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  • La fe estrellada

    La fe estrellada

    ¿Puedo hacer una pregunta? Bueno, el caso es que ya la hice. Vaya cuento: está a rebosar de absurdez. Solo quiero saber cuándo me cansaré de ser la tristeza personificada. Deshumanízala, suelta la otra cara de la moneda. ¿La cruz? La mala suerte, le denominan. Ve y llama a la puerta, atrévete, elimínate todas las etiquetas, que las coletillas llegarán solas y en una abundancia terrible. Esa chiquilla tan pequeña, que ha crecido con creces, me mira con curiosidad, pero la adulta se observa desde el reflejo del espejo muy indecisa, e incrédula, ni que le digas que Me quedo, pero, así, diminuta. Me sobra la eñe porque le suma abstractez al asunto pasando del uno al diez. ¿Y qué? Me acabo de perder otra miserable vez. Voy del revés, no sé ubicarme de pie, pues. Las cenizas van que vuelan, que arrasan y, las alas, ya sonámbulas, se arrastran. Que cuándo seré feliz: pues ni yo lo sé ni tampoco lo quiero saber. Es que…, ¿Qué? Que te guardes en el fondo de tu escasa sabiduría esa diminuta alegría. ¿Sabes? Esa fe que quiere, e intenta, y con impulso fuerte parece que se eleva, pero vaya… cuando la ves estamparse contra la mierda va y se le salen las estrellas por las orejas, si es que tiene. ¿De ellas o de ambas? De ninguna. Descuartízate la mala lengua, las habladurías y las brujerías. Se han quedado las tres y, de golpe, qué maldito estrés.

  • La enamorada

    La enamorada

    Todos evolucionando, todos enamorándose, cambiando por y para alguien, y yo, ¿Yo qué? Yo aquí… ¿Haciendo qué? Pudriéndome mientras me vuelco en el café. Se va enfriando y, sin querer, la espera de la fe se alarga. Voy tan cansada, ¿Pero desde cuándo? ¿Cómo vuelo? Se me alteran las palabras o solo es que van disecadas? ¿Van así? Realmente angustian tanto que se absorben… Supongo que se solapan las más inéditas, de aquellos vacíos tan huecos, de aquellos dilemas con varios esquemas que, bueno, si sabes deshacerlos pues bienvenido a mi vida, queridísimo mío. Quise, tuve (en pasado, ¿Otra vez?) Otra vez de apreciarme y acurrucarme y cobijarme entre mis heridas. Espera, acabo de soltarlo, de nombrarlo, al substantivo, digo. Si escribo, si me describo, quizás el milagro sale tan disparado que se acaba abriendo del todo la brecha de la luz escueta, sentencio. Me gustaría, si pudiese alcanzar a la estrella…, me gustaría narrar sin querer, a bocajarro y con el corazón sangriento. Es fugaz, y el tiempo va que vuela, y si vuela, sí, vuela. Entonces, me quedo quieta, inédita. Tal vez menos muerta: voy sonámbula por esta avenida tan estrecha. ¿Seré yo la vívida, la pícara, la…? ¿La qué? Yo qué sé, supongo que va del revés, la incongruencia de cabeza a pies. La misma que observa la luna rojiza y llena y se cuestiona si los zorros ya habrán salido a por ella, si ya han aparecido fuera de su escondrijo para cazar a la loba, que se detesta, que se apesta y se determina como la princesa mal puesta por considerarse una chiquilla entristecida, por ser la mal herida. A ver si necesitará a una alcahueta: ¿Pero para destruirle aún más su propia miseria interna o para alzarle su cabeza de muñeca muerta? Será que se debe creer más que la que sirve de verdad es la pura ciencia, guiarse por hechos empíricos…, que en el resumen del final del cuento chino y turbio, la intuición solo tiene una única utilidad y sirve para estar equivocada en ese pequeño trance de vislumbrarse como la enamorada.

  • Proceso creativo de “Aurora”

    Proceso creativo de “Aurora”

    Escribir Aurora fue un proceso intenso y exhaustivo que contuvo un proceso creativo bastante largo lleno de cambios, de irregularidades y descensos. Y ahora que me pongo aquí a describir aquella experiencia, aquel proceso creativo, me quedo hueca de mente, así, en blanco, siendo la tabula rasa, porque se me escapan las palabras. Supongo que arrasan o quizás se difuminan o nunca llegaron a aparecer.

    Entonces, se soltaron o cayeron a borbotones. ¿Quizás de golpe? No lo sé. Tampoco recuerdo bien cómo se inició aquel bocajarro de miseria rota, solo sé que de una herida, casi imperceptible, se incendió la llama de un vacío existencial: un fracaso monumental.

    ¿Qué pasa cuando toda tu vida es una fantasía ilusa? Cuando lo que creías real se convierte en irreal y a la inversa, entonces… ¿Hacia dónde te diriges? ¿Y cómo te mueves? ¿Por impulso del declive? Ir cayéndose mientras, una misma, se va creyendo y creando… ¿Pero el qué? Quizás, era, sin querer, tu proceso emocional, ese in crescendo del “voy viendo”. Ese que estabas esperando, sí, te llegó y de un portazo te reubicó, te plantó aquí dentro, en este presente que parece tan ausente…, pero que es real, que es tu pura y cruda y dura realidad.

    Así que si te apetece hundirte en otro hueco extraño y bien amargo, léete Aurora. Quizás te reencuentras en otras formas abstractas, o no. ¿Quién sabe?

  • El sentimiento desubicado

    El sentimiento desubicado

    Tantos pendientes… vaya resaca emocional, todo, esto, es tan mortal, y anormal, quizás. ¿El hecho es que no haya hecho ni tampoco derecho? Me muero, me muero, voy, así, escopeteada, poco saciada de ti… hasta que te veo y una paz inimaginable e indescriptible me describe entera, pues te impregnas en mi piel, entre mis pliegues. El papel. ¿El papel qué? Que se queda corto, que va escaso. Eso quiero yo: tenerte a centímetros de mí. El caso es que del dicho al suceso hay un gran trecho, un gigantesco techo. Porque, bueno, son palabras y se marchan volando con el tiempo y al ritmo del tempo. No me hables de coletillas, tampoco te vayas de puntillas porque te escucharé, y a conjunto, con mi corazón, que se romperá por otra desesperanza más. Y al cajón de desastres, de las desilusiones rotas, así, de las mariposillas loquillas con la picardía limitada.

    Estamos en este vaivén, y ven, ven, porque somos seres caducos. La vida son dos días y, aunque llena de puntos suspensivos, incertidumbres e incongruencias…, pues, bueno, deshazme de esta inercia que fluye tan bien ya que desciende y se enciende del revés. Cuesta abajo la monotonía incluso se observa divertida. Solo que estoy y voy cansada de este desamor bien encajado, de no corresponder(me) e ir siempre, siempre con la paranoia en llamas. Las chispas se incendian de unas cenizas que parecían algo inéditas. ¿Se ocultaban? Sencillamente se sentían tan muertas, tan sonámbulas, tan esqueléticas…, que explotan, que estallan saliendo a bocajarro de mi frío y cadavérico y huesudo corazón.

    Repiquetea, se queda, se verbaliza, se aprecia y se deleita para después sangrar a carcajada libre, como si esta pudiese saldar todo el daño. ¿Puede? Quizás ahora, este, ya petado, se centre tanto en los colaterales… son algunos espacios en blanco que los verbos se me escapan y mi mente arrasa con tantos pensamientos raros que sin querer se convierte en la tabula rasa.

    Entonces, de golpe y estupidez ajena saltan las alarmas y los semáforos se quedan enrojecidos por el sustantivo mal puesto.

  • La noria loca

    La noria loca

    Qué paranoia, qué discordia. Vaya sí que da vueltas la noria, sí, de mi ensombrecida nube; está muy, muy, muy grisácea, que no, que no sacia. Desconoce, bueno…, yo dejo de conocer, la manera. Se me descoloca la forma, y la cola. ¿Me fui con el rabo entre las piernas? ¿Acaso tengo si es que de un chispazo voy y muevo y muerdo el anzuelo? Dame o, mejor escrito: ¿Me quedo el amuleto? ¿Tengo? No lo sé, porque me pierdo, me pierdo y me pierdo. La fe va, se descuelga. Se ríe de mi miseria. ¡Y qué feria! El espectáculo que se asemeja a algo, que parece que se queda… ¿De qué tratará la próxima trama de la novela? Quise colocar el punto, pero se quedó desubicado, inacabado. ¿Lo peor? Que plasmo descripción tras ficción. ¿O era, justamente, al revés? Un, dos, tres, ahora me caigo (bien) de pie. Solo son, bueno…, creía que eran las seis. Spoiler: no llegamos, todos, ambos, al más allá de la coletilla, de la agujilla que pica, que apunta las doce del mediodía, quiero decir, que va agujereando al reloj, que se deshace siempre, porque se contiene tanto que no sabe cómo detenerse. Así que sigue y prosigue, como del prólogo al epílogo de donde abundan unas cuantas sombras pícaras. Son las páginas ennegrecidas, y no de palabras, sino de sensaciones raras, muy extrañas.

  • ¿De dónde viene?

    ¿De dónde viene?

    ¿Cómo te va esta vida? No lo sé muy bien, porque eso de deshauciarme de mí misma, de no escribir ni una pizca de alegría… ¿A qué se debe? Voy tan saturada, así, escopeteada: a bocajarro suelto, y saco de mi ser más inexperto, los milagros. Es que… no puedo. ¿Otra vez te excusas, nena? Será que te escupes la amargura en tu propia cara, desde tu mísera palabra. Se lo lleva, siempre, el viento y, quizás, solo por eso, se desencuentre y vaya inerte. Decapítala dice mi mente. ¿De qué manera?, responde mi subconsciente. Así surge la existencia vital, de esta forma tan abstracta se solapan las subordinadas, las dudas y las coletillas. Llevan una carrerilla que, bueno, básicamente les sirve de nada. Para eso vinimos aquí. Reconozco que me sabe mal presumir, pero, sobretodo, admitir. El qué, ¡Pues ni yo lo sé! Vaya mal querer(me), qué sin vivir. Quieta aquí. Dudo, cada dos por tres, con el motor puesto a mil por hora, si colocar o no la coma. Porque obviamente que es una pausa. ¿Pero de cuántos escasos segundos? ¿Acaso los cuentas? O te fijas más en la profundidad de aquel proverbio chino. ¿Y por qué no? La metáfora, esta vez, ¿De dónde ha venido? El caso es que por fin escribo algo, pero… ¿En qué circunstancias? Probablemente…, las mías. Reitero: ¿De qué manera y cómo van llegando? Es que, perdóname por el pequeño pretexto, pero serán situaciones tan inciertas, que van y vuelan.

  • Vida mía

    Vida mía

    A veces se me cortan las palabras como las metáforas que se deshacen o se hacen al son de las olas coléricas que se van chocando entre ellas. Vaya vaivén, vaya ir y venir tan hermosamente roto. La vida, quiero decir, la mía, está al punto de sal, y es tan bonito que me rompo y me caigo y me vuelco una y otra vez, aunque estoy bien.

  • Espejismo

    Espejismo

    Traumas, traumas y más traumas, y abrir el ordenador para nada. Se me olvidan las palabras, los sucesos se solapan y la verdad, que parecía mentira, se asemeja a otra nueva realidad. Dejo de estar cansada, sonrío como si hubiese algo. ¿El amor es algo embarazoso? Quizás está lleno de pausas inéditas, quizás las rarezas se vuelven bonitas. ¿Y si la alegría consiste en saltar y nunca caerse? Serán, tal vez, chispazos, pues mis alas, de una forma extraña, se abren, se abren, y acaban por no detenerse. Entonces…, me miro sin querer en el reflejo de mi propio espejo: me piropeo y, escasos segundos después, se me rompe a pedazos la autoestima. Entro y me veo y me quedo porque, aunque todo (mi vida) sea absolutamente un desastre y, a la vez, me haya convertido en el caos personificado, vale. Esto vale. A lo que iba…, que voy con la ironía puesta de cara y, parece que, queriendo, ya no me escupe en esta. ¿Será que me habré hecho amiga de ella? Sólo sé que voy y vengo y voy y escribo y también me describo. Sólo siento y me toco las pestañas, ya caídas y, esta vez, me formulan frases. Serán más o menos exactas, imprecisas o con pocas coletillas. Las semillas del pasado ya han florecido, el espejismo es mío, muy vívido, muy íntimo. Se me escapan las colillas, quiero decir, se van correteando por el pasillo de la amargura. ¡Qué agridulce esa locura, qué sabor, qué fantasía! Me quedo, me quiero quedar, incluso, créeme que quiero quererme. Bueno, ya estoy en ello, en ese asunto, en ese momento, en ese verbo, en ese hueco interno que se pasea por aquel recoveco cogiendo un poco de aliento.

  • Descuélgame esta

    Descuélgame esta

    De existencia vital en existencia vital y tiro porque se me descuelga la fe, otra vez. Me vuelvo a describir, me vuelco en ese hueco y, sin querer, me pierdo y me encierro y me envuelvo en esa nube grisácea que no se sacia. Me encataría romperla, que estallase la ilusión esa fea, pero miro hacia delante… la imaginación va que vuela, desacelera y, a veces, frena. Yo solo imagino un océano lleno de piedras y a rebosar de olas coléricas, muy quietas, y llenas de ausencia, de cal y mucha arena. Si hace falta, cuélgame esta, y la otra, que se van cayendo, se van deshaciendo. Ya no sé qué quiero, desconzco las formas inéditas, aunque las gracias estén presentes. Tengo, aquí, dentro de mi pecho, tantos pendientes, que parece que me vaya a estallar la costilla izquierda, y también la vena aorta, que este, mi cora’, parece que arranque, pero no, no hay manera de quitarse la abstractez de la cabeza. Entonces, la quietud se me coloca detrás de la oreja quedándose, así, inaudita, inaccesible e inestable. Ya no soy tan, tan, invisible, porque me viste, sí, me observaste con un interés extraño. ¿Significará eso que se inicia la chispa de la admiración, de ti hacia mí? ¿O será que el chispazo, fugaz, de mi ilusión que se ha incendiado para siempre que, quizás, ya no hay vuelta atrás?