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  • La vida, cuando se cae a pedazos

    La vida, cuando se cae a pedazos, es a veces tan triste y hermosamente rota que simulo, sin querer, un romanticismo innato, cuando, realmente, es un grandioso desastre. Los sentimientos parece que están a  flor de piel, del papel, que raspa y rasga y me amarga. ¿Seré yo? ¿O será la mera existencial vital? O será mi otra yo, la metafórica, sí, la que se plasma delante, o detrás, del espejo y su reflejo le va susurrando cosas, bueno, emociones extrañas y, entre todas ellas, cabe destacar la más mortal, y bonita. Entonces, la sombra que se agota y se cae rota y se marcha, así, de gota en gota, me sopla que me va a dar el consejo de no darme ninguno, porque, ¿Para qué? Para fastidiarla, ¿Sabes? Pues continuo mi camino, mi trayecto con toda la indumentaria y la artilleria pesada, y sigo con la bruma que normalmente es escuma, pero que es inmensa, pues es el océano, o aquella ola colérica. ¿Cuándo se me irá la culpa? ¿De qué hablas, nena? De la resaca emocional que voy llevando, así, en un gerundio que tiene poca prisa por acabarse. ¿Y a qué venía? ¿A escribir o a describirme? Perdona por ser tan imprecisa y poco concisa, a veces se me va la cabecita.

    Pues eso, que la vida se me rompe a portazos y voy tirando porque no tengo otra salida, o sí, el caso es que ya no hay caso y, por eso mismo, me arraso. De las heridas, aún algunas quedan por cicatrizar, ya hablé en el pasado, pero es que siguen estando. ¿Y el miedo? Pensé, ilusa de mí, que se lo había comido el hueco. Resulta que está carcomiéndose mientras va relamiéndose cada espina de la rosa todavía marchita.

    Mi trayecto por aquí, ¿Tenía intención? Un impulso raro con un pulso mal calibrado. Estoy temblando por dentro, mi querídismo corazón está arrastrándose y va amándose, pero por un recoveco que es el más pequeño, el diminuto, el del último minuto, o penúltimo.

    Quería, ya lo digo, en pasado (siempre), plasmar cuatro versos absurdos y entrelazar las palabras y dejarme de tantos sentidos abstractos, pero aquí me ves, y no, relatando algo que ni va ni viene conmigo, aunque se aferra a mi ser. Así que, aquí van algunas palabras mal combinadas, conjugándose al son de mi vaivén, nada, escribiéndome, o escribiéndote. ¿Será el otro lado de la máscara? La sincera, la honesta y la leal. ¿Aquella que es bondadosa con el otro espejo? El de la verdad, o la realidad. Mira, acabo de delirar por quinta vez durante el día de hoy.
    Me despido, y me voy.

  • Otra noche más, quizás

    ¿Me he quedado sin texto, sin contexto o sin sentimiento? La sensación ronda por mi corazón y, el hecho es que, bueno, ha muerto un trecho de mí o de mi ser o del reflejo de la sombra ennegrecida que cada noche se plasma mejor en el espejo. ¿Cómo definir o describirme? ¿Y la forma? ¿En qué se queda? ¿En la absurdez de lo abstracto o entre la multitud a rebosar de soledad? Así que, vuelo. Esta vez, o la otra, yo qué sabré, me estampé tan fuerte que me convertí en una mujer estrellada, llena de lunares y vacía de lugares, y con muchísimas tiritas. De las cicatrices ni me hables, déjalas allá, que quedan bonitas. Escúchame: oye, luego huye, aún así ve quedándote y si, por casualidad o causalidad, te permites arañarte la locura y prescindir de la cordura, descúbreme en otro instante, pues eres de las mías. Estoy narrando cómo serían las personas si fuesen personas (humanas), es decir, estoy aquí, yo, para descifrarte y confirmarte que yo soy una de estas. Quédate, sí, quédate si realmente quieres quedarte porque eliges y te escoges sin tanto revuelo, porque, ya lo sabes ¿verdad? Que todos viven de ilusiones y anhelos, pero la vida es tan jodida que te va matando de honestas, y sinceras, realidades.

  • Quítate la coraza

    No sé ni para qué sigo intentando, eso de ir arrasándote y acabar arrastrándome. «Ahí no es», me mata la consciencia. «Déjalo ir, no estáis destinados», me remata el corazón, y la razón. Voy saliendo del caparazón, la cáscara se quebrantó. Lo siento, por las molestias causadas. Espera, cierro la puerta, y todas las ventanas también, por si entra el moscarrón: tú, que me agrietas poniéndome ojeras, agregándoles amargura, alejando la ternura, restándole sensatez, y cordura. Quiero locura, bebérmela, emborracharme con las estrellas, ser una de ellas. Amargada voy, amargada soy. Quítame, o quítate, el pestillo, el interior, donde late el dolor que va sin color, en una tonalidad grisácea: nos hacemos añicos. Ahora estamos hechos de pedacitos pequeños de nuestros pasados, de un nosotros rasgado, y muy arrugado, que ya ni arreglo tiene. Contiene ambos recuerdos, las sombras del espejismo, la ilusión aquella, rota. Al borde de la dulzura, de la cuerda floja, danza, bailando el vals del amor más triste: el acto, a rebosar de fe, de ir desenamorándose, de ir desencajando, de que aquello que nos unía y nos hacía al unísono, ahora suena como una guitarra sin afinar, como una partitura sin acordes, como una canción sin su melodía. Tan melódicamente me paseo por un atardecer vívido, anaranjado y enrojecido. Significa que la flor, la rosa está amanecida, y querida. El punto final resultó ser otro fin que culmina en el inicio de la semilla, del florecimiento.

  • El amor impropio de mí

    Ir queriéndose a una misma al vaivén del run run del mar. Caerse, y que de corazonada a corazonada salte eso que bombardea dentro de ti tan fuerte, con tanta furia y de un sabor más dulce que amargo. Es la fiera que quiere salir a la profundidad e introducirse en otro amar, para luego enfurecerse de un amor bonito y leal. Es la madrugada de San Juan y con mi falda de flores, de colores verdosos, rosados y azucarados, voy estando bien. Armarse de valor, de uno entristecido y, en el chocar del enamoramiento, la ola nace, la que quiere saborearse, oler a sal y a arena y a cal y a alegría, que trasciende: ha dejado de ser hueco convirtiéndose, y convirtiéndome, incluso a mí, en otro latir. Aunque el cielo esté nublado, siempre va saliendo el sol, o la luna ennegrecida que brilla siendo la soledad absoluta. Ya quiero ser la loba o la bruja o la penúltima vida de la felina hambrienta, porque estoy preparada para lo que venga, y aquellos segundos que se marchan, que machacan o se arrastran… quieren dejarse existir, vivir.
    El ambiente está abstracto, de un sentir bastante cálido, de un ver encanelado, enternecido. Un cuadro, ni gris ni pálido, tampoco lleno de anhelos ni a rebosar de deseos. Está vacío de todos los sacrificios ya hechos, que culminaron, quedándose estrellados en el pasado. Las caricias, los besos y los amantes siguen locos, y la música, que resuena en mis pupilas, solo se dedica a arroparme mientras voy queriendo al son del viento, tocando el suelo y a ras del cielo, en esta playa a las cinco de la mañana, que parece ser, por fin, un invierno estival. Y tanto que derrapo por mis raíces de donde se deshacen o rehacen las cicatrices. ¿De heridas? Pocas, la mayoría ya curadas, u odiadas o alocadas. El caso es que voy a terminar para volver a empezar.

  • La metamorfosis

    Es tan bonito que te hagan daño porque luego te vas reconstruyendo para acabar oliendo a mar, a nubes de algodón, a café y al atardecer anaranjado. Hablar las cosas, que entre palabras se cuelguen los corazones, que se abran y se partan en dos y así puedan seguir naciendo florecillas. Sí, se irán marchitando… ¿Pero y el proceso? La transformación es lo que nos queda, y ese acto de crecer, de ser y de volver a nacer por haberse matado una más de cuatro veces, es lo que nos hace abrir las alas, aletear y volar a ras de los recovecos de una misma. Y, joder, qué hermosura. Estoy narrando la metamorfosis del ser humano, pues el dolor ha trascendido a otro color. Me siento, y eso es lo mejor, lo sano, ir al grano, estamparse y a posteriori de la pausa, afrontar al reflejo del espejismo roto.

  • El amor se escapó

    Me he dejado la libreta roja, y cada rosa, allá fuera. Se están marchitando, y enfriando, porque se quieren tanto que los colores, y dolores, repiquetean. Suenan los huesos y los reflejos de los espejos, sombras que se van ocultando para luego ir estallando, se van, pero en el otro vaivén. He perdido el tren porque fui caminando del revés por el andén. Los gusanillos de mi estómago se mueven rápidamente, las mariposas se han suicidado después de tantos daños consecutivos. Será el miedo, pienso. O el sufrimiento, siento, atragantado en mitad de mi garganta. El sabor, amargo, y el ir queriéndose de una forma tan sustancial y agridulce, me va matando. Agarro mis raíces por debajo de las pieles: ya no sé. Aún así, me percato de varios hechos, entre ellos, que me quiero querer y, alzando tanto el vuelo, me quedo en el gerundio sempiterno. Dejó de llover, la sequía ahora abunda. Me quiero quedar, de verdad que me gustaría, y sin necesidad. ¿Pero en qué consiste quererse? ¿Y amar? ¿El amor mutuo existiría? Porque si hablo, si narro, aquel de mi pasado, jamás tuvo acto de presencia. Simplemente hizo bomba de humo, y vaya si explotó. A posteriori, tristemente se exclamó, personificándose entre los pliegues, y recovecos, de mi ser que tenía un impulso ahuecado que se transformó el agujero. Aquí me pierdo, en la inercia, entre la peripecia y la voltereta.

  • ¿Qué significa escribir bien?

    El otro día, alguien, no recuerdo quién me soltó un: «Escribes bien». Entonces me puse a pensar, a reflexionar sobre qué sentido tiene, o contiene, la siguiente cláusula, una frase que sentencia y se planta y se queda, instaurándose en tu ser para el resto de tus días. Escribir sí, pero «bien». ¿Quién lo define? ¿Quién no? ¿Qué te dice que sea así? ¿Cómo te lo confirman? Quizás es que soy bastante insegura. Me soplarán, gritándole a los cuatro vientos: «Creételo más, pues eres escritora.» Eso creo, ¿O no? Acaso comprendes para qué escribo? Por necesidad, la de soltar e ir sanando, curándome y florecer, pero hay tantos matices y es un proceso tan largo, porque dura hasta fallecer, ¿Sabes? Aunque yo me maté y a mí me mataron tantísimas veces, incluso de forma real y leal con metáforas pintadas a pinceladas, y esbozos malditos (y marchitos) en la hoja, que mi corazón seguirá vívido.
    Así que, «escribir bien», para mí, el significado que contiene es que mientras te describas y te deshaucies y te marchites y regreses para caerte y, bueno, lo transmitas desde un sentimiento a rebosar de vulnerabilidad, culminarás sintiéndote mal, y lo describirás bien.

  • Estrellándome

    Quiero, quiero bailar contigo y ser estrella y estrellarme en tus labios. Bésame despacio, hazme creer en el amor por primera vez. Quiéreme, quiéreme. Roza con la yema de tus dedos los míos, mira mi sonrisa, ¿sientes cómo late? Con solo verte todo se hace grande, eres inmenso porque las nubes grisáceas desaparecen y la tristeza huye de mi cora’. Somos tan felices, créate conmigo, seamos la misma canción.

  • Querida, la otra yo

    Queridísimo diario, ¿Me sale a cuenta esperar tantos días a alguien? Se rompen los años a añicos combinando con los daños. Le soplé tan intensamente a la esperanza, que se fue deshilachando hasta ahora: acaba de estornudar. La vida va de caerse, de derretirse y que el corazón se vaya, cosiéndose sin aguja. El mío hace ya hipotecas, aún ni empezadas, que se marchó. Estoy triste, ¿Tú no? Los planes cambian, con ello el rumbo. Después de cantar a los pájaros y contar los céntimos que tengo, y desencantarme, dejándome tirada, allá, enturbiada en la parte trasera de mi cabeza, me percato del otro hecho, que solo hay todo un techo y medio trecho: estuve desesperándome, despedazándome, ¿Sabes a quién echaba en falta? O de más… A mí, a mi ser interno, a mis florecillas marchitas, que son lágrimas de cristal arrasando los cielos, los suelos y los infiernos. Estamos enfermos: a veces queremos querernos o que nos vayan amando, apreciándonos. Al final, nos dejamos, y las caricias tan coléricas se transforman en algo monótono, moribundo y gris. Aunque de los cuadros translúcidos, despintados y coloreados de tonalidades ennegrecidas, saldrá la pincelada iluminada, la que se mata convirtiéndose en la estrella. Soy ella.