Autor: perezitablog

  • Hueso

    Un espejo en su derecha, un hueco en su izquierda. Se miró, se observó y se odió. Fracturada, aquella era la palabra para definir su cuerpo. Estaba desnuda, un reflejo vacío, un corazón frío. Se puso detrás de la oreja un mechón castaño, que caía delicadamente por su rostro. Su rostro; sus ojos hundidos, moratones debajo de ellos, cansados y una lágrima corriendo por su mejilla, después otra y, unas cuantas más. Infinitas, inalcanzables, quebrantables. Sollozos discretos, sinceros.

    Después de secarse con la yema de los dedos las gotas saladas, abrió el grifo y se lavó la cara con agua endulzada, que seguía cayendo, abundante en cada rincón de aquel baño. Levantó la cara, igual de marchita, pero no tan mojada, y se giró bruscamente, dándole la espalda al espejo. Se sentó en el suelo porque sus piernas ya no podían soportar tanto dolor y, entonces, observó su alrededor.

    Cuatro paredes, azules, un váter blanco, donde encima había ropa, y una ducha, a conjunto con un corazón roto, un trozo de razón perdida, la locura amanecida, un cuerpo destrozado y una chica aun con vida. ¿Qué hacía allí metida si se quería? Odiándose, pero se quería. Era una bonita forma de amarse, odiarse. Aun así, al cabo de unos minutos, largos, decidió vestirse con la ropa que tenía encima del váter y salir.

    Temblorosa, temiendo, cogió el mango de la puerta y, aquella, se abrió. Salió entrando en otra habitación. Anduvo hacia la ventana y se quedó observando el paisaje. Árboles con las hojas anaranjadas, secas, un río sin agua y montañas desérticas; el otoño más triste de su vida.

  • Lluvia, llora

    Mírala, mírala que bonita ella, como llora, como destella, como enciende el fuego en una alma enternecida. Como arrasa, arranca y abunda en destruir. En destruir todo aquello que quiere, que ama. Que la vuelve loca y ya no puede tener entre sus delicadas lágrimas y, que, estas, salen a relucir, a brillar, a la oscuridad amanecida.

    Porque anduvo hacia su rumbo, empezando a resquebrajar un corazón, a iluminar, aquellos ojos tan comunes, marrones.

    Porque estaba maldita y era hechicera, endemoniando los cielos llenos de ángeles puros, es decir, de muertos que quieren morir y siguen viviendo. Esos sí que son valientes, alzan sus copas al infierno y tiran al regazo de Satanás los residuos de sus bocas.

    Sus lágrimas, ahora las que son disparadas por las nubes, seguían cayendo como cascadas, pero detenidas en medio del rumbo pues eran disecadas, aplastadas con las yemas de sus dedos. Rayos y truenos.

  • un poco quizás

    Soy un caos solitario, quien anda sin rumbo creyendo en un destino indefinido, sumergido.

    Sólo, quiero volar. Sólo eso. También respirar, un poco quizás. Llenar mis pulmones de sinceridad y salir a buscarte, para encontrarte y cantarte, soplarte, todo lo que no te dije en su momento, porque, tal vez, no alcancé mi sinceridad máxima. Sé y siento que me entiendes, y que eres mi única salida, aunque seas mi principio y mi final. Te necesito, eso es todo. Y, aun así sin buscar tu necesidad, me siento viva pero más aun cuando tú estás conmigo, hablando como un amigo incondicional, porque, ¿qué somos?

    Después de todo, nada ha cambiado excepto mis sentimientos por ti y los tuyos por mí. Siento que te quiero y, ahora, más que nunca, te necesito. Porque no hay nadie en este mundo que me entienda, ni comprenda, ni tenga la intención de hacerlo. Sólo te pido que sigas vivo, que conmigo no te vas a arrepentir.

    Que volaremos hacia la eternidad, seremos, sobretodo, seremos, ¿sí? Ojú, estés en aquel lugar tan inesperado, tan deseado y me anheles con toda tu alma como yo hago contigo. ¿Sabes? A veces siento como el mundo se me cae encima y me hundo hacia la deriva, sin poder, ni querer, seguir. ¿Pero qué puedes hacer? Si lo único que se debe hacer en este mundo es seguir. ¿Y por qué no te paras un instante? Detente, ¿dónde vas corriendo tan deprisa? Espérate, que la risa estalle. No corras tanto, camina, lentamente. Porque, hay que saborear el tiempo, el instante, y fotografiarlo. Por eso nunca dejo de observar el paisaje, porque va a tiempo con mi corazón, acompañándome en cada estación.

  • letras

    Quiero quererme,

    quiero quererte.

    Caerme,

    recomponerme,

    besarme,

    amarme y,

    volar.

    Volar hacia ningún lugar,

    alargar las palabras y

    besar aquellas amargas;

    enloquecerme en ellas,

    bellas.

    Quiero que me quieran,

    que me amen.

    Quiero ser querida por ellas,

    todas mis voces en letras,

    melodías marchitas,

    -melancólicas, florecidas-.

    Renovarme y empezar otra vez,

    pero contigo.

    Y es que siempre sales,

    sin testigo,

    con abrigo enternecido,

    dormido, cariño.

  • Una noche de ensueño

    -Sólo quiero a alguien que se estire a mi lado, en el suelo y espere a que me levante, o me hunda más, mientras miro las estrellas en el cielo.

    -Pues vamos -dijo, levantándose del banco. -Estírate conmigo, aquí, en el suelo.

    -¿Ahora?

    -Sí.

    Se sorprendió, de hecho no se lo esperaba. Vio como él se estiraba en el suelo y, ella, lo hizo también, riéndose de la situación.
    Estaban en una plaza, cualquiera, ¿qué importaba el lugar? Si cuando estaban juntos el mundo era distinto. Más sencillez y lucidez.
    El cielo estaba estrellado, entonces, dijo, mirándole:

    -Estamos locos.

    -Quizás seamos nosotros los cuerdos en un mundo de locos.

    -Estoy cansada de la vida ¿sabes? De esa monotonía que no se rompe.

    -Ahora la estamos rompiendo ¿no lo ves?

    -Sí, pero eso será sólo un momento, que se desvanecerá con el tiempo.

    -Yo lo recordaré, siempre te recuerdo.

    -Y yo..

    -¿Tú qué?

    -Te quiero. -dijo en un susurro con el corazón palpitándole a mil por hora.

    -Ven, levántate. -le ofreció la mano y ella, con ayuda de él, se levantó.

    Entonces se puso a correr hacia el medio de la plaza.

    -¡Grítame!

    -¿Cómo que te grite? -dijo, sin alzar la voz y observando su alrededor por si había alguien. Él estaba a unos metros de distancia.

    -¡No te oigo!

    Y, en una chispa de locura, lo hizo. Gritó.

    -¿¡Qué quieres que te grite!?

    -¡Lo que sientas!

    -¡Te quiero!

    -¡¿Qué!?

    -¡Que te quierooooo!

    Y, al mismo tiempo, corrieron hacia el otro, en una carrera lenta hacia el amor. Se abrazaron, se miraron, se tocaron, se besaron y se amaron, en una eternidad infinita.
    La luna resplandecía, ella, bonita, sonriente ante la noche, que era vida.

  • fotografía, melancolía

    Entonces observo una fotografía;

    yo en Venecia,

    cayendo en inercia.

    ¿Qué será

    de aquella agua

    tan endulzada?

    ¿Enamorada?

    Florecen las flores

    de mi corazón,

    florecen por ti.

    Y ahora se marchitan,

    se marchitan por ti.

  • Cicatrices

    Paso mi dedo índice por encima de mi labio inferior, rozándolo. Lo tengo quebrantado, roto. Después, este mismo, corre por mi cuello y se detiene en el lado derecho, pues me duele; otra cicatriz, escociéndome, apagándome. Recuerdo, pasado, aparece en mi mente. Noche desenfrenada. Duele, duele porque te quiero y no debería haberlo hecho. No hay peros, tampoco porqués. Pero sí un simple «¿ves? No deberías y lo hiciste», recriminándome. Me huele a mala espina, quemada, hecha ceniza.

  • No me entiendo

    No sé, tampoco entiendo, porqué me callé tantas cosas.

  • Joder,

    cuanta razón tienes.

    Soy una contradicción personificada, sí.

    Y siempre lo seré.