Autor: perezitablog

  • Los procesos

    Los procesos

    ¿Los procesos, de qué? ¿En qué momento se cayeron los sujetos? ¿Y los adverbios? ¿Ya conjugaste los adjetivos? ¿Y si mejor dejamos de lado a los procesos…? ¿Entonces, dónde nos ubicamos? ¿Y de dónde venimos? De los estados emocionales, supongo, nacerán los procesos creativos, ¿O no? Pero yo tiempo atrás ya escribí sobre ello, ¿No? Centrarme en el mismo error, o en el texto con escasez de contexto… Porque busco y busco y no encuentro. Me observo a mí en el reflejo del espejo, y vaya, qué palabra, qué maravilla, que me halaga, la niña de años atrás, que arrasa y no para.

    Así que, bueno, quizás vengo a escribir sobre los procesos en blanco, por denominarlo de alguna forma. Y extrayéndolo desde mi propio diccionario mental a conjunto con un vocabulario un poco extraño…, quiero decir, para no copiar y pegar la misma denominación una y otra vez. ¿Pero si ya lo he descrito, no? Digo, en el anterior párrafo. No, no confundamos con los “bloqueos” del escritor porque, cabe destacar, que un escritor como a tal no tiene bloqueos, sino espacios en blanco. Huecos, y ya. En definitiva, momentos temporales inconclusos y abstractos, como todo ser humano, ¿No? Aunque el artista se dedica a descifrarse ya quiera o no quiera…, por voluntad jamás, sino por impulsos y corazonadas que van saliendo del alma.

    Si pudiese definir, concretar y precisar…, los procesos son como fases, como etapas… O algo similar, quizás. Esta mañana…, que estoy muy dubitativa, porque hay que cuestionarse todo, o casi. Y mirarse mucho el ombligo, y el pescuezo, también. Más que nada, por si acaso, y por si las moscas, que aunque no pican, molestan.

  • El amor, que habla de cara

    El amor, que habla de cara

    Estoy feliz, algo tan inusual en mí, que noto, y veo, cuando me giro, mi alrededor sonreír y, a mí, vivir. Sí, realmente voy, quiero decir, me siento fluir. La flor marchita que era, pues eso, que se desvanece su negrura espesa. ¿Será para siempre? ¿Será por el resto de mi vida? ¿Ya se está yendo, la que tenía aquí dentro: la pequeña, y tan amada, tristeza? La aprecio tanto, la adoro, que sin querer, la tengo aquí, en mí. Solo me queda dejar de sufrir porque sí, de resurgir desde mi florecido, y tan querido, jardín. Sóplale los sueños, que se queden entre nuestros entrecejos, que los azulejos brillen a lo lejos. Que nos sigamos, así, enamorándonos en la distancia, desde la nuestra elegancia, la que nos caracteriza, y con un corazón, que no esté como adorno, sino que sea un sentido único y mutuo. Nos estamos queriendo sin cobardía porque nos vamos admirando, latiendo, así, a pecho abierto, y qué miedo, y qué miedo que se achica a la vez que van pasando nuestros días, ya menos miserables, más valientes, ambos, quizás, de estar presentes a viva voz, vamos al son de los dos, a todo pulmón, en dirección a toda luz. Y, esta vez, voy tarde, pero con la mirada ensanchada y la sonrisa, de oreja a oreja, en el alma.

  • ¿Y ahora qué?

    ¿Y ahora qué?

    Acabo de terminar la novela. ¿Y ahora qué? Pegarse tres tiros por placer, o no sé, o volver a leerla y decirse, convenciéndose a una misma de que… vaya miseria, sí, vaya sencilla, aunque dura miseria. Florecer antes, durante y después de ser piedra, incluso una convertida ya, tiempo atrás, en ella, no justifica absolutamente nada, pero pasar y traspasarse las pieles consiste en haberse caído varias veces y también en haber estado en varias crisis existenciales. Una ya no tiene diecisiete, ni veinte. Una ya va por casi los treinta, y vaya… cómo duele. Una, además, debería enorgullecerse. ¿O no? Pero no, no es así. Después de tantos intentos por seguir en pie, vete a saber una de qué manera y forma lo ha conseguido, si es que aún no está en el proceso de ir intentándolo en un gerundio muy presente y palpable.

    Nada, que yo sigo aquí. Y desconozco en qué punto me encuentro… si en el de mira o si justamente aquel donde te observan… ¿Pero desde atrás? O si, por contra, simplemente se ríen y ya. El caso aquí es que quizás nunca ha habido caso. Así que solo voy un poco muerta o medio cansada de esta, de mi existencia vital, porque arde, sobretodo la costilla izquierda, que quiere ser amada bien: de forma bonita, fiel, leal, honesta y real, y todo eso que se dice, pero que no se hace… quiero decir, porque no pasa, no pasa.

    Es que, perdóname el pequeño pretexto, yo, quién si no, lo he intentado unas cuantas veces y me he querido, vaya si lo hice, y de verdad que lo sigo haciendo, pero me he cansado. Voy agotada, hastiada y poco saciada de un amor bonito, de uno sano.

    Entonces, las nubes grisáceas van volando y quieren estallar… querían, como yo. ¿Sabes? ¿Comprendes o no de dónde sale este acento tan raro? Quizás también amargo… “¿Y ahora qué?” Se cuestiona mi mente que de vez en cuando va demente. Pues que me encuentro en este lugar una y otra, y otra, y otra maldita vez, y que continúo sin saber. Y me quedo en blanco, me convierto, sin querer, en la tabula rasa que arrasa, y mucho.

  • El arte del sastre

    El arte del sastre

    Soy tan desastre siendo, así, un sastre, supongo que el de las palabras mal conjugadas. ¿Pero de qué me hablas, Anna? Si desconozco cómo colocarlas y también cómo ir conjugándolas. Será el conjuro o la magia. Aquella brujería del cual todo el mundo habla, pero ni un ser vivo es capaz de experimentar, ya que, bueno, el enamoramiento es mortal. Beberse el hechizo provoca, sin querer, aquello más letal. Lo que pasa es que me pongo en el más allá a escuchar, entonces, por puro placer, no lo sé, me muero otra vez. También me muevo, y me recoloco en un, dos y… Vuelvo a ver. ¿El qué? Perdóname este maldito café, pero te quiero ver aquí conmigo y la fe, y la poderosa E. Ya casi serán las tres: subo las escaleras de mi mente perversa, las subo saltando de tres en tres, como si la cosa, la aceleración, que va cada vez más in crescendo…, como si el arrancar a bocajarro no fuera mi forma de ser, pero sí es. Es que, lo siento por el pretexto, y no el texto…, la vida va que vuela y, yo, absurda de mí, la quiero contigo, y yo, por estar bien loca, te quiero, ya, aquí.

  • La soledad, bonita, ¿Eh?

    La soledad, bonita, ¿Eh?

    Pues sí, cuando, en definitiva, a la escritora le hace sentirse viva, o muerta. ¿Será protagonista y a la misma vez su narradora? ¿De quién? De la niñita ya hecha mujercita. Vaya, vaya… El otro día conversé con ella. ¿Con quién: la escritura o la sombra maldita? Con el reflejo del espejo que solo quiere sentirse aún más vívido, pero está borroso.

    Y me cuestiono, sin querer, por qué la vida cuesta arriba. ¿Por qué? ¿De qué tipo de formato estamos constituidos? Yo es que, disculpa el pretexto, pero ya estoy harta, sí, de ir construyendo tantos absurdos textos… ¿Tendrán contexto? O, quizás, sujeto elíptico, o paralítico, el mismo que no sabe conducirse ni tampoco dejarse llevar por este mundo existencial.

    Al fin y al cabo somos puntos… ¿Pero suspensivos o finales? No lo sé. ¿Qué más dará este pequeño detalle? Se me caen a raudales… hablo de las pestañas que me van brillando por el rostro de vez en cuando. ¿Irá tan demacrado como yo lo voy imaginando? ¿O solo serán sueños inéditos? Te estoy hablando de las pesadillas, queridísima. Bueno, dejemos las coletillas, y también las colillas.

    ¿Dijiste que la soledad se siente bonita, eh? Sí, pero desde dentro del ser interno… Espera, plasmaste que “se siente”… ¿Qué tipo de acción verbal es esta? ¿A qué se asemeja? ¿Puedes, nena, dejar de un lado esta dualidad rara? Escúchame. ¿Qué? Que soy yo. ¿Quién? Tu conciencia, que te persigue queriéndote aquí, enganchándote, provocándote una adicción. ¿De verdad? Claro, tú eres yo, y yo, bueno, intento ser mejor que tú. Me encantaría sacarte de mi mente… No podrás. Calla.

    Vaya estado mental tan demente, pienso. Ni mi subconsciente se dedica a quererme, vuelvo a pensar. Entonces…, me encantaría llegar a una conclusión, pero hay tantas que no acoto, que desconozco cómo acortar. Nada, que la soledad está bonita, así, cuando se ve con perspectiva y desde la lejanía.

    El caso es que es domingo, ¿No? Y que vuelvo a crear algo extraño. Aquí me tienes: sola y escribiéndote, o describiéndome, una vez más.

  • Estallando paz

    Estallando paz

    Estamos a martes, quiero decir, somos martes: nos lo pintamos, cocinamos y, luego, pues nos lo comemos. Vamos, todos, ahuecados. ¿O la palabra correcta era ‘adueñados’? ¿Pero de qué o de quién? Tantos textos de los cuales abundan sus fachadas grisáceas y largas… se me van cayendo todas las pestañas. Acurrúcamelas, y estas y las otras, y baja las persianas: que se encierre, y encienda, el sol en nuestras almas. ¿Y ahora por qué escribo sobre comedias y dramas? ¿Qué tipo de miseria abunda en ella? Desdibújame entera, quítame la desesperanza que a veces viene, se queda y avanza, pero, oye, no, no te vayas. El día, bueno, parece muy largo aún así yendo errada, porque en un cerrar y abrir los ojos, pues culmina, sí, en la cumbre de la colina. Acércame esta, y aquella…, convénceme. ¿No? Así, con acciones y besos por toda mi cara mientras se sonroja porque se los has plantado. Entonces…, entenderé varias cosas, sustancias reales: que me admiras, me cuidas y me mimas. Que por eso haces asomar la alegría a la comisura de mis labios. Porque me estás queriendo y como si fuese todo un breve milagro, yo también lo hago, yo también, y sin querer porque te quiero y me quires, lo hago. Porque lo irreal, lo mágico, ha estallado. ¿Eres tú ese brujo tan mago? Serás el que hará la magia, con esa paciencia que te caracteriza, porque, bueno, vamos construyendo, entre el vienes, el voy y el estamos fluyendo. Qué brutal. ¿Verdad? Qué brutal fe, que se sostiene sola, como la luna en aquel cielo de ayer tan azul, porque ya se quiere, porque aún estando y siendo solitaria, en este ahora se encuentra acompañada y vaya, qué perfecta e intensa y magnífica y surrealista burbuja escurridiza: va asustadiza, pero bien enamoradiza, la pillina. Hasta las trancas, sí, de su corazón extraño que parecía ahogado, algo muy arrugado, y sagrado, pero que se ha ensanchado por tener un paz increíblemente inusual dentro, y todo por él.

  • El amor no es una ciencia

    El amor no es una ciencia

    Se me están acumulando los recuerdos y los verbos conjugándose contigo, también. Vaya vaivén, pero quédate, y ven. Me observas, me cuidas. Será que me aprecias, que me admiras. ¿Será que de verdad me quieres? Tantas inseguridades se pasean por mi mente, ya demente. Son las dudas, que me escuecen y no les apetece si quiera detenerse ni tampoco pausarse. Pero tú, , estás aquí presente. Tengo un poco de vértigo en la punta de mis dedos. Mi corazón, juguetón, se acelera solo con pensarte. Imagínate con el simple hechizo de verte. ¿Estaré enamorada? ¿Iré ilusionada? Quizás es sonámbulismo crónico, ese que se inquieta de forma constante y contundente. Potente va ese sentimiento tan indiscreto que yo me quedo, que ya me he quedado entre tus varios acentos, los que te caracterizan por ser distinto por dentro. ¿Pero en qué momento apareciste? ¿De qué modales te pintas? Quiero conocerte, quiero entenderte, aunque eso signifique perderse más, o plantarse para a posteriori petrificarse, y ausentarse. Que no hay que mostrar tu debilidad, que no me vas a traicionar. Demuéstramelo, por favor, a ciencia exacta y muy cierta. El amor es una sensación inexacta e imprecisa, y demasiado destructible, pues se me quiebra cada dos por tres. Quédate, y aliméntame como si no hubiera un mañana, porque regresaré en el ayer añorándote. Tócame las pestañas, han dejado de estar húmedas. Ahora mi corazón parece que florece. ¿Será que ya se agradece?

  • Las presentes pestañas

    Las presentes pestañas

    Estoy en blanco, así que voy a leerme, a describirme con una abundancia de escasez de palabras, que rajan, que salen, que acuchillan y, luego, bueno, estallan como cualquier escoba mal puesta. Estoy, quiero decir, voy descolorada, desubicada, distorsionada, pues se me solapan las miradas, y las heridas mal curadas, mal cicatrizadas. Es que duelen, y escuecen un poco. Solo un poco y, vaya, qué rollo. ¿No? Coquetéame esta: me apetece ir a la biblioteca, necesito de aquella. Dependo de ella como del aire para respirar. Sobrevivo, y qué ganas. ¿Eh? ¿De qué? Si es que se me solapan las palabras, las ganas y las sonrisas. Ocúltame aquella milagrosa brujería, porque está muy ansiosa por salir escopeteada, así, disparada, y mojarme entera y, al fin, quedarme, yo, bien, bien contenta. Ciérrame la ventana, rómpeme el espejo, el viejo, y ofréceme un mar entero que, quizás, te concedo el Sí en este vaivén tan presente del amor porque el mar va y se quiere quedar. Eso de la magia…, se marcha sobrevalorada. ¿O era que se aleja a rebosar de soberbia y de superficialidad? Ahora que lo pienso. ¿Qué era un superlativo? ¿El verbo ya se ha conjugado o sigue incordiando? Pues yo me quiero quedar. Es que me apetece. ¿Y qué más? Dame gloria, dame paz, dame eso. Mucho más, pues ya no quiero desacelerar. Una vez que arranco, la niña, ya convertida en señorita, no piensa, ni por un segundo, parar. Si es necesario, arráncale las coletillas restantes, las espinillas que raspan, que hacen cosquillas. En definitiva, déjate ser ella misma, si aún le queda todavía la vía para provocar que la aorta estalle de una vez por todas. Apetece que se lleve, la toalla, de picardía, y que no se tire. Si tú puedes, nena, si tú quieres, explícame esta. A mí, sí, nárrame la acción de ser presencia, de la permanencia de una fe casi inédita. De la definición de la menos imperceptible, del irse pero ipso facto, en un pis-pás, en el acto. La metamorfosis acaba de empezar. Me siento fuera de esa sensación indiscutible, la observo y, luego, me como su pescuezo para culminar discutiendo, y también debatiendo, entre si sí o si tal vez no. Es innecesario que me beses las pestañas: están sonrojadas y sonrientes. Mételes caña.

  • Una carta

    Una carta

    ¿A quién? ¿Qué tipo de formato? ¿Y de qué estilo: directo o indirecto? ¿Con sujeto y sin verbo? ¿Le pongo una coma o tres puntos suspensivos? ¿La mayúscula va primero? ¿Cómo denominarlo, el suceso? El hecho es que solo falta quedarse y recrearse, o caerse, otra miserable vez. ¿Te crees que con ir del revés voy a poder? Ni yo lo sé. ¿Pero acaso quiero descifrarlo? Cada vez, quiero decir, con el cambio de estación y con el paso del tiempo, precisamente aquel más inédito, me pierdo y soy incapaz, de verdad lo digo, de sentirme en paz, aunque cuando estoy contigo… otro ángel canta, o sea, tú, porque estás de parte de mis alas que se alzan al vuelo, y todo eso.

    Entonces, parpadea mucho, y mis pestañas ya se han deslizado por un rostro en un pasado muy reciente. Así que, bueno, me plasmo sin querer porque me he plantado aquí, en este quehacer tan divino, tan bonito. Lo que digo es que después de verme, observarme, analizarme varias veces e intentar agradecerme… Aún queda algo. ¿No? Sí, la introspección, un instinto mortal.

    El acto de ir describiéndome es tener un poder muy grande, aquí, en mi pecho ya casi florecido, porque cuando me encuentro en el posteriori…, desconozco cómo empezar, cómo conjugar y colocar las coletillas. Están en el suelo, las colillas ahogadas en aquel adverbio mal combinado. Lo acaecido en este preciso momento es que ya no quiero ni Vodka ni Ron ni Baylis, sino bailarme para desahogarme, para despegar todas mis miserias y, después, descender hacia mis pies (mientras sin querer recuerdo cómo les hiciste cosquillas la última vez), y culminar riéndome por ser tan torpe y estar tan loca y por no tener la herida tan rota.

    Voy tarde a todo siempre, dispara mi subconsciente sin querer. ¿Recuerdas el anochecer de ayer? Necesitaba florecer y por eso mismo se puso a hacer, y en ella, creer. ¿Sabes? El problema es que iba a escribir una carta, pero yo no soy buena en esas cosas, en colocar las palabras exactas, así, una detrás de otra. ¿O era al lado? ¿Quizás de una forma consecutivamente subordinada? ¿Me enciendes? Quiero esta, y la próxima vida. Haz que vibre entera y conviérteme en eterna, porque soy un poco más feliz que hace tres horas atrás. Y si me verás crecer, algún día, probablemente mis ojos brillen solo porque estamos sintiéndonos, ambos, el uno con el otro, siendo un nosotros no muy lejano.

    Si esperabas un texto lleno de sensaciones extrañas, perdóname, pues esta es una carta rara, narrada desde el alma, o algo así. ¿Realmente lo es? Cuánto cuestionamiento interno. ¿Eh? Y qué infierno. Voy a confesar, sí, ahora mismo, en este presente, que mi intención inicial, desde ya hará unos cuantos meses, pasados, quise escribir una carta a mi yo de diecisiete años, pero… ¿Para qué? Acabo de descubrir que no sé encajarme en una breve aunque intensa sentencia. Primero suelto a bocajarro y, luego, ya si puedo, defino en cuatro palabras el texto en sí. Y si sale alguna duda, pues déjala que surja y se vaya o se quede y fluya. Ya encontrará la salida, o no. O quizás se ahoga más en su propia herida.

    Vaya, qué miseria.