Etiqueta: tristeza

  • «Voy a dejar de quererte»

    La única promesa que me hice la rompí.

    Spoiler: me enamoras cada vez más, así, in crescendo.

    Y me odio por ello y me siento culpable y me duele y me gustaría arrancármelo, que dejase de sangrar, pero es que me miras y se me sonroja hasta la herida, me provocas las cosquillas y mis costillas se van cosiendo, de donde les brotan las alas. Y de cicatriz en cicatriz voy, así, arrasando el infierno, por eso me marcho siempre, por miedo a perderte y va y me pierdo yo más, y va y te quedas atrás. Y justo cuando me giro solo veo a los demás porque tú ya no estás. ¿Alguna vez me quedaré? Es que tengo miedo a la profundidad del mar y al acto de amar y no sé si yo sabré quererte de forma sana, pues si no sé ni quererme. ¿De qué va a servir este lazo tan raro y complicado? ¿Para que el amor se convierta en algo bonito? ¿O ya lo está siendo? Me sale, sin querer, la lágrima y de golpe rima la sensación con esa mariposa nerviosa que está ansiosa, sí, por verte, tenerte, saborearte, sentirte. Culmino inerte, aunque tengo un pupurri de emociones y la más bonita es aquella que no necesita ponerse una tirita porque imagino, soñando fuerte, que cuando me beses floreceré con creces. Lo siento por quererte.

  • Mi nuevo libro

    Hola, me paseo por aquí para comunicarte que Burlando el tiempo ya está disponible.

    A continuación el breve prólogo…

    Pd. Gracias,

    Nos leemos.

  • ¿Nos vamos a florecer?

    Cuando se me queda el dolor, ahí, colgando de un hilo en mi interior. Cuando se me cristalizan los ojos, y así se quedan, desilusionados, llenos de esos llantos secos. Cuando me quiero morir entre tus brazos, pero no nos unen ni los lazos (del amor). Cuando solo abunda dolor, y una tristeza infinita. Cuando siento que aún así te quiero y va y te quiero todavía más… ¿Qué más queda ya? ¿Qué más queda? ¿Me lo vas a decir tú o tengo que deletrearlo yo? Pintarte los labios con los míos y decirte que te estoy queriendo, gritándolo a todo pulmón. ¿Pero no ves que ya lo hago? ¿No me ves? Que estoy destrozada por dentro. Mírame, joder. Mírame… Siempre seré invisible para ti, siempre lo fui. ¿Ya qué más da? ¿Qué más da? Total, los días están contados. ¿Quedarán amaneceres a tu lado? Porque yo ya me he quedado acurrucada en aquel rincón enturbiado, descontándome y echándome, días de más, y echándote de menos. O das tú el paso o me mato en la metáfora irónica, que se ríe de mi cara y de mí. Se descojona a carcajada libre, como tú. Entonces aparece la insensatez acalorada. Me estoy tirando de cabeza al suelo, mi corazón está negro. Que te estás cuestionando si tengo, pues claro, ¿No lo ves que arde a fuego lento? Que me quemo porque tú estás dentro. Provocas la llama que estalla en mi ser y me enciende entera. Deja el puro, tómate las copas conmigo, brindemos por algo que ya está escrito: aquel libro mío que pierde el hilo. Un pasado lleno de ilusiones ópticas. ¿Seré yo la tonta que cuenta la historia del revés? Así, a mí manera, como si yo quisiera que me quisieras. Soy esa, la chiquilla que en los días florece eterna y en las noches se marchita entera. Soy esa, la niña inocente que te mira y se emboba, sí, porque eres mi más maravillosa casualidad. Soy esa, la loca, pero cariñosa en las profundidades oceánicas de su alma. Las mariposas que vuelan se están estrellando porque te estás demorando demasiado. Aunque si me vas querer mal, déjame sola que estoy mejor, miento, en verdad estoy peor, pero ya voy tan acostumbrada a esa soledad que bailo con ella. ¿Sabes qué? Cállame ya, ay, no, que no estás presente, y yo voy tan ausente. ¿El amor duele? El no correspondido sí. ¿Pero, joder, no ves que cada vez que te observo me enamoro más de ti? Con esa mirada tuya. Eres suspicaz cuando quieres. Cada vez que puedo, te alcanzo, muerdo tu anzuelo y vuelo en lo más alto del cielo. Luego la caída ya es otro tema que da para escribir segundas partes, aunque siempre acaban siendo las malas. Arráncame ya de este jardín sombrío, quítame las espinas, desnúdame los pétalos, que están ennegrecidos, y hazme tuya. ¿Florecemos juntos, así, al unísono? Que te quiero morder esa lengua tuya, mal hablada y castigarte en ambos sentidos y que estos exploten de tantos latidos. Que te quiero amar de por vida y en la otra también. ¿Nos vamos? ¿O qué?

  • El atardecer anaranjado

    Queridísma yo, voy más muerta que viva, llevo tres borracheras de alma de más, las corazonadas van salpicándome y, bueno, son casi las siete de otra tarde de viernes, que parece más martes. Me voy a Marte, aunque siempre culmino aterrizando en uno de mis mundos paralelos. Las bocanadas arrasan tanto, porque mis besos se estancan en el aire para atragantarse, o jamás salir. El destinatario de todos ellos se apellida y tiene nombre, eso significa que está, que existe en este presente. Y, oye, quería, en pasado, huir, para dejar de sufrir. Mírame, más rota de cora’, sigo yendo coja. Arrópame, chiquilla. ¿Qué preguntaría la niña pequeña al otro lado de la línea telefónica? ¿Qué chiquilinada soplaría? Pues que si me estoy queriendo de forma sana. Uy, línea ocupada, actuaría la mujer en la que me he convertido hoy. Me quedaría colgada de dudas, enredándose, dejándome caer en un ovillo de nudos. ¿Y sabes qué? Que todos los hilos ya descosidos solo llevan a un único destino: el lugar donde habita el amor, y quizás termine el dolor por iluminarse una chispa llena de color. El cuadro, a posteriori, será la del enamoramiento mutuo y sincero y honesto y que, al fin y al cabo, después de tanto romperme, se acaben abriendo mis alas.

  • La desilusión

    A parte de que ¿Te puedo escribir algo? aún está gratuito, me paso por aquí para pasearme un rato indefinido y largo, y divagar. Además, con el impulso hacia atrás, y unos cuantos intentos de no sé qué, cerrar algunos ciclos, o dividirlos sin quererlos. El caso es que después de tantos sucesos abstractos, no hay, eso, el hecho. Entonces, me pierdo y regreso y así continuamente. ¿Qué siente una al terminar algo? Quiero decir, el final todavía no lo he puesto, pues ¿Para qué? ¿Con qué finalidad? He culminado en una parte del fin. Ahora solo queda zanjar o borrar o quemar de una vez por todas el punto, el que, en teoría (le sobra la práctica) debería colocar allí, ¿Sabes?

    ¿Tú cómo cierras los lapsus? ¿De qué manera? Yo, quizás, con carencia de matices, o al revés. En estos días tan raros y oscuros y entristecidos y ennegrecidos y otoñales, casi, me voy queriendo. Son latidos, estallidos que se dedican a hacer eso, a estallar. Así que, bueno, si no sabes por donde empezar, comienza, y ya.

    Este viernes, como los restantes, estoy un poco borrosa y odiosa y, reflexionando sobre lo descrito en un tiempo verbal pasado, me he percatado de que no sé cortar el hilo, ni finalizar el párrafo ni romper el vicio de que te quiero de pellizco en pellizco con mi corazón quebrado. ¿En algún momento se sanará? ¿Se armará de valor para deletrearte encima de tus labios lo mucho que te amo? Porque van pasando los días o las semanas y los meses y la cuenta atrás va sumándose daños descontándose, y ausentándose.

    Pensé que había finiquitado, pero me vuelco en lo inexistente, en lo inevitable: la ilusión. Voy estando bien, pero llueve hacia dentro, tan lento.

  • Solo me apetece llorar

    ¿Con insomnio? Me enchufo a la música y empiezo a leer, comiéndome la literatura como si no hubiera un mañana, total, ya es de madrugada. ¿Y sabes qué? La nada está latente a rebosar de placeres y vaivenes y nubes grisáceas. La luna brillante, y en soledad, estará latiendo por allá, en algún lado, pero yo sigo aquí, con ojeras y sofocada, que me llegan hasta los tobillos. Será duro el atardecer, o el amanecer, ¿qué más da? Porque golpeará tristemente y yo lo miraré y este me observará enrojecido y me percataré del simple hecho: sonrío porque te quiero, y me duele reconocerlo. Me mata saberlo, pues la consciencia, y el corazón, a conjunto con la irracionalidad reconocible, están, siempre, a flor de piel que estallan a la vez dándome a entender que sí y que no, un jodido vaivén interminable. Tengo los miedos al otro lado de la esquina, que se van tirando por los precipicios de algo intangible. ¿El dolor quizás? Cuando se junta con mis pestañas casi a punto por humedecerse parece que habite en mí un mundo inmenso e infinito de sombras descoloridas y, entre matices, la duda se asoma y yo solo me largo para terminar en otro placer del revés. Píllalo, álzalo al vuelo y arrasa con aquello, pues la vida ya no está conmigo sino sin mí.

  • Chinchín

    Bonito atardecer se ha quedado detrás de mis pestañas húmedas, y mi corazón que se desangra. El pasado, que se refleja en aquel tipo de latir roto, esta para recordarme que sigo entristecida. Coloco prefijos, desencajo sufijos. Pongo puntos suspensivos y comas y acentos, pero el final, el maldito fin es inexistente. Arraigada, armándome de valor, voy de capullo en capullo porque no me queda otra que florecer, que ser, pues dejarme, irme, está de más. ¿Sería buena opción? Supongo que es solo la primera de muchas, sí, el jodido acto de decidir por mí y culminar en la otra cara del fastidio y, así, continuar ahí, en el huequito. ¿Por qué escribo en diminutivo? ¿Para disminuir el estallido? Si la sensación del caerse, arrasarse y matarse en vida es tan profundo que duele igual.

    Sencillamente, dentro de lo complicado, me pasaba por aquí para pasearme, y eso significa que voy a retroceder dos pasos parar hacer un salto y quererme en el otro precipicio de mi queridísimo vacío. Es tan hermoso… se descojona y me hace cosquillas a la vez. ¿Sabes qué? Acabo de perder todos los hilos, los he olvidado y, por consiguiente, me he deshilachado.

    ¿Brindamos esta? Pero por nuestra presencia, que es ausencia. Por nuestro misterioso acto honesto de rompernos a pedazos. La vida, a fin de cuentas, es algo redondo, un círculo, un vicio, un bucle que se va repitiendo. Un cúmulo de cuentas pendientes, que continuarán colgando del tendedero.

    Al grano: me paso por esta hoja ya casi llena de palabrería, y brujería, para concienciarme de que la vida es completamente asquerosa y que, en cuanto antes lo asuma, mejor.

  • La vida, cuando se cae a pedazos

    La vida, cuando se cae a pedazos, es a veces tan triste y hermosamente rota que simulo, sin querer, un romanticismo innato, cuando, realmente, es un grandioso desastre. Los sentimientos parece que están a  flor de piel, del papel, que raspa y rasga y me amarga. ¿Seré yo? ¿O será la mera existencial vital? O será mi otra yo, la metafórica, sí, la que se plasma delante, o detrás, del espejo y su reflejo le va susurrando cosas, bueno, emociones extrañas y, entre todas ellas, cabe destacar la más mortal, y bonita. Entonces, la sombra que se agota y se cae rota y se marcha, así, de gota en gota, me sopla que me va a dar el consejo de no darme ninguno, porque, ¿Para qué? Para fastidiarla, ¿Sabes? Pues continuo mi camino, mi trayecto con toda la indumentaria y la artilleria pesada, y sigo con la bruma que normalmente es escuma, pero que es inmensa, pues es el océano, o aquella ola colérica. ¿Cuándo se me irá la culpa? ¿De qué hablas, nena? De la resaca emocional que voy llevando, así, en un gerundio que tiene poca prisa por acabarse. ¿Y a qué venía? ¿A escribir o a describirme? Perdona por ser tan imprecisa y poco concisa, a veces se me va la cabecita.

    Pues eso, que la vida se me rompe a portazos y voy tirando porque no tengo otra salida, o sí, el caso es que ya no hay caso y, por eso mismo, me arraso. De las heridas, aún algunas quedan por cicatrizar, ya hablé en el pasado, pero es que siguen estando. ¿Y el miedo? Pensé, ilusa de mí, que se lo había comido el hueco. Resulta que está carcomiéndose mientras va relamiéndose cada espina de la rosa todavía marchita.

    Mi trayecto por aquí, ¿Tenía intención? Un impulso raro con un pulso mal calibrado. Estoy temblando por dentro, mi querídismo corazón está arrastrándose y va amándose, pero por un recoveco que es el más pequeño, el diminuto, el del último minuto, o penúltimo.

    Quería, ya lo digo, en pasado (siempre), plasmar cuatro versos absurdos y entrelazar las palabras y dejarme de tantos sentidos abstractos, pero aquí me ves, y no, relatando algo que ni va ni viene conmigo, aunque se aferra a mi ser. Así que, aquí van algunas palabras mal combinadas, conjugándose al son de mi vaivén, nada, escribiéndome, o escribiéndote. ¿Será el otro lado de la máscara? La sincera, la honesta y la leal. ¿Aquella que es bondadosa con el otro espejo? El de la verdad, o la realidad. Mira, acabo de delirar por quinta vez durante el día de hoy.
    Me despido, y me voy.

  • Otra noche más, quizás

    ¿Me he quedado sin texto, sin contexto o sin sentimiento? La sensación ronda por mi corazón y, el hecho es que, bueno, ha muerto un trecho de mí o de mi ser o del reflejo de la sombra ennegrecida que cada noche se plasma mejor en el espejo. ¿Cómo definir o describirme? ¿Y la forma? ¿En qué se queda? ¿En la absurdez de lo abstracto o entre la multitud a rebosar de soledad? Así que, vuelo. Esta vez, o la otra, yo qué sabré, me estampé tan fuerte que me convertí en una mujer estrellada, llena de lunares y vacía de lugares, y con muchísimas tiritas. De las cicatrices ni me hables, déjalas allá, que quedan bonitas. Escúchame: oye, luego huye, aún así ve quedándote y si, por casualidad o causalidad, te permites arañarte la locura y prescindir de la cordura, descúbreme en otro instante, pues eres de las mías. Estoy narrando cómo serían las personas si fuesen personas (humanas), es decir, estoy aquí, yo, para descifrarte y confirmarte que yo soy una de estas. Quédate, sí, quédate si realmente quieres quedarte porque eliges y te escoges sin tanto revuelo, porque, ya lo sabes ¿verdad? Que todos viven de ilusiones y anhelos, pero la vida es tan jodida que te va matando de honestas, y sinceras, realidades.