Has dejado de estar, de ser conmigo, y tanto, que tu presencia es ausencia. Me quise quedar, y estuve bastante tiempo atrapada en aquel pasado. Aferrándome a un tú que nunca fue y que tampoco será. Pensé, creí. ¿Para qué? Caí, caí, me rendí abajo, en el pedestal que creé por y para mí. Me cobijé en el lugar, en el primer escalón. Tú estabas allí, bien bonito, idealizado. Yo, ilusa de mí, esperaba a que todo cambiase, a que te convirtieras en otro. En un buen hombre, leal y fiel, y lo fuiste allá, en mi ideal. «Yo te quiero mucho, amor» me vas lanzando de vez en cuando, justo a posteriori de mis «¿Me quieres?» Y probablemente sí lo sientas, pero no lo demuestras. Tantos puntos suspensivos, tantas pausas… ¿Para qué? Tengo migraña y las pestañas disecadas (de tantos suspiros y llantos internos). Me quisiera quedar. Ya no es que pueda, es que no quiero. No me apetece. Fui sola, avancé solitaria y lo sigo haciendo con y sin ti, porque, repito, no estás. Ni me arropas ni tampoco me mimas. ¿Qué significa que me beses? No me apeteces, porque vienes y vas y me desvaneces. Quise, quise tantas veces…, aunque culminé embriagándome de una sed ya seca y muy vacía. Y, al final, arrasé del revés, cierto. Decirte que soy, pero que no estoy. Me disgusta el pecado que cometí: me como las estrellas, ahora soy todas ellas, brillo convirtiéndome en eterna.
Etiqueta: emociones

Un poco de mí
A veces no se llega a todo, así que me paseo por aquí para agradecer que me leas. Es un placer leerte en comentarios o desde mensajes que me van llegando de vez en cuando.
En esta entrada me describiré, aunque no tan exhaustivamente como lo hice en Burlando el tiempo, publicada el 2024. Justamente anoche me escribió una lectora, quien se había perdido con una de mis breves historias HORAS (publicada en Wattapad hace ya daños) que escribí a mis quince. Aquel mensaje provocó que volviera a releerme aquellos textos tan intensos, agudos y oscuros. Y, entre otras sensaciones, me dio un subidón: nunca me he considerado escritora aunque lleve escribiendo desde los nueve años.
El hecho es que me hizo ilusión, porque aquí donde me lees, detrás de la pantalla, hay una mujer hecha y derecha, con varias emociones entre sus manos, y con una evolución y trayectoria interesantes. Una mujer que antes fue niña, una chiquilla a quien se le quedaron varias ilusiones colgando, porque el milagro no aparecía hasta que estalló ella y acabó derrumbándose para luego lograr salir a flote, para culminar en un quererse sempiterno, en un gerundio eterno. Así que, bueno, a pesar de toda la miseria, aquí sigo, como la protagonista de Burlando el tiempo: autobiográficamente casi rota, o algo así. Ahí lo dejo, a tu libre interpretación.
Soy consciente de que esta vez no he ofrecido gran cosa, solo una de mis obras.
Pd. Únete al caos,
Y gracias por estar.
Cada dos por tres
Se me enfría el café, y el corazón a propósito, de mí. ¿Y me quiero caer o me dejo desvanecer? ¿Estoy apostando por mí para el después? El día, el atardecer, el de más allá, el que se planta en aquel punto y seguido. Pareció, sí, pareció escabullirse, pero resulta que se fue duplicando. Quise, quise, quise arrasar, y de tantos intentos culminé arrastrándome: llevé a mi sombra encima de mis hombros, a cuestas, subiendo la hechicera cuesta. Me hipnotizó tanto que acabé. ¿Dónde? Pues colocando mi reflejo, el del espejo, debajo del pedestal, sacándolo a la fuerza. Dicen que la «maña» gana, pero yo de inteligencia poca. Luego, después de tantas pausas, de los paréntesis, decidí, cómo no, sacarme las astillas y, todas las pestañas y los colores y los descosidos de mi corazón torcido sencillamente iba cojo y loco y poco roto, ya decidió volver a matarse y, pues, ya va acostumbrado.



