Estava a casa estirada al llit i vaig escoltar un soroll que venia del carrer. Com que no volia baixar a veure d’on venia el soroll, vaig treure el cap per la finestra. De sobte em vaig enamorar. Em vaig enamorar de l’aire pur de la primavera, dels núvols juganers que feien formes abstractes, dels arbres i, sense voler, de les meves flors d’on, temps enrere, van anar creixent les arrels del meu ésser.
Caminava i jugava amb el pas del temps. Recordo quan era petita que estava saltant damunt les pedres del riu i, jo, tant innocent i ingènua vaig veure un ocell. No era un ocell qualsevol, era una oreneta blava, molt maca qui em va enviar un missatge a través del seu cant.
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Un soroll, flors i arrels
(Des)amor propio
¿Qué es el amor? Me cuestiono. ¿Y el desamor propio? ¿En qué consiste? Se come a bocanadas de aire, supongo. Tiempo atrás, por no decir años, por no decir desde cuando era pequeña, me quise, pero del revés. De cabeza abajo y arrasando, siempre, el suelo. Derrapando queriendo. ¿Si uno no se quiere es porque uno no quiere quererse? ¿O porque, simplemente, necesita desaprender para florecer? Así, quiero decir, así de rota me sentí desde que era una niña.
Lo siento, me disgusta recrearme en el pasado mientras me relamo las heridas, que van cicatrizando, pero quiero analizarme. Por eso mismo, te voy a narrar mis miserias, todas y cada una de ellas.Fue un cúmulo de sensaciones extrañas que entrelazándolas se pueden denominar como el vacío existencial. Ser la rareza en la infancia, ser una incomprendida durante la adolescencia y estar sola después del primer amor idealizado para, luego, acabar pariendo la semilla. ¿Qué significa? Que he tenido que destruir y destruirme infinitud de veces, que me he muerto, he matado, incluso me he suicidado en vida para darme cuenta de que, bueno, soy el punto exacto donde se mezcla el atardecer con el amanecer. Sí, soy ese arte puro, extraño y hermosamente roto que, a día de hoy, va pintando su propio lienzo, un cuadro donde habita un océano colérico sumergido en tonalidades primaverales. Es el ciclo de las estaciones, dirán. Es el acto de amarme, digo.
Y ahí me quedo, abrazando un amor inmenso aún por descubrir, por tocar, por sentir, eso sí, hacia mi ser interno.
Ahí me quedo, levitando en los recovecos de mi corazón ennegrecido.
Estoy enamorándome, de mí.Hechas de huecos
He tenido una semana cargadita de dolores. Entre el catarro, el oído y la queridísima regla, estoy más tuerta que entera. Aún así, sobrevivo, sobrellevo los días que se me acumulan como las ventanas abiertas, o cerradas. La vida es bonita si la miras desde la otra perspectiva, desde el otro lado de mi misma. Porque hay momentos que dejan de serlo, que se refugian en noches de mucha luna llena. Aquella ausencia me habla, mi propia soledad. Me costó arrancarme las alas y, después de aquella desgracia, al fin volé sin ser pájaro. Ni enjaulado ni libre. Presente. Y sigue y quiere y vive. Y seguí y también quise. Y estoy viviendo, sintiendo las heridas escocer. Hacerse daño entre ellas con tanta soledad, pues, al fin y al cabo, están hechas de vacíos, de huecos. Son recovecos sin salida de emergencia y con escasa paciencia.
¿Cómo estás?
Pues han pasado muchos días y meses, cuyos han sido duros porque los he pasado sufriendo, pero porque yo quise. Elegí hundirme en una tristeza profunda en vez de acariciarla con amor. En vez de cuidarme. Ahora soy una niña feliz, enamorada de mi vida, de mi misma. Quiero decir, estoy sonriéndome. Me observo en el espejo y veo mi reflejo y me mira. ¿Y sabes qué? Me sonríe. Voy caminando con arte. Así soy: un caos artístico. Un cuadro de miradas fugaces llenas de amaneceres.
Ayer, después de charlar, más con la mirada que con la boca, al final me descubrí, o descubrió -él de mí- que estoy en el mundo terrenal. Aquella idealización se ha esfumado. Todas las ilusiones han desaparecido. Estoy viviendo en la realidad. Por fin toco de pies al suelo. Por fin soy. Así. Tal cual. De carne y hueso y sin corazonadas ni instintos ni impulsos incoherentes.
Porque es cierto que los seres humanos deseamos volar más allá de las nubes para sentir que estamos vivos y, al final, acabamos muertos, suicidándonos sin poder parar. Sin poder deternos. Nos agarramos a ella y nos despersonificamos y creamos nuestra propia muerte. Un vacío inerte que está, que es ser. Que se convierte en un hueco y luego otro y otro y, sin querer, somos la soledad.
Todo esto significa que he soltado la bomba que llevaba dentro. Solo queda escribir la miseria pasada para poder analizar, aprender de una misma y crecer.
Hace unas horas atrás puse la semilla. Me queda florecer y siento tan de dentro hacia fuera que sé que en un futuro habitará un jardín en mi interior.
Así que sí, estoy floreciendo.
Desenchufar un cable
Hoy me brotan, de mi corazón, las rosas. Están en la fase del crecimiento. Después de la semilla se pierde la vida, porque mueren. Y yo, aquí, tirándome a la avenida por quinta vez.
Así que sí, me desenchufaría de la tristeza constante que viene para quedarse y ahí levita, estacionándose, aparcando en zona prohibida. Y la herida que sangra, la cicatriz que aviva la llama del dolor, va bailando. Sufrir y morir. Suicidarse. ¿Cuántos golpes más son necesarios?
Florecer porque ya no queda otra, porque sí. Florecer, obligarse a florecer. Arrancarse los pétalos. Sonreír. Ir y venir.
Estoy harta de escribir irracionalmente. Solo quiero decir realidades, no verdades, pero, perdón por la excusa, siempre habitan en mí. Llenas de melancolía, ajetreadas, cansadas, tristes. Necesitan muchas tiritas.
Desenchufarme entera, ese sería un puntazo, o un librazo (perfectamente malo), roto, breve. Porque con un esbozo, tres hojas -sacadas de la primavera que tiempo atrás se instaló en mí- y cuatro pinceladas ya he sacado el cuadro desencajando toda mi vida.
La vida es un poema, ¿O no?
La vida es un breve poema que se complica con el paso de los días hacia la muerte. ¿Y qué son esos días? ¿Cómo se suceden? La perspectiva, ¿Para qué? ¿De dónde viene? Deslumbra, y tanto, que ciega las almas bellas. Créeme, todos, tiramos o, mejor dicho, nos tiramos por los precipicios. Nos hemos suicidado ya varias veces. Quien diga lo contrario es un inculto de la literatura existencial o sino un ignorante que, sin saber, sufrió sin querer(se). Como las huidas, aquellos tubos de escape, las fugas, las fugas… Fugaz, y me comí las estrellas todas y cada una de ellas. Eran, fueron. Brillaron tan intensamente, ¿Sabes? Respóndeme: ¿La vida es un poema o no lo es? Pienso, quiero sentir, que sí. Se abre de un portazo la ventana. Un aire golpea tus alas. Y sin querer se cierra (para siempre). Así es el transcurso vital. Metáfora, para colmo, la primera que se te plantea solo al nacer: ¿Para qué he salido del agujero? Para entrar en otro. Luego el nudo, que lo llevas atado contínuamente en la garganta. Ha subido y ahí se ha quedado, levitando, para después escuchar un único y silencioso estallido. Es el grito final. El dolor ya ha cesado. ¿Entiendes la comparación vida-poema? Literalmente hablando, todo es metafórico. Estamos a rebosar de verdades. ¿Cuántas realidades existen?, preguntaría el loco. Ya te respondo yo querido: miles. A cinco pasos de distancia del poema, antes o después de introducirme en su dulce miseria, me percato de que solo sé escribir sintiendo. En fin, que la vida es un poema.
Perder a una amiga
Perder a una amiga es como perderse a una misma. De aquella forma se sintió. Así se siente. Mirarse en el espejo y solo ver, y no observar, el reflejo sin percatarse de los matices. Saber que estás mal desde aquel día, ser consciente de lo enferma que te pusiste y de cómo sigues. Tener muy presente que decaíste, de que moriste chocando, tristemente, con el bucle infinito.
No sé para qué, bueno sí, para joderme, descubrí tu sentimiento. Lo que sentiste, y seguro que sigues sintiendo, hacia ella. Percibí, ya desganada, que te enamoraste perdidamente. Tú dijiste que era el principio de un enamoramiento, pero yo, después de leer a Mario Benedetti, tal y como dijo Don Rafael, cuando dices «creo que me estoy enamorando» es que ya lo hiciste hasta la llaga de tu -y mi- marchitado corazón. Fue jodido. Jodida estoy. Morí, muero y voy muriendo.
Nosotras en aquella cafetería: ella hablando, yo diciendo mucho con la mirada. Callándolas, las palabras, en suspiros, en intentos de argumentar. La mierda ya estaba echada. El suceso ya anduvo su curso. No hubo opción de cerrar la puerta pues el cerrojo estalló, rompiéndose. ¿Y sabes qué? De una vez por todas, nada estuvo de mi parte.
Me importa poco. Siempre he sido un zero a la izquierda. Prefiero florecer en mi soledad extraña, rota y malbaratada e ir haciendo malabares con mis sensaciones.
Entonces, apareció el momento. Parecía algo superfluo y al asemejarse tanto a la nada, esa «nada» se convirtió en otro de mis huecos oscuros. El más ennegrecido. Destacó. La oveja negra, le nombraron los otros agujeros. Porque pensé que lo había perdido todo. Reflexioné innumerables veces: estoy sangrando. He perdido tanto que me estoy recreando en los recovecos de mi misma. Y sé que acabaré, para volver a empezar, sonriendo sin hipocresías. Seré un océano cristalino. Mientras tanto, miento.
Y fin, de la incógnita.
Un poco de mi arte…
Actualmente he autopublicado ocho obras literarias, que las puedes encontrar en la sección Mis libros.
La noticia es que hoy he sacado, por fin, la tercera y última parte de la trilogía Aurora y me paso por aquí para puntualizar varios detalles respecto a esta historia.
En primer lugar, la trilogía Aurora se divide en tres partes: Café Frío, Otoño Nevado y Alma Gélida. La novela se puede interpretar de dos formas: como una historia simple de desgracias o como una serie de acontecimientos que unidos forman la desgracia principal. Sea analizada desde una perspectiva o de otra, me quedo con la segunda interpretación, pues es más profunda y ahonda en el mensaje que quiero transmitir: el vacío existencial y cómo sobrellevarlo hacia lo más profundo de un ser, en este caso, de la protagonista.
En segundo lugar, me centraré en cada parte. Preciso que en esta obra podría haber juntado cada breve historia en una sola, pero preferí dejar la esencia de cuando la escribí, que fue en mi adolescencia.
- Café Frío es el inicio de la desgracia de Aurora donde el conflicto se centra en el problema interno de la protagonista.
- En Otoño Nevado hay una dualidad entre realidad-ficción.
- Y, finalmente, en Alma Gélida se puede llegar a comprender a Aurora.
En tercer lugar, me cuestiono cuál fue mi objetivo con esta novela. Pues experimentar. Es decir, me inicié en este viaje cuando tenía quince años, el auge de las crisis existenciales. Lo único que necesitaba por aquellos tiempos era probar cómo sería escribir una novela de este calibre tan insignificante. Así que me lancé y ahí está el resultado.
En cuarto lugar, debo aclarar que voy a reescribir esta novela dividida en tres narraciones para unificarla en una sola, donde editaré, matizaré, borraré, corregiré, entre otras acciones, para darle un toque más profesional, pues cabe recordar que al publicarla la dejé tal y como la escribí cuando era más niña porque no quería que perdiera la esencia. Aunque también soy muy consciente que tiene errores de bulto, porque me dediqué a dejar plasmado el arte que saqué de mi ser interno en un pasado.
Y, finalmente, quiero decir que no estoy nada preocupada, al contrario, me gusta que el resultado final no sea del todo el final, porque, como dije, aún queda editarla otra vez. Debo destacar que la novela en tres partes, es decir, la actual, seguirá estando así, sin unificar, simultaneamente también estará la novela editada. Es decir, habrá los dos formatos.
En resumen, he hecho esta breve explicación para evitar confusión y para informar de que la trilogía ya está terminada, donde intento cerrar una etapa. ¡Así que ya la puedes leer!
(In)comunicando
Comunicar, comunicarse, comunicarme con mi ser interno. Siempre, mediante las palabras, a través de la escritura creativa. ¿Llega el mensaje? Mi mensaje, quiero decir, la señal. ¿Cuál? Está ahí parpadeando. La chispa fundiéndose. ¿Sabes qué? Que hace tiempo atrás, días quizás, me comí las heridas, muriendo en los parques. Los sucesos se han deshecho enteros.
Volviendo, regreso al viento que es de otro color, otro tiempo. Matices y cicatrices. Quiéreme. Y quiero, cuando me observo en el espejo, no querer sino quererme. Y punto, y seguido. O puntos suspensivos. Pasa, ¿Sabes? Pasa mucho que la vida se pasa de moda. Y yo soy una chatarra antigua. Soy chiquilla chamuscada, atrasada, como de las épocas viejas. Soy la ambigüedad personificada. La rotura al borde del corazón. Descosida voy, e incomunicada conmigo, pues sucede que sigo sin saber quien soy. A veces me digo que escribo y yo al escribirme me convierto en escritora. Un instante, dos. Hay tantas facetas como días distintos. Vaya desconcierto.
Y cuestiono, así, en el aire: ¿ Te comunicas? Yo lo estoy haciendo. ¿El problema? Que soy arma y víctima, que hay un muro alto y espeso entre el yo y mi yo-poético. Entre alma y espejo. Cierto reflejo, me hablas, pero hay interferencias. Las pongo yo, quemándome, rompiendo el juego comunicativo. Quebrando el hilo telefónico, mordiendo el verbo, haciéndome la sorda.
En realidad oigo, pero no me escucho. Comunicarse con uno mismo, ¿Eso qué es? ¿Se siente?