Tengo derecho a no querer hablar,
tengo derecho a pelearme,
tengo derecho a estar mal,
tengo derecho a sonreír,
tengo derecho a ser libre.
Tengo derecho.
Tengo derecho a no querer hablar,
tengo derecho a pelearme,
tengo derecho a estar mal,
tengo derecho a sonreír,
tengo derecho a ser libre.
Tengo derecho.
Hay piedras valientes,
hay piedras cortas, de mente,
hay piedras cobardes,
otras cantarinas,
hay piedras solitarias,
otras, que están acompañadas.
Hay piedras.
Piedras de todos tipos, de cualquier modo y en pluralidades de tiempo.
Y, todos, somos piedras.
Tú eres una piedra, yo también.
Lo siento. Lo somos.
Porque hay algunas que se caen por el precipicio, ésas, son las más valientes. Después está la siguiente piedra, la cobarde -a secas y porque sí- porque, justo cuando empieza a caer por el precipicio grita y, una vez cae al vacío, ve que sigue viva. Canta, de alegría, a veces llora riendo. Pero canta. Y en esa misma oda de pena, se muere de soledad. Porque no hay nadie que la acompañe. Está, sola. Y, en medio de esa negrura espesa, empieza a llover. Otras piedras que también han sido como esa piedra solitaria que, ahora, empieza a ser acompañada.
Son piedras, piedras que se convierten en personas o personas en piedras. Ya no sé distinguir.
Es un bucle. Un bucle de ánimo que parece no tener fin. Y no lo tiene.
Todos caemos y volvemos a levantarnos. Lo que pasa es que yo no he explicado cómo se levanta uno, porque hay piedras, que no se levantan. Y es que están gruesas, pesan, y están llenas. Llenas de emociones y sentimientos, cicatrices y rasguños profundos. Llenas de mierda por dentro, aunque por fuera sonrían. El caso es que están llenas y las alas no son suficientes para que vuelen, por lo tanto, se quedan en la superfície de la realidad siendo demasiado realistas sin ya poder volver a volar nunca más.
Sabes que, cuando quieres a alguien, cuando te has enamorado de equis ser, de ti, sientes. Sientes tanto que tu corazón explota en silencio.
Que palpita a mil por hora,
que respira,
que llora,
que anhela,
que añora,
que quiere,
que odia,
en silencio.
Siempre, en silencio.
Hasta que estalla.
Momentos de desesperación, de morir desnutriéndote, de insomnio, de ensueños ilusos. Momentos de locura. Locura pura.
Hay veces, en las que me caigo, saltando el precipicio y quedándome del revés.
Hay veces, que soy caos, desmadre y desastre. También arte, porque, al fin y al cabo, es aquello deshilachado, resquebrajado e insensible.
Hay veces, que te quiero y, otras, que te odio. Pero aun así, te amo.
Hay veces, que me estampo. Que soy vidrio, y me rompo.
Hay veces, que te necesito.
¿Pero sabes de lo que no hay veces?
Yo tampoco.
Remolinos, juegan por mi intestino, traviesos. Son honestos conmigo misma porque me delatan haciéndome tiritar; me están haciendo entender que te quiero, cuando no estás y, cuando estás, aun más.
Paseo, intranquila, por las calles. Es de noche, ojalá no estalles. Ansias de verte, ojos llenos de ganas, no me las quites; me ganarás con las palabras. Versos malditos, hechizados. Cuentos. Sueños. Realidades mutuas.
Ya llego, te veo, de lejos, te observo. También está nuestro amigo común y nuestra amiga común. Se me asoma la sonrisa en los labios y los remolinos me suben a la garganta.
-¡Hey!
-¡Hola guapii!
Le doy dos besos a mi amiga, después a mi amigo y, finalmente, a ti, mi amigo incondicional. No me lo pienso dos veces, te abrazo y, por suerte, la mía, me correspondes el abrazo, abrazándome más fuerte aun.
Entonces, me doy cuenta de que debería haberte dicho Te Quiero. Porque nunca sabes cuando será la última vez que verás a una persona ¿y si mañana ya no estás? Y me dirijo a cualquier ser amado por mí: amigas, amigos, más que amigos, familia…
Me siento…, ¿cómo me siento realmente justo ahora?
Me encanta la lluvia, su sonido y el tacto de las gotas al tocar mi piel. Es escandalosa a veces, o muy delicada. Lo destruye todo o lo limpia, dependiendo de su caída; por su alegría o por su tristeza. Porque al principio se siente depresiva hasta que las gotas se sacian y el cielo se abre dejando paso a la luz del sol. Un trozo de mundo queda en verdadera paz, sólo por unos largos segundos ya que la tranquilidad se quiebra hasta el punto en que se rompe, justo cuando la humanidad -que no tiene humildad, ni educación, ni empatía y es egoísta- pisa sin dos dedos de frente el terreno aún húmedo destruyendo cada sensación que transmite la bonita naturaleza. La lluvia acompaña mis heridas, mis dudas, y mis miedos, y es la única que me acompaña en mis días tristes que son los más soleados. Y no le culpo al sol por resplandecer en un atardecer, le culpo a mis días con poca vida y mucha muerte. Y si para mí la muerte es vida, ¿entonces qué es vida?
Y viviré de sueños jamás cumplidos porque el mañana nunca llegará. Lloraré, me dolerá, lo sé. ¿Pero qué más puedo pedir? Si no está destinado a mí, deberé seguir.
Y, sé, que sólo son palabras, escritas con tinta de sangre, derramada de mi corazón. Que sólo tecleo, intacta alma, que a cada letra se va derritiendo porque estoy enamorada de ti. ¿Cómo soplarte estas palabras? Y de más, que siempre están de menos porque nunca son suficientes.
Escúchame, léeme, tú ahora a mí.
Susurrame, dime aquello que anhelas tanto e iremos a volar mundo, juntos.
Bésame, ya, no hay tiempo. Se está acabando. Necesito de tus lunares, contártelos -luna lunática, yo-. Tú, Universo, chispeantes, tus ojos marrones.
Buenos días;
por aquí os dejo el prólogo de una historia que estoy creando, que ahora está estancada pero que espero que resucite otra vez. Tal vez, depende de como vaya la cosa, la podréis leer en un futuro no muy lejano.., 2019, 2020… Vete a saber..
DESGARRADOR
Prólogo
Escuchó como unas gotas, indefinidas, abstractas, chocaron contra el alféizar durante unos segundos. Se levantó y, acercándose a la ventana lentamente, la abrió. Entonces las vio. Gotas de sangre, caídas desde arriba, esparcidas por todo el capialzado llegando hacia el suelo, derramándose por los tochos grises oscuros llenos de graffiti. Arte.
Y es que después de haber estado ingresada en un manicomio durante cinco años, la dejaron en libertad porque su cerebro mal amueblado, se fue arreglando y, justo después de aquellos años, tan inciertos por los doctores, dejó de tener los engranajes mal encajados. Cuando salió al exterior el mundo estaba derrumbado, deshecho y, al regresar a su hábitat, este estaba descolorido, roto, ahuecado, oscurecido, vacío. Era un bloque de pisos, huecos, sin la estructura definida, pintada de colores y formas abstractas con sprays de esos que usan los jóvenes de hoy en día. El esqueleto estaba desnutrido. Y, ella, Rouse, vivía en aquel bloque, sola, sin nadie que la acompañara, justo cuando un día la vida le dio un giro quedándose patas arriba. Es decir, que vio las gotas, de sangre, y las siguió, entreteniéndose, metiéndose en un caos, el que jamás se hubiese imaginado.
Salió a la calle, descalza y con un vestido roto, gastado y ensuciado por el tiempo, el mismo que llevó el primer día que fue ingresada al psiquiátrico. Una vez en el exterior siguió el rostro de la sangre.
En las calles no había nadie y el sol abrasaba su cuerpo fuertemente. Simplemente las huellas dactilares marcadas en la arena, que las siguió con la mirada hasta detenerla en un punto en la lejanía, donde se acababan y empezaba un río de sangre, la marca de como un cuerpo, muerto o casi, fue arrastrado. Después, huesos, débiles, delgados, rotos. Y, basura. Montañas de residuos, centenares. Allí vivía ella, al lado de un vertedero. Se adentró en él. Y como ya era habitual, lo encontró. El cadáver.
Los truenos empezaron a retumbar por toda la ciudad y las gotas de la lluvia comenzaron a borrar el rostro de la sangre, dejándola menos espesa, más líquida. Creando una mezcla extraña, repugnante. Un viento agrio se levantó, disecando la sangre que no se había diluido.
Se acercó al cadáver. Era su hija, pequeña, la sexta, la última.
Había alguien allá fuera que las mató a todas, sin dignidad ni compasión. Sin dilación, con la excepción en mano, agarrando el corazón en alto, desangrado, bombardeando, siendo el rey.
La lluvia decae,
pero tú eres arte,
porque las flores
florecen de ti.
Te fuiste a Marte,
y, cuando regresaste,
te amaste.
Ahora, eres un sastre,
de las palabras descosidas;
idas y venidas.
Derrumbamientos mentales,
tsunamis hechos de cristales,
como tu alma,
que es una flor ensangrentada,
marchita y deshilachada,
pero que florece cuando abunda el agua,
o, se ahoga de tanto sentimiento;
puro y lúcido, ópaco y hueco.
Tierra y eco.
Para mi amigo incondicional,
de Ann.
No quiero dudar, ya no más.
¿Cómo sé si me quiere?
¿Cómo se siente al quererle?
¿Cómo siento si lo quiero?
¿Cómo se siente al no quererlo?
¿Por qué tantas dudas?
¿Por qué tan lento todo?
¿Por qué tan complicado?
¿Por qué no llega mi oportunidad?
¿O es que las estoy perdiendo todas?
Sólo quiero volar y no estrellarme, pero se ve que no puede ser, que las estrellas vuelan por mi cabeza.
Y quiero a un amor correspondido,
que me sea respondido con un «estoy» y un «voy» -hacia ti-.
Quiero que sea algo real, y no superficial.
Quiero escribirle a alguien que me quiera y no estar pudriéndome por un amor que ¡ya ves tú! Ni siquiera me responde.
Sólo quiero a alguien que me quiera y quererlo yo también.
Ábreme las puertas de tu infierno,
quiero caer en él.
Y es que hay muchas formas de ser,
y por eso, contigo quiero ser.
Y aunque no estés o te vayas,
en un mañana no muy lejano,
seré, sin ti.
Porque podré, lograré, dejarte de sentir.
Eso es lo que quiero; lo conseguiré.
Dejaré de llorarte y lamentarme por un amor que ni siquiera tiene alas o, quizás,
demasiadas. Se alzan al vuelo muy rápido y, después, acaban estrellándose.
Como siempre.
Siempre.
La rosa rosa, roza;
nace en mi interior,
ilusa y ñoña.
Crece por dentro,
sin espinas,
idealizada
e idolatrada.
Estoy enamorada,
de él,
que es como esa rosa rosa que roza.
Me floreces por dentro,
derramando rosas ensangrentadas,
que con las espinas desgarras.
Matas.
Estás en mi interior, y matas.
Como mil agujas desgarrándome.
¿No puedes comportarte?
¡Por el amor de Dios!
Sé consciente de que, matas.
Sé comprensible,
¡compórtate odiosa pecora!
Bésame las entrañas. ¿Pero acaso sabes lo que son? No tienes ni la mínima idea. Bueno, quizá, en eso, me equivoque. Escribe, rasga el papel hasta llegar a las secuelas, oscurecidas por las ramas, por la luz del sol que no las alcanza. Y, cuando lo hayas hecho, escríbeme un poema. De hecho, iba a contarte algo pero se me ha olvidado porque cuando te tengo delante, o entre mis pensamientos, desaparecen mis palabras o se me atascan o atragantan. Soy torpe.
Ahora, quiero bailar. Volverme loca, poco cuerda. ¿Y si te hago un streptease y luego me versas? O besas. Las dos cosas. Yo te haré uno con cada letra salida de mi interior.
Te quiero; un día de estos te lo diré, con sonrisas para joderte un poco. Aunque la que se jode soy yo, porque no, ¡no puedo más! Te necesito ya. Aquí. Ahora. Conmigo. Y siempre te lo digo con sonrisas. ¿No me ves? Pues mírame. Ya lo haces, lo sé.
Sólo me desahogo, porque te quiero, otra vez. Y otra, y otra.
Y, lo sé, que soy una contradicción personificada, como dijiste. Y me encantó porque la clavaste. Siempre lo haces y yo, como una idiota, me pierdo en ti. Estoy sumisa a tu mirada, soy de tu sonrisa. Tienes el alma enternecida. Te amo.
Es un monstruo,
descarado y ordinario.
Le gusta salpicar con sangre
-palabrotas- y sacar las garras.
Matar con armas,
amarrándose a las entrañas.
Se me atascan las palabras,
las tengo en la garganta.
Soy un poco idiota, tal vez,
por haberme enamorado de ti.
¿Por qué no te vienes?
Aquí, arriba.
Vuela conmigo.
Alza las copas, bebamos.
Un cielo estrellado,
invierno helado,
parpadeante en el tiempo.
Las flores ya nacen,
florecen en abundancia;
no todas salen pues hay de ellas que parten.
Hacia el sur,
hacia el norte.
Piérdete conmigo,
vente a la cima;
la montaña más alta,
aquella,
la más oscura.
Ya no busco entre la gente tus pasos,
busco tus labios.
Porque paseo entre barrios,
lamo el suelo con las puntas de los zapatos.
Entro y salgo del metro.
Dentro, observo unos, mojados por las puntas. Y es que la lluvia abunda. Pero el cielo deslumbra.
Hoy no me he levantado,
me he quedado,
rasgando el alma,
cosiendo el corazón.
Y, cuando por fin,
he puesto un pie
delante del otro,
me he caído.
Ha sido,
una caída fuerte.
Me ha costado comer,
por eso, las entrañas,
se han quedado vivas y no muertas.
Me he hecho tres orgasmos
leyéndome un libro regalado.
Y, después, no he sentido nada,
vida.
Azul y celeste,
amarilla y naranja,
negra y estrellada;
me matas cada mañana.