Autor: perezitablog

  • Aquella estrella

    La nube grisácea, late pálida, de donde le van naciendo alas encarceladas, entrelazadas. Se enrollan, o se enredan, entre ellas. Otro tipo de vuelo, de aleteo y de arrasar a ras del cielo. ¿Cómo una puede derrapar sin parar? Es que la muletilla está tan presente. Se palpa, se palpitó y se marchó. Transparentemente me revuelco entre el barro. Ah, ¿Que no te lo dije? Hace ya varios instantes, inéditos e inertes, que caí. Por eso estoy así.

    ¿Cómo? ¿Por qué preguntas? Se me escapan de las manos, las dudas, escribo. Regreso a la puerta de atrás, por donde empezó la ruina, y la rutina. ¿Sabes qué es fingirse? ¿Y fingir? A mí me van doliendo los dedos de los pies, y el corazón. Sí, de tantos intentos por querer quererme. Si es que (otro pretexto absurdo) culmino del revés. Un, dos, tres y procede -la mujer- a caerse indirectamente.

    ¿El alma está en el pecho derecho? ¿Se encuentra o más bien se pierde? ¿Cuándo? ¿En qué espacio atemporal? En el de la muerte del otro universo impropio; un pronombre muy suyo. La vida, entonces, va pasando y, paseándose en aquel «no sé». ¿Y tú qué? ¿Qué miras? Espejo roto, que te observo desde aquel reflejo. La sombra, como siempre, oculta en sus ensombrecidos… qué pícara. Le encanta eso de la inexactitud, las curvas rectilíneas, las noches primaverales y, sobre todo, la luna estrellada en su soledad.

    Yo soy ella, y qué gustazo.

  • Sonidos entristecidos

    Soy dos vacíos en constante motivimiento, entrelazando bucles.

  • Máscaras

    La máscara de la hipocresía es un conjunto de balas perdidas, y partidas en dos, en tres, en cuatro y en cinco. Porque se pone, se quita y se pone y se quita hasta se coloca y ya jamás se marcha. Se queda, otra técnica, quizás, la de la estatua que no sabe -ni quiere- quedarse estática. Estéticamente, la forma (abstractamente rota) se va reconstruyendo. Entonces la otra deformación, menos hueca, más uniforme, aletea, aquí o allá, qué más dará, pues se marchitó; esfumándose. De mientras, los latidos estaban quietos porque la inercia yendo por cada idea lejana, nacida de la nada, surge deprisa. Paseate, paseate que te pisa la prisa. Arrancándose el motor que tanto estalló a causa del fuego; el humo salió cerrando de un portazo el pasado, que se quebrantó en su propio llanto bucólico: el bucle infinito.

    Me arrimo, sin ocultarme y conectándome, a todas mis iras. Son, y siempre serán, las sombras malditas.  Aquellas idas y venidas. Por las carreteras se caen, (se caen) las florecillas, aún siendo primavera, por las rejillas de los cielos casi oscuros de tonalidades vitales. Salen, y saliendo, el sol resplandece. Es el mío. No hablo de palomas ni de palomillas. Te estoy describiendo un par de colillas en cenizas, o se las coletillas, o las comillas; de como van flotando en el vaivén del papel en blanco que, bueno, terminó empalideciendo. Diciendo burradas hiperbólicas unas detrás de otras, consecutivamente y, consecuentemente, regreso para convertirme en la penúltima cara hipócrita. Me lanzo.

  • El texto ya no es raro

    Hay instantes que pierdo los días y me pierdo aún más y pierdo la cuenta y la cabeza, y también el tiempo. Me descuento de más. Paseo desorientándome, porque los pies los coloco mal, quiero decir, uno delante del otro y entonces me tropiezo. Son tropiezos, para otros, y ya, pero para mí es un aprendizaje hacia abajo, del revés. O algo así. Me cuestiono, o dejo de preguntarme. Luego vivo. Alcanzo, llego al logro y sigo. Porque todo consiste en eso, en ir y venir e ir y seguir. Continuar tu propio rumbo hacia el pedestal y al subirte en él, que se rompa debajo de tus pies para acabar en tus propios pies, en el mismo suelo donde comenzaste a subir y a subir escalones y a subir y a subir y a seguir subiendo. Estoy aquí, escribiéndome. No sé, no lo sé. No sé si es algo placentero o algo triste o algo bonito. Quizás algo raro, fuera de mi ser interno porque, porque, porque, yo siento que me estoy queriendo.

  • Irse

    Ir yéndose, en un gerundio singular y muy desigual, ¿sabes? Te lo voy preguntando, así, precipitadamente y con las dudas saltando a bocajarro desde el precipicio. Abundan las carencias, escasean las caricias, aunque las ennegrecidas… y, si escribo del amor, su polo opuesto -y cojo- me engancha llevándome de pies a cabeza directa a la secta uniforme: el caos.

    Los cables los tengo desenchufados y, además, se enredan entre sí. El que bombardea provoca estallidos, chiquititos, de felicidad, porque la angustia se marchó angustiada. Pero yo sigo aquí, cayéndome aún creyendo que estoy caminando. ¿Realmente? Mi muerte esá, ahí, esperando latente.

    Las tardes de café en la playa (cuadro mental irónico) se desubican, desencajan en mi contexto. ¿Será que tanto me quiero ir que no sé? Ni cómo ni cúando… aunque el acto siga presente.

    Quiéreme, pero vete ya. A mí, en un yo-verdadero, me está costando irme, de ti. De la ficticia sé a la perfección, probablemente idílica y surrealista, que está ida en una vida distinta. Significa que ya se fue. Significa que dejó de quererte. Significa que se está queriendo con certezas. Pero, sin pretextos, continuo describieno al yo-poético. Sí, el que se encuentra al lado inédito e interno del espejo. Créeme, quería fundirse, unirse, al yo-real. Cada una de las sombras se quedan por el transcurso vital, en el pasado aún por florecer. Intentando procesar aquellas roturas al borde de las costuras de mi corazón, he llegado, como he sabido, a una sola  conclusión: que al salir, por fin, del caparazón, en un futuro faltará seguir amándose, (des)armándose de valor.

  • O el desamor

    ¿Alguien me explica qué es el amor?

  • Otro inicio, un nuevo indicio

    Esta semana ha consistido, básicamente, en volver a encontrarme, porque después de ir cayéndome del derecho y del revés, estoy aprendiendo, y es un arte, y un vaivén. Así que me agradezco, sí, a mí. Me escucho, me sostengo. Me estoy queriendo. Ya no se me hace tarde, los días van yéndose y, yo, con ellos, vuelo.

    ¿Sabes qué? Ven, ven y quédate, aquí, en tus raíces y, luego, déjate estallar en otro latido. ¿Pero qué está sucediendo? Que él está allí, sentado con un cigarrillo y el libro abierto mientras voy disfrutando de su mirada, del ir palpitando con paz y mucha tranquilidad.

    A todo esto, ¿A ti cómo te está yendo? Estoy llegando para sorprenderte con mis obras, si es que caben en el concepto de literatura y, ¿Qué será? O, mejor cuestión aún, ¿Qué significa, para ti, estar escribiendo?

    Para mí es un ir sintiéndome en un bucle constante, hermosamente roto.

    ¿Te gustaría leerme? ¡Únete a mis libros!

  • Al vaivén del desamor

    ¿La verdad? Siento que me he desenamorado de ti, siento que se han caído todas las ilusiones. Me siento culpable. He intentado volver a construir, reparar, meter los «te quiero» en el corazón, y solo caben en aquel rincón, metidos, todos, dentro de un cajón. Y ya no puedo más. A causa de ello me estoy rompiendo a pedazos cada vez más diminutos. Soy la tristeza personificada. Voy bailando con ella al son del desamor.

    Y, me cuestiono, ¿Qué es el amor? ¿Para qué querernos? ¿Por qué nos amamos? Siento que ya no siento. La nada, tabula rasa. Un vacío, y otro y otro y otro y se van juntando y a pesar de tantos lloro internamente. La sequía, cada noche, se manifiesta. Créeme, me voy a crear, pero a va ser sin ti porque he dejado de quererte.

  • He muerto

    Voy mareada por mi existencia vital, pues mis alas, saciadas, y todos los pétalos, rotos, y vacíos, se han ido. Tanta sed y, al final, ¿Para qué? Para perderse en un bucle continuo y a rebosar de sequía. Desubícate, esta es la respuesta a todas tus cuestiones que van saltando en tu cerebro. Después, quédate agárrate, aférrate y abrázate con un tipo de cariño inédito, pero sincero.

    Porque de café a café voy perdiendo la fe. Un, dos, tres, reírte del revés. Precipicio ven a mí, ¿O me transformé en este y aquel y el de más allá? Supongo, por colocar alguna palabra absurda, que el pasado tan lejano aún late: se sigue escribiendo. El bolígrafo va dudando entre las certezas y las verdades. Las mentiras escupen realidades a mares. Bueno, enamórate, o enamórame. Bésame los destellos tan rotos, las ojeras ya aburridas de un cansancio inagotable, indesctructible, y sobretodo las alas de mi reflejo. Es que, es que…, de pretexto a paratexto en un bucle y tiro porque me alejo de las sombras. Aunque no lo parezca, me asemejo al reflejo del que todavía le falta latir. Otro partir, irse del poema enfermo, o convertirse en la lírica que está ya fuera del combate. Clavarse la bandera en el pecho, plantar la tristeza en una propia rareza.

    Quédate.