Etiqueta: prosa poética

  • Descríbete, y verás

    Descríbete, y verás

    Escribe, escribe… ¿Pero de qué? Estoy cansada de sacar información de mi cabeza como si nada sucediera, cuando todo se acelera, en mitad de la curva de aquella carretera, donde una desconoce completamente cómo decirse Nena, frena. Y yo me cuestiono… ¿Para qué? Si lo que una quiere es matarse en mitad del cuento o del acto o del verbo ya lanzado. Del Te quiero enganchado en un corazón que danza medio moribundo, y bastante asustado y, aún así, el flechazo va tan directo al pecho, que ya está sangrando.

    Estaré, esta vez, ¿personificándome en ella? En la metáfora que todavía danza, y se esconde acojonada. Quería, quería, saciarse y hundirse en el sentimiento… Aunque la subordinada sale escopeteada y, de golpe, se da el portazo a raíz del balazo. Ahora va de cara y resulta que se le han caído todas las comas. Los puntos han decidido colocarse, y colgarse también y, entonces, abundan las yuxtapuestas, que se ponen, pero del revés. A ver si así… un, dos, tres… ¿Y qué?

    ¿Qué tipo de texto es este? Porque está tan out of the context, que ya me da igual, aunque me importa, un poco, la caracterización inexacta del hombre que representa que estaba conociendo. O, mejor escrito, que estoy conociendo en este presente, en este gerundio casi sempiterno. Quizás todo es un desconocimiento interno.

    Sólo quería “bloguear” y, al final, las palabras se han disparado solas, saliendo a escopetazos y a escupitajos desde mi ser interno. Parecía, otra vez, que ya estaba floreciendo. De verdad, y sinceramente, el jardín dio algunos de sus frutos, unos cuantos. Y, como si nada, se me salen las estrellas por las orejas. Deberé encajarlo en otro tema, digo, y luego, pienso.

    ¿De qué servirá tanto esquema? Si al final lo acabo rompiendo tanto que culmina descompuesto, como la dueña de detrás de esta maldita ilusión. Parece que vamos al son de la emoción, pero no, no. ¿Pero quiénes? ¿Tú, yo, nosotros, el reflejo del espejo o la maldita sombra? Será la maldición entera: está marchita, la ensombrecida.

  • ¿Son margaritas ya florecidas?

    ¿Son margaritas ya florecidas?

    Necesito espacio vital, porque parece que mi corazón va a estallar. Es tan mortal ese desamor que emana de mi ser interior. Me quiero, me quiero desubicar, y voy y me pierdo sin más, como si fuese posible, como si fuese real. Lo surrealista aquí es que la vida, o la muerte, se me carcome las heridas en un in crescendo brutal. ¿Pero no estaban ya cicatrizados los huecos? ¿Qué huecos, Anna? Deja de enumerarlos, y de ir denominándolos. Quizás, quizás así desaparezcan, se esfumen, partiendo por aquella cuerda floja que afloja. Ahora, desde mi piel más sincera, de debajo de mis pestañas nace aquella lágrima interna. ¿Me explico? La que apesta y aprieta. Luego, cierto, surgirán las florecillas. ¿Serán margaritas? Mis costillas asfixian, aunque, bueno, podemos vernos, echarnos unas copas para, después, brindarle a la vida. ¿O era brindarte a ti, mi vida? O, sencillamente, consistía en echarme hacia delante: en quitar el freno y plasmar el verbo sempiterno, el del que te estoy queriendo en estos tiempos, en varios de mis tempos y, probablemente, en más de la mitad de mis cuentos, porque vaya, mi existencia se asemeja a un tipo de alegría eterna. No, no le pongas las comillas. Sí, suéltate, desmelénate. ¿Por qué no? Sácate, de debajo del alma, los dos otros puntos restantes. Añádelos al que, a priori, era un punto final. Sí, agrégale al solitario, que se sienta acompañado, que, bueno, el epílogo ya llegará.

  • El amor, que habla de cara

    El amor, que habla de cara

    Estoy feliz, algo tan inusual en mí, que noto, y veo, cuando me giro, mi alrededor sonreír y, a mí, vivir. Sí, realmente voy, quiero decir, me siento fluir. La flor marchita que era, pues eso, que se desvanece su negrura espesa. ¿Será para siempre? ¿Será por el resto de mi vida? ¿Ya se está yendo, la que tenía aquí dentro: la pequeña, y tan amada, tristeza? La aprecio tanto, la adoro, que sin querer, la tengo aquí, en mí. Solo me queda dejar de sufrir porque sí, de resurgir desde mi florecido, y tan querido, jardín. Sóplale los sueños, que se queden entre nuestros entrecejos, que los azulejos brillen a lo lejos. Que nos sigamos, así, enamorándonos en la distancia, desde la nuestra elegancia, la que nos caracteriza, y con un corazón, que no esté como adorno, sino que sea un sentido único y mutuo. Nos estamos queriendo sin cobardía porque nos vamos admirando, latiendo, así, a pecho abierto, y qué miedo, y qué miedo que se achica a la vez que van pasando nuestros días, ya menos miserables, más valientes, ambos, quizás, de estar presentes a viva voz, vamos al son de los dos, a todo pulmón, en dirección a toda luz. Y, esta vez, voy tarde, pero con la mirada ensanchada y la sonrisa, de oreja a oreja, en el alma.

  • El arte del sastre

    El arte del sastre

    Soy tan desastre siendo, así, un sastre, supongo que el de las palabras mal conjugadas. ¿Pero de qué me hablas, Anna? Si desconozco cómo colocarlas y también cómo ir conjugándolas. Será el conjuro o la magia. Aquella brujería del cual todo el mundo habla, pero ni un ser vivo es capaz de experimentar, ya que, bueno, el enamoramiento es mortal. Beberse el hechizo provoca, sin querer, aquello más letal. Lo que pasa es que me pongo en el más allá a escuchar, entonces, por puro placer, no lo sé, me muero otra vez. También me muevo, y me recoloco en un, dos y… Vuelvo a ver. ¿El qué? Perdóname este maldito café, pero te quiero ver aquí conmigo y la fe, y la poderosa E. Ya casi serán las tres: subo las escaleras de mi mente perversa, las subo saltando de tres en tres, como si la cosa, la aceleración, que va cada vez más in crescendo…, como si el arrancar a bocajarro no fuera mi forma de ser, pero sí es. Es que, lo siento por el pretexto, y no el texto…, la vida va que vuela y, yo, absurda de mí, la quiero contigo, y yo, por estar bien loca, te quiero, ya, aquí.

  • Estallando paz

    Estallando paz

    Estamos a martes, quiero decir, somos martes: nos lo pintamos, cocinamos y, luego, pues nos lo comemos. Vamos, todos, ahuecados. ¿O la palabra correcta era ‘adueñados’? ¿Pero de qué o de quién? Tantos textos de los cuales abundan sus fachadas grisáceas y largas… se me van cayendo todas las pestañas. Acurrúcamelas, y estas y las otras, y baja las persianas: que se encierre, y encienda, el sol en nuestras almas. ¿Y ahora por qué escribo sobre comedias y dramas? ¿Qué tipo de miseria abunda en ella? Desdibújame entera, quítame la desesperanza que a veces viene, se queda y avanza, pero, oye, no, no te vayas. El día, bueno, parece muy largo aún así yendo errada, porque en un cerrar y abrir los ojos, pues culmina, sí, en la cumbre de la colina. Acércame esta, y aquella…, convénceme. ¿No? Así, con acciones y besos por toda mi cara mientras se sonroja porque se los has plantado. Entonces…, entenderé varias cosas, sustancias reales: que me admiras, me cuidas y me mimas. Que por eso haces asomar la alegría a la comisura de mis labios. Porque me estás queriendo y como si fuese todo un breve milagro, yo también lo hago, yo también, y sin querer porque te quiero y me quires, lo hago. Porque lo irreal, lo mágico, ha estallado. ¿Eres tú ese brujo tan mago? Serás el que hará la magia, con esa paciencia que te caracteriza, porque, bueno, vamos construyendo, entre el vienes, el voy y el estamos fluyendo. Qué brutal. ¿Verdad? Qué brutal fe, que se sostiene sola, como la luna en aquel cielo de ayer tan azul, porque ya se quiere, porque aún estando y siendo solitaria, en este ahora se encuentra acompañada y vaya, qué perfecta e intensa y magnífica y surrealista burbuja escurridiza: va asustadiza, pero bien enamoradiza, la pillina. Hasta las trancas, sí, de su corazón extraño que parecía ahogado, algo muy arrugado, y sagrado, pero que se ha ensanchado por tener un paz increíblemente inusual dentro, y todo por él.

  • El amor no es una ciencia

    El amor no es una ciencia

    Se me están acumulando los recuerdos y los verbos conjugándose contigo, también. Vaya vaivén, pero quédate, y ven. Me observas, me cuidas. Será que me aprecias, que me admiras. ¿Será que de verdad me quieres? Tantas inseguridades se pasean por mi mente, ya demente. Son las dudas, que me escuecen y no les apetece si quiera detenerse ni tampoco pausarse. Pero tú, tú, estás aquí presente. Tengo un poco de vértigo en la punta de mis dedos. Mi corazón, juguetón, se acelera solo con pensarte. Imagínate con el simple hechizo de verte. ¿Estaré enamorada? ¿Iré ilusionada? Quizás es sonámbulismo crónico, ese que se inquieta de forma constante y contundente. Potente va ese sentimiento tan indiscreto que yo me quedo, que ya me he quedado entre tus varios acentos, los que te caracterizan por ser distinto por dentro. ¿Pero en qué momento apareciste? ¿De qué modales te pintas? Quiero conocerte, quiero entenderte, aunque eso signifique perderse más, o plantarse para a posteriori petrificarse, y ausentarse. Que no hay que mostrar tu debilidad, que no me vas a traicionar. Demuéstramelo, por favor, a ciencia exacta y muy cierta. El amor es una sensación inexacta e imprecisa, y demasiado destructible, pues se me quiebra cada dos por tres. Quédate, y aliméntame como si no hubiera un mañana, porque regresaré en el ayer añorándote. Tócame las pestañas, han dejado de estar húmedas. Ahora mi corazón parece que florece. ¿Será que ya se agradece?

  • Las presentes pestañas

    Las presentes pestañas

    Estoy en blanco, así que voy a leerme, a describirme con una abundancia de escasez de palabras, que rajan, que salen, que acuchillan y, luego, bueno, estallan como cualquier escoba mal puesta. Estoy, quiero decir, voy descolorada, desubicada, distorsionada, pues se me solapan las miradas, y las heridas mal curadas, mal cicatrizadas. Es que duelen, y escuecen un poco. Solo un poco y, vaya, qué rollo. ¿No? Coquetéame esta: me apetece ir a la biblioteca, necesito de aquella. Dependo de ella como del aire para respirar. Sobrevivo, y qué ganas. ¿Eh? ¿De qué? Si es que se me solapan las palabras, las ganas y las sonrisas. Ocúltame aquella milagrosa brujería, porque está muy ansiosa por salir escopeteada, así, disparada, y mojarme entera y, al fin, quedarme, yo, bien, bien contenta. Ciérrame la ventana, rómpeme el espejo, el viejo, y ofréceme un mar entero que, quizás, te concedo el Sí en este vaivén tan presente del amor porque el mar va y se quiere quedar. Eso de la magia…, se marcha sobrevalorada. ¿O era que se aleja a rebosar de soberbia y de superficialidad? Ahora que lo pienso. ¿Qué era un superlativo? ¿El verbo ya se ha conjugado o sigue incordiando? Pues yo me quiero quedar. Es que me apetece. ¿Y qué más? Dame gloria, dame paz, dame eso. Mucho más, pues ya no quiero desacelerar. Una vez que arranco, la niña, ya convertida en señorita, no piensa, ni por un segundo, parar. Si es necesario, arráncale las coletillas restantes, las espinillas que raspan, que hacen cosquillas. En definitiva, déjate ser ella misma, si aún le queda todavía la vía para provocar que la aorta estalle de una vez por todas. Apetece que se lleve, la toalla, de picardía, y que no se tire. Si tú puedes, nena, si tú quieres, explícame esta. A mí, sí, nárrame la acción de ser presencia, de la permanencia de una fe casi inédita. De la definición de la menos imperceptible, del irse pero ipso facto, en un pis-pás, en el acto. La metamorfosis acaba de empezar. Me siento fuera de esa sensación indiscutible, la observo y, luego, me como su pescuezo para culminar discutiendo, y también debatiendo, entre si sí o si tal vez no. Es innecesario que me beses las pestañas: están sonrojadas y sonrientes. Mételes caña.

  • Una carta

    Una carta

    ¿A quién? ¿Qué tipo de formato? ¿Y de qué estilo: directo o indirecto? ¿Con sujeto y sin verbo? ¿Le pongo una coma o tres puntos suspensivos? ¿La mayúscula va primero? ¿Cómo denominarlo, el suceso? El hecho es que solo falta quedarse y recrearse, o caerse, otra miserable vez. ¿Te crees que con ir del revés voy a poder? Ni yo lo sé. ¿Pero acaso quiero descifrarlo? Cada vez, quiero decir, con el cambio de estación y con el paso del tiempo, precisamente aquel más inédito, me pierdo y soy incapaz, de verdad lo digo, de sentirme en paz, aunque cuando estoy contigo… otro ángel canta, o sea, tú, porque estás de parte de mis alas que se alzan al vuelo, y todo eso.

    Entonces, parpadea mucho, y mis pestañas ya se han deslizado por un rostro en un pasado muy reciente. Así que, bueno, me plasmo sin querer porque me he plantado aquí, en este quehacer tan divino, tan bonito. Lo que digo es que después de verme, observarme, analizarme varias veces e intentar agradecerme… Aún queda algo. ¿No? Sí, la introspección, un instinto mortal.

    El acto de ir describiéndome es tener un poder muy grande, aquí, en mi pecho ya casi florecido, porque cuando me encuentro en el posteriori…, desconozco cómo empezar, cómo conjugar y colocar las coletillas. Están en el suelo, las colillas ahogadas en aquel adverbio mal combinado. Lo acaecido en este preciso momento es que ya no quiero ni Vodka ni Ron ni Baylis, sino bailarme para desahogarme, para despegar todas mis miserias y, después, descender hacia mis pies (mientras sin querer recuerdo cómo les hiciste cosquillas la última vez), y culminar riéndome por ser tan torpe y estar tan loca y por no tener la herida tan rota.

    Voy tarde a todo siempre, dispara mi subconsciente sin querer. ¿Recuerdas el anochecer de ayer? Necesitaba florecer y por eso mismo se puso a hacer, y en ella, creer. ¿Sabes? El problema es que iba a escribir una carta, pero yo no soy buena en esas cosas, en colocar las palabras exactas, así, una detrás de otra. ¿O era al lado? ¿Quizás de una forma consecutivamente subordinada? ¿Me enciendes? Quiero esta, y la próxima vida. Haz que vibre entera y conviérteme en eterna, porque soy un poco más feliz que hace tres horas atrás. Y si me verás crecer, algún día, probablemente mis ojos brillen solo porque estamos sintiéndonos, ambos, el uno con el otro, siendo un nosotros no muy lejano.

    Si esperabas un texto lleno de sensaciones extrañas, perdóname, pues esta es una carta rara, narrada desde el alma, o algo así. ¿Realmente lo es? Cuánto cuestionamiento interno. ¿Eh? Y qué infierno. Voy a confesar, sí, ahora mismo, en este presente, que mi intención inicial, desde ya hará unos cuantos meses, pasados, quise escribir una carta a mi yo de diecisiete años, pero… ¿Para qué? Acabo de descubrir que no sé encajarme en una breve aunque intensa sentencia. Primero suelto a bocajarro y, luego, ya si puedo, defino en cuatro palabras el texto en sí. Y si sale alguna duda, pues déjala que surja y se vaya o se quede y fluya. Ya encontrará la salida, o no. O quizás se ahoga más en su propia herida.

    Vaya, qué miseria.

  • De puño y letra

    De puño y letra

    ¿Cuál es el sentido de la vida? Se cuestionó Woolf a través de una de las protagonistas de una de sus novelas metafóricas. A lo que voy yo y, sin querer, me pego tres tiros, caigo del revés, me vuelco y me vuelvo a mover, a nacer. ¿A dónde? Ni (yo) lo sé ni tampoco quiero saber. Porque después de dos siglos, le vamos a poner, aproximadamente, y varios monólogos introspectivos, me veo aquí. Me planto, de verdad, que me apetece tanto…, pero bueno, no sé. No sé absolutamente nada de esta, mi existencia vital, y tan ficcional. ¿Verdad? Está bien que esté mal, supongo. Entonces, escribo y, de ese mal querer(me), pues alargo la agonía y la tristeza y la poca fe que me queda… y culmino con el poder en mi mano. Sí, el de ir describiéndome. Porque de puño y letra, después de tanta espera que desespera, me corto la etiqueta de la antigua, aunque nueva, chaqueta. Me gustaría… ¿Qué? ¿Ser más pícara o quitarme la ironía de la oreja izquierda? Discúlpame, pero tantos interrogantes me la distorsionan, me la desubican. De golpe va y se pican. ¿Sabes? Aquellas canciones y la melodía, la jodida sintonía. Con una simple y bien sencilla señal, la de baila, y grita y canta, le agrego yo, como una idea surgida de la nada. Agarro la coletilla, se ve que parece incendiarse la bombilla. ¿No iba apagada, así, tan desgastada? Perdona, se me ilumina en la distancia mi penúltima instancia, la de la sabiduría enemiga.