Etiqueta: poesía

  • Puntos suspensivos

    Se me acaban los textos, quiero decir, las palabras, ¿O serán los sentimientos? Poner tantos cimientos, uno encima del otro, para después culminar en aquella nada. ¿Sabes de cuál te hablo? De las agridulces, ojalá sean más dulces que agrias. El caso, que me voy hacia las ramas podridas, destruidas, es que, ¿Qué? Ya me perdí, otra vez. Sécame las lágrimas que salen de mis pestañas y se quedan enganchadas, y engañadas, están disecadas. Me duelen los pies, los miedos me los estoy comiendo porque me estoy queriendo, pero el vértigo, aquel nauseabundo, me mata. Me arranca de la columna la última vertebra que se me queda arraigada, fantaseando, entre mi garganta y el estómago. Algo así, extraño. Raro de mí que me deje ir. Voy cayendo en picado, pero del revés. Bésame ya, pero ya es ya. Mi pulmón izquierdo está celoso de mi corazón casi enredado en tu mirada que parece que anhela observarme todavía más. ¿Resulta que me querrás? ¿O ya me quieres? ¿Me quisiste? Yo, enamorada, de ti. Me estoy olvidando de mí, aunque nos quiero a ambos al unísono del vaivén de mi latir. Vuelvo a descender, los huesos se repiquetean silenciosamente. Ah, yo no sabía esa faceta tuya de ir por detrás y sorprenderme, y en vez de colocar el punto, escribo dos más: es la historia sin ningún jamás.

  • La vida continúa, o no

    La vida continúa a pesar de estar enamorada, ilusionada y anonada. La vida continúa a pesar de tanto pesar y pensar. Y del todo a la nada en escasos segundos. Jaque mate, y mátame ya. Las cortinas grisáceas están intentando deshinibirse, pero sin querer se ennegrecen. Vaya jodida oscuridad. Arráncamela. Remonto, salto, tantos pasos hacia el pasado que me quedo inmersa en aquel inmenso recuerdo. Un paradigma tan pequeño, tan coqueto. Descuélgame esta, quiéreme así, bonito y sano, que la sonrisa se me quede colgando de la comisura de mis labios. Y ve contando mis lunares, haz constelaciones con ellos, que yo te describiré cada estrella polar aunque, la que destella, chispeando en el cielo ensombrecido, es aquella, la más bella. Cariño, que eres esa forma tan infinita, que tienes dentro de ti, que lo irradias hacia fuera. Desde entonces, estoy yo, aparezco siendo escopeta y bala a la vez porque estallan al unísono. Escopeteada voy. Soy el dolor insonoro, sin color. Soy la luna que va latiendo en una soledad absoluta, y llena de perplejidad, que te observa desde la lejanía, enamorándose en una cercanía ilusa que se deshace al chocar contigo en la realidad. Cae, y cae deformándose, con los hilos deshilachados. Tanta abstractez habita en el después, que muero del revés. ¿No me ves? ¿Te cuestionas cómo es? Pues, un, dos y tres, descárgate mi poemario, lector, otra vez. Agárrame de la mano que me marcho, o me mancho de tu mirada hermosa. Tírame el anzuelo, que te engancho, y me engaño, y así nos enganchamos y así nos queremos, y así nos amamos.

  • «Cien sonetos de amor», de Pablo Neruda: un homenaje poético al amor eterno

    ¿Puede un libro de poesía seguir emocionando generación tras generación?

    Hablar de Pablo Neruda es hablar de una de las voces más influyentes de la poesía en lengua española. En Cien sonetos de amor, el poeta chileno convierte su historia de amor con Matilde Urrutia en un homenaje a los sentimientos, al deseo y a la permanencia del amor incluso frente al paso del tiempo.

    En esta reseña comparto mi opinión sobre un poemario que demuestra que la poesía puede transmitir emociones universales con una intensidad difícil de olvidar.

    Ficha del libro

    • Título: Cien sonetos de amor
    • Autor: Pablo Neruda
    • Publicación: 1959
    • Género: Poesía
    • Editorial: Austral
    • Número de páginas: 144

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    ¿De qué trata? (Sin spoilers)

    Cien sonetos de amor reúne cien poemas dedicados a Matilde Urrutia, la compañera de vida de Pablo Neruda. Lejos de limitarse a una declaración romántica, el poemario explora las distintas formas que puede adoptar el amor a lo largo del tiempo.

    La obra está organizada en cuatro partes —Mañana, Mediodía, Tarde y Noche— que simbolizan las distintas etapas de una relación y, al mismo tiempo, del propio ciclo vital. A través de imágenes inspiradas en la naturaleza, el paso del tiempo y el cuerpo humano, Neruda construye una celebración del amor entendido como una fuerza capaz de sobrevivir incluso a la muerte.


    Mi opinión

    Lo que más me ha emocionado de Cien sonetos de amor es la manera en que Pablo Neruda consigue transformar los sentimientos más íntimos en imágenes de enorme belleza.

    Cada poema parece surgir de una emoción concreta: la admiración, el deseo, la nostalgia, la gratitud o el miedo a la pérdida. Sin embargo, lejos de repetirse, los sonetos muestran cómo el amor cambia, madura y se fortalece con el paso de los años.

    Uno de los aspectos que más me ha gustado es el uso constante de la naturaleza como lenguaje poético. Neruda compara a Matilde con el mar, la tierra, las flores, los árboles o las estaciones, creando metáforas que transmiten la inmensidad de sus sentimientos.

    Además, el poemario no idealiza únicamente la felicidad. También habla del dolor, de la ausencia, de la fragilidad y del paso del tiempo, recordándonos que amar implica aceptar tanto la luz como las sombras de la existencia.

    Los grandes temas del poemario

    El amor como permanencia

    Para Neruda, el amor no desaparece con el tiempo. Se transforma, evoluciona y permanece incluso cuando la ausencia o la muerte parecen imponerse.

    La naturaleza

    El paisaje se convierte en una extensión de los sentimientos del poeta. Elementos como el mar, la tierra, las flores o el cielo sirven para expresar aquello que las palabras, por sí solas, no consiguen explicar.

    El paso del tiempo

    La estructura del libro refleja cómo el amor también atraviesa distintas etapas, desde la ilusión inicial hasta la madurez y la aceptación del paso de los años.

    La unión entre cuerpo y emoción

    Muchos sonetos muestran el deseo físico como una expresión más del amor profundo, integrándolo con naturalidad dentro de la experiencia afectiva.

    Sobre Pablo Neruda

    Pablo Neruda, seudónimo de Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto (1904-1973), fue un poeta, diplomático y político chileno, considerado uno de los escritores más importantes del siglo XX.

    Recibió el Premio Nobel de Literatura en 1971 y su obra continúa siendo una de las más leídas de la poesía en español. Cien sonetos de amor está dedicado a Matilde Urrutia, quien fue su compañera durante gran parte de su vida.

    ¿Recomendaría este libro?

    Sí, especialmente a quienes disfrutan de la poesía y de las obras que exploran los sentimientos con profundidad y sensibilidad.

    No es necesario ser un lector habitual de poesía para apreciar este libro. Muchos de sus poemas transmiten emociones universales y utilizan un lenguaje lleno de imágenes que resulta cercano incluso para quienes se acercan por primera vez al género.

    Mi valoración

    Cien sonetos de amor es una de esas obras capaces de recordar por qué la poesía sigue siendo necesaria. Pablo Neruda convierte el amor, el deseo, la ausencia y la memoria en versos que conservan toda su fuerza décadas después de haber sido escritos.

    ¿Merece la pena leer Cien sonetos de amor?

    Si buscas un poemario que combine belleza, emoción y profundidad, la respuesta es sí.

    Más que una colección de poemas románticos, Cien sonetos de amor es una celebración de todas las formas que puede adoptar el amor a lo largo de la vida. Pablo Neruda consigue que cada soneto dialogue con el siguiente hasta construir un homenaje inolvidable a Matilde Urrutia y a la capacidad de la poesía para expresar aquello que, muchas veces, resulta imposible decir de otra manera.

  • El amor se escapó

    Me he dejado la libreta roja, y cada rosa, allá fuera. Se están marchitando, y enfriando, porque se quieren tanto que los colores, y dolores, repiquetean. Suenan los huesos y los reflejos de los espejos, sombras que se van ocultando para luego ir estallando, se van, pero en el otro vaivén. He perdido el tren porque fui caminando del revés por el andén. Los gusanillos de mi estómago se mueven rápidamente, las mariposas se han suicidado después de tantos daños consecutivos. Será el miedo, pienso. O el sufrimiento, siento, atragantado en mitad de mi garganta. El sabor, amargo, y el ir queriéndose de una forma tan sustancial y agridulce, me va matando. Agarro mis raíces por debajo de las pieles: ya no sé. Aún así, me percato de varios hechos, entre ellos, que me quiero querer y, alzando tanto el vuelo, me quedo en el gerundio sempiterno. Dejó de llover, la sequía ahora abunda. Me quiero quedar, de verdad que me gustaría, y sin necesidad. ¿Pero en qué consiste quererse? ¿Y amar? ¿El amor mutuo existiría? Porque si hablo, si narro, aquel de mi pasado, jamás tuvo acto de presencia. Simplemente hizo bomba de humo, y vaya si explotó. A posteriori, tristemente se exclamó, personificándose entre los pliegues, y recovecos, de mi ser que tenía un impulso ahuecado que se transformó el agujero. Aquí me pierdo, en la inercia, entre la peripecia y la voltereta.

  • Metafóricamente, yo

    Huí, me transformé en otra yo, metafóricamente poeta, toda rota, o coja. Un vaivén detrás de otro, en un bucle continuo. Ir cayéndose, ir lavándose la cara, que ya toca, que ya es vida de ir naciendo entre los sucesos coléricos, enrojecidos.
    Estoy sana, e ida, porque estar muy de la otra esquina, es recorrer la calle con los pies cortados, ¿Sabes? Aquel, el trozo del papel quebrantado. Déjame decirte… ¿Por qué tantos «lo siento»? ¿Para qué? ¿Qué finalidad habrá? Porque el fin, que consiste en comenzar del derecho, tal vez. Ayer me levanté con el pie izquierdo, y poca cordura. Ya lo he explicado, ¿No?
    Quiero colores, pero se deshacen por el desagüe de mi corazón que le falta una o varias piezas. ¿Cómo se forma? ¿Y por dónde empecerá a florecer? Agarrar el riesgo desde la última coletilla inexistente, aunque presente. ¿Arderá algún tipo de fuego? Aletéame que vuelo tan a ras del suelo que me convierto en el puto cielo.
    Y regresar para culminar en la avenida del instante anterior. ¿Sabes cómo construir un pasado? ¿Y de qué manera se destruye el futuro? ¿Consistirá en morderse la lengua unas cuantas veces? Quizás se trata solo de querer que te acaricien o te pellizquen las pestañas ya desgastadas para que a posteriori renazcan.

  • Va a amanecer

    Amanecerá, pero del revés porque los cielos se desbocan, se derraman, deabordándose, y ya. Sigo descendiendo en aquel vaivén que fue tan pasado y está aquí haciendo presencia con su esencia. Me caigo, mírame: soy torpe, pues puse el otro pie y ahora está agachado. ¿Mi corazón? Orgulloso, de mí, obviamente y, aunque hay instantes que alguien, la otra del reflejo del espejo, va cabizbaja, sin querer le hago cosquillitas: se pone a reír como una niña. ¿O es que ya lo es? Quiero decir, ¿ya lo soy? Siempre seré la inocente, y la rota, la muy rota y, de tanto, que explota. Déjame explicarte, o expresarme. Hace un par de años sí que estaba deslizándome por mi otra vida, la gris, ¿sabes? Ahora, desde hace tres tardes atrás, me observo, más que miro, y me veo. Ni sombras ni escupitajos. Eso sí, muchos garabatos e ir abriendo las cortinas mientras entra un sol que flipas y, cómo no, ir cosiéndose a una misma sombra. Hubo tantos meses que estuve a cinco latidos de pegarme cuatro tiros, pero como no había pistola, tampoco vivía en un piso con más de seis ventanas, solo me quedé. Aún así, se sentía: quería. El impulso se quedó retraído, después me puse a correr sin lápiz ni tiza ni papel, simplemente con el corazón que asaltó el tuyo. ¿O ya lo había conquistado? Pues fueron saliendo las palabras a balazos enredados, y muy enternecidos, sí, tenía sabor de nube algodón, de un sentido enamoradizo. Salieron endulzándose, las corazonadas serán ciertas.

  • El poema desquiciado

    Por fin digo «por fin» sin decir «por fin». Te parecerá extraño. ¿A mí? Cuéntame los lunares y déjate de cuentos que van sin fin o escasean de lucidez. Me apetece ser la luna, o cualquier estrella que no se estrelle. ¿Ya lo estoy siendo? Enamórate de la felicidad y siempre terminarás en el bucle del sueño que tiene mucha finalidad llena de verdad, una muy pura. ¿Y las historias? Mejor pregúntate si la nuestra es de un nosotros lejano o cercano, de aquí al lado de las praderas, o romerías. O del lado de los colores translúcidos en que abundan los amaneceres grisáceos. Yo me quiero, yo me quiero, yo me quiero… me voy diciendo. Quédate así quieto y no muevas ni un dedo, o muévelos todos. Solo me apetece ensuciarme de palabras inéditas o excluidas o extraídas o extranjeras. Sencillamente me encantaría ser la poesía en persona y, al final, mi cara, y toda yo, somos un poema, aquel de prosa poética: el más breve y, al mismo tiempo, el que narra la nada y es la nada a la vez. La mirada déjala en el pasado, que se estanque.

  • La colección

    ¿Qué va a salir de ahí? Una flor bien marchita. Se va colocando en el otro vaivén: el hueco deshauciado. Estamos, ambos, con las nubes grisáceas aún ennegreciéndose más. Duele, mata; la bala arrasa. Déjala bailar(se), déjala que va a volar… decían. Un vacío añadido a mi colección de corazones partidos. No sé, estoy lo siguiente de nublada. Lo siento, ahí, tan adentro, y me desentiendo. Ya lloré… anoche durante la madrugada… Se hizo larga. ¿Y para qué? ¿Por qué todo esto? ¿Hacia dónde voy con ese latir tan intensamente roto? Dímelo tú, por favor, y dame el placer de cerrar la puerta y todas las ventanas cuando te vayas después de matarme el cora’.

  • O el desamor

    ¿Alguien me explica qué es el amor?