Etiqueta: escritura

  • Las florecillas

    Me cobijé en el asterisco, el cuál, ni yo lo sé, solo voy, siento hacia dentro, ardo llanamente, y estallo vulgarmente. Luego, vuelvo, volcándome intensamente, en el acto -espacio inédito- de quererme. Continúo en el gerundio, esta enésima vez, el del presente. Y, aunque me expreso con inercia, la subjetividad se aparta de mi mente (no tan demente), y me acuchilla, me acicala, incluso parece que se resbala porque imperceptiblemente se para, pero vaya si dispara la bala. Se ha puesto en contra, mi arma se desarma, quiere, le apetece encenderse el alma. Va tarde, lo asimila. Aparece disimuladamente en el punto de mira, me horroriza, porque tanta crítica junta me construye. ¿Consistía en derrumbarse? Puse entre tanta arena, herida seca y sentimientos cadavéricos me encuentro floreciendo. Me ofrezco a ser el semáforo enrojecido. Quizás ya lo soy, de ir y vestirme con florecillas y escupirme a bocajarro. ¿Las semillas estarán heridas? Me las engullí. Tanta margarita, al final, me he transformado en la humedad. Ahora soy el jardín agradecido porque ha florecido.

  • El intitulado

    He cambiado de panorama, de cicatriz, y de perdiz en perdiz solté, me estrellé y fui feliz. Después de tantos, sí, retrocedí. Quiero decir, cuando voy, me planto y cambio de escenario, me caigo sin querer. Me tropiezo y, queriendo ya ni sé desvanecerme bien. La soledad me ha ido acompañando algunas veces. Se ha quedado en espacios huecos y muy eternos. Luego miro hacia atrás (me miro la espalda, la peca aquella, por el reflejo del otro espejismo rarísimo), y creo encontrarme cuando sencillamente culmino situándome. La cuerda, nena, se está aflojando porque aguantó los latidos casi salidos, vacíos y, la gran mayoría, enternecidos. Realmente estaban todos enloquecidos. Me fastidia, me revientan las colillas llenas de coletillas, pedazos rotos, ocultos entre algo de barro. ¿Para qué ponerle título a mi vida cuando puedes colocarle varios puntos suspensivos, que vayan suspendidos como las nubes o las olas superfluas o, simplemente, se suspendan. Que se elimine la función por carencias o muchísima desviación. Mira qué bonito aquel avión… ¿Será el bárbaro? Completamente, aunque exagerado. Bueno, aquí zanjo los temas, pues se me acumulan mientras se van iluminando de negrura espesa.

  • La diana soy yo

    Cansada, desesperada de tantos escopetazos, de todos los balazos por y para encajar en un golpe, o varios, ya insostenibles y muy sospechados, aunque totalmente desechados. Me apatecía quedarme, allá, en el borde de la orilla, apreciar la ola enloquecida, convertirme en ella y llenarme entera de arena para luego vaciarme. Quiero armarme sin tantas erres y sin ser la que siempre va errando. Y, oye, ¿Me escuchas? ¿Me hueles? A mí me dueles y, ahora, ya ni me sostiene la ira. La tremenda y gigante herida parece que se cicatriza, pero con tanta sal pica. Arrasé en el muelle mientras llueve. Quizás, de un «zás» me caigo queriendo. ¿El suspiró se quedará atrás o se quedará conmigo? Posiblemente se ensangrentará: las costillas te escocerán, ya que habrán chocado en el cielo del suelo, la profundidad enfermiza del agua del mar. Los diminutos agujeros (ahora perfiero dejar aparcados los diminutivos, me sangran los pelillos de las orejas…) El caso es que los agujeritos de mis ensombrecidas ojeras se asoman de una forma abstractamente gradual y también en desigual. Está mal estar bien, según la percepción de mí misma. A pesar de todo, rompo el tacón, abro el telón y enciendo la televisión del año del dos mil veintidós: espera, ya llego, que aparezco y, en un par de toques ajenos, que son los polvos mágicos, sí, ¿No me pillas? Las pastillitas de cuando ni dormir podías. Bueno, resulta que te has quedado sin casa, vas divina del asco. Y con tu cara dura, te da el subidón después de tanta cafeína. Sigue sonriendo tristemente a tu nube dela izquierda, la de la esquina, la rota, la negativa. Pégate bien la tirita que tienes la sonrisa ensombrecida. A conjunto, con tanto cuadro pintado a garabatos enturbiados -grises y muy blancos-, los demás, los restantes, se quedaron en el otro banco fotografiándote. Eres la reina del baile de tu propia telenovela, pequeña y bien escueta, y ellos son el blanco perfecto.

  • Un estado que me define hoy

    Hoy es un día de no hacer absolutamente nada. Voy cansada, estoy agotada. Me pica la pereza, abunda, resplandece por y para ella. Es uno de los domingos, de los que una se queda en el sofá leyendo Virginia Woolf o algún poema de Shakespeare. O leerme a mí mientras estallo al son de varios balazos que van sangrando después de dejar que se desvanezca mi ansiado corazón. Lo quiero arropar durante este vaivén, que pase la tormenta. Estoy tan deshecha. Metida en mi melancolía, se me peta el chispazo de alegría, revienta, se quiebra. Aunque mi enemiga, ella, se cuelga la fe de la oreja izquierda, y le soplaría hasta que saliesen las estrellas y le brindaría unos cuantos destellos de ellas, y de sencillez y un tempo sólido para darle poco al coco. La voz se me ahoga dentro de mi mísera razón, y la patata palpita con rapidez, así, yéndose borracha, dando la lata. Es tan veloz… y, yo, tan absurda e ingenua.

  • Queriéndome

    Me estoy enamorando de mí misma y es un acto hermoso. ¿Y sabes qué pasa? Que se suceden tan lentamente los sucesos que van así, derrapando, arrasando y desarmándose y, yo qué sabré. El último caso es que ahí  me quedé. Esto, justamente, ¿Significará quererse? Supongo que con el simple acto de quitarse la armadura y cantarle  a mi espesura ensombrecida, para después soplarle a la herida, saltarme la caída, pues solo consistía en decirle a la cicatriz que iba a florecer, que se dejase hacer y, sobretodo, ser. Entre mis pliegues, ¿Huyes? ¿O te destruyes? Bueno, mis yo poéticos se fueron marchando, danzando al unísono de todos los latidos tanto ajenos como intensos. Yo me quiero: me veo, me aprecio el recoveco. Se fueron aquellas ansias, y la tía Angustias, tan lejana, por quererme desvivir entre nubes rosadas. ¿Me pillas? Me he puesto pila… ¿Quieres una pizca de semillita? La que te lleva de golpe y portazo, y porrazo, a la realidad. Me quiero quedar, me va gustando ese nuevo latir, sí, esa forma tan abstracta de existir, de vivir, que hay, y abunda, dentro de mí.

  • Vaya vaivén, y ven

    El caso, el hecho y el suceso al mismo tiempo resulta que consisten en que sin querer te espero. ¿Y sabes qué? Aunque me duele, aunque podría estar mejor, ser de otro color, o dolor, elijo quedarme en ese vaivén de ir queriéndote sin ya esconderme y sin saber si tú me perteneces. ¿Cómo decirme…? ¿De qué forma describirme…? Quería colocar el punto final, pero no quiero después de tantos suspiros y milagros entristecidos, te quiero, cariño, en mi pecho. Te quiero aquí conmigo. Dirán que una de las mayores locuras del amor es esperar al otro sin saber si sí o si no. Yo te espero con la fe colgando de la punta de mi corazón de donde le sangra una chispa de ilusión. ¿Se incendiará? ¿Estallará? ¿O se estrellará? Bueno, todas mis ideas inéditas, y muy ciegas, y bastante ensombrecidas, centellean allá en el cielo, se recrean en su único latir. Luego está mi ser poéticamente roto falleciendo, desvaneciéndose, vaciándose del eco hueco. Me pierdo, me encierro y, con todo ello, te alejo de mí como un colibrí. Me va picando la lengua y la oreja izquierda y siento un cosquilleo raro en mi ser interno porque aún arde ese fuego. Ahora, mientras voy imaginándome algún que otro cielo, oye, despierto, te observo en mi pensamiento y te ves tan imperfecto que, joder, me hallo queriéndote de forma incesante, indiscreta, directa y entera.

  • La última cicatriz

    Justo en este preciso instante me ubico en ese limbo: si te sigo esperando o si me voy yendo. Solo se trata de tomar una decisión, de perderme aún más. Esta mañana rocé el cielo con la yema de mis dedos y caí descendiendo del derecho, quizás. Se está bien, pero aspiro a más, me quiero alcanzar ya que tú no sabes… Después, las mariposas, que iban arrasando la cólera, así, nerviosas enloquecieron todas. ¿Sabes? De tanto sonrojarse, pues estallaron porque se estamparon con la ilusión. Mucha perdición, y las perdices…, que acabaron comiéndose entre ellas en una tristeza profunda. Déjame decirte, tal vez, describirme o definirme, que soy aquella, la última cicatriz.

  • Mi hogar es este texto, y los demás

    Veo los números, aquí, que me van repiqueteando la cabeza, cuestionándome qué carajos plasmar. Entre cartas huecas, borradores sin ideas y frases inéditas, empiezo, pongo un pie detrás de otro, me recoloco, colocándome de la forma más correcta posible y, bueno, me caigo, aunque comprometiéndome. Qué gran novedad, ¿Verdad? Antes, hace escasos minutos atrás, ¿Me describí, quizás? ¿O escribí? Un popurrí, eso sí. Espera, dame diez segundos que recupero el domingo de hoy, momento en el que me encuentro (habla el reflejo de mi espejo). ¿O era al revés? El caso es que ya llevo dos minutos, y se van solapando las tristísimas horas, aunque un poco dicharacheras. Me vibra el ojo derecho, me pica la costilla izquierda, justamente la del medio. Me rindo: no sé escribir si tengo un pretexto, algo ya preestablecido. Así que resisto. ¿Esto no era un lugar seguro para redactar? Nada, aquí oculto mis sandeces y, oye, gracias por estar leyéndome. Manifiesto, definitivamente, que el texto escueto, la imprecisión, una gigantesca impresión y la caótica imperfección…, son algunas de las características de mis cosquillas: las mariposillas ya sueltas. En resumen, si se pudiese precisar algo, que entre palabras es donde me siento en libertad  para poder narrar mientras voy sintiendo. Si me permites, te concedo este baile.

  • Desbloquéate

    Hola, ¿Cómo estás? O, mejor cuestión maldita: ¿Cómo te sientes? ¿Y hacia dónde te diriges? Pues me estoy yendo de mí, aunque me van brillando los ojos, dicen. ¿Será de tristeza, de amargura eterna o de ambas? Las pisadas las voy colocando del revés, pero no pasa nada, hasta que la patada alcanza el alma y, entonces, el balazo estalla y se estampa. Solo me paseaba por aquí para preguntarte, y he acabado cuestionándome. Siempre me rebota la miseria, la sombra, la duda inédita y tan extraña de ella que, bueno, se estrella, y se queda: se ha posicionado, está mirándome, y arrugo la frente, pestañeo tres veces. Detente, muere. ¿Y por qué no te desvaneces reflejo de mi queridísimo espejo? Oyes sin escucharte, sin siquiera percatarte de que ya vas tarde, porque el proceso de quedarse hueca, ¿En qué consiste? ¿En describirse en una novela, o algo así, y luego adueñarse de una misma y acabar desterrándose? Te comparto mi novela que se desgarra por si misma…