Necesito pensar, me digo, y me saboteo. Concluyo que estoy loca y algo sola. ¿Y aún rota? Siento que no soy tan extraña de mi misma, que reflejo y espejo se unifican un poco, aunque aquel verbo parpadee inútilmente. Es que claro…, si uno se dedica, no sé cómo, a hacerlo de forma intermitente, pues duele. Vaya si lo hace, y escuece, pero hay veces que personaje y protagonista se aceleran en una misma carrera, aunque lenta, muy lenta. La escopeta, queriendo, ya va suelta. Incéndiame esta, pero quédate, aquí, en ese, mi vaivén. Resulta que en este, mi latido, todo, aquel quehacer tan enturbiado, no sé, se ordena un poco más fácil. Entonces, esta vez, sin querer, se me iluminan las luciérnagas. Chispean. ¿Será de una alegría interna o por una tristeza enferma? Quédate, esta vez, en nuestro espacio estelar, y hazme estallar porque sí. Me quiero quedar.
Etiqueta: prosa poética

La soledad, de vez en cuando
Se me va a enfriar el café, bueno, de hecho, ya se enfrió. ¿Pero qué más da? La vida, la mía, no va tan congelada, quizás. Seguramente será porque tú aquí estás. Entonces, con ese no sé qué tan tuyo… pues, nada, que me sacaste de mi trance a rebosar de una tristeza muy rara, que cada vez se ausenta más, porque tú estás. Y te quiero, te quiero aquí, aún más. Qué milagro. ¿Será tan breve como todos los otros? ¿Y… Dónde está aquel verbo? ¿Dónde se esconde el Te quiero? Se oculta, pues tiene miedo como la loca, como la escritora, la narradora… Como la protagonista, ¿No? ¿Será solo una telenovela? ¿O el personaje secundario de cualquier revista? Quiero decir, la frase más absurda, la prevista, la que se pierde de vista. ¿O qué? Que sí, que vaya vaivén. ¿Si me llora el ojo derecho es por aquel inédito sentimiento? ¿Pero si me llora el izquierdo, qué entonces? A veces me lloran ambos y, sin querer, me explota el pecho. Significará que luego florecerá… o que se apaciguará el dolor tan interno, y extremo. Maldita fe, que no me quiere acompañar. Necesito, otra vez llorar y amargarme en mi queridísima soledad, pues hay instantes que voy, me vuelco y, queriendo, los vivo tanto que me los restriego, y por todo mi cuerpo. O voy fría o me lleno de huecos entristecidos hasta congelarme, como el café de esta misma tarde.

El hechizo interno
Me he quedado en trance después de leer a Gustave Flaubert, me he quedado en trance. Quiero decir que…, después del acto suicida de Madame, del post-mortem. Después del entierro, de la desintegración del cuerpo. Después del horror brutal, después de… No sé, solo queda caer o ascender otra extraña vez, ¿O qué? Seré yo. ¿El qué? Sin querer, sorbo a sorbo, regreso a la realidad, entro en ella y, entonces, lo veo, casi roto, a mi bolígrafo azul. ¿Qué habrá acontecido en mi bolso de color beige? ¿Qué me acaece a mí? ¿Quiero saberlo? La tinta, pues, se derrama, se despilfarra toda solita. En definitiva…, se desgasta enterita. Y es tan desgarrador como, a la vez, enternecedor. Ilumíname esta, sí, el del ardor, el color bonito del amor, porque… ¿Es bonito o no? ¿Cómo lo definiría usted, querida? Bueno, es que, ¿La verdad? Me vuelco en aquella mujer, parecida a mí y la entiendo tanto que o retrocedo o me quedo y vuelvo a descender. Así que, nada, déjame. Haz que por fin se plante aquí la princesa herida, la tormenta austera y enturbiada. Parece que ya se ha caído la que iba a… y, como si nada sucediese se va deshaciendo el cielo de las nubes, ya menos grisáceas. El cielo es ago rojizo, porque va muy enamorado. La admira a ella, y vaya, cómo la mira. Aunque, la mujercita, coincide con aquel mismo sentimiento donde aletea el sujeto a conjunto con el preciso y justo verbo. Así que, ahora, sonríe porque ha florecido, la rosa, encontrándose menos rota. Si la escritora loca se pusiera a describir un poco más, a ahondar en aquel océano lleno de olas coléricas… ¿Algún día vivirán en una paz entera y eterna? Es que, disculpa el pretexto, se excusa la narradora, pero está cansada de alma. Quiere que la quieran bien, anhela encontrar, por fin, un amor bonito, sano, leal, fiel y muy real. ¿Pero dónde? Quizás, en vez de ahogarse en aquel bucle entristecido del libre albedrío… Quizás consiste en mirarse más el ombligo y profundizar en el hechizo interno que, de ahí, saldrá la magia menos amarga, y a rebosar de una felicidad amiga.

El sentimiento
Estoy, ahora mismo, con la cabeza llena de pájaros, de perdices, precisamente. Y si empiezo, no sé cómo, a analizarme por dentro, a caracterizarme, probablemente me pierda aún más. ¿En qué corazón cabe esa miseria extraña? Pues en la mía, ¡qué carajos! Vaya ojazos tienen algunos. Solo me voy recreando en ese vaivén, pero, por favor, ven, y que se acabe ya esa angustia. Es que las sienes me retumban… se encuentran enturbiadas, muy grisáceas. La facilidad con la que se recrea mi alma en ellas es brutal. Necesito sangrar, otra vez más. Me vuelvo a crear y a caer en aquel andén. Sin querer, de golpe y portazo… ¿Lo dejaré atrás? Háblale al milagro, que se haga mago y me hechice esto. Quiero decir, que, quizás, los chispazos de felicidad son solo eso, chispazos, y tan escasos… Ojalá la brevedad sea un poco más eterna, y yo me pueda quedar sin tanta bruma, que abruma y abunda, espesa. Porque duelen, los porrazos. Todo lo demás… ¿Serán los daños colaterales restantes? ¿Ah, que todavía deambulan en mi tristeza? Era una pregunta con intención de que no se respondiese sola, pero la escritora le ha colocado los interrogantes como si nada, y como Sí a todo. ¿Pero el qué? Se pregunta, indirectamente, mi subconsciente, que va alerta constantemente. El mismo que duda de si misma. ¿Qué escribo? Otro texto indiscreto que se encuentra fuera de contexto. Mira cómo mi cerebro, y aquel verbo mal conjugado, son algún sentimiento inédito.

La perdiz feliz
Arráncame los pétalos secos, y también los disecados, los más amargos. Arráncamelos todos. Después, colócame las pestañas, haz que de mis costillas florezcan aquellas semillas plantadas hace ya varias décadas. La soledad de vez en cuando aún me duele porque baila al son de mi corazón no tan roto. Solo dime, y deletréame esta. ¿Pero qué está sucediendo? ¿Se me están solapando las palabras? Y, tal vez, los llantos. De lágrimas ni me hables. Quiero bailar sin tanta conciencia. Quiero que se tire por la borda, ¿Sabes? Aún así, me encantaría acertar la posible verdad, que se convierta en una pizca, a poder ser, de realidad, pero de mi realidad. Me quiero ir a volar. Y que se me abran mis alas, y dejar de lado mi arrogancia. Me encantaría, si fuese posible que no se me vayan las ideas, que no se marchiten a una velocidad llena de eternidad. El problema, el pequeño inciso, es que ya se han marchado de mi maldita mente, que sin querer, se aprecia un poco demente. Por ti, será. ¿Quizás? Me quiero quedar. ¿Pero en qué lugar? Parece ser que la habitación está menos oscura. Hay una luz. ¿Iluminará mi camino hacia el final feliz? Quiero ser una perdiz.

Pinceladas grisáceas
Estoy, de hecho, voy agotada de este existencialismo tan mortal. Quizás es que necesito llorar, o ahogarme un poco más en mi vacío vital. Estoy, de hecho, voy hastiada de todo, se me clavan mis propias astillas, me repiquetean las costillas, y ya ni tengo cosquillas. O eso parece… Si se agradece, encuentrámelas otra vez, porque voy más tuerta, más loca, más muerta. Vuelvo a estar cansada de esta vida, de mi ser y, me vuelco, sin querer, en aquel ser que un día salió del espejo de mi miserable reflejo. ¿Me quedo? Bueno sí, así quieta, muy indistinta, e inerte, ya ni te cuento, porque si me pongo aquí a describir. Nada, que se me enreda entrelazándose ese sentimiento tan raro, porque se pone a hervir, el pillín.
Me sabe mal, bastante fatal, que esa tristeza tan brutalmente inmensa se quede atragantada en mi garganta, y que mi don sea esa mala destreza de removerme en ella. Quizás incluso me acabo revolcando, quizás, algún día, me quiera enterita. El hecho aquí es que ya se me ha caído la tirita que me cegaba, que no me dejaba ver el más allá. ¿Vislumbraré los colores o ellos de tanto observarlos me transformarán en una foto en blanco y negro? Probablemente ya me he convertido en un cuadro lleno de grises. Cabe destacar que ya no quiero serlo más.

Distorsióname esta
Voy a… voy a leer, se dice la niña, o sea, la mujercita ya mayorcita. La que va, y vuela, con la cabeza llena de pájaros. Nada, que ya llega la verbena. ¿Va a petar la celebración? ¿Qué tipo de maldita erudición es esta? Se me acumulan, ahora, todas las pestañas y disculpa, disculpa si en este preciso y marchito instante, he decidido escribir en primera. Sí, colocándome en la posición más mortal, porque el cañón me puede dar. ¿Y yo me quedaré quieta mientras me desangro por aquel balazo bien acertado? ¿Me desviviré, alguna vez, por querer vivir? Empezar de cero por milésima vez… ¿Y para qué? Y la verdad… ¿Encajará con la realidad algún triste día? La casualidad se encuentra en la puerta, la de la esquina. Abrirla o cerrarla (para siempre). Qué dualidad, qué forma de moverse y arrancarse en ese vaivén que se va, se va. Quítame esa, justamente, la amarga, que peca, y qué peca (más fea). Haz que desaparezca la manía, y mi rareza entera. ¿Seré yo la torpe? La que aún así mirando se da el golpe? Vaya golpe, y vaya, tu mirada me desarma. No quiero hablar del tema, que me quedo, sin más, muy atrás. Se me distorsionan las comillas, pues de vez en cuando me como las coletillas. Duelen, escuecen. Las espinas, digo, que se me clavan dentro. Y, uf, qué infierno tan entero, muy completo.

El del enamoramiento
Necesito llorar, necesito llorar, dice mi voz interna mientras suena esa conmovedora cancioncita de fondo que me saca la pena, o me la ahueca aún más en mi cabeza. Y luego, la cuestión externa, aquella que me sale por las orejas cada vez que se sincera, o lo intenta. ¿Qué le pasa, a la Anna? La pregunta de la respuesta que deambula incierta. Quizás, así, en tercera persona, en un estilo no tan directo escuece menos. ¿Por qué le trastorna tanto el cuerpo? Tal vez es aquel miedo. Míralo, se sonroja todo él. Con un simple hechizo, el objetivo se hizo mago. ¿No lo ves? El caso aquí es el suceso en sí, quiero decir, el poderío que abarca y aborda el asunto en cuestión. Vaya, qué maldita tensión. Préstame, ahora, si puedes y quieres, la atención: mírate las manos y los pies. ¿Los tienes colocados? Aprécialos, puede que al cabo de unos tres miserables segundos, empieces a atar los cabos, o se te acaben atando, allá, dentro de tu garganta. Tantos cables sueltos… probablemente se enganchen en varios momentos. ¿Culminarás en aquel verbo mal puesto o es un contexto muy inadecuado para plasmar el sentimiento aún desubicado?

La herida vestida
No sé, me apetece no hacer ni tampoco ser nada. Convertirme en la tabula rasa que quizás arrasa. ¿O no? ¿Voy a ras del suelo o del cielo? Tantos títulos pendientes… me esperan, se esconden, se ocultan entre sus recovecos, huecos y huesos. Quieren…, algunos quieren salir, resurgir y, tal vez, fluir al vaivén de mis manos, mientras los voy acariciando. De repente, como si saliese el sol, cuando en realidad hay un cielo muy enturbiado y a punto de estallar, quiero decir, como si de un milagro fuese… Nada, me voy y observo a la gente, que analizo mi vida y, después quedarme tan inerte, vuelvo aquí, y me vuelco en describir y en definir, y también en concluir. Entonces, recojo casi todas las semillas de mi huerto interior ya florecido y me percato de un solo inciso: que me he editado tantas veces que ahora solo queda quererme. Que, ahora, sencillamente, me ubico en este, en mi apreciado presente. Me quiero quedar, esta vez, sin tanto funeral. Estoy amando aquel sentimiento tan mortal, parecido a algo brutalmente letal, pero el pellizco, el de mi ser enfermo (en un pasado muy inquieto) lo alcanzo otra vez, y esta, para dejar de convivir con una alta presión que me amarga, que delata mi mirada. Así que nada, que me he transformado en un cuadro ya algo pintado. Si me permites, querida, déjale paso a la herida, que va a bailar bien vestida.








