cayéndose, yéndose, quejándose; un largo etcétera. ¿Nos vamos? Sí, yo qué sé, a dejarnos latir, a que nuestros seres vibren, y brillen lo suficiente para quedarse aquí a quererse. Voy ajetreada, como siempre, pero ya estoy agotada. Aun así, hay alguna novedad que se estanca en mi garganta. Hasta que no se tosa -me dio por la impersonalidad-, quiero decir, cuando aparezca el momento pues ya se ahorcará. Hablo del sueño, aquel lunático, muy empobrecido. Está quieto, deformado e inerte. Lo de intacto, ya si eso luego lo definimos. Oye, quiéreme. Me estoy desangrando por un agujerito. Quedo a la espera de tu voluntad por ir queriéndote sin desgarrarte a pedazos. De culetazos, y balazos, y así consecutivamente. Arréglame la artillería que pesa mucho, a toneladas. Porque se me fueron más allá del cielo, en el infierno, cada una de las lágrimas. ¿Viste mis ojeras? Mis ojos se deshicieron hace tiempo. Espera, que me vuelco en el pie derecho y recorro la carretera aunque esté rota o desigual. ¿Te apuntas? Te agrego a la lista de arrancarse los pétalos marchitos, que sino nos floreceremos.

  • El texto ya no es raro

    Hay instantes que pierdo los días y me pierdo aún más y pierdo la cuenta y la cabeza, y también el tiempo. Me descuento de más. Paseo desorientándome, porque los pies los coloco mal, quiero decir, uno delante del otro y entonces me tropiezo. Son tropiezos, para otros, y ya, pero para mí es un aprendizaje hacia abajo, del revés. O algo así. Me cuestiono, o dejo de preguntarme. Luego vivo. Alcanzo, llego al logro y sigo. Porque todo consiste en eso, en ir y venir e ir y seguir. Continuar tu propio rumbo hacia el pedestal y al subirte en él, que se rompa debajo de tus pies para acabar en tus propios pies, en el mismo suelo donde comenzaste a subir y a subir escalones y a subir y a subir y a seguir subiendo. Estoy aquí, escribiéndome. No sé, no lo sé. No sé si es algo placentero o algo triste o algo bonito. Quizás algo raro, fuera de mi ser interno porque, porque, porque, yo siento que me estoy queriendo.

  • O el desamor

    ¿Alguien me explica qué es el amor?

  • Hay días

    Hay días que una se siente rota y cansada. 

    Hay días que una quiere ser arropada.

    Hay días que simplemente queremos que se nos escuche. 

    Hay días grises,

    hay días ennegrecidos.

    Y hay días aún por pintar,

    aférrate a esos,

    como un primer aliento para empezar,

    otra vez,

    queriendo, así, con impulso.

  • Eso que siento es ilusión

    Ahora, estoy en una incógnita, y dentro de un cielo estrellado, y yo, emocionada por algo que aún no sé qué.

  • La sonrisa irónica

    La sonrisa se tira por el precipicio y ahí levita, allá ríe a carcajada limpia, ensanchada de una brevedad inédita, y escandalosa. Solo queda la rosa, escueta y sola y llena de soledad. Repiquetea, tanto, entre sus pétalos ya muertos. Hablando de tan pequeñas heridas no queda otra, no… Los pliegues están demasiado afilados, su abstractez deslumbra mientras van cortándose, arriesgándose.

    ¿Qué es el amor ajeno? ¿En qué consiste? ¿De qué va? De cólera, o colorado, vuelta al inicio. Se han descosido los hilos, desgarrados los dolores. Cómete la tristeza, me suelta el bombazo la alegría. Vaya ironía más rara.

    Cuestionándome, sentándome, y asentando el corazón que ya se esfumó de mi ser me vuelco en mí hasta dejar de latir. Voy sufriendo porque ya no existe otro fin; intento dentro del acto de intentarlo… y termino derrapando, surfeándome entre los huecos de mi queridísima rotura al borde de la dulzura amargamente descosida. Estoy ida: quiéreme, pues ya ni sé.

  • Días muertos, o vivos

    Días sin escribirme, recreándome en otro tipo de placer angustiado. Aquel vaivén: ir, venir, ir yéndome; ya me fui. Soy, ahora, una rosa. Ni marchita ni florecida. Solo creciendo mientras se ensancha, así, impersonalmente sin mente, siendo alguna demente. Estoy agotada de describir(me) siempre sobre la misma, y mísera, mentira, que ya ni se la cree la vecina. Al final, sin querer, soy yo o la del espejo, translúcido reflejo. ¿U ópaco? Lo que acaba, culmina y termina siendo algo indescriptible. Después de tantos segundos, regresé para ir perdiéndome, ahuecándome en otro tiro y afloja porque ¿Queda de algún intento más? Estallar del revés. ¿Ves? Hablo de los pedazos, de los cristales vacíos de lucidez. Voy tarde, como siempre. Cuando puedo, y porque quiero, todavía sigo aquí, en el querer -fallido- de alcanzar el tren. ¿O era que debía dejarlo fluir? Quizás así me iría mejor? ¿Porque en vez de derrapar por el infierno estaría desencajándome por los cielos, desubicándome? ¿Acaso serán los recovecos internos? Yo digo que sí.

  • (Des)dibujándome

    Estuve tantos minutos -míseros- sin prestarme, sin echarme atención que culminé en la creación sin canción. Entonces, recreo, rememoro. Punto y final con final. He sentido que te he querido tanto que me merezco un tipo de amor distinto. Ya no quiero ni tus caricias, ni tus palabras ni tampoco tus mentiras endulzadas de sobredosis aromática, y romántica. Me quisiste tan raramente, una dulzura fría, congelada. Porque creí que estabas llevándome a casa, y se ve, deduzco porque sí, porque he visto en mí, que jamás seremos hogar. El atardecer más caluroso, y hermoso, siempre comenzará aquí, en mi latir. Inicialmente respiro. Salgo a la superficie: ya dejé de ser la brubuja que flota como puede, como surja, y sobrevive porque ya no se sabe derretir en el otro lado de la ceniza en ruinas. Estallé. Ahora estoy fusionada, quiero decir, realidad y verdad dejaron de mirarse en el espejo vacilándose, pues no son reflejos sino destellos, son sinceros chispazos de un brillo racional, y descomunal. Lo denominado como que me convertí, al fin, en algo brutal. Estoy animalizada. A cachos -charcos metalizados- de hipérboles regreso en mi ser y, en vez de caer, camino sabiendo seducirme comprendiendo los pasos que voy haciendo. Y, y, me quiero. Sí, lo estoy sintiendo, ese acto tan hermosamente personificado en la flor de la pupila, de mi vida.

  • Muriéndome mientras te quiero

    Otra forma de morir, o de sanar. Con la bestia dentro, el monstruo se tranquiliza. Tu corazón brilla al son de aquella ola colérica, con furia. Mucha. Y la llama, que estalla, que aún estalla. Dime, solo respóndeme la pregunta:

    ¿Me estás queriendo al mismo tiempo que late el viento? 

    Porque yo sí, yo lo siento, aquí, en mi pecho. Y voy muriendo.