Me esfumo entre las nubes grisáceas,
y le soplo a la luna,
las estrellas fugaces se han marchitado.
Tristeza sigue así,
cortándome las alas
y dejándome caer a ras del suelo.
El fuego, que habitaba en mi alma,
ya se apagó convirtiéndose
en ceniza, una descolorida.
Etiqueta: poesía
Cuadros grisáceos
¿Cómo estás?
Estoy carcomiéndome las entrañas, las saboreo tan intensamente que acabo por matarme, por hundirme en mi propio hueco porque, al fin y al cabo, soy eso: un conjunto de vacíos o heridas, depende la perspectiva. Estoy ahogándome, pero sobreviviendo, quiero decir, flotando en un océano, invisible, aunque palpita, latente, dentro de mi ser. Son sus olas coléricas, descoloridas que quieren pintarse de alguna forma y, en vez de, eso, se transforman en algo abstracto.
Han pasado tantos días, que ya ni sé cómo me siento. ¿Cómo voy? ¿Levito o arraso el suelo tocando de cabeza al infierno? Puede.
Ha pasado el tiempo y su noción se ha perdido entre las nubes grisáceas que van latiendo al son de la lluvia. Y entonces pienso, o me cuestiono, que ya nadie me pregunta cómo estoy y, si alguien, por alguna casualidad, lo hace, no sé responder.
Los porqués se han marchado a conjunto con las respuestas, todos en un mismo saco, o vuelo, y allá se han quedado. Allá siguen viajando. ¿Dónde? Lo desconozco, y me observo en el espejo, me reconozco, ¿O simplemente estoy tan muerta que estoy viviendo porque sí?
¿Cómo estás, nena?, la duda ofende, muerde. Porque mi amor propio, si es que aún habita por aquí, solo se dedica a lanzar el anzuelo y pescar una pizca y otra y otra y otra de un coro de miedos, o anhelos, a rebosar de una fe ennegrecida. Solo queda sentarse sobre una misma, dejar de plantar semillas, arrancar la herida e ir disparando balas para matar la soledad. Aunque, bueno, soy la neblina, tengo demasiadas flores marchitas, me escuece todavía la cicatriz y solo sé esquivar balazos, porque si miro de frente a la tristeza y la agarro para lanzarla al mar, esta siempre se dedica a regresar, en bucle, en un círculo vicioso, hacia mi cobijo.
Estoy triste
Ya he explotado de amor y sigo presente, ausente.
Y lloro las lágrimas más hermosas,
de tonalidades naranjas,
muchas rosas.
Abundan los amaneceres,
quiero dos al día
para empezar de cero y arrancar una buena vida, mi esencia. Mi color, mi dolor.
Agotamiento mental, cansancio emocional.
Gritar internamente,
sentirme o, mejor dicho, ser una demente.Antologia poètica, Salvador Espriu
La Antologia poètica de Salvador Espriu i Castelló (1913 – 1958), poeta novecentista, es un conjunto de sus poemas más destacados, que transmiten, principalmente, un aliento de nostalgia y frustración. La vejez, la tristeza y la desesperanza son algunos de los temas específicos.
El poemario se divide en tres partes, donde predomina la muerte, pues le golpeó injustamente de forma inesperada e intensa varias veces.
Podemos definir los poemas de esta recopilación como el tempus fugit, el grito -cansado- del fin de la vida ya que nuestro destino es la nada. Incluso el tópico literario ubi sunt, es un término que también define los textos a la perfección, pues Espriu expresa cómo se siente después de que todos sus seres amados hayan fallecido.
Él, consciente de que todos moriremos, intenta buscar una paz, que quizás será inalcanzable o irreconocible.
En resumen, tal y como escribe el poeta en los versos finales del poema XL:
«No provis de tocar-me
cap mot, si et sembla trist.
Prou saps que no podries:
el que he escrit és escrit».
– Salvador Espriu
Porque nuestro camino es desaparecer del mundo para siempre. Una realidad dura y palpable y, sobretodo, irreversible.
Sin color
Por fin me puedo desahogar,
soy mar,
neblina espesa.
Y todos estamos tristes,
comemos perdices
muriendo con profundas cicatrices.
El terror a mirarme en el espejo
donde habita el reflejo
(de mi ser).
Nunca creí, pero volví.
Ahora vuelo entre nubes grisáceas,
tonalidades ambiguas,
oscuras,
vívidas,
o sea,
ausentes de colores.Mariposas alegremente rotas
¿Las ves? Florecen las mariposas, salen a volar. Porque de allí, más lejos del universo, de las montañas y del cielo, derrapan, se alteran. Un golpe continuo a ras del suelo. Les han arrancado las penas. Van con el corazón despeinado, rebelde, porque rebosan alegría. Van repartiendo aquellos chispazos llenos de vitalidad. Sonrisas enigmáticas que enganchan, que enamoran. Es una transformación primaveral. Tan bonita, tan querida, tan sentida. Brillan traslúcidamente. Y saltan, voltean y juegan con sus cicatrices sorteando los miedos. Ya son la felicidad personificada.
Caen, caen
Caen, secas, las lágrimas. Léeme a gota gorda la vida porque ya estoy harta de la letra pequeña, que se presiente y jamás se aprecia. De instinto en instinto y tiro para seguir sufriendo. Recuerdos, fotografías en mi cabeza, de aquella niña feliz y, sobre todo, inocente. Ríete ahora, luego será demasiado tarde.
¿Hacia dónde?
Recordándome que estoy rota, herida, que las cicatrices van volando a ras de mi corazón arrugado. Encogiéndome cada día más para después, supongo, alzarme y tirarme desde arriba. La caída ya dolió y quiero otra y más y más profunda. Mucho más. Pasa que pasa demasiado aquí, ¿Sabes? Dentro, dentro de mí. Se derraman las lágrimas disecadas. Quiero llorar, pero estoy en sequía. En la cuarta avenida, y deambulo porque no queda de otra. Y a otra cosa (mariposa). Agotadísima de existir, de ser persona, de tener tantos sucesos. De intentar y regresar siempre a la cuestión inicial: ¿Hacia dónde voy?
Después de morir, toca florecer
Me siento rara, quiero llorar, ver las estrellas, estrellarme en ellas; son tan bellas. Quiero enamorarme, otra vez, de la vida. De ti, de mí. De nosotros -sin nadie más- diferente, quiero decir, sano. No sé.
¿Qué pienso yo? ¿Qué siento? ¿Qué quiero? ¿Hacia dónde vamos, corazón mío? Marchito que va floreciendo. Muere, nace, muere, nace, muere y, al final, seguro que vive. Lo presiento porque lo quiero. Porque, joder, agarro el amor con la yema de los dedos. Saboreo el tiempo, me recreo en un dolor ajeno y, por fin, sonrío mirándome en el espejo donde el reflejo me habla. Me dice, me dice: «Anna, quiérete para amarte. Priorízate, ya sé que lo haces. Anna, enamórate de ti, hazlo, siéntelo con todos tus recovecos. Vas a estar bien y vas a ser feliz».
Y entonces, se abre un destello, ínfimo, pero infinito. Me quiero para amarme. Me estoy enamorando de mí. A la mierda todo lo demás. Que se joda el viento, la marea y la lluvia. Me empaparé de ella para sentir que estoy viva y que me permito, porque quiero, volar de una puta vez. Volar sin arrasar el suelo ni el infierno. Volar porque soy completamente libre.Porque, después de morir, toca florecer. He estado pensando tanto, reflexionando sobre muchísimas cosas, entre ellas, en mí. Y sí, quiero ser feliz: me elijo, me permito fluir conmigo.
Porque después de sufrir, de destruir y de ir destruyendo a los demás. Después de morirse por dentro, de empaparse de tristeza, de llorar como una loca por algo o alguien o un deseo que jamás se cumplía o una ilusión que, bueno, era eso, una jodida ilusión.
– ¿Por qué me sentí rota tanto tiempo?
– Porque no me elegí.
– ¿Ah sí?
– Sí, Anna. Elegiste todo lo demás sin ti. Te dejaste oculta entre tus propias sombras. Solo te falta salir y romper con todo. Quiero decir, eres luz, ¿Lo ves?
– Sí, soy luz. Ahora me quiero.
Después de tanto tiempo, llega el crecimiento. Lo siento, no te culpo a ti ni a nosotros. Me culpo a mí. Y me perdono por todos los pétalos disecados y rotos que fui dejando por el camino. Ahora solo toca dejarlos allá, plantarme y comenzar, otra vez, a vivir, a volar y a sonreír. Jamás pediré disculpas ni «lo siento» por un pasado que está descompuesto.
La cosa, ahora, va del revés, ¿Sabes? Sé que cada pedazo de mi corazón ennegrecido ya no lo quiero. Por eso mismo quiero estar sola. Quiero hacerlo sola. Quiero dedicarme tiempo a mi misma sin nadie más. Y si eso implica destruirme, que no lo veo, pues ya me construiré.
Me tengo a mí y, con este impulso, es más que suficiente.